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Su mamá
Iris tiene miedo de los ruiseñores: le recuerdan un poema de Oscar Wilde que alguna vez, su padre le leyó entre sorbos de café al coñac.
Era un poema realmente malo, que hablaba de cosas horribles, que ya no vale la pena evocar en concreto. Ni siquiera sabe si era de Wilde o Poe, pero tampoco quiere preguntarle a Santiago Vela, puesto que podría molestarle y soltarle una paliza. Lo que sí: le hizo tamblar de ira y miedo, sonrojarse y subir sus mantas hasta las mejillas, para disgusto de su padre.
-Cuando yo te lea, mocosa, me escuchás y punto,¿no está claro?
Gritos roncos, arrancar el grueso algodón, descubriéndole el cuerpo de ardilla en desarrollo.
"El hombre es malo", pensó para sí entonces, imiginando que el ruiseñor del cuento, que posaba sobre una lápida, se detenia en el cabezal de la cama, para contemplar el asesinato y contarlo luego, riendo a carcajadas con los otros pájaros cantores.
En el fondo, sabía que era injusto reemplazar el odio del recuerdo hacia otra cosa que no fuera su padre enfermo (de la cabeza y el corazón, en todos los sentidos, habidos y por haber) pero se niega a mirar las esferas que se suspenden en la contemplación de sus quehaceres, desde la ventana.
Limpia las frutas con asco escéptico: el agua que no se lleva el color rojo de las manzanas excesivamente maduras. Regalos ácidos, parecidos a la sangre de vaya-a-saber-quién, esparcida por el suelo.
Llora un poco, decepcionada, dolida por la propia incompetencia y se acerca un cuchillo (destinado a eliminar las cáscaras de los alimentos) al pecho que recién nace.
Pero no da miedo no quedar muerta después del golpe a cuchillo, sino solamente loca y lejos,como...