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Esta es mi primera tabla de originales. La idea es algo extraña ya que se puede leer con independencia unas viñetas de otras. Estas viñetas están basadas en relatos cotidianos de personas anónimas, que yo he llamado Nadia por su parecido a nadie. Lo que busco con esto es identificar al lector, nada más.
Podéis leer sin tener en cuanto la viñeta anterior o siguiente. Lo único que sí creo que os podría servir de ayuda es ver los requisitos de la tabla.
Esta tabla es de la comunidad de LJ de FandomInsano y es una tabla de imágenes, así que quizás os ayude a situaros.
El link de la comunidad está en mi LJ, en el profile de Fanfiction. Siento el viajecito para hacer pero cuando tenga tiempo, editaré mi perfil aquí y pondré los links.
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Tarde serena
Nadia tenía la nariz redonda y una boca algo torcida. La cara de niña hacía que sus ojos, de un marrón claro, se agrandaran cuando se dibujaba una raya negra oscura bajo el contorno de sus ojos.
El día era frío y el chocolate caliente no parecía entibiarle los dedos ni un ápice. El mundo tras la ventana estaba cubierto de una niebla que parecía querer devorarlo todo. Desde el parque donde jugaban los niños por la tarde al salir de la escuela hasta las fábricas que llenaban el cielo de humo y gases. Algo que Nadia no quería que pasara. Ni siquiera que las bajas nubes eliminaran aquella fuente de contaminación.
-El mundo está compuesto de contradicciones.- le solía decir su padre y Nadia había aprendido que algunas cosas necesitan sacrificios. Aunque le doliera, y en el fondo no parase de llamarse egoísta así misma, Nadia quería que las fábricas siguieran allí. Al otro lado del río, cuyas aguas turbias le robaban las ganas de bañarse en verano.
Le costaba imaginarse la ciudad sin aquellos gigantes que parecían comerse el cielo día sí noche también, mientras pintaban el lugar de un gris opacado. Nadia estaba segura de que, si alguna vez, cogía la cámara y hacía una foto a lo que veía desde la ventana el resultado sería el mismo que si editaba esa foto con algún programa para ponerla en blanco y negro.
Tarareó la canción que la emisora de la radio enviaba y sintió que no quería estar en otro lugar excepto ahí. Sentada, con los pies descalzos en un cojín que descansaba sobre el suelo cálido de su habitación, volvió la cabeza hacia el interior de la vivienda. Apretó la taza antes de llevársela a los labios. El líquido espeso atravesó su garganta dejando una estela de calor detrás de él. Saboreó el rastro que quedaba del dulce para tragar saliva momentos después.
Se acercó más a la ventana, acomodándose mejor en el cojín, y notó como el frío de la calle chocaba con la temperatura que la calefacción difundía por toda la estancia. Alargó su mano hasta la ventana y dibujo una serie de garabatos. Un corazón, una sonrisa. No quiso escribir ningún nombre más. ¿Para qué?
Afuera había comenzado a llover de nuevo. Paulatinamente el agua empapaba las calles, el asfalto, el horizonte gris de su ciudad hasta que los ojos de Nadie dejaron de detenerse en un punto fijo y su mirada se perdió sumida en un silencio latente.
No oyó sus propios suspiros, ni el caer de la lluvia sobre el alfeizar de la ventana, ni siquiera los truenos que comenzaron su concierto minutos después. Había pretendido fundirse, por unos instantes, con el manto grisáceo del lugar y, ahora que lo había conseguido, sólo quería serenidad.
Paz y un chocolate caliente para una tarde de lluvia tormenta. Un plan que, en contra de toda lógica, se le antojaba perfecto.