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Author: Hannah BlueBird
Fiction Rated: K+ - Spanish - Drama/Spiritual - Reviews: 2 - Published: 11-02-08 - Updated: 11-02-08 - Complete - id:2591129

La corte de las Almas en Pena

Por Hannah BlueBird

Las gotas de lluvia se escurrían por el borde de mi negro paraguas. Que ironía. Hoy es el día de Todos los Santos, el día en el que, supuestamente, todo el mundo va a ver a sus muertos al cementerio.

Pero está lloviendo. Y yo soy una de las pocas personas que se ha dignado a venir.

En realidad, lo comprendo. El cementerio está situado en una colina alejada del pueblo, tiene una cuesta muy empinada y hay que atravesar las vías del tren para llegar a ella. Yo soy un chico joven, tengo 16 años, pero la mayoría de las ancianas que frecuentan este cementerio no tienen la suficiente resistencia para subir hasta aquí.

Llevo quince minutos aquí parado, esperando algo que desconozco. Miro a mi alrededor, y entonces me fijo en un árbol que está justo detrás de la puerta del cementerio. Si miras al frente, tan sólo ves el tronco, pero al alzar la vista, ves que sus ramas comienzan a los dos metros, y continúan ascendiendo hasta donde alcanza la vista.

En todos los años que vengo viniendo al cementerio, nunca me había dado cuenta.

Suspiré. La lluvia continuaba con más fuerza.

Y, como una aparición, las vi.

Eran tres personas, cada una con un paraguas. Una anciana iba cogida de la mano de la que parecía ser su hija, que pasaba los cuarenta años. Sus paraguas eran grandes y oscuros.

Y detrás de ellas tres, como si de un guardián se tratara, venía una niña de no más de siete años. Miraba al suelo y caminaba con pasos pequeños pero apresurados. Su paraguas era de un azul eléctrico.

Parecían una pequeña corte fúnebre. Unas almas en pena.

Las tres pasaron por mi lado y entraron al cementerio. Como si acabara de recordar por qué había venido a este lugar, me di la vuelta y entré al cementerio.

Horas antes pensé que me chocaría con los paraguas de la gente, que se paraban frente a los nichos de sus familiares. Pero no había nadie.

Aunque todas las velas estaban encendidas y todas las flores frescas. La lluvia golpeaba los pétalos de los lirios, de las margaritas, de las rosas, pero no se acercaba a las velas.

Era extraño. Y melancólico.

Recorrí el inmenso laberinto de tumbas y nichos blancos, con un frío que identifiqué al invierno, pues llevo viniendo aquí desde que puedo recordar.

Encontré lo que buscaba.

Sobre el nicho de mi padre descansaban unas flores blancas, que se movían de forma siniestra al caer la lluvia sobre ellas. Sonreí. A mi padre nunca le gustaron las flores.

El había muerto cuando yo tenía cinco años, al intentar cruzar el río con el coche. Aquel día llovía, el río estaba desbordado, y obviamente, la corriente lo arrastró.

No se podría decir que su muerte fuera digna de un héroe ni nada por el estilo.

Saqué un pañuelo y limpié el vaho que se acumulaba en el cristal del nicho. Seguía sonriendo.

De repente, recordé lo mucho que lo echaba de menos. La de cosas que me había enseñado en los breves momentos en los que estuvo presente en mi vida.

Sin darme cuenta, una lágrima solitaria cayó de mi ojo derecho y se perdió en mi mejilla. Pero estaba lloviendo. Y no había nadie.

Volví sobre mis pasos, alejándome del nicho. Había cumplido mi deber anual, así que no tenía nada más que hacer aquí. Pero, sin embargo, algo me decía que no debía irme. No aún.

Como un acto reflejo, miré hacia los lados, y entonces vi a las dos mujeres arrodilladas frente a un nicho. Dos calles más alejadas estaba la niña, agachada, con las manos en sus rodillitas y el paraguas cayendo sobre sus hombros.

Me acerqué a ella.

-Hola.- le dije. Ella no se giró.- ¿Cómo te llamas?

Se dio la vuelta. Tenía los ojos azules más profundos que había visto en mi vida.

-He venido a ver a Anie.- me dijo. Su cara no mostraba ninguna expresión.

-No te he preguntado eso.- dije, con una sonrisa confortadora.- Te he preguntado que cómo te llamas.

-Anie.- contestó ella. Sonrió con melancolía.

-No, cómo te llamas tú.

-Anie murió hace diez años.- continuó ella, sus ojos fijos en los míos.- Un hombre malo se la llevó un día, le hizo cosas feas y la enterró en un agujero oscuro. La pobre Anie se ahogó.

Me quedé en silencio, junto a la niña. El cristal del nicho de Anie estaba cubierto por gruesas gotas de lluvia, y no me dejaban ver la inscripción.

-Sí, pobre Anie...- continuó la niña.- Sólo tenía siete años.

-Aun no me has dicho cómo te llamas. –dije, al no tener nada mejor que decir.

-Sí que te lo he dicho.- en su cara se dibujó un ligero gesto de reproche.- Me llamo Anie.

-Ah, como esta chica.- dije, algo confundido.- ¿Era una hermana tuya o algo así?

Anie sonrió y señaló un punto detrás de mí. Me giré, y vi a las dos mujeres dejando flores sobre una tumba no muy lejana.

Volví a girarme, pero Anie había desaparecido.

Confundido, me dirigí hacia la salida del cementerio. Las dos mujeres venían detrás de mí.

Toqué el tronco del árbol, que imaginé que había crecido tanto porque contenía las almas de todos los que estaban enterrados bajo sus raíces. Sonreí.

Cuantas estupideces se piensan en fechas especiales.

Salí del cementerio y vi a las dos mujeres bajando la cuesta. La niña no iba con ellas.

Y entonces me preocupé. Tal vez no se habían dado cuenta de que la niña no iba con ellas, así que corrí hasta alcanzarlas.

-¡Oigan!- grité, pero no me escucharon.- ¡Oigan!

Ambas mujeres se giraron. El rostro de la anciana no revelaba ninguna expresión. El de la otra mujer estaba gris.

-¿Qué quieres?- preguntó ella.

-Se han olvidado de Anie.- dije.

Ambas me miraron con una mezcla de enfado y sorpresa.

-¿De... Anie?- dijo la anciana.

-Sí.- contesté. Una extraña inquietud se apoderó de mí.- La niña pequeña que venía con ustedes al entrar al cementerio. He estado hablando con ella antes.

-Eso es imposible, chico.- dijo la mujer. Sonrió con tristeza.- La única Anie que conozco era mi hija, que murió asesinada hace siete años. Un pederasta la secuestró un día que llovía con fuerza, como hoy.

-Pero...- insistí. Era imposible. Acababa de hablar con esa niña hace un momento.

-No insistas, chico.- dijo la anciana.- Si esto es una broma, déjalo. Mi viejo cuerpo ya ha pasado las suficientes tragedias para que alguien como tú venga ahora a meterse con mis muertos. Márchate.

Ambas mujeres continuaron bajando la cuesta. Había algo que debía hacer, pero no sabía el qué.

“Azul eléctrico”

-¡Eh!- grité, y ambas mujeres me miraron.- ¿Anie llevaba un paraguas azul el día que murió?

Ambas me miraron con sorpresa.

-¿Cómo sabes tú eso?- dijo su madre.

Me acerqué lentamente hacia ellas, y sonreí.

-Ya les he dicho...- susurré.- ... que hoy he hablado con una niña que se llama Anie.

La anciana se echó a llorar. Su hija intentó calmarla, y me sonrió.

Yo correspondí a su sonrisa. En los días especiales, te sientes melancólico. Porque pueden pasar cosas especiales.

Ambas mujeres cruzaron la vía del tren, justo antes de que se bajara la barrera y pasara a toda velocidad uno que iba completamente vacío.

Cuando la barrera se levantó de nuevo, las dos mujeres ya no estaban allí.

Y realmente, a veces me da por pensar que aquellas mujeres son en realidad una corte fúnebre que busca el alma en pena de la pequeña Anie, anhelando verla aunque sólo sea una vez más.

La corte de las almas en pena.

Nunca más las volví a ver.


Esta historia estaba pensada para el día de los Santos, pero se me ocurrió anoche, cuando fui a visitar las tumbas.

Como curiosidad diré que el cementerio de la historia realmente existe, y el árbol que hay en él también.

También pienso que contiene las almas de todas las personas que hay ahí enterradas.

Dedicatoria: A mis dos abuelos y a mi bisabuela, que lo mínimo que puede hacer una persona por ellos es dedicarle una historia.

Pronto más.

ATTE: Hannah BlueBird



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