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Cuenta una leyenda, que cuando Dios creó el Universo, el Sol y la Luna se vieron frente a frente por primera y única vez, y que la Luna, al ver el brillante e imponente fuego del Sol, se enamoró perdidamente de él. Sin embargo, el Supremo los había creado con propósitos distintos; uno aparecería de día y la otra de noche. Por eso cuando uno observa el cielo de noche, puede ver que la Luna sigue el mismo trayecto del Sol, en un afán desesperado de poder alcanzarlo un día… y por ello, la Luna refleja la luz del Sol; lo que hace brillar a la Luna no es más que el recuerdo de su amor inalcanzable.
Tu eres como el Sol, grande y luminoso, siempre delante de mí al punto que te reflejo, pero escurridizo y distante. Yo soy como la Luna, opaca y pequeña, corriendo una carrera sin final detrás de un objetivo que nunca alcanzaré. Somos como la Luna y el Sol, juntos en el mismo cielo y aún así distantes; girando alrededor del mismo planeta sin poder vernos las caras. Y tal cual como la Luna, mi brillo se esfumará al mismo tiempo en que tu luz se apague.