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Nota de la Autora:
Este es mi primer intento en escribir una novela de este tipo, por lo que he subido este capítulo como borrador y a modo de prueba. Por ello, les agradecería mucho cualquier crítica y/o cometario que puedan hacer al respecto. La crítica es lo único que puede hacernos ver los errores a los que nuestros ojos son ciegos, y es también el medio ideal para mejor en cualquier área y profesión.
Aún así, ojalá disfruten de este primer capítulo.
¡Espero ansiosa sus comentarios!
Capítulo Uno:
La Brújula de Plata
Desde el balcón de la torre más alta del castillo, la Reina observaba el progreso de la batalla que se llevaba acabo a los pies de la fortaleza y en los territorios que la rodeaban. Sin poder verla, más bien sintiendo su presencia, sabía que, a unos cuantos kilómetros en frente de ella, se encontraba igual de observante su adversario. Frunció el seño en señal de preocupación y se llevó una mano al colgante que reposaba tranquilo sobre su pecho. Le quedaba poco tiempo y sus tropas perdían terreno con cada segundo que pasaba. No soportaba la idea de seguir perdiendo más vidas en una guerra sin pies ni cabeza… debía darle un punto final a toda esa locura. Dio media vuelta y miró a su fiel maestro y amigo a los ojos. Una sola mirada bastó para que el Mago supiera lo que la Reina pretendía hacer; no necesitaba decírselo o explicárselo, ya que llevaban mucho tiempo preparándose para este momento. Una sola mirada, y supo que no habría nada en el mundo capaz de detenerla, así que sólo se limitó a asentir y apoyar su mano en el hombro de su amada Señora, apretándolo en señal de apoyo y cariño.
- Ve tranquila mi Señora. Que los dioses y la Magia te asistan en tu tarea.-
La Reina le sonrió, pero no alcanzó a agradecer sus palabras de apoyo, ya que la voz de un joven muchacho la interrumpió.
- Madre, ¿qué vas a hacer?- le preguntó su hijo con tono preocupado y temeroso. – No irás a combatir frente a frente con la bruja malvada, ¿verdad?-
La Reina miró fijamente a su hijo; estudió sus ojos, su boca, su cabello y todas sus facciones cuidadosamente. Quería retenerlas en su retina y en su corazón para no olvidarlo nunca: probablemente sería la última vez que lo vería y se le encogía el corazón con el sólo hecho de pensar en el sufrimiento que embargaría a su hijo. Hace menos de un mes había perdido a su padre, el Rey, que había caído valerosamente en el campo de batalla, y el dolor de esa pérdida aún se reflejaba en los hermosos ojos color miel del joven.
Se arrodilló ante su hijo y sostuvo su cara entre ambas manos, fijando su mirada en la de él y sonriéndole dulcemente.
- No te preocupes hijo mío, todo estará bien, pero debo ir y luchar por nuestro mundo, por nuestra gente… es el deber de una reina, el deber de un Mago que defiende la vida por sobre cualquier otra cosa. No puedo dejar que mi gente siga pereciendo en una batalla que sólo me corresponde a mí luchar. Nuestro fiel amigo, el Mago Azul, te cuidará en mi ausencia. – lo estrechó fuertemente entre sus brazos. – Te amo, hijo mío, como nunca podría amar a algún otro ser en este universo… estoy orgullosa del jovencito en el que te has convertido y sé que estaré orgullosa del hombre que serás en el futuro. No dejes que el dolor de la guerra llene de sombras tu corazón; tú eres puro y bondadoso, y tu corazón es el elemento más bello y perfecto que hay en todo nuestro mundo. Escúchalo, porque no hay nada más sabio en el universo que el corazón, y sigue su sendero, pues te llevará a la dicha y a la felicidad. La verdadera Magia, la más fuerte y poderosa, es aquélla que reside en el corazón de los hombres y de las mujeres, no hay nada más fuerte que ella y nada puede derrotarla. Por ello, no temas nunca separarte de aquéllos que amas, puesto que la Magia que viene del corazón siempre los mantendrá unidos. Te amo hijo mío, mi corazón siempre estará con el tuyo -
Acto seguido, lo besó tiernamente en la frente y se levantó, acariciando su suave cabello, del mismo color cálido de la miel como sus ojos, en un último acto de afecto. Miró al Mago, su maestro y también actual maestro del príncipe, por última vez, y le sonrió. Éste le sonrió devuelta y, extendiéndole una mano, le ofreció la antigua capa que solía usar en sus tiempos de aprendiz de Mago, cuando aún era una princesa preparándose para su futuro como Reina y Sumo Mago Vital del Fuego.
- Gracias por todo, mi fiel amigo y Maestro. Nunca olvidaré todo lo que hiciste por mí, por mi familia y por nuestro pueblo, como tampoco olvidaré lo que seguirás haciendo por todos nosotros. Que los dioses y la Magia sean contigo.- Le dijo a modo de despedida.
Con una sonrisa determinada y nostálgica, la Reina tomó su capa y, envolviéndose en ella, desapareció.
~*~
En otro mundo y en un tiempo muy, muy lejanos, un grupo de siete buenos amigos se preparaba para una semana de relajo y diversión en un campamento ubicado a la orilla de un lago a los pies de una montaña rodeada de un frondoso y hermoso bosque. Los jóvenes se encontraban maravillados ante la belleza del paisaje, y muy excitados ante las perspectiva de verse libres, por una semana, se las restricciones y obligaciones que les imponían sus vidas en la ciudad.
El campamento se encontraba a unos 20 minutos de caminata en ascenso desde el paradero del bus y ningún vehículo podía transitar el camino de tierra que conducía hacia el, a menos que se tratara de una emergencia. Así que los jóvenes se vieron en la ardua tarea de subir al campamento cargados de sus bolsos, carpas y artículos varios para su estadía, por lo que, una vez que llegaron al campamento, estaban todos extremadamente cansados y empapados de sudor producto del esfuerzo. Aun así, se encontraban de buen ánimo y muy sonrientes: hubiesen sido capaces de atravesar hasta un río lleno de pirañas y de caminar sobre un puente a punto de derrumbarse sobre rocas afiladas, con tal de llegar a tan hermoso y tranquilo lugar.
Como aún era temprano en la mañana, decidieron descansar un poco antes de armar sus carpas y desempacar sus cosas, así que se recostaron todos juntos, uno al lado del otro, sobre el fresco y verde pasto. Si un pájaro cruzando el cielo en ese mismo momento hubiese posado su mirada sobre el grupo, habría visto un perfecto círculo en el suelo formado por los siete amigos: Constanza, Marcos, Vicente, Cristián, Esteban, Francisca y Ligia.
- Ahhhh… ¡qué bien se siente estar tirados acá después de subir con todas las cosas encima! – exclamó Constanza, la mayor del grupo, mientras se enroscaba y estiraba sobre el pasto como si fuera una oruga.
Marcos soltó una carcajada sarcástica sin quitar sus ojos del cielo. - ¡Pero si tú fuiste la que se llevó menos cosas encima, nos dejaste lo más pesado y contundente a nosotros!-
- Porque ustedes son hombres y más fuertes que nosotras… - Intervino Francisca, su voz divertida y fresca como la de un hada, mientras torcía entre sus dedos una ramita que había encontrado sobre el pasto.
- Claro, cuando les conviene, son más débiles que nosotros, ¿no?- se rió Cristián, divertido ante la discusión de sus amigos. Vicente, Esteban y Ligia rieron alegremente. Por más que Marcos quisiera discutir, como siempre lo hacía, no habría forma de hacerles enojar mientras estuvieran en tan bello lugar.
Vicente fue el primero en incorporarse, al cabo de media hora, estirando sus brazos y animando a sus amigos a que empezaran a armar el campamento.
- Aún es temprano, no nos vamos a quedar todo el día tirados acá sin hacer nada-
- Y ¿por qué no?- le dijo Esteban,- después de todo, vinimos acá a descansar…-
- Sí, pero creo que es mejor sacrificar el descanso ahora y armar las carpas, que esperar hasta la noche cuando estemos todos cansados y sin ganas de mover un dedo.- le replicó Vicente, siempre razonable.
Así que se pusieron manos a la obra y sacaron las carpas de sus envoltorios para poder armarlas. Las chicas compartirían la misma carpa, mientras que los chicos compartirían otra, ya que su carpa era más grande y cabían los cuatro perfectamente.
Ligia, la más pequeña del grupo y que siempre acostumbraba a pensarlo todo detalladamente, no había pronunciado palabra alguna desde que llegaron. En vez de estar ayudando a sus compañeros, se encontraba analizando la escena mientras fumaba un cigarrillo y leía el manual de una de las carpas. Luego de unos minutos, frunció el seño.
– Y ¿si mejor unimos las dos carpas y quedamos todos juntos en una sola? No me sabe bien estar separados durante la noche en un lugar así, podrían aparecer animales…-
Marcos dejó caer la vara de metal que sostenía en su mano, dejando escapar un suspiro de irritación.
- Ligia, las carpas van a estar una al lado de la otra… no hay nada de qué preocuparse. Si algo llegara a suceder, cosa que dudo mucho, basta con sólo gritar.-
- Pero igual es mejor prevenir cualquier cosa estando todos juntos que tener que ir al rescate de los otros… en una emergencia, los segundos cuentan. Además, si estamos todos en la misma carpa, pasaremos menos frío, y este tipo de lugares se pone muy frío en las noches…-
Marcos dejó escapar otro suspiro de irritación, como siempre lo hacía cuando discutía con Ligia, porque, dijera lo que le dijera, sabía que Ligia siempre argumentaría mejor que él.
- ¿Qué opinan ustedes?- preguntó Marcos dirigiéndose al resto de sus amigos, quienes asintieron con la cabeza y procedieron rápidamente a unir las dos carpas de modo tal que formaran una sola y única carpa para todos.
Constanza, siempre alegre, canturreaba una canción muy animada mientras ataba uno de los extremos de la lona en uno de las varillas clavadas en el suelo. Marcos, Esteban y Cristián se dedicaban a fijar el armazón superior, uniendo las varas superiores de las dos carpas, mientras que Vicente, Francisca y Ligia clavaban varillas en el suelo y ataban lonas al igual que Constanza. En menos de media hora, ya tenían armada una carpa lo suficientemente grande para los siete y para poner incluso sus bolsos dentro. Al ver el resultado, Constanza y Francisca elogiaron la idea de la pequeña Ligia, quién se sonrojó ante el entusiasmo de sus amigas.
Cristián encendió un cigarrillo y, con una mirada pícara se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
- Ya chiquillos, ¿qué tal si tomamos algo para refrescar la garganta?- propuso mientras sacaba de una bolsa una botella de licor. Vicente, Marcos y Esteban se unieron prontamente a su amigo sentado en el suelo, sosteniendo cada uno un vaso desechable, mientras que Francisca, acostumbrada a los comportamientos un tanto alcohólicos de sus amigos, se reía.
- ¡Pero si ni siquiera hemos almorzado!- exclamó Constanza molesta y con los brazos en jarra - ¿Cómo se van a poner a beber ahora?-
Ligia simplemente se encogió de hombros y tomó una lata de bebida cola mientras se sentaba junto a Vicente.
Después de descansar un rato y charlar sobre el viaje, los siete amigos se dispusieron a preparar el almuerzo. Ya era pasado el mediodía y sus jóvenes estómagos rugían pidiendo comida, especialmente el estómago de Ligia, que solía hablar más que su propia boca. Los muchachos fueron en busca de agua hacia el pequeño arroyo que pasaba cerca de su campamento, mientras que las muchachas se dedicaron a desempacar los utensilios de cocina y a preparar los alimentos que cocinarían.
Al cabo de media hora, los chicos llegaron de vuelta al campamento con sendas cubetas llenas de agua, y rápidamente se dispusieron a vaciar un poco dentro de una olla para hervirla.
- ¿Qué vamos a comer?- preguntó Esteban mientras engullía un pedazo de pan.
- Fideos con salsa – le contestó Francisca abriendo un paquete de los mencionados fideos mientras que Constanza repartía pan para los demás. Ligia observaba el agua calentándose en la olla como si fuera lo más interesante del mundo.
- ¿Les costó mucho sacar agua del arroyo?- preguntó Constanza.
- Para nada, - le contestó Vicente – aunque el torrente venía bastante fuerte y rápido… Marcos casi se cayó al agua por tratar de llenar dos cubetas a la vez.-
Cristián y Esteban rieron animadamente al recordar la escena mientras Marcos ponía cara de disgusto; tenía un temperamento bastante fuerte e irascible, y no soportaba bien que los demás se rieran de él puesto que era muy orgullo.
- A cualquiera le pudo haber pasado, el agua venía muy fuerte – Dijo en su defensa un tanto malhumorado – Ligia, deja de mirar el agua. No va a hervir más rápido sólo porque la estés mirando.-
Ligia ni siquiera se tomó la molestia en voltearse a contestar. Marcos siempre se descargaba con ella cuando se enojaba, tal vez por ser ella la más callada y tranquila del grupo.
- Tranquilo, hermano – le dijo Cristián mientras le daba una palmada en la espalda – No es culpa de Ligia que quisieras llenar dos cubetas a la vez y que casi te cayeras por eso.
- No, claro que no… aunque probablemente ella sí se hubiera caído y empapado, aún cuando sólo estuviera tratando de llenar un vaso. – respondió Marcos, mofándose de la conocida torpeza de Ligia, quien solía pasar más tiempo tirada boca abajo en el suelo que parada.
Cristián y los demás giraron sus ojos suspirando, excepto Vicente. La fijación que tenía Marcos con Ligia era bastante obvia para todos, aunque ella parecía ser la única que no entendía el por qué. Vicente se incorporó de la roca sobre la que estaba sentado y se dirigió hacia donde se encontraba Ligia, rodeando su espalda con uno de sus brazos y mirando a Marcos en reproche.
- Por lo menos Ligia es lo suficientemente inteligente como para no tratar de llenar dos cubetas al mismo tiempo habiendo una corriente tan rápida y fuerte.- Le dijo tajantemente a Marcos.
Vicente sabía muy bien que a Ligia le avergonzaba mucho su torpeza motriz, así que no le sorprendió la breve y tímida mirada de agradecimiento que ésta le dio por defenderla ante Marcos. La verdad es que Ligia era bastante torpe; se tropezaba por todas partes, sin importar cuán liso fuera el suelo; solía chocar con postes, árboles y personas, y sus reflejos nunca parecían funcionar bien, ya que siempre dejaba caer cosas de sus manos o las rompía. A Vicente le daba la impresión de que fuera una niña pequeña que aún no aprende a coordinar bien sus extremidades, lo que le producía una constante sensación protectora sobre Ligia.
Constanza, Francisca y Esteban, por otro lado, entendían bastante bien la torpeza de Ligia. Constanza conocía a Ligia desde que eran muy pequeñas, mientras que Francisca y Esteban compartían diariamente con ella en la universidad, así que sabían perfectamente bien que la torpeza motora de Ligia no se debía a una incapacidad de coordinar sus movimientos, si no que, simplemente, Ligia pasaba tan sumida en sus pensamientos que perdía noción de los estímulos a su alrededor.
- Ya hirvió el agua – dijo Ligia, dirigiéndose a la mesa donde se encontraban los fideos para meterlos en la olla con agua recién hervida, tropezándose con una piedra y golpeándose la cabeza con el borde de la mesa en el proceso.
Vicente y Constanza se apresuraron a atender a Ligia y entre ambos la levantaron. Al ver su cara, vieron que un enorme chichón se había empezado a formar al lado izquierdo de su frente. Ligia se lo tocó con la mano e hizo una pequeña mueca de dolor.
- Les dije que deberíamos haber traído hielo – Les dijo a todos sin dejar de sobarse el chichón.
*
El primer día de sus vacaciones pasó bastante rápido, entre preparar su campamento y conocer los puntos principales del sector en el que se encontraban, como los baños y duchas, la casa del guardabosques y la casa de enfermería, todos puntos bastantes distantes entre si al ser parte de un bosque dentro de una reserva natural. Con todo el ajetreo, los jóvenes se fueron a dormir temprano luego de cenar y conversar un rato alrededor de una fogata mientras Esteban tocaba la guitarra. Esteban era el “bohemio” del grupo; siempre tranquilo y calmado, se pasaba los ratos libres leyendo y tocando su guitarra. Era tan orgulloso como Marcos, aunque menos caprichoso, y por ello, también más flexible y abierto en su forma de pensar, por lo que a veces podía actuar de forma tierna e inocente, como un niño. Francisca era su mejor amiga, aunque su carácter era un tanto dispar al de Esteban: coqueta y vanidosa, Francisca era una chica alegre, sensible y femenina, aunque muy rígida y estricta cuando se refería a los estudios, por lo que a nadie le pareció extraño verla desempacar libros de texto de la universidad y ponerse a estudiar antes de irse a dormir. Con todo, ambos hacían una excelente combinación: Francisca adoraba ser el centro de atención, y Esteban le daba toda la atención y cariño que necesitaba; Esteban era apasionado en cuanto a sus estudios, aunque carecía de organización y disciplina, y Francisca, con su orden y método, le aportaba aquello que le faltaba. De esta forma, su amistad era bastante equilibrada, tranquila y complementaria. Ambos se conocieron al ingresar a la universidad, hacía ya cuatro años, y rápidamente se hicieron buenos amigos, estudiando y compartiendo sus ratos libres juntos.
Vicente fue el primero en levantarse al día siguiente, encargándose de ir a buscar agua al arroyo y de preparar los alimentos para el desayuno. Una vez que tuvo listo todo, volvió dentro de la carpa para despertar a sus amigos, siendo Constanza, Esteban y Cristián los primeros en seguirle, para poder despertar a Marcos que tenía un sueño muy pesado. Francisca y Ligia eran dormilonas por naturaleza, aunque despertarlas no era difícil.
Luego de tomar un buen desayuno, los amigos empezaron a discutir qué harían ese día, mientras Esteban acompañaba la conversación con una suave música de su guitarra.
- ¿por qué no vamos al lago? – Sugirió Francisca, – Hace un día muy bonito para nadar, y he oído que el agua del lago es muy limpia y fresca, y que la arena de la playa es muy suave.-
- Si, me parece buena idea, tengo ganas de broncearme.- dijo Constanza con una animada sonrisa.
- Estuve leyendo una guía turística sobre la reserva, - dijo Vicente – hay unos lugares muy interesantes y bonitos que también podríamos visitar, aparte del lago… -
- Yo también la estuve leyendo, - le interrumpió Cristián – y me atrae mucho la idea de subir la montaña hasta la roca del Águila.-
- ¿La roca del Águila? ¿Qué es eso? – le preguntó Marcos.
- Es una roca en el lado sur de la montaña. Según la guía turística tiene forma de águila, y dicen que la vista es realmente maravillosa desde allí, ya que se encuentra a mil metros por sobre el lago.-
- Ay, no… - intervino Constanza, - hace mucho calor para subir la montaña, por muy linda que sea la vista. Deberíamos dejar ese paseo para un día más frío.- Francisca, Esteban y Marcos asintieron con sus cabezas.
- Y… ¿Qué tal si vamos a la Cascada de Cristal?- sugirió Ligia tímidamente, ya que tampoco le apetecía hacer tanto ejercicio en un día caluroso. – Es una Cascada muy bonita que se encuentra en el lado oeste a los pies de la montaña, y también tiene una pequeña laguna apta para el baño, al parecer.-
- ¿La Cascada de Cristal? – Le preguntó Vicente - ¿De dónde sacaste eso? En la guía turística no la mencionan para nada. – Le dijo frunciendo el seño.
- Es que no es muy conocida, ya que está bien adentro en el bosque, y la reserva tiene otras cascadas más grandes que esa. – le contestó Ligia, - Pero mi papá me contó que cuando era joven, vino a esta misma reserva con sus amigos y que, paseando por el bosque, encontraron una linda cascada con una laguna, rodeada de árboles, plantas y flores. Dijo que era un rincón bastante mágico y que debería tratar de ir a verla si es que veníamos, así que me dibujó un mapa… -
Ligia sacó de su mochila el mapa que le había dibujado su padre, junto con una fotografía que él mismo había tomado del lugar hacía ya muchos años atrás, y se los mostró a sus amigos. Los jóvenes se entusiasmaron bastante al ver la fotografía y el mapa; a los muchachos les pareció entretenida la idea de buscar un lugar perdido y desconocido, ya que apelaba a su espíritu aventurero; las muchachas, por su lado, quedaron fascinadas con la belleza del paisaje y les entusiasmaba mucho la idea de refrescarse en la pequeña laguna y pararse bajo la cascada. Según las indicaciones del padre de Ligia, no deberían tardar más de tres horas en llegar a la Cascada desde donde se encontraban, así que el grupo de amigos decidió ponerse en marcha de inmediato y almorzar en el trayecto. Como el camino hacia la Cascada no era empinado o en ascenso como el camino hacia la roca del Águila, no habría problema en llevarse unos sándwiches y algunas bebidas para comer y beber, así que, una vez tuvieron todo cargado en sus pequeños bolsos de excursión, se pusieron en camino, siendo Vicente el encargado de señalizar el camino con el mapa.
Según el mapa creado por el padre de Ligia, había que seguir río arriba el arroyo cercano al campamento, por lo que el trayecto era bastante agradable, ya que tendrían agua a su disposición, y la sombra de los árboles que crecían junto al arroyo para protegerlos del sol y del calor. Al cabo de una hora de viaje, llegaron a una bifurcación del arroyo. Vicente consultó el mapa para ver qué tramo deberían seguir.
- Según el mapa, hay que atravesar el arroyo y seguir río arriba por el tramo de la derecha…- empezó a decir Vicente.
- … hasta llegar a la roca roja, al lado del sauce marcado con una cruz, y de ahí seguir en dirección norte. – le interrumpió Ligia, mientras sacaba una brújula de su bolsillo. – Por ese motivo traje esto. Después de llegar al sauce, ya no podemos seguir el trayecto del arroyo, y pensé que sería más fácil ubicarnos si usábamos la brújula.
- ¿Por qué no podemos seguir el camino del arroyo? Pensé que provenía de la laguna de la Cascada… - preguntó Francisca.
- Porque este arroyo proviene de otra parte, montaña arriba. Según mi papá, no hay ninguna salida de río o arroyo desde la laguna de la Cascada. Por eso marcaron el sauce con una cruz, para saber que desde ese punto debían seguir la dirección norte.-
- Y, ¿De dónde sacaste esa brújula? – le preguntó Marcos sorprendido, al fijarse en lo inusual del diseño del aparato: era una brújula de plata con forma de estrella y un extraño patrón tallado sobre su superficie que consistía en muchas espirales unidas entre sí por delicados trazos que representaban tallos de alguna planta con hojas, como una enredadera. El mismo puntero de la brújula no tenía una flecha, si no una espiral en su punta que indicaba la posición del Norte.
- Me la dio mi mamá, que a su vez se la dio la madre de ella, y a ella también se la dio su madre. Parece que es una reliquia familiar traída desde Egipto en alguno de los viajes de mi bisabuelo.-
El bisabuelo de Ligia, de origen inglés, había sido un arqueólogo aventurero que recorrió gran parte del mundo, por lo que no era extraño ver diversas antigüedades en la casa de Ligia, todas heredadas de su bisabuelo materno.
- Aunque a mi bisabuelo siempre le sorprendió mucho esta brújula… la encontró en una de sus excavaciones en Egipto, pero su diseño es muy distinto al arte del Antiguo Egipto. Además, aunque no estoy segura de esto, parece que los Egipcios no usaron nada parecido a una brújula en la Antigüedad, sobre todo porque la brújula fue supuestamente inventada en China en el siglo cuatro antes de Cristo, y según mi abuelo, ésta la encontraron en unas ruinas del siglo 55 antes de Cristo, durante el período Predinástico, una época en la que en Egipto recién se empezaban a realizar edificaciones de gran embergadura y aún no era un reino unificado.- les contó Ligia con aire pensativo. – Sea como fuere, es muy linda, y nos va a ser bastante útil para encontrar la cascada.-
- Será mejor que continuemos si queremos aprovechar el día. – Les recordó Cristián mientras se sacaba las zapatillas y se arremangaba los jeans para poder cruzar el arroyo. Los demás asintieron y Ligia guardó la brújula en su bolsillo, mientras Vicente hacía lo mismo con el mapa.
Uno a uno, cruzaron el arroyo y tomaron el tramo de la derecha en dirección río arriba, aunque media hora después se detuvieron a descansar un poco. Constanza, que tenía por costumbre fotografiar todas las cosas lindas que se le cruzaran, aprovechó el descanso para fotografiar el paisaje, las flores y los bichitos que andaban por ahí. Ligia, Francisca, Marcos y Cristián se sentaron a la orilla del arroyo a fumarse un cigarro, mientras que Esteban, que había insistido en llevar consigo su guitarra, se sentó sobre una roca a tocar algo de música. Vicente se sentó a su lado a observar el mapa un poco más, aunque al cabo de unos minutos lo guardó otra vez y sacó su cámara para fotografiar al grupo.
Luego de descansar por unos veinte minutos, emprendieron otra vez su marcha. Siguieron caminando río arriba por el camino del arroyo hasta que, media hora después, encontraron la roca roja junto al sauce marcado con una cruz.
Según las instrucciones de su padre, el camino debía seguirse en línea recta en una dirección de cinco grados al oeste del norte, así que Ligia se paró frente a la cruz y sacó la brújula para señalar la dirección que debían tomar.
- Es por allá. – Dijo señalando en dirección a una porción de bosque muy espesa.- Aunque vamos a tener que estar muy pendientes de la brújula para no errar el camino entre tantos árboles. -
El grupo avanzó en la dirección señalada, introduciéndose en la parte más espesa del bosque que habían visto hasta el momento. Para suerte suya, al cabo de cinco minutos dentro del bosque, notaron que un angosto sendero se abría paso entre los árboles, en la misma dirección que ellos debían recorrer. Vicente frunció el seño; el sendero parecía estar muy bien mantenido como para ser tan desconocido, y aún cuando hubiese sido hecho por el padre de Ligia, eso fue hace muchos años, así que era imposible que el sendero se mantuviera tan bien delimitado y recto. A menos que alguien más lo hubiera estado ocupando durante todo este tiempo. Sin embargo, no expresó sus dudas al respecto para no preocupar al grupo, aunque le pareció ver una leve expresión de preocupación en el rostro de Ligia.
- No es normal, ¿verdad? – le dijo en voz baja para que no escucharan los demás.
Ligia seguía mirando atentamente la brújula y chequeando el sendero al mismo tiempo, como si sus ojos siguieran un extraño partido de tenis de atrás para adelante.
- No, no lo es… - le contestó.- Se supone que mi papá y sus amigos lo descubrieron por casualidad. Aunque supongo que es altamente probable que durante todo este tiempo alguien más lo haya descubierto.-
- Pero sigue sin aparecer en la guía turística de la reserva, y la edición que tengo es de este mismo año.- le indicó Vicente.
- Lo sé, yo también la te…-
Ligia no alcanzó a terminar lo que estaba diciendo ya que, al estar tan pendiente de la brújula, pisó mal sobre una piedra y perdió el equilibrio, cayendo pesadamente de bruces sobre el lecho de hojas y piedrillas del bosque.
Los jóvenes se exaltaron mucho ante el estruendo de su caída y acudieron rápido a su lado mientras Vicente intentaba ponerla de pie.
- Tranquilos, estoy bien… - les aseguró Ligia, ahora bastante despeinada y cubierta de tierra y de hojas.
- Francamente… no sé cómo esperan que subamos después a la Roca del Águila con Ligia tropezándose cada dos por tres. – Comentó Marcos en tono de mofa. – Con esta ya van cinco veces que se cae desde que salimos del campamento.-
- Marcos, el camino es un tanto desnivelado y cubierto de piedrecillas, no es de extrañar que alguien se tropiece. – Le dijo Constanza, un tanto molesta.
- Sí, pero Ligia es la única que se ha caído. Es tan torpe que es obvio que no sirve para este tipo de cosas. Sinceramente, no quisiera tener que hacerme cargo de alguien que se cae a cada rato y que probablemente termine rompiéndose una pierna, echando a perder toda nuestra diversión.- Dijo Marcos resoplando.
Vicente, Constanza y Francisca parecían listos para confrontar a Marcos, ya que les parecía que esta vez se estaba pasando con la pobre Ligia, pero sea lo que fuere que le iban a decir, no alcanzó a salir de sus bocas.
- No te preocupes, - dijo Ligia en un tono frío y seco, poco característico de su dulce y suave, aunque apático. – No tendrás que hacerte cargo de nadie y tu diversión no va a ser estropeada si me llegara a romper una pierna. Puedo cuidarme sola, ya que, seré muy torpe en cuanto a coordinación motriz, pero tengo algo que tú no tienes ni por casualidad. – Finalizó Ligia al tiempo que se señalaba la sien con un dedo y sostenía firmemente la mirada de Marcos con la suya.
Marcos se encontró sosteniendo la mirada desafiante de Ligia muy sorprendido. Rara vez Ligia contestaba cuando la atacaba, y no podía recordar si quiera una vez en la que ella llevara una mirada tan rígida y furiosa. Sin embargo, no alcanzó a replicar, ya que Ligia se dio vuelta, hincándose y palmando el suelo con sus manos.
- Ah, acá está. Se me soltó de la mano cuando me caí, qué bueno que se cayó por aquí cerca. – Dijo Ligia con la brújula en la mano.- Sigamos, no debemos estar muy lejos según mis cálculos. Menos de una hora, probablemente.-
Dado lo tenso que se encontraba el ambiente, nadie dijo nada más y siguieron andando como si nada hubiera pasado, aunque todos estaban bastante sorprendidos por el tono y la mirada que había tenido Ligia. Algunos pensaron que, probablemente, la acostumbrada paciencia de Ligia hubiera alcanzado su límite; otros, los que la conocían mejor, pensaron que Ligia al fin demostraba lo que obviamente sentía.
No es que a Ligia no le simpatizara Marcos, también era uno de sus amigos, y cuando no la molestaba, podía ser bastante agradable con ella, incluso cariñoso, abrazándola de vez cuando o acariciándole la cabeza, pero le molestaba mucho cuando Marcos se ponía así, y más le molestaba el no entender ese extraño y contradictorio cambio en su actitud hacia ella.
A los demás también les molestaba la actitud de Marcos, aunque, a diferencia de Ligia, sabían muy bien el por qué. La verdad es que era bastante obvio para cualquiera, y les parecía curioso que Ligia, inteligente y lógica, no pudiera verlo también. Para ellos, no hacía falta preguntarlo ni decirlo, ya que era claro como el agua que Marcos, secretamente, estaba enamorado de Ligia. Ambos eran demasiado opuestos, Ligia representaba todo lo que Marcos no era, así que no dejaba de llamarles la atención la situación. Sin embargo, nadie decía nada al respecto para no incomodar a ninguno de los dos involucrados.
Marcos, por su parte, sabía perfectamente bien que a veces se comportaba como un verdadero cretino con Ligia, pero no podía evitarlo. Ligia representaba para él la perfección absoluta, y por ello la amaba y admiraba, y por eso mismo a veces la odiaba y trataba de demostrar alguna de sus imperfecciones. Ligia, con su tranquilidad, madurez, seriedad, conocimiento, raciocinio y extrema lógica, le hacía sentir un tanto inferior. Sabía que una persona como Ligia nunca se enamoraría de alguien como él, arrogante, ignorante, impulsivo y orgulloso, y esto le angustiaba. Pero, siendo orgulloso, prefería demostrar esa angustia en forma de desdén y ocultar sus sentimientos, ya que temía que, si Ligia llegara a enterarse de la verdad, se reiría ampliamente en su cara. Sin embargo, tampoco le gustaba que Ligia se enojara con él, así que a veces intentaba revertir el efecto de sus acciones.
- Tengo una duda con respecto a esa brújula… - dijo acercándose tentativamente hacia Ligia. – Si la brújula fue inventada en China en el siglo 4 A.C, y esta brújula que tienes fue hallada en unas ruinas del siglo 95 A.C… ¿no sería posible que alguien la haya puesto en esas ruinas después, en algún tiempo más reciente?-
Ligia lo miró de reojo, aún muy molesta con él, sin embargo su naturaleza racional y explicativa le impedía no contestar su pregunta.
- En efecto, eso es lo que pensó inicialmente mi bisabuelo, aunque parecía poco probable, ya que las ruinas estaban demasiado escondidas y enterradas muy abajo en la arena del desierto; ni siquiera mostraban señales de haber sido saqueadas. Por ello, decidió hacerle unas pruebas a la brújula, para tratar de identificar el tiempo en el que fue hecha y ver si coincidía o no con el de las ruinas. -
- Y, ¿qué mostraron las pruebas? – le preguntó Marcos, ahora muy intrigado y casi olvidando que antes había hecho enojar a Ligia.
Ligia no estaba segura de si debía responder a esa pregunta, ya que la respuesta era un tanto desconcertante. Sin embargo, notó que la curiosidad de Marcos era legítima y que, al parecer, se había esforzado mucho pensando y, por algún motivo desconocido, le pareció de suma importancia explicárselo a Marcos.
- Eso es lo extraño… las pruebas no mostraron nada. – Le contestó Ligia con el seño fruncido y aire pensativo. – Es como si la brújula no tuviera edad. Sin importar qué tipo de prueba le haya sido aplicada, mi bisabuelo obtuvo siempre el mismo resultado: la brújula no tiene edad, así de simple y por más extraño que parezca. Por eso se la quedó… tenía miedo de lo que un descubriendo así pudiera provocar en la sociedad arqueológica de la época. Así que la brújula pasó a ser una leyenda y herencia familiar.-
Ligia desvió la mirada de la brújula y miró fijamente a Marcos parándose en seco.
No se lo digas a nadie. Es un secreto. ¿Comprendes?-
Marcos asintió con la cabeza seriamente. Tampoco podía explicar por qué, pero sabía que era muy importante lo que Ligia le estaba contando y que tenía que guardar el secreto.
Durante el resto del camino, ninguno volvió a dirigirse la palabra, aunque Marcos no podía evitar mirar la extraña brújula en la mano de Ligia y notar un cierto aire de misterio que parecía envolverla junto con su portadora. Probablemente fuera sólo producto de su imaginación dada la admiración que sentía por Ligia.
O tal vez, no fuera producto de imaginación alguna, si no del extraño accionar de la realidad. Tal vez si, tal vez no. No había forma alguna de saberlo y estaba seguro de que tampoco podría entenderlo aunque se lo explicaran.
Lo que Marcos y Ligia no sabían, era que, a veces, las cosas no necesitan ser explicadas o demostradas, si no que, simplemente, necesitan ser.
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Continuará... en el Capítulo 2: La Cascada de Cristal