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57 Untitled Christmas Love Story
Author:
Heich-Ess PM
Gerardo, en menos de un mes, pasó de ignorar a las personas a su alrededor a no poder vivir sin una de ellas y terminando por fin odiándola más que a cualquier otra.
Rated: Fiction M - Spanish - Drama - Chapters: 3 - Words: 8,088 - Reviews: 1 - Updated: 11-08-11 - Published: 01-07-09 - Status: Complete - id: 2619025
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Waazzaaaaa!

Tercer capítulo, olvidé subir este último capítulo, lo siento mucho. Espero les guste.


"So sorry your world is tumbling down,
I'll watch you through these nights.
Rest your head and go to sleep,
Because my child, this is not our farewell.
This is not our farewell."
Our Farewell - Within Temptation

Untitled Christmas Love Story

( Esmeralda )

Aún mientras caminaba por las calles de la ciudad se preguntaba si sería una buena idea. No había sido suya, por supuesto, pero podía hacerlo y en cuanto la vio estampada con letras pequeñas en las delgadas hojas de la revista, se hizo una imagen mental de él mismo en esas condiciones y desarrolló incluso un desenlace cargado de erotismo para aquella tarde de sábado. El domingo despertarían juntos enredados en las sábanas, en un abrazo en el que sus cuerpos compartirían su propio calor. Como el secreto de su amor.

Le faltaban todavía tres calles para llegar a su destino y seguía preguntándose si sería una buena idea.

Su vida a partir de Leonardo había sido una llena de amor y alegría. Había dejado mágicamente de tener problemas existenciales, económicos y familiares, todo eso formaba parte de un mundo enterrado profundamente en la frialdad del olvido. Aquella era otra vida.

En sus manos sonaban las llaves; dos eran de su casa, otra de su locker en la universidad, de la cadena de su bicicleta y las dos más recientes, las que aferraba entre los dedos mientras caminaba por la calle que lo llevaría hasta el lugar donde las utilizaría.

Sólo le faltaban dos calles más y estaría allí.

Hacía tan solo una semana que se las había dado, Leonardo pensó que estaría bien que tuviera un duplicado de sus llaves. Por si algún día se te ofrece algo, había dicho susurrándole al oído y metiéndole las llaves entre la ropa interior.

- Ahora mismo se me ofrece algo. -había respondido Gerardo y sujetó del cuello al hombre con el que había estado saliendo el mes anterior.

- Eres imposible -había replicado Leonardo fingiendo asombro-. Te acabo de dar mis llaves y ya quieres acostarte en mi cama.

- No es necesario que vayamos hasta allá -había contestado Gerardo aferrando a su amante por las nalgas y atrayéndolo hasta que sus miembros chocaron por sobre la ropa.

- Pero aquí alguien podría vernos.

- ¿Y no te parece excitante eso?

- Podrían meternos a la cárcel.

- Mejor, así tendríamos un catre para nosotros dos solos.

- Pero el suelo está muy duro.

- Así como yo -había dicho Gerardo poniendo la mano sobre la entrepierna de Leonardo-. Y como tú también.

- Eres un depravado.

- Sí, dime más -había pedido en un jadeo entrecortado, asaltando con sus labios el cuello de Leonardo.

- Eres un pervertido.

- Sí.

- Un enfermo.

- ¡Sí!

- Te la comes entera como vil puta.

- Sí, ¡soy tu puta!

- Y por eso quiero metértela por el culo hasta la garganta.

- Pues no sé qué estás esperando.

A Gerardo le faltaba una calle para llegar a la casa de Leonardo y sentía la dureza de su erección creciendo lentamente dentro de su pantalón mientras recordaba aquella vez en la que él y Leonardo habían terminado cogiendo en el baño del cine, escuchando a los niños entrar y salir sin que notaran su presencia.

La gente que pasaba a su lado lo miraba de forma extraña. Echó una mirada fugaz a su atuendo pero no descubrió nada fuera de lugar en su forma de vestir, entonces se percató del intenso calor que picoteaba su rostro y se dio cuenta que la gente miraba el rojo brillante de su piel. El pensar en Leonardo siempre le provocaba aquella reacción.

Apuró el paso.

Por supuesto, Gerardo no pensó en ningún punto de su viaje en las cosas que podrían salir mal y eso era en gran medida a que la vida junto a Leonardo siempre había parecido perfecta, llena de luz y sin ninguna nube en el resplandeciente cielo azul. Con menor razón se le habría ocurrido que lo encontraría revolcándose con otra persona en cuanto llegara.

Pero ya no había tiempo de pensar en nada. Las llaves entre sus dedos estaban humedecidas por la transpiración y la puerta blanca con el número 24 se alzaba frente a él, imponente y protectora de los secretos que se ocultaban al otro lado.

Metió la llave más grande y la sintió deslizarse fácilmente hasta el fondo, la hizo girar hasta que llegó al tope. La extrajo y metió la otra más chica en la cerradura de abajo, ésta giró medio círculo únicamente y la puerta se abrió lentamente cuando la empujó.

El olor de hogar salió a recibirlo con un abrazo suave. Se quedó un momento en el umbral contemplando el pasillo frente a él y después entró para preparar la fabulosa sorpresa que tenía para Leonardo, aunque aquella tarde el sorprendido sería él.

Anduvo un rato en busca de la cocina. Ésta era amplia y contaba con todo lo necesario para hacer cualquier cosa que pudiera ocurrírsele. Dejó en la barra central la bolsa que había cargado desde el mercado con todos los comestibles que necesitaría y salió en busca de aquella habitación en la que se había entregado por primera vez al amor con Leonardo.

Abrió la puerta lentamente como si esperara que al otro lado estuviera su amante recargado en el respaldo del sofá central, desnudo y con las piernas un poco separadas, presumiéndole la erección de campeonato que estaba esperando febril sus labios y su lengua.

Leonardo no estaba allí, naturalmente, eso Gerardo lo sabía bien pero la imagen de su cuerpo desnudo en aquella posición había terminado por endurecer al máximo el miembro apresado en su pantalón.

Ese sería el lugar perfecto, así que comenzó.

"Si te lo puedes permitir, sorprende a tu novio desnuda por su casa. Una buena idea (si tienes las llaves) es que llegues antes que él, te desvistas y lo esperes en la cocina o en la sala haciendo cualquier actividad con la misma naturalidad como quien lleva ropa", había aconsejado la revista y Gerardo no pudo ignorar el susurro de la tentación en su oído derecho, su lado débil.

Comenzó a quitarse la ropa para esperar a su novio en la cocina preparándole la cena o en la sala leyendo un libro, si es que tardaba mucho, como quien prepara la cena o lee un libro teniendo ropa puesta.

La cena estaba casi lista cuando Gerardo escuchó el golpe de la puerta contra la pared, como si Leonardo entrara a tropezones en su propia casa. Haciendo un gran esfuerzo, Gerardo no corrió a su encuentro para recibirlo con su piel desnuda y lista para hacer el amor, saltarle encima y comérselo a besos, de lo contrario la cena se desperdiciaría.

Escuchó sus pasos torpes acercarse a la cocina, detuvo su respiración esperando la exclamación de gusto que lanzaría su amante detrás de él al verlo allí en aquellas condiciones. Él entonces se giraría despacio con la cuchara grande en la mano y le haría saber que la cena estaba casi lista. ¿Gustas algo de beber en lo que está lista?, le preguntaría con una sonrisa coqueta y radiante. Leonardo no sabría qué contestar y sin hacerlo se acercaría hasta donde se encontraba Gerardo para quitarle la cuchara de la mano y golpearlo con ella en la pierna. Se hincaría delante de él y lamería la mancha que la cuchara dejara después del golpe. Sabe exquisito, concedería Leonardo aún de rodillas y sobaría la erección de Gerardo para después probar su cena en el glande de éste.

Sin embargo Leonardo no entró en la cocina y Gerardo no se giró sensualmente para preguntarle si quería algo de beber. En cambio los pasos de Leonardo se alejaron por el pasillo y se escuchó una puerta al cerrarse de golpe.

Gerardo no lo comprendía, la luz en la cocina era la única en la casa que estaba prendida y la llave de arriba no estaba echada, ¿cómo era posible que Leonardo no se diera cuenta de ello? Vendría muy borracho, se imaginó Gerardo y apartó la idea con repulsión, de ser así toda su preparación, desde el momento en el que leyó la sorpresa en la revista, se habría ido a la chingada y todo por culpa de unas cuantas copas de alcohol con sus amigos.

- ¡No, demonios! -se quejó dejando la cuchara en la estufa y salió de la cocina para buscar a Leonardo, si estaba demasiado ebrio para reconocerlo, se iría inmediatamente a su casa o lo violaría allí mismo, sin piedad; duro y despiadado. Lo golpearía y lo dejaría amarrado del cuello para que escarmentara un poco y no volviera a tomar cuando Gerardo le preparaba la cena y una sorpresa.

Tímidamente tocó la puerta, Leonardo estaba en la sala donde se quedaron dormidos por primera vez, el mismo día que se conocieron. Gerardo recordó aquella noche en el instante que le tomó girar el pomo y abrir la puerta. Del interior salían extraños ruidos de jadeos, pero Gerardo o bien no quiso escucharlos o en verdad no lo hizo.

Allí la era de felicidad y alegría incondicional y amistosa, terminó para dar paso a la agonía interminable de aquel infierno al que Gerardo sería condenado por el resto de su vida.

Las manos de Leonardo se deslizaban hábilmente por la piel clara de la chica en su regazo. Se movían incluso con mayor desenvoltura que cuando recorrían la piel de Gerardo. Aquello no podía estar pasando. Leonardo estaba de espaldas a la puerta, por lo que no podía verlo, en cambio la chica, desnuda en su totalidad, podía bien levantar la vista y mirarlo allí, de pie en el umbral, desnudo y desconcertado por todo aquello.

Los senos redondos de la chiquilla eran masajeados con lujuria por las manos delicadas de Leonardo. La chica se retorcía, subía y bajaba con expresión de gozo absoluto. Su cabellera roja volaba en todas direcciones cual fuego en la hoguera. Una hoguera que se había encendido ya dentro de Gerardo y se avivaba con cada gemido y con cada jadeo que salía de la garganta de Leonardo.

La chica, que hasta ese momento reconoció, levantó la mirada y por un brevísimo instante Gerardo atisbó una chispa de sorpresa en sus ojos esmeralda, misma que se desvaneció de inmediato para dejar una mirada cargada de provocación, de lujuria y desenfreno sexual que solo un demonio podría poseer. Un deseo sexual inhumano.

- Háblame -pidió la chica despeinando los cabellos de Leonardo.

- Sí -replicó él en el mismo tono que usara Gerardo en el baño de aquel cine al que habían regresado dos veces más.

- Dime que me amas.

- Te amo.

- Tócame, gózame, hazme sentir que soy la persona más importante para ti.

- Lo eres -replicó Leonardo moviendo sus manos por toda la piel de la pelirroja, apretando sus senos, besándolos y chupándoselos tan ruidosamente que el sonido lastimaba los oídos de Gerardo.

- Dime que te hago gozar aún más que ese maricón que se acuesta contigo. -musitó ella, clavando sus brillantes esmeraldas en las obsidianas de Gerardo.

Por favor no lo hagas, suplicó él mentalmente.

- Sí -jadeó Leonardo causando la más grande de las heridas en el alma de Gerardo-. Eres aún mejor que ese... maricón. Muévete, ahora tú serás mi puta.

- Y tú serás la mía -murmuró la joven pelirroja sin quitar la mirada llena de malicia de los ojos de Gerardo. Él no pudo soportarlo más, había escuchado suficiente de aquello y a su corazón explotando en mil pedazos. Su ropa estaba en la mesita y al parecer Leonardo ni siquiera lo había notado, por supuesto, tenía las manos muy ocupadas como para fijarse en los pequeños detalles que Gerardo se había encargado de dejarle por toda la casa, ¡si desde la puerta se los había dejado!

Ahora sabía por qué había escuchado los tropezones cuando su novio y esa zorra habían llegado a la casa. Seguramente venían chingándose desde el maldito lugar del que vinieran.

Los maldijo al azotar la puerta después de que salió. Las sombras de la noche ocultaban, a medias, su cuerpo desnudo. Los maldijo mientras corría por las calles vacías con lágrimas de ácido haciéndole daño en el rostro. Corrió desesperado, escuchando como sus pies golpeaban el suelo tan fuerte que pensaba que el mundo se movería de su órbita. Pero eso era imposible, si tan sólo era un maricón que se acostaba con un hijo de puta que lo había estado utilizando. Un hijo de puta que había estado cortejando a la policía del karaoke.

Un desgraciado que le había destrozado el corazón al arrancarle el alma del cuerpo.

Su carrera a casa no duró mucho. En la tercera calle que cruzó, sin fijarse siquiera si venían autos o no, dos policías lo sometieron y lo subieron a una patrulla, él opuso un poco de resistencia, llorando y gritando que lo dejaran alejarse de ese lugar, que quería lanzarse de Torre Mayor, de la Torre Latinoamericana, que tan sólo iba al metro y esperaría el último tren de su vida, que por piedad lo dejaran marcharse de esa horrible vida, donde una era de apocalíptica desolación había comenzado para él, donde la Luna cubriría al sol en un eclipse eterno lleno de oscuridad, sin estrellas en la negra bóveda celeste.

El crepitar de las llamas en la chimenea se escucha por toda la habitación, que es fría a pesar del fuego. Esta noche no se han encendido las series de luces que adornan melancólicamente el apartamento. Esta noche Gerardo no desea levantarse de ese sofá en el que tantas veces estuvieron juntos compartiendo el calor de esas mismas llamas que ahora no hacen más que acrecentar el dolor. Ahora que tan sólo tiene el recuerdo de sus caricias, del tacto de sus manos recorriendo su cuerpo desnudo, de sus labios contra los de él.

La Araña Escarlata llevaba muerta poco más de una semana y la vieja zorra de enfrente se había resignado e intentaba seguir con su vida a pesar de que ya no habría más canario que le alegrara las mañanas mientras tallaba la ropa sucia de su marido y de su hijo.

Leonardo miraba el decrépito cuerpo que había quedado de Gerardo después de dieciocho días en la nueva era de desolación. Hacía un gran esfuerzo por no vomitar a causa del terrible olor que se dispersaba por el apartamento a oscuras desde aquel bulto de carne y huesos. Lo miraba y verlo así le dolía en el alma porque sabía que era culpa suya que estuviera en esas condiciones tan deplorables. Por su estúpida culpa.

Aquel sábado se había dado cuenta de que a la puerta principal de su casa le faltaba estar cerrada con una de las chapas. Al entrar notó el delicioso aroma que escapaba de su cocina y que era la única habitación en su casa que poseía luz. Ya en la sala del gran ventanal, vio una camisa que no era suya y que le pareció familiar. No fue sino hasta que escuchó el portazo que se dio cuenta que aquella era la misma camisa que Gerardo había usado después de ser un ángel expulsado del paraíso.

Pero para entonces ya era demasiado tarde.

- ¡Váyanse los dos a la mierda! -gritó Gerardo y Leonardo pudo percibir un terrible dolor interno que brotó junto con aquel aullido de desprecio. No merecía estar así, él no había hecho nada, tan sólo había sido el ángel más maravilloso que él nunca haya conocido. Y estaba arrepentido por haberle roto las alas de aquella forma. Si alguien debía de ser condenado al infierno en el que Gerardo sobrevivía, ese era Leonardo.

- No me iré sin ti.

- ¡Chinga tu madre, ya no me necesitas! ¡Eres un hijo de puta y te odio!

Mentía. Ambos lo sabían.

- No te hagas esto, Gerardo -suplicó Leonardo y sabía que debía de agregar algo más pero de sus labios no surgía nada y en su mente no se fabricaban frases lo suficientemente buenas para expresar cuanto le dolía haber provocado aquello.

- Yo te amaba -chilló Gerardo-. Te ame como a nadie en mi vida. ¡Puta, si te amaba más que a mi madre! Y me traicionaste, me hiciste sentir como una vil mierdecita seca. Y todo por un par de tetas. ¿Qué podía darte ella que no te diera yo?

- Lo sé, fui un estúpido...

- No -interrumpió Gerardo-. Eres un pendejo, un desgraciado, ¡un maldito hijo de puta!

En medio de su furia, su puño se impactó contra la mejilla de Leonardo. Los dos cayeron al suelo.

- ¡TE ODIO! ¡TE ODIO!

¿Se lo merecía? ¿Podría soportar eso y más por lo estúpido que había sido al dejarse engatusar por Esmeralda? ¡Diablos!, ¿podría alguien resistirse a ella?

La respuesta a todas esas preguntas era sí.

- Levántate -sujetándolo de los brazos, Leonardo intentó poner de pie a Gerardo.

- ¡No!, suéltame, ¡vete con tu puta!

- No iré a ningún lado, así que quédate quieto. -Leonardo sujetó con fuerza a Gerardo.

- Déjame en paz... maldito. ¿Quién te crees que eres? -comenzó a sollozar mientras dejaba de luchar por liberarse-. Primero entras a mi vida de improviso y me haces la persona más feliz en todo el pinche mundo... y luego me dejas por esa golfa... ¿quién te crees que eres? ¡Contestameee!

Gerardo comenzó a lanzar puñetazos a su antiguo amante. Para evitarlos Leonardo no tuvo de otra más que abrazarlo y sujetarle las manos con su cuerpo.

- Puedo entender porqué ella te deseaba -musitó Gerardo en medio del llanto, pegando el rostro al pecho de Leonardo-, puedo entender porqué quería que te la cogieras... pero no comprendo por qué... ¿por qué lo hiciste? Si yo te amaba... te amo. Todas las noches pienso en tu sonrisa y en lo feliz que me hacías y en lo bien que estábamos juntos, aún conservo mis alas rotas. ¿Sabes por qué lo hago? Porque me dijiste que te gustaban, creo que es lo único que ha de gustarte de mí ahora. ¡Déjame ya ¡-pidió Gerardo cayendo de nuevo en el sofá-. Vete con tu puta que después de todo, también le perteneces. Déjame solo, así es como me conociste.

Leonardo se agachó junto a él y lo miró de cerca, por primera vez desde que llegó. Debajo de esa piel demacrada y áspera aún quedaban vestigios de lo que antes solía ser. Debajo de aquel monstruo maloliente aún existía Gerardo, sólo había que cavar un poco para sacarlo a la superficie.

Leonardo lo haría.

- No me iré -confesó-. Vine para llevarte conmigo o para quedarme contigo.

- Mientes.

- Te digo la verdad. Nunca estuve con ella, pero no quiero hablar de ello.

- Seguramente te dejó cuando ya no se te paraba.

- En verdad yo la dejé -mintió, Gerardo quizá no necesitaba saber cuánto se acercó a la realidad con su declaración-. No dejaba de pensar en ti, cada mañana, al atardecer, cuando comía, en el trabajo, antes de acostarme mi último pensamiento estaba dirigido a ti. ¿Acaso no lo entiendes? Si en verdad existe un alma gemela para todos en este mundo, tú eres mi otra mitad.

Gerardo levantó la cabeza y un brillo opaco apareció en sus ojos apagados. Leonardo acarició su rostro.

Gerardo volvió a sonreír.


11/12/08

**Dedicado especialmente a mi Maldita Zely**

«-( H.S )-»™

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