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Fiction » Fantasy » ¡Brujas! font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Sorg-esp
Fiction Rated: K+ - Spanish - Supernatural - Published: 01-19-09 - Updated: 01-19-09 - Complete - id:2623998

¡Brujas!

François había heredado el caserío de sus abuelos, en el pueblo de Arette, en el valle de Baretous, que pertenece al departamento francés de Pirineos Atlánticos. Allí se hundían sus raíces, pero jamás había vivido ni en el pueblo ni en sus alrededores, pues sus padres se habían marchado a Marsella antes de que él naciera, y solamente había pasado alguna que otra temporada en vacaciones, de las que conservaba, eso sí, algunos recuerdos de niño.

Tras los estudios de grado, había trabajado como informático en varias empresas, pero aquello no terminaba de llenarle, ni personal ni económicamente, así que decidió lanzarse al mundo empresarial, y montó una casa rural. Transformó las estancias de labranza y ganado del caserío en salones de estar y dormitorios, y, por aquello de hacerlo más típico, colgó ristras de cardos a ambos lados de la puerta de entrada, que decían por allí que entretenían a las brujas que acudían de noche con aviesas intenciones, haciéndolas desistir de sus oscuros propósitos, y hasta puso figuritas de brujas feas, viejas y verrugosas en la recepción. También decidió no engrasar las chirriantes bisagras de la puerta, para dar mayor efecto a la entrada.

Junto con el caserío, heredó también a la tía abuela Claudine, una anciana nonagenaria que parecía parte integrante del mobiliario, y que siempre, desde que podía recordar, había estado allí. Pasaba los días en una salita minúscula del piso alto, sin dar ni pizca de lata, frente a un televisor perpetuamente encendido, que la mujer miraba con ojos impenetrables cuando no estaba dormitando. Y así, un día tras otro, un mes tras otro, un año tras otro...

El negocio no iba mal del todo, en invierno con los esquiadores y el resto del año con los del senderismo, y los meses crudos, en los que solamente había huéspedes de fin de semana, François hacía programas informáticos por encargo, mientras los Pirineos y sus habitantes soportaban estoicamente ventiscas y nevadas.

En esas épocas, en las que no necesitaba personal para hacer habitaciones a diario, una ucraniana llamada Svietta acudía tres veces en semana para limpiar por horas. Svietta era muy joven, rubia, de tez pálida e intensos ojos azules. Su marido, Vasyl, otro mozalbete, trabajaba a destajo de peón de albañil. Y así, despellejándose día a día, sobrevivían y además enviaban dinero a la madre de él que se había quedado en Ucrania con la hija de ambos. En los días duros, François bajaba al pueblo con el todoterreno para recogerla, y después hacía lo mismo para regresarla. Pero aquel año, en la primavera, sucedió que Svietta, por fin residente legal desde hacía tres meses, se quedó embarazada. Y François, habida cuenta de su estado, la recogía y la llevaba todos los días que hacía horas.

François y su novia, Marie, habían comentado las nuevas delante de la tía Claudine, como hacían con prácticamente cualquier tema, hasta cuando discutían, porque la anciana, como ya he dicho, parecía un mueble más. En aquella ocasión, sin embargo, François habría jurado que entornó ligeramente sus ojos pálidos e irguió un poco, casi imperceptiblemente, un cuello largo y delgado, que recordaba vagamente al de una grulla. Pensó que eran imaginaciones suyas, no le dio más importancia y, al cabo de un rato, lo había olvidado completamente.

Pasaban los meses como siempre. Clientes iban y venían y François seguía con la informática, y así llegó el invierno. Svietta, más gorda que ninguna otra embarazada de los contornos, parecía que esperaba gemelos, o tal vez trillizos, aunque ella afirmaba rotundamente que se trataba de un varón. Y resultaba admirable como la joven, con tamaño volumen, seguía trabajando y trabajando, hasta que la fecha probable del parto se acercó peligrosamente.

Y sucedió lo que no tenía que haber sucedido. Svietta rompió aguas, como si de las cataratas del Niágara se tratara, poco antes de que se desencadenara la que después fue calificada como la peor tormenta de nieve acaecida en los últimos veinte años. A punto estuvo François de caer en la histeria, con el camino de bajada al pueblo, y por tanto al médico, bloqueado por la ventisca, y Marie, que se suponía que como mujer debía saber algo de estas cosas, corriendo de acá para allá, sin saber qué hacer, presa de una risa nerviosa cada vez más aguda.

Entonces sucedió otro hecho sorprendente. La tía Claudine emitió un largo suspiro, como un “aaaaaayyyyyy”, y a continuación se levantó lentamente de su sillón, murmurando algo por lo bajini. Con una agilidad sorprendente para alguien que se había movido tan poco en tantos años, se fue hacia la puerta de la salita diciendo, esta vez en volumen audible, que “ya sabía ella que al final tendría que encargarse”. François y Marie, tras la sorpresa inicial, salieron corriendo detrás para alcanzarla ya casi al final de la escalera, que evidentemente había bajado con inusitada agilidad.

“Ahora vengo” – dijo la vieja.- Y, dejándolos boquiabiertos y cariacontecidos, abrió la puerta del caserío y se internó en la nevada, envuelta en una capa negra que a saber de dónde había sacado, mientras arriba, en uno de los cuartos de baño, Svietta, temblando, pasaba la fregona por el charco en el que se había convertido el líquido amniótico.

François y Marie volvieron al piso superior, la acostaron y procuraron calmarse para que ella se calmara. Marie la instó a que aplicara los conocimientos adquiridos en el curso de preparación al parto, al que seguro había acudido, para recibir como respuesta que, tras asistir sola a la primera sesión, no había vuelto, pues aquello “estaba lleno de parejas francesas que la miraban raro por estar sola”. Sobreponiéndose a la perplejidad inicial, Marie musitó que entonces procurara recordar su parto anterior. Fue peor. Marie murmuró alguna excusa poco creíble y salió corriendo de la habitación.

François estaba cada vez más nervioso. No podía administrar ningún calmante a la parturienta, y tampoco se atrevió a darle un bofetón. Maldijo entre dientes la espantada de su novia, mientras Svietta emitía alaridos al ritmo de las contracciones cada vez más intensas. Entonces alzó la cabeza y vió por la ventana cómo los copos de nieve volaban en todas direcciones, en una danza fantástica orquestada por un viento potente que amenazaba con arrancar hasta las casas. Como hipnotizado, su mente empezó a diluir los gritos de Svietta y a integrarlos en la sinfonía del viento, y comenzó a tranquilizarse pensando que el espectáculo, en su conjunto, no dejaba de tener un halo fantástico.

En esas ensoñaciones estaba cuando le pareció oír que alguien golpeaba la puerta. “Absurdo”.- pensó.- “Tenemos timbre”. A continuación oyó un taconeo, inconfundiblemente perteneciente a Marie, que se precipitaba por el piso inferior, seguido del chirrido de la puerta principal. Después, múltiples pasos por la escalera y, finalmente, surgidas de la tormenta, la tía Claudine, acompañada de otras dos mujeres, irrumpieron en la habitación.

Se sintió incapaz de estimar por qué años andaría la mayor, ya que parecía de edad indefinida. “Esta es Eusebia, la partera”.- dijo la tía Claudine.- “Y ésta de aquí es Paula, su sobrina biznieta, que es matrona en la maternidad de O’Donnell de Madrid”.- añadió la anciana, mientras François hacía esfuerzos por no mostrar sobresalto cada vez que hablaba. Su mente procesó la información. “Dos comadronas”.- pensó.- “Vamos bien. Pero…¡un momento! ¿Cómo ha venido una matrona de Madrid? ¿Es que estaba de vacaciones en el pueblo?”.- su mente intentaba encontrar explicaciones con sentido para lo que era a todas luces un completo sinsentido.

“Pero…¿cómo…?”.- murmuró dirigiéndose a la tía.

“Mejor te pones a un lado, que hay mucho que hacer”.- contestó ella sin contemplaciones. Las otras dos ya estaban junto a la cama, operando de alguna manera, aunque no podía ver qué hacían porque le daban la espalda. Entonces se dio cuenta de que la parturienta había cesado de gritar.

“Mira”.- dijo la más joven, la tal Paula, en un francés un tanto brusco y cargado de acento español.- “Mejor te bajas a la cocina y te haces un café calentito mientras pare”.- y acompañó la invitación a que se largara de una dulce y cálida sonrisa. Asintió con la cabeza y se dio media vuelta. Aunque hubiera querido quedarse, no habría podido resistirse a esa sonrisa y esos ojos verdes, pensó mientras descendía por la escalera, y tan ensimismado iba que no percibió que se cruzaba con Marie que subía tímidamente.

Mucho tiempo después, cuando rememoraba lo acontecido aquella mañana, no pudo determinar cuánto tiempo estuvo esperando, girando lentamente la cuchara entre sorbos de una taza enorme de café americano. El caso es que, en un momento dado, escuchó cuatro o cinco jadeos de Svietta seguidos del “gueeeeeee” inconfundible de un recién nacido, aunque no hubiera visto u oído en su vida a ninguno. Se levantó y corrió escaleras arriba, porque, aunque no era el padre, de alguna manera, como único representante masculino en el edificio, le pareció que eso era lo que le correspondía hacer, e irrumpió en la planta superior para quedarse parado como anonadado en la puerta de la habitación.

Paula y la tía Claudine estaban limpiando la sangre con unas toallas que no recordaba haber visto nunca, mientras la otra partera colocaba sobre el vientre de Svietta una bolsa rellena de algo que parecía, por la forma, perdigones. En un cubo, que tampoco podía imaginar de dónde había salido, vislumbró un trozo de cordón umbilical, y supuso que dentro estaba el resto junto con la placenta. Mientras, Marie, empapada en sudor y con coloretes en las mejillas, sostenía al recién nacido, un hermoso varón de más de cuatro kilos. Cuando terminaron, Eusebia cogió al recién nacido de los brazos de Marie y se lo plantó en el pecho a Svietta. “Y ahora, ¡dale de mamar!”.- ordenó. Y Svietta, con expresión cansada, obedeció dócilmente.

“Ya hemos terminado”.- dijo la tía Claudine.- “Vigila que no descruce las piernas en un par de horas, no se vaya a desangrar”.- instruyó a Marie.- “Y ahora, sobrino, puesto que ya te he ayudado, como predijo una amiga adivina, me largo con mi amiga, que ya me aburre tanta tele.”.- Y, sin más, salió de la habitación, seguida de las otras dos que se despidieron con la mayor brevedad posible. No volvió aquella noche, ni las siguientes.

Al cabo de una semana, Svietta volvía a hacer las tareas de limpieza con más agilidad y entusiasmo que nunca, aunque llevaba al bebé consigo de habitación en habitación, y antes de marcharse tenía que darle de comer. François notó que el crío llevaba cintitas rojas a modo de pulseritas, y una colección de medallitas prendidas en la capota del cuco. “Para no mal de ojo”.- dijo Svietta en mal francés. Y François se encogió de hombros. También, con el tiempo, observó que crecía en Marie una obsesión por lo esotérico. Compraba libros varios y se pasaba las tardes enchufada a Internet, entrando en foros sobre el tema. Un día, eufórica, confesó que se había convertido a la wicca.

Y así llegó la primavera y después el verano. Y de la tía Claudine no habían vuelto a saber nada de nada. “A lo mejor se ha ido a las Bahamas, de vacaciones, ya sabes”.- le dijo un día a Marie, pero ella como respuesta lo único que hizo fue devolverle una mirada afectada.

Una tarde de principios de julio, François estaba sentado en el jardín, sopesando si sería rentable construir una piscina, cuando un grupo de turistas venido de Paris le interrumpieron para preguntarle por un extraño ritual que acontecía cada trece de julio.- “Oui, Oui, les trois vaches”.- decían entusiasmados.- “avec les voisins espagnols”. Y François negaba con la cabeza, mientras le preguntaban cómo acceder a la muga de San Martín. Intrigado, decidió indagar en Internet, y encontró una tradición ancestral que parecía sacada de un incunable amarillento, según la cual, desde hacía más de seiscientos años, los habitantes del valle, vestidos de lo más florido posible, subían a la mencionada muga, a encontrarse con los españoles del vecino valle del Roncal, para celebrar un tratado ancestral que implicaba hacerles entrega de tres hermosos ejemplares de ganado vacuno.

Jamás había oído hablar de la susodicha tradición, y una vez más se sintió algo extraño en el lugar donde habían crecido y estaban enterrados sus antepasados. Decidió que no podía permanecer en la ignorancia, así que asistiría. Se informó en el ayuntamiento y, el trece de julio, allí se plantó. La concurrencia era nutrida, tanto de los de un lado como de los del otro. Incluso había periodistas y algún cámara grabando.

Se fueron sucediendo los actos en los que consistía el evento, que en realidad eran simples. El alcalde español, vestido con lo que debía ser un traje típico de la zona, recibió las vacas, y, junto con uno de los alcaldes franceses, poniendo cada uno la mano sobre el mojón, dijeron a coro y por tres veces “pax avant, pax avant, pax avant”. Después, la multitud se reunió en alegre comilona. François degustó algo de cordero mientras contemplaba a la abigarrada multitud, hasta que, de pronto, le dio un vuelco el corazón. En medio de un alegre grupo de gente que parecían jubilados, la vio. Y aunque no respondía en absoluto a la imagen que de ella recordaba, fue imposible no reconocerla. Y ella también le vio y le dedicó una gran sonrisa y agitó la mano ostentosamente. François no sabía cómo reaccionar, pero eso no fue un problema, porque ella tomó la iniciativa y se dirigió resuelta hacia él.

“Buenos días, sobrino”.- dijo la tía Claudine.- “hace una mañana preciosa ¿no crees?”

“¡Tía! ¿Pero, se puede saber dónde rayos te has metido todo este tiempo?”.- fue lo primero que se le ocurrió decir.

“Oh, ya te dije que estaba harta de tanta tele”.- contestó ella sin inmutarse lo más mínimo.- “he estado aquí y allá… he visitado amigas que hacía tiempo que no veía…especialmente a Engracia, la adivina ¿sabes?”.- dijo con gran alegría.- “Es la que me advirtió de que era mejor que me quedara contigo para que el nacimiento llegara a buen puerto”.- esto último lo dijo en un tono más confidencial.

“Qu…¿qué?”.- consiguió balbucir.

“Astragalomancia. ¿Recuerdas? Es realmente excepcional. La mejor que he conocido, sin duda.”

Ante la cara atónita de su sobrino, la tía Claudine decidió ser algo más explícita.

“Cuando eras un niño, te echó las tabas. Predijo que algún día el valle sería tu hogar, y el de tus hijos, siempre que se evitara que salieras corriendo tras el drama de la muerte de un nonato en el caserío.”

“¿De qué estás hablando? A mi nadie me ha echado las tabas, ni las tabas ni nada parecido”.- contestó casi indignado.

“Tendrías unos cuatro o cinco años, no recuerdo bien. Pero tu abuela se enfadó mucho. Creo que nunca superó que yo hubiera nacido con el don y ella no.”

“¡No entiendo nada de lo que estás diciendo!”.- pero, muy a su pesar, una vaga imagen salía del rincón más oculto de su memoria y se hacía cada vez más nítida. Una imagen en la que una mujer jugaba con él con tabas de cordero, y cuando más entretenido estaba, su abuela llegó corriendo indignada y se lo llevó del brazo mientras le reñía por algo que no comprendía.

“Bueno, ya te he dicho que nunca lo asumió del todo…”

“Asumir ¿qué?”

“Que no era una bruja, por supuesto”.- dijo la tía como si fuera lo más obvio del mundo.- “Es algo que pasa mucho en nuestra familia, pero…¡en fin! No todas salen agraciadas”

François palideció y empezó a mirar para todos los lados, asegurándose de que nadie les prestaba atención, y a continuación empezó a retroceder instintivamente. La tía Claudine sonrió ampliamente. Por extraño sortilegio, François se sintió absolutamente incapaz de dar un caso, y mucho menos de salir corriendo, huyendo de aquella loca.

“No hay nada de malo en ello”.- continuó la bruja. – “Mejor siéntate, que te explique un poco, porque ya veo que ni tu abuela ni tu madre te han contado nunca nada.”

François no supo cómo había llegado hasta allí, pero se encontró sentado en una silla de camping un poco apartada del grueso de los que celebraban la comilona, junto hasta su, hasta entonces, ancestral tía abuela. Entonces se dio cuenta de que vestía una camisola floreada y pantalones a la última. Para su horror, no parecía en absoluto la anciana nonagenaria que él había conocido, sino más bien una jubilada reciente con ganas de juerga, de esas que se apuntan a los viajes que organizan los servicios sociales.

“Entre la gente, llamémosle, corriente, hay telépatas, y médiums, y otros son capaces de hacer viajes astrales. Otros levitan o doblan cucharas….Y la mayoría no lo considera tan raro hoy en día…Pues lo mismo pasa con la magia. Hay mujeres que nacen con ello. Siempre las ha habido, aunque hasta hace nada, hemos tenido muy mala prensa…”

“P…pero… ¿no hay de por medio algo así como un pacto con el diablo?”.- dijo François respirando con dificultad.

“Noooo, qué vaaaa. Eso es parte de la leyenda negra. No digo que no haya alguna que haya utilizado su don de manera equivocada….la Eufrasia, por ejemplo, fue como una viuda negra de joven…y la Melecia…la Melecia también hizo algunas cosas que…¡pero bueno, a lo que íbamos!. Como cualquiera, una bruja puede usar sus dones para hacer el bien o el mal. Y también ha habido quienes se han hecho pasar por brujas para sacar provecho de ello.”.- dijo la tía Claudine mientras hacía con la cabeza un gesto de desaprobación.- “Generalmente, hemos sido parteras, ya que los hombres dejaban solas a las mujeres para que se las apañaran. También ha habido muchas herboleras, porque conocemos las virtudes de las plantas desde hace mucho. Ahora, como gracias a los cielos casi todas las mujeres de nuestro entorno paren en hospitales, no hay muchas que aprendan el oficio. Alguna, como Paula, ha estudiado en la Universidad, como la gente que no tiene el don y sigue la tradición en una maternidad. También hay farmacéuticas, y químicas….Hay que adaptarse a los tiempos que corren.”

El corazón de François había ralentizado su frenético ritmo y casi latía con normalidad. La mente se le despejó un poco y medio asimiló lo que le decía su tía, a la vez que recordó que había hablado de un óbito de un nonato.

“Todo esto que me cuentas, ¿Tiene que ver con el niño de Svietta?.- preguntó con un hilo de voz.

“Svietta hubiera dado a luz a pelo, sin ningún médico ni nadie entendido en el tema. Y el crío era casi de cinco kilos. Cuando llegamos estaba casi exhausta. Posiblemente, el bebé no hubiera sobrevivido. Sí, estoy segura de que era el crío de la predicción”

“Si sabías todo esto ¿por qué no dijiste nada antes?”

“Porque, como te digo, tenía que estar segura de que esa era la predicción. Podría haber sido Marie, o cualquier otra, en otro momento…Decidí permanecer como aletargada, pero en observación, hasta que se me hizo evidente.”

“Y fuiste a buscar a tus amigas brujas…”

“Bueno, sí. La verdad es que hacía un día de perros. Pero, ¡en fin!, ¡Qué le vamos a hacer!. Los bebés vienen al mundo cuando quieren, y suele ser en el momento más inesperado. La verdad es que Eusebia no ha perdido sus habilidades, y eso que hacía más de cincuenta años que no atendía un parto”.- dijo mientras evocaba el evento con media sonrisa en los labios.

François volvió a palidecer. ¡Cincuenta años! ¿y si hubiera fallado?. Un sudor frío le recorrió la espalda, y lo único que se le ocurrió decir fue “pero ¿Cuántos años tiene?”

“Oh, no lo dice, la muy coqueta, pero en confidencia, estoy segura de que los noventa no los cumple…”

“¡Noventa”.- exclamó François.

“Bueno, generalmente somos un poquito más longevas que la gente corriente…”

François volvió a palidecer recordando que había conocido a su bisabuela, y que ésta había muerto con ciento ocho.

“Angeline, con sus ciento ocho, cascó joven”.- parecía que, entre los dones de la tía Claudine, se encontraba también el de leer el pensamiento, lo cual resultó aún más inquietante para François.

“El caso, querido sobrino”.- la tía continuó.- “es que todo ha salido bien. Puedes continuar con tu negocio tranquilamente, que seguro que prosperará. Eso del turismo rural va en auge, te lo digo yo, que soy muy observadora, y últimamente he viajado mucho”.- y guiñó un ojo.

“¿Tranquilamente? ¿Ahora que sé que por aquí hay brujas? Que sé que…que… que podría tener una por hija?”

“Bueno, no es tan terrible tener una bruja en la familia. A veces, hasta puede ser muy conveniente. Además, ¿no has puesto esos temibles cardos en la entrada? ¿qué bruja malvada se acercaría?”.- dijo la tía Claudine con una risita.

Ahora se permitía el lujo de ser irónica. François tuvo el ridículo pensamiento de que se estaba desquitando después de tantos años callada. Se rindió. Y entonces se le escapó preguntarle una cosa que rondaba por su mente casi imperceptiblemente.

“¿Qué has venido a hacer aquí, tía? ¿Has venido sólo por verme?”

“No, he venido a cumplir con mi obligación. De hecho, ha sido una completa sorpresa encontrarte por aquí, aunque me ha alegrado mucho ver que empiezas a integrarte en tus tradiciones.”

“Que..¿qué obligación es esa, si puede saberse?”.- Se atrevió a preguntar con algo de miedo.

“He venido porque tanto el rey de Navarra como el vizconde de Bearn nos encargaron que veláramos para que el tratado se cumpliera pacíficamente.”

“¿Cómo? ¿Pacíficamente dices?”.- François dirigió una mirada aprensiva a los alrededores. Franceses y españoles festejaban alegremente, degustando cordero, que servían en generosas raciones, y dando buena cuenta de vinos.

“¿Y tu eres el que ha estado consultando la wikipedia? Pues, perdona que te lo diga, sobrino, pero qué mal te has enterado.”

François se puso un poco colorado. Otra vez, la tía hacía gala de sus dotes de lectura de mentes. De pronto se preguntó hasta dónde podría haber llegado. Al fin y al cabo, Marie y él habían vivido mucho tiempo bajo el mismo techo que ella, y se puso aún más colorado. Si la tía Claudine lo percibió, hizo como si no se enterara, lo cual fue muy de agradecer, y continuó hablando.

“Estos pastos dieron lugar a disputas, asesinatos y venganzas, allá por el siglo catorce. La paz vino con un laudo arbitral, pero, como garantía adicional, los gobernantes de ambos lados nos pidieron a las brujas que acudiéramos todos los años para velar por que se realizara pacíficamente. Si llegasen a las manos por el tema de los pastos, intervendríamos. Es algo altamente improbable hoy en día, porque esta gente ya ha olvidado hasta donde llegaron las rencillas, pero dimos nuestra palabra, y aquí estamos. Yo solía venir, antes de “hibernar” en tu casa. Pero bueno, no es la única tarea que se nos ha ido encargando a través de los siglos. También impedimos que se desmadre el fantasma de la reina Juana de Albret, que vaga un poco delirante con un cortejo de hadas por la selva de Irati, y que no se excedan gnomos y trasgos, por ponerte unos ejemplos. Pero no quiero aburrirte más, que mis amigas me están haciendo señas”.- la tía Claudine agitó la mano y sonrió a un grupo de señoras muy animadas que no solo devolvieron el saludo, sino que, para horror de François, se pusieron en marcha alegremente hacia donde ellos estaban.

“Parece que quieren conocerte”.- dijo la tía.- “verás qué simpáticas son.”

Y así, François fue introducido a no menos de siete brujas, cuyos nombres no fue capaz de recordar en su totalidad, aunque sí sus caras, pues todas tenían un algo que producía una sensación de fascinación, por muy mayores que la mayoría fueran.

“Y ahora, sobrino, te dejo, que hoy es viernes y tenemos que preparar el aquelarre.”

“¿Aquelarre?”

“Sí, pero no pongas esa cara, no es más que una reunión de comadres para comer, intercambiar recetas y cotillear mucho. Un verdadero marujeo, vamos.”

“¿En una cueva?”.- se atrevió a preguntar.

“No, no, eso está muy pasado de moda. En un restaurante de Pamplona, del que me han hablado fenomenal. ¡Estoy deseando comerme un ajoarriero! Que, por cierto, podrías incorporar al menú. ¡Hala, hala! Que te diviertas. ¡Ah!, y dile a Marie que por mucho librito y mucha reunión, así no se consigue nada, que quien tiene el don lo tiene, y quién no lo tiene, pues eso, que no lo tiene.”

Y la tía ya se daba la vuelta para marcharse con su pandilla de amigas. François entonces la llamó.

“¡Tía, tía! ¡Espera un momento!”

“¿Sí, sobrino?”

“¿volveré a verte?”

La tía sonrió.- “Claro, sobrino, de vez en cuando me pasaré por tu casa. Y si vienes por aquí cada trece de julio casi seguro que me encuentras”.- Y, sin más, se fue con sus amigas. François se quedó parado, sin saber qué hacer, durante unos minutos. Cuando reaccionó y trató de encontrarlas, no las vio por parte alguna, y eso que recorrió la multitud varias veces. Finalmente, desistió.

Cuando regresó a Arette encontró una nota de Marie, que decía que se marchaba a Stonehenge con un grupo de wiccans para asistir a una extraña ceremonia de iniciación a media noche que implicaba ir vestidos con túnicas de colorares, y que volvería en una semana. No regresó, y, lo más curioso, es que François ni se extrañó mucho ni, pasados los primeros días, la echó de menos demasiado.

Y el tiempo siguió transcurriendo. De vez en cuando, en Arette o en otros pueblos del valle, algunas mujeres, de todas las edades, le saludaban al pasar, como si se conocieran. Aunque él no sabía sus nombres, en todas reconocía ese halo fascinante, y no le cabía la menor duda de que eran brujas. Cada cierto tiempo, la tía Claudine se pasaba por el caserío, y hablaban hasta altas horas. Así se fue enterando de la historia familiar, de que lo que realmente había empujado a sus padres a marcharse no había sido, como él había creído, la búsqueda de un medio para ganarse la vida mejor, sino el hecho de que su madre tampoco había heredado el don, y estaba harta de soportar la mezcla de sentimientos de la abuela, que por una parte estaba frustrada y por otra odiaba a su hermana, también de lo que había de cierto y de falso en lo que popularmente se dice de las brujas, especialmente en las dos vertientes de los Pirineos. De hecho, a punto estuvo de quitar los cardos, que obedecían a la creencia de que las brujas no podrían resistir la tentación de contar los pelos hasta el amanecer, cuando se supone que se vuelven inofensivas, pues en realidad era una solemne tontería, pero la tía le instó a dejarlos porque le hacían gracia. Igualmente, supo de cómo las brujas se habían adaptado al mundo moderno y, hasta una vez, se atrevió a preguntarle cómo habían sido capaces de desplazarse en plena tormenta.

Todos los trece de julio, además, no faltaba François a la cita en la muga de San Martín, donde grupos de alegres señoras solían invitarle a sentarse a comer entre ellas, lo que provocó algún que otro chismorreo un poco salido de tono entre los hombres de Arette.

Con el tiempo la curiosidad le pudo, y comenzó a hacer visitas al vecino Roncal, para conocer el entorno y las gentes que compartían tradición y brujas con su valle. Poco a poco, fue penetrando en sus pueblos y paisajes. Un día que paró para tomar algo en Uztárroz, uno de los pueblos del valle, la camarera le miró con unos ojos misteriosos, y él reconoció inmediatamente su condición en ese halo de fascinación que emitía, y que él podía detectar, pues, como un día le había explicado la tía Claudine, también ese era un don reservado para algunos varones.

Seis meses después, se casó con ella en la iglesia del pueblo, con nutrida asistencia de paisanos del vecino Baretous vestidos con sus mejores galas, incluídos Svietta, su marido Vasyl, que se había convertido en un pequeño empresario de la construcción, los tres hijos que había parido en Francia (ella aseguraba rotundamente que, como el primer parto, de bueno, ninguno) y la hija que habían dejado en Ucrania y que ya vivía con ellos, y ya parecía totalmente del lugar, una adolescente de ojos azules como su madre que traía de cabeza a la muchachada masculina. Además, contaron con la presencia de una alegre y exultante tía Claudine, que, elegantísima, hacía de orgullosa madrina, acompañada de numerosas amigas, todas ellas fascinantes, aunque la mayoría fueran ya de cierta edad. Nueve meses después, contemplaba en una cuna de madera (que dicho sea de paso había encontrado en el desván y restaurado cuidadosamente) a su primera hija. Se preguntó si sería una de ellas, y compartió sus dudas con su mujer. Ella le miró fijamente, con esa expresión tan particular, tan… ¿mágica? y sonrió con dulzura.

“¿Te importa mucho? A mi me da exactamente lo mismo”.- dijo ella.- “Al fin y al cabo, lo importante es que sea una buena persona”.

François asintió. Más tarde, la tía Claudine también opinaría lo mismo, aunque no pudo reprimir una sonrisa. Desde la cuna, una niña les miraba, envuelta en un halo de misterio muy antiguo y a la vez tan nuevo como una vida que comienza.

“Tu madre y yo te enseñaremos”.- le dijo bajito al bebé, asegurándose de que ni su padre ni su madre la oían.- “Serás una gran bruja”.

Y así, François volvió a encontrarse con sus raíces y a entroncar con ellas, quedando sus años en Marsella cada vez más lejanos y difusos. Y la vida en el valle de Baretous siguió como siempre, y todos los trece de julio, como desde hace seiscientos años, la paz con el vecino valle del Roncal se ratificaba, como siempre, en presencia de las brujas.



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