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Fiction » Horror » Debilidad font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Thaly Black
Fiction Rated: M - Spanish - Romance/Horror - Reviews: 3 - Published: 01-28-09 - Updated: 07-11-09 - Complete - id:2628106

Disclaimer: Los personajes de esta historia, la trama, y todo lo demás, me pertenecen en su totalidad. No hago esto con ánimo de lucro. Sólo pretendo que nos lo pasemos bien un rato.

Esta historia trata temas delicados, como el aborto; así que si eres sensible a esos temas, por favor, no leas, o si no, no digas que no te he avisado. Además, sólo constará de dos capítulos más epílogo, y es un intento de historia de terror, aunque no sé como habrá salido. La verdad. Simplemente espero que os guste.

APB Productions presenta...


Debilidad

Capítulo Primero


El cielo había amanecido nublado aquella mañana. Eran unas nubes oscuras que amenazaban con tormenta, y el frío de mediados de noviembre se colaba por las puertas y las ventanas, sin que la calefacción, que ya llevaba un buen rato apagada, pudiese hacer nada por evitarlo.

En la calle Westerling, donde una fila de edificios se alzaba a cada lado de la calle, se encontraba el edificio Hoobstank, que era el primero al lado derecho de la calzada entrando por el sur. En el ático de ese edificio alguien llevaba sin dormir casi tres horas desde antes del amanecer.

Esa persona se llamaba Carol, y no podía conciliar el sueño. Tal vez por culpa del frío, del dolor o de una infinita tristeza.

Trabajaba como chica de los recados en un bufete de abogados. Había sido lo único que había podido encontrar ocho meses atrás, cuando, tras largarse de la casa de sus padres para “conseguir gobernar su propia vida”, se encontró sola y sin trabajo.

A sus dieciocho años recién cumplidos era a lo único que podía aspirar, y se encontró siguiendo una rutina deprimente para pagar el alquiler de un piso de seis metros cuadrados en el que apenas cabían ella y su gato, una nevera, la cama y el microondas.

Si alguien le hubiese dicho que eso era lo peor que podía pasarle, Carol le habría creído a pies juntillas y sin dudar ni media palabra. Pero habría sido engañada.

Siempre había estado protegida por sus padres, que le dieron todo cuanto quiso y más, pero para ella, un ser egoísta y superficial, eso no era suficiente. Quería gobernar su propia vida, incluso sin estar preparada para ello. Porque no lograba engañar a nadie, ni lo lograría jamás. Era una niña perdida y asustada metida en un mundo plagado de depredadores y presas. Adultos. Ella, simplemente, era la presa más débil.

Durante las dos primeras semanas del trabajo se había sentido sola y aterrada. Como si nadie ni nada pudiese protegerla, aferrándose a cualquier mínima brizna de estabilidad que cualquiera le ofreciese.

Pero entonces llegó David. El hijo del dueño y jefe del bufete. Con veinticinco años y la carrera terminada. Una sonrisa dulce en su rostro de niño y la cartera repleta de billetes grandes. Extrañamente dispuesto a cumplir todas sus voluntades.

En un principio, Carol se había sentido cautelosa hacia David; al fin y al cabo, no lo conocía de nada, y el hecho de que él estuviese dispuesto a hacer tantas cosas por ella era para tener, al menos, un mínimo de desconfianza.

Pero él le aseguró que debía confiar en él. Que la quería. Que se había enamorado de ella. Y ella, confiando en su sonrisa de niño, le había creído.

Así fue como le abrió las puertas de su casa, las sábanas de su cama y sus propias piernas. Por primera vez.

Lo que empezó siendo una relación dulce, clandestina y cargada de cariño, se terminó convirtiendo en polvos apresurados contra la puerta de cristal opaco del despacho de David, mordiendo su hombro para evitar gemir; su lengua recorriendo sus clavículas en el ascensor del bufete o viajes en un BMW descapotable hasta lo alto de una colina desde la que se divisaba toda la ciudad.

Y fue allí donde concibieron a Martha.

Había sido una cálida noche de agosto, bajo la luz de más de un millón de estrellas. Despacio, como siempre. Como si David tuviese miedo de tocarla.

Por aquel entonces, ella ya estaba loca por él. Daría su vida entera si él se lo pidiese, y muy en el fondo sabía, o creía saber, que él la daría también por ella.

Al cabo de cinco semanas, ella le había contado que estaba embarazada, y David la había abrazado; le había jurado que lo había hecho el hombre más feliz de la tierra y cubrió su rostro de besos.

El último mes de octubre fue el más feliz de la vida de Carol desde que tuvo uso de razón. David la llevaba al trabajo cada mañana y la dejaba en su piso todas las noches. Le juraba mil y una veces al oído que la quería; y hacían planes juntos, para cuando Martha naciese.

Realmente nunca llegaron a saber si sería una niña. Carol esperaba que así fuese, y en su fuero interno la llamaba Martha. David no estaba al tanto de ello, así que todo había marchado bien.

Pero los sueños, construidos como castillos en el aire cayeron al suelo con un silencioso estrépito cuando David le comunicó a su padre que Carol estaba esperando un hijo suyo.

El hombre gritó, aulló y finalmente se impuso su voluntad. El hijo de una de las personas más influyentes de la ciudad no podía tener un hijo con la chica de los recados del bufete de su padre. No estaba bien visto socialmente. Y Carol no era nadie, así que no debía tan doloroso llevarla a una clínica para que le practicasen el aborto.

En un principio, Carol se opuso a perder a su pequeña Martha, pero David le prometió que todo iba a estar bien. Que la querría igual, y que algún día…

Ella había sido una ilusa. Había confiado en su sonrisa de niño y al final todo había salido mal. Porque David era el hijo de una persona altamente influyente dentro de la ciudad. Ella solo era la chica de los recados, la que se abría de piernas en cada rincón que él lo necesitase.

Y había abortado. Había permitido que le sacasen a su pequeña Martha, y David no había hecho nada para impedirlo. Había estado de acuerdo con su padre, sin que la voluntad de Carol contase para nada, porque al fin y al cabo, “princesa, tú todavía eres muy joven para decidir sobre estas cosas”.

Y Carol supo, en ese preciso instante, que acababa de hacerse adulta.

Cuando David la dejó en su piso, justo después de salir de la clínica, tras haberse pasado dos días inconsciente y alimentada con suero; le dio un beso en la frente y le recomendó que descansase.

Fue entonces cuando Carol tuvo el tiempo suficiente para pensar en todo lo que le había pasado, y fue consciente de que todo había cambiado en demasiado poco tiempo.

Puede que David la quisiese, al menos, eso decían sus ojitos azules cada vez que la miraban. Pero también la había utilizado. Había tomado una decisión que les concernía a ambos, y, francamente, más a ella que a él. No había luchado por ella. No se había encarado con su padre y defendido lo suyo. Y Carol jamás le perdonaría eso.

Jamás le perdonaría que le hubiese obligado a perder a Martha. Porque era Carol quien no lograba conciliar el sueño debido al dolor, y no solo físico, que le provocaba esa sensación de vacío en su vientre. No dormía por el sentimiento de culpa. Por haber permitido que le quitasen a su niña, incluso antes de haber nacido.

Llevaba dando vueltas en la cama desde las tantas de la madrugada. No lograba conciliar el sueño, y el dolor del vientre le impedía sentirse cómoda en casi cualquier postura; de modo que se acurrucaba contra un cojín y miraba como las manecillas fluorescentes del reloj de su mesita de noche se movían lentamente.

Tenía los ojos irritados de la falta de sueño, le picaban y lagrimeaban levemente. Cuando el despertador, que llevaba como unas tres horas desactivado, marcó las siete y media, Carol apartó las mantas de encima de ella y, apoyándose en las manos, se irguió lentamente, hasta terminar sentada.

Sintió un agudo dolor en el bajo vientre, y notó como se le llenaban los ojos de lágrimas, mientras se mordía el labio inferior para evitar soltar un quejido de dolor. Ya estaba harta de ser débil. De mostrarse débil.

Caminó hasta el baño arrastrando los pies, encendió la luz del espejo y se miró en éste, apreciando las marcadas ojeras que tenía bajo los ojos. Estaba pálida, aunque eso tal vez fuese el efecto creado por su pelo negro y la escasa luz.

Se echó un poco de agua por la cara, y la nota fría contra su piel. Se le puso la piel de gallina, y se apresuró a pasarse la toalla por el rostro, a fin de secárselo. Se agachó intentando contener una mueca, para recoger el neceser que yacía al lado del lavamanos. Allí era donde guardaba el maquillaje, y necesitaba echarse una buena capa para disimular las ojeras y la palidez casi espectral de su piel.

El tacto de maquillaje contra sus dedos estuvo a punto de provocarle náuseas, y se detuvo un momento para recobrar el aliento antes de proseguir con su labor. Le temblaba levemente el pulso mientras se delineaba el ojo con el lápiz negro. Sus ojos parecían más verdes mientras lo hacía.

Cuando se miró al espejo, una vez hubo terminado, se encontró con un rasgo inquietante en su rostro. Era algo que no sabría como definir, pero apartó la mirada de su reflejo y volvió a entrar en su dormitorio para vestirse.

Al abrocharse el pantalón sintió un incómodo dolor agudo en el vientre. La tela vaquera le rozaba las piernas al caminar, y se sentía absolutamente incómoda. Al abrocharse la camisa, negra y arrugada, por encima de un sujetador del mismo color, se dio cuenta de que, por fin, los pechos habían dejado de dolerle.

La sobrecarga en vena de hormonas que había tenido en las últimas semanas había dejado esa zona de su cuerpo especialmente sensible. Extrañamente, el hecho de que ya no le doliese creaba una especie de vacío en su interior. Le hacía sentirse triste. Plenamente consciente de lo que David le había arrebatado.

Y no era tan solo su inocencia.

Arrojó su teléfono móvil y las llaves a un pequeño bolso negro, de imitación al cuero, antes de ponerse una chaqueta de tela vaquera y abrir la puerta con una mano, mientras con la otra intentaba cerrarse la chaqueta para enfrentarse al frío del exterior.

La puerta de su departamento se cerró con un chasquido a su espalda, mientras ella bajaba ya por las escaleras. Tal vez el padre de David pretendiese hacer como que no había pasado nada, porque ni siquiera le habían concedido los días libres que pidió para poder recuperarse con normalidad de todo lo ocurrido.

Al salir del portal del edificio, el frío sacudió a Carol, convirtiendo su vientre en una sarta de cuchillos que se clavaban de forma dolorosa. Respiró hondo y comenzó su trayecto por la acera. Se cruzó con la señora Dawson, que vivía a tres edificios de ella. Llevaba un largo abrilo y a su perro, de raza pequeña, atado con una correa. La saludó con un movimiento de cabeza. Carol simplemente esbozó una leve sonrisa.

La parada de autobús más cercana estaba a trescientos metros de su casa, y a mitad de camino ya tenía las manos congeladas y la nariz enrojecida. El dolor en el vientre era tan agudo que ya sobrepasaba las barreras de su conciencia. Iba más allá de lo humanamente soportable, y por lo tanto, ella optaba por ignorarlo. De lo contrario, estaba perdida.

Al llegar a la parada se encontró con que el banco estaba ocupado en su totalidad, de modo que se acurrucó contra la pared de atrás de la marquesina, abrazándose la cintura en un vano intento de mantener el calor. Cuando llegase a la oficina, Susan, la chica de la fotocopiadora, le ofrecería un café bien cargado y calentito, como hacía cada día. Siempre se lo rechazaba, más que nada porque en los últimos tiempos había perdido el apetito. Pero ese día dudaba si romper o no con su rutina.

El autobús llevaba ya quince minutos de retraso, y Carol estaba segura de que ni siquiera David podría librarla de una bronca del jefe como llegase tarde al trabajo. Estaba empezando a tiritar, y hacía como cinco minutos que había perdido la sensibilidad en los dedos. El aliento se le convertía en humo nada más salirle de la boca.

Cuando llegó el autobús, las narices de sus compañeros de suplicio le indicaban que no era la única que estaba a punto de convertirse en un carámbano de hielo. Dejó pasar a una ancianita que llevaba una cesta bajo el brazo y a un niño que portaba una mochila que seguramente pesaba más que él mismo, y entró en el autobús.

Depositó unas cuantas monedas en la mano del conductor; las justas para poder ir y sentarse en un asiento contra la parte de atrás del vehículo. Solo ansiaba cerrar los ojos y apoyar la cabeza contra la ventanilla, buscando su frialdad y alivio.

Era plenamente consciente de que tenía fiebre. Por eso sentía tanto frío en el exterior. Apoyó la cabeza contra el frío cristal y se sintió mejor.

Cuando llegó al bufete entró a toda prisa, y ya en el vestíbulo la recibió la calefacción, logrando que soltase un suspiro de alivio mientras caminaba a grandes zancadas hacia el despacho de su jefa, Daniela. La mujer más hermosa que Carol había conocido nunca y hermana de David, como añadido.

Llamó tímidamente a su puerta con los nudillos, y ante la voz de “pase”, hizo girar el pomo de la puerta y entró en el despacho.

Daniela la esperaba detrás de su escritorio, revisando unos papeles. Era el tipo de mujer que lograba rebajar la autoestima de cualquier jovencita de carácter inestable. Alta, mucho más de lo que Carol llegaría a ser jamás, y con un cuerpo escultural. Cintura de avispa y pechos generosos. “Silicona por kilo”, como decía Susan en tono mordaz. Si, puede que fuese silicona, pero Daniela era preciosa, y una sola mirada de sus fríos ojos azules lograba que Carol se quedase estática, casi muda.

— Llegas tarde –dijo con tono seco, levantando la mirada de los documentos que estaba revisando. Esbozó una sonrisa, a través de sus labios gruesos y sensuales, pintados de rojo, al tiempo que se apartaba el flequillo rubio de la te quedes ahí pasmada –dijo luego a llevarle esto a David y luego tráeme un café.

Carol recogió la carpeta que Daniela le tendía y se apresuró a salir del despacho. En realidad, pensaba, no era tan mala persona como quería aparentar. Pero era una mujer metida en un mundo de hombres, y debía ser firme, inflexible, si quería conservar el poder y la reputación que ella misma se había labrado.

Caminó por el pasillo, despacio; intentando retrasar lo máximo posible el momento de encontrarse con David. En aquel momento apenas le dolía el vientre, y al cruzarse con Susan le dedicó una sonrisa, al tiempo que le tendía el bolso para que lo guardase en su puesto dentro del bufete.

— ¿Después tomarás un café? –preguntó con una sonrisa. Carol sonrió a su vez. La verdad era que el buen humor de su amiga era contagioso. Debía tener unos veinticuatro o veinticinco años y era bajita y regordeta.

— Supongo, pero antes tengo que llevarle esto al señor Rickman -dijo pegando una pequeña palmadita en la carpeta que llevaba entre los brazos-. Ah, y prepárale también un café a Daniela -pidió luego.

— Con doble ración de botox para los labios -replicó Susan mordaz, mientras su espesa coleta castaña oscilaba a su espalda mientras seguía su camino hacia la fotocopiadora y la cafetera.

Carol respiró profundamente al llegar a la puerta del despacho de David. Hizo un vano intento de alisarse la camisa negra que llevaba puesta. Llamó suavemente y luego pasó, sin esperar a que le diese permisó. David no se enfadaría con ella por algo así, ni por ninguna otra cosa.

Cerró la puerta a su espalda y se apoyó contra ésta. David alzó la mirada de lo que estaba haciendo y su rostro se iluminó con la enorme sonrisa de niño de la que Carol se había enamorado.

— Buenos días, señor Rickman –dijo con una sonrisa chispeándole en los labios. Sabía que David no era un adalid de autocontrol y buen comportamiento; y a ella le encantaba probarlo, picarlo para ver hasta dónde era capaz de llegar por ella.

— Buenos días, Carol –replicó él levantándose de detrás de su escritorio y rodeándolo en dos amplias zancadas. Prácticamente le arrancó la carpeta de las manos y la tiró de cualquier manera sobre la mesa. Sus manos se precipitaron a la cintura de la joven y la arrinconó contra la puerta-, te he echado muchísimo de menos –susurró contra la piel de su mejilla.

Ella sintió como si la piel se le volviese de gelatina en contacto con los labios de David. Pero no iba a permitirle salirse con la suya tan fácilmente como se lo había permitido siempre. Porque si, le quería. Pero él le había arrebatado todas las cosas por las que ella había creído vivir. Su Martha y su libertad. En el momento en que Martha murió, murió algo dentro de Carol. Y ese algo llamado amor por David no resucitaría jamás.

Porque ahora si, le quería, pero no lo amaba. Y aunque sus labios todavía despertasen en ella las mismas sensaciones intensas y salvajes que antes de Martha, Carol sabía que ya no era suficiente. Necesitaba algo más, tal vez más profundo… tal vez más sincero.

— David, tengo que irme –susurró ella apartándolo de su cuerpo.

Él la retuvo, agarrándola por la muñeca. Acercó su cuerpo al de Carol aprisionándola contra la puerta. El dolor de vientre se hijo más agudo ante la presión y ella sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas. Los cerró para evitar otra humillación, y contuvo el aliento. Contuvo el dolor.

— Venga, princesa –susurró contra su mejilla -. Esta noche te llevaré a un hotel nuevo que inauguraron anoche, en lo alto de nuestra colina –añadió con dulzura, besando su sien con cuidado antes de abrir la puerta.

Como no le quedaba más remedio, Carol asintió en silencio, al tiempo que salía del despacho, con los ojos anegados de lágrimas.

Se odiaba a sí misma por la forma en que perdía la voluntad cuando él estaba cerca. Se odiaba por no saber remediarlo.

Susan le dedicó una sonrisa cuando ella se sentó en la silla al lado de la fotocopiadora. Le tendió un tazón de porcelana color verde pistacho. Estaba calentito y humeaba. Carol apretó las manos en torno al recipiente.

— ¿Te encuentras bien? –preguntó Susan con suavidad.

— Si, si. ¿Por qué? –mintió Carol con una media sonrisa.

— Estás pálida... –murmuró la regordeta chica de las fotocopias . Aunque tal vez sean imaginaciones mías.

Carol esbozó una sonrisa. Susan era su amiga, pero no tenía por qué preocuparla con sus problemas. Bebió un pequeño sorbo de café y dejó la taza en la pequeña mesita de aluminio donde reposaban su bolso y la mochila de su amiga.

Sirvió un poco de café en un tazón y lo puso en una bandeja de plástico que había al lado de la cafetera. Metió la mano en un tarro de cristal y sacó un puñado de sobres de azúcar, y los acomodó el lado de una cucharilla de plástico.

— Voy a llevarle el café a Daniela –dijo luego, al tiempo que pasaba por el lado de Susan, cargada con la bandeja.

Mientras caminaba por el pasillo se dio cuenta que al mantenerse en movimiento y al entrar en calor no sentía tanto el dolor que le causaba ese vacío en su vientre. Llegó a la puerta de Daniela y se las arregló para hacer girar el pomo sin poder usar las manos.

Nada más entrar en el despacho se dio cuenta de que Daniela estaba acompañada. La otra ocupante del despacho era una mujer del mismo corte físico que su jefa. Rubia y perfecta, con el cuerpo escultural que podría salir en una revista no apta para menores. Carol enrojeció en contra de su propia voluntad.

— Ah, hola Carol –dijo Daniela con una sonrisa . ¿Le entregaste los papeles a David? –inquirió luego, mirándola de forma escrutadora.

Ella se limitó a asentir con la cabeza.

— Bien –dijo su jefa esbozando una breve sonrisa . Puedes dejar el café en el escritorio –añadió con suavidad. Carol se apresuró a cumplir con lo que le mandaban. La mujer que se sentaba ante el escritorio, frente a Daniela era la mujer más hermosa que Carol había visto nunca. Incluso más guapa que su propia jefa. -. Por cierto… –dijo ésta . Te presento a Evelyn Bright –Carol creyó detectar una nota de orgullo en su voz , la prometida de mi hermano David.

Carol sintió como si acabasen de asestarle un puñetazo en pleno rostro. Sentía como si le temblasen las rodillas y se quedó sin aliento. Sin embargo sus ojos no se llenaron de lágrimas. Fue como si su estómago se volviese de acero de repente y se volvió hacia esa tal Evelyn con una enorme sonrisa. Era plenamente consciente de que ella no levantaba mucho más de metro y medio del suelo, cuando esa mujer medía casi un metro ochenta.

— Vaya, señorita Bright, me alegro por usted –y se sorprendió a si misma, porque había sonado más sincera de lo que se esperaba. Se volvió hacia Daniela . ¿Se le ofrece algo más? –preguntó luego con suavidad. Notaba tensos los músculos de la garganta.

— No, no te preocupes –dijo Daniela , ve a ver si mi hermano necesita algo y luego te quedas por los pasillos, por si alguien te necesita –añadió con algo parecido a la dulzura.

Carol asintió con la cabeza y salió del despacho con el semblante erguido y los músculos de la garganta a punto de reventar.

Caminó a grandes zancadas hasta el despacho de David. Sentía en su interior una especie de furia contra todo lo que la rodeaba. Quería golpear a David hasta quedarse sin fuerzas, quería besarlo hasta caer rendida, y por encima de todas las cosas, quería odiarlo. Pero no sabía.

Abrió la puerta de cristal opaco con un movimiento que resultó de todo menos grácil. Entró, dejando que la puerta se golpease a sus espaldas y le asestó una bofetada a David a través del escritorio.

— Eres un completo hijo de puta –le espetó con un siseo.

Él se acercó a ella y la aferró de la muñeca, acorralándola entre su cuerpo y el escritorio. Carol rehuyó su mirada. Pero el calor que el cuerpo de David siempre desprendía la envolvió con algo similar a la violencia.

— ¿Se puede saber qué te pasa? –preguntó aferrando su mentón de forma brutal y obligándola a mirarlo a los ojos.

— Me pasa que eres un jodido mentiroso. Eso me pasa –dijo entrecerrando los ojos . ¿Cuándo tenías pensado hablarme de Evelyn? –preguntó luego, con un tono que sonó más dolido de lo que ella esperaba.

Para su sorpresa, David la soltó y se dejó caer en uno de los asientos de mullido tapizado que había ante el escritorio. Miró al suelo y soltó un suspiro de cansancio.

— ¿De verdad piensas que me quiero casar con ella? –el tono de su voz sonaba tan derrotado que ella no pudo evitar acercarse y pasarle una mano por el pelo. Era plenamente consciente de que se estaba mostrando débil.

— Bueno… mide casi treinta centímetros más que yo, es absolutamente preciosa y tiene dinero –enumeró con amargura , no; no tienes ningún motivo para querer casarte con ella –ironizó, acariciando, sin embargo, el pelo de David con suavidad.

Él alzó el rostro y sus ojos azules escrutaron a Carol.

— No hay nada en ella que me interese, Carol. Yo te quiero a ti –dijo mirándola a los ojos. Ella sintió como si se derritiese . No obstante, tengo que casarme con ella… de cualquier otro modo, mi padre podría perder el poder y el prestigio que tiene el bufete.

Carol se cruzó de brazos y apartó la mirada de David. Siempre su padre. El prestigio de su padre. La voluntad de su padre. Estaba harta de todo aquello. Estaba hastiada de que las decisiones de los demás influyesen en su vida, cuando había huido de su casa para no tener que convivir con ese hecho.

Se apartó del escritorio, esquivando a David, que permanecía en la silla, y ya tenía la mano en el pomo de la puerta cuando él le rodeó la cintura con los brazos y la hizo girar para mirarla a los ojos.

— Lo que hay entre nosotros no tiene por qué cambiar, Carol –susurró con los labios tan cerca de los de la chica que ella podía degustar el sabor de éstos.

— ¿Ah no? –ella se debatió intentando soltarse . ¿Te casas y me dices que lo nuestro no tiene por qué cambiar? ¿Qué coño pretendes? ¿Qué sea tu amante? –espetó con los mínimos miramientos. La furia le latía en la garganta como si de ponzoña se tratase.

David la miró fijamente. Carol le devolvió la mirada, impasible.

— No me parece una idea tan descabellada –repuso él al cabo de unos segundos de mirarla a los ojos.

Si los ojos de Carol fuesen puñales David caería muerto al suelo en ese mismo instante. ¿Pretendía que fuese su amante? ¿Pero qué se había creído?

— No sé a qué tipo de mujeres estás acostumbrado, David –dijo con la voz temblándole de rabia , pero yo no estoy dispuesta a ser la otra –añadió apartándolo de ella.

Hizo girar el pomo de la puerta y salió al pasillo, caminando con decisión. Apenas notaba las lágrimas que caían por sus mejillas. Lágrimas de rabia, de decepción.

Quería demasiado a David. Pero no estaba dispuesta a aguantarle nada más.

Entró en el baño y se metió en el primer cubículo que encontró. Se sentó sobre la taza y se acurrucó contra el respaldo, para poder subir los pies. Se abrazó las rodillas y cerró los ojos a fin de no dejar que las lágrimas saliesen.

Estaba cansada. Muy cansada.

Desde que había conocido a David su vida se había vuelto una maraña confusa que se escapaba a su control. Él le había enseñado lo que era la felicidad y sentirse querida, como solo él sabía quererla. Pero también le había arrebatado lo único que tenía. Su ilusión, su inocencia y su libertad.

Y la culpa no era de David. Lo que más le dolía a Carol era que la culpa era enteramente suya. Porque le permitía gobernar su vida sin intervenir. Le había permitido tomar decisiones por ella, y eso solo había terminado por atormentarla.

Aunque, como diría su madre –pensó con un toque de nostalgia de nada valía llorar por la leche derramada.

El tiempo pareció diluirse como lo haría el caramelo en agua hirviendo, y se encontró mirando fijamente a la pared del cubículo del escusado. Como quien no quiere la cosa, se encontró a sí misma pensando en cómo estarían las cosas por casa, y qué se sentiría al acurrucarse en el sofá viejo, envuelta en la manta de su madre, ante el fuego, con una taza de chocolate caliente entre las manos. Se preguntaba también si Yop, su antiguo labrador negro le lamería las manos cuando llegase a casa antes de subirse al sofá, sobre las piernas de su padre, dejándolo medio sepultado bajo su peso.

No sintió ni una lágrima de las que corrieron por su mejilla. De pronto se abrió la puerta del cubículo y se encontró cara a cara con un preocupado David, que llevaba su bolso en una mano y la chaqueta colgada del antebrazo.

— ¿Qué te pasa, princesa? ¿Estás bien? –preguntó arrodillándose en el suelo, delante de ella.

Carol fue plenamente consciente de lo que había ocurrido, y no fue capaz de determinar el tiempo que había pasado allí sentada, mientras asentía con la cabeza. Se levantó y extendió una mano para apoyarse contra la pared del cubículo. Se sentía mareada.

— ¿Qué… qué hora es? –musitó con voz pastosa.

— Son las nueve y media de la noche, cariño –dijo David pasándole un brazo por los hombros, a fin de aportarle un poco de estabilidad.

Carol asintió comprendiendo que se había pasado cerca de diez horas aovillada sobre una taza de váter, llorando y regodeándose en su propia tristeza. Respiró profundamente, mientras David la metía en su propio coche, dándose mucho asco a sí misma.

Dentro del coche apoyó la cabeza contra el cabezal del asiento, cerrando los ojos. Se sentía mal. Le volvía a doler el vientre, y no solo por la sensación de vacío. Pero tenía otro dolor dentro; un dolor más hondo que el del propio vientre. Le dolía el alma. No podía evitar adorar a David, pero por otra parte, en su interior, necesitaba odiarlo.

Para evitar la conversación se centró en el paisaje y reconoció casi al instante el camino a la colina. Su colina.

Todavía no habían llegado a la cima, pero Carol ya podía distinguir una concentración de luces en lo alto. El nuevo hotel del que David le había hablado por la mañana.

Cuando llegaron a la cima, David enfiló hacia la entrada principal, mientras Carol se fijaba en el cartel que exhibía cinco estrellas, como una especie de amenaza o invitación, según con que ojos se mirase.

David se bajó del coche, quitando las llaves del contacto, y dio la vuelta por la parte de atrás para abrirle la puerta, al tiempo que tendía las llaves a un hombre uniformado que esperaba al pie de las escaleras de la entrada.

El empleado del complejo hotelero asintió con un gesto de cabeza al tiempo que rodeaba el vehículo para llevarlo a su plaza de aparcamiento.

Al entrar, Carol se irguió. Sabía que estaba fuera de lugar en medio de aquel vasto recibidor con asientos de caoba tapizada de terciopelo rojo. El hotel estaba ambientado en los hoteles de principios del siglo veinte, con lámparas que imitaban quinqués y todo forrado de madera.

Ella se entretuvo mirando a su alrededor mientras David enseñaba su Visa Platino y firmaba unos papeles. Había algo en aquel lugar que le hacía sentir hostilidad. Y no alcanzaba a entender qué era.

Al cabo de un par de minutos, David le rodeó la cintura con un brazo al tiempo que la guiaba escaleras arriba. Carol quería revolverse, desafiarlo, decirle que no quería irse con él a ese cuarto; pero se quedó callada mientras él abría la puerta del dormitorio.

La habitación era más grande que el apartamento de Carol, y estaba decorada con todo lujo de detalles. La cama era más grande que toda la cocina de Carol, y la chica apartó la mirada de ella, sintiéndose violenta.

Se acercó a la ventana y pudo ver el bosque, oscuro y espeso. Sintió los brazos de David rodeándole la cintura y ella se giró hacia él, mirándolo a los ojos.

— Quiero irme a mi casa –dijo con suavidad.

Él le dedicó una sonrisa, entre burlona y comprensiva antes de negar con la cabeza.

— He pagado tres meses de alquiler de tu apartamento por esta habitación durante una noche, Carol –dijo con firmeza , no vas a irte.

Ella se alejó de él y apartó las mantas de la cama con violencia. Se quitó la camisa y el pantalón y se metió en la cama, tapándose hasta la barbilla.

David la miró, dividido entre la diversión y la tristeza. Se desvistió con parsimonia y luego se metió a su lado en aquella cama gigante. La abrazó por la cintura y pegó su pecho desnudo y caliente contra la espalda, siempre fría, de Carol.

— Te quiero, princesa –dijo en su oído. Una lágrima estuvo a punto de asomarse a los ojos de la chica.

— Pues no lo parece, David –dijo ella, sonando todo lo dolida que quería y más.

Los labios de David se posaron en su hombro y luego rozó su cuello con la nariz.

— Carol… me duele tanto como a ti el haberte obligado a abortar –susurró, tan cerca de su oreja que ella se sintió horriblemente indefensa , pero tendremos más niños, princesa. Podremos estar juntos.

Algo, una pieza inconexa, se movió en el interior de Carol, y por fin lo entendió, mientras caía en los brazos de un tal Morfeo.

— Pero… yo ya no quiero estar… contigo –musitó mientras caía dormida.


Bueeeeno. Espero que os haya gustado. El segundo capítulo y el epílogo están ya escritos, y mi velocidad al subirlo será directamente proporcional a vuestras ganas de leerlo. Espero que nos entendamos.

Gracias por estar ahí.


Thaly


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