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La
sala ya empezaba a atestarse de gente; y la mayoría ya se encontraba
reunida alrededor del árbol. Curioseando entre las esferas verdes y
rojas. Tirando sin querer de las guirnaldas blancas o robando los
bastoncillos de caramelo que guindaban de las ramas: Todos
preguntándose donde estaría el anfitrión, y a que se debía su
retraso.
El
vino se estaba acabando.
Lo
busco entre la muchedumbre y luego en su copa vacía.
¿Por
qué tenía que hacerle esto?
Ilusionarlo
y dejarlo a la deriva como a un pobre animal.
Era
el ritual de todos los años: asistir a la celebración y recibir los
presentes con una obligada sonrisa. Despedirse con una cena que
dejaba mucho que desear.
Buscó
en el lugar más obvio: "¡Blad~!" escucho tras cerrar la
puerta "Apareciste~"
Lo
encontró tendido sobre la cama; la cual estaba cubierta de sacos y
abrigos, sombreros y paraguas.
"Te
están esperando…"
"No
quiero bajar"
Lo
vio dar unas cuantas palmaditas en la esquina de la cama y llamarlo
agitando su rubia cabellera "Ven"
Blad
miro con desgane el camino de regalos desperdigados por el suelo; y
enseguida la sonrisa de su compañero adornada por sus ojos verdes.
Lo
estaba llamando nuevamente.
"Vamos,
se que detestas estar ahí afuera"
"Fue
tu idea"
"Siempre
es mi culpa…" murmuro con una encantadora sonrisa que le hizo
mover los pies: Pisando una bufanda que jamás usaría; rompiendo un
portarretratos que probablemente regalaría. Y ocultando bajo la cama
aquello que siempre había deseado.
"¡Ah!
Mira lo que encontré" el rubio estiro el brazo sacando una caja
de chocolates.
"Emil…"
"¿Jugamos?"
Chilló emocionado desde la cama "Por cada regalo bueno
que encuentres te daré un premio" ordenó.
Y
no pudiendo negársele, Blad acepto como todo un iluso.
"Esta
bien"
Al
primer intento encontró un violín de lo más extraño; recibiendo
así el primer chocolate, siendo empujado por suaves dedos para
invadir su boca.
Seguido
encontró algo de arte abstracto y un pez dentro de una licuadora. Un
extinguidor llamó su atención y una Biblia de bolsillo fue a dar
contra la pared.
Para
cuando dio con los escritos del Mar Muerto solo quedaba un chocolate;
el había ido a parar coincidentemente a la boca del otro.
"Ven"
llamo Emil con gestos y mirada; finalmente tirando del cuello de su
camisa.
Juntando
labios, y dejando que el dulce se deshiciese entre sus bocas. Tocando
lo tibio. Palpando lo suave.
Llamándose
mutuamente en silencio; el cual solo era opacado por sus
caricias.
Que
importaba lo que pasase ahí afuera:
Que
el árbol se derrumbase, que la gente huyera.
¡Que
el Mesías resucitara!
Ya
nada más importaba.
Nada más que sus manos reconociéndose
con ojos cerrados. Que sus nombres fuesen pronunciados por bocas
ajenas; y que hasta el último gemido colmase las esquinas de la
habitación.
Era
el ritual de todos los años: fingir indiferencia, reprimir
desesperación.
Esperar
que todo estallase con un simple beso…
… Tal vez, era por eso que nunca colgaban muerdago.