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Author: Hannah BlueBird
Fiction Rated: K+ - Spanish - Adventure/Mystery - Reviews: 5 - Published: 04-03-09 - Updated: 08-15-09 - id:2655302

Capítulo 2:

Jane corría por unas calles desconocidas para él. La luna iluminaba su delgada silueta, haciéndola siniestra pero delicada a la vez.

-Jane.- llamó Christian mientras corría.- ¡Jane!

-¡No grites!- susurró la chica sin dejar de correr.- ¿Qué quieres?

-¿Me vas a decir a donde vamos?- contestó Christian bajando el tono de voz.

-¡Ya falta poco!- dijo Jane, apretando el paso. Christian resopló e intentó ajustarse a su ritmo.

Cruzaron varios callejones más, cada cual más oscuro que el anterior. En todo el camino, Christian no vio a nadie, pero supuso que sería demasiado tarde como para que hubiera nadie por la calle.

-Ya estamos.- susurró de repente Jane, haciendo que Christian se sobresaltara.

Habían llegado a una plaza circular, cuyas piedras grises brillaban a la luz de la luna. Rodeada por varios edificios, el que realmente destacaba era el que estaba en frente de ambos.

Parecía una vieja fábrica, pero era mucho más misteriosa. Sus muros eran de piedra ennegrecida con el tiempo, y las paredes los ocupaban en su casi totalidad unos enormes ventanales con los cristales rotos.

-Bienvenido al Palacio de Cristal.- sonrió Jane.


Entraron al edificio por un enorme agujero que había en uno de sus laterales. Christian observó que las puertas de entrada estaban tapiados con tablones de madera.

Jane ascendía por unas enormes escaleras de caracol, y él al seguía. No tenía ni idea de por qué la llevaría esa niña a un lugar como ese.

Las escaleras se abrían a una enorme sala, cuya pared frontal estaba formada por un enorme ventanal con los cristales rotos. El techo era alto, y algunas vigas de madera lo cruzaban, a la vez que disparaban al suelo varios pilares.

En uno de esos pilares estaba apoyada la chica que tanto le sorprendió.

Tenía el pelo rubio ceniza recogido en una pequeña coleta, que asomaba por debajo de su gorro negro. Llevaba una chaqueta y un pantalón que le quedaban grandes, también negros. Pero lo que más le sorprendió de ella era la carabina que tenía apoyada en uno de sus hombros.

-Hola, Elisabeth.- saludó Jane alegremente.- Le he traído, como me pediste.

La chica dio un paso hacia los dos y les miró con desagrado.

-Te tengo dicho que me llames Liz. –dijo. Su voz era grave, y raspaba como el papel de lija.- Empieza a cansarme esa manía católica tuya.

-Elisabeth es un nombre bonito.- rió Jane.

-Pues a mí no me gusta.- la cortó.- Bueno, así que ese chico escuálido de ahí es Christian Johnson, ¿no?

Jane asintió.

-¿Es tu nombre?- preguntó Liz a Christian. El chico asintió tímidamente.- No tienes por qué preocuparte, no vamos a hacerte daño. Sólo queremos hablar contigo de un par de cosas.

-Pues si no vais a hacerme nada, ¿para qué es esa carabina?- preguntó Christian, señalando con la barbilla al arma que Liz sujetaba.

-¡Ah! – exclamó Liz, como si se acababa de dar cuenta de que lo que tenía apoyado en el hombro era un arma.- Esto forma parte de lo que te queremos hablar.

-Vale.- contestó Christian, pensativo.- ¿Y de qué quieres hablarme?

-De Amazonik.- rió Jane.

-¿Amazonik?- repitió Christian, escéptico.- No me suena.

Liz y Jane se miraron y suspiraron a la vez.

-Jane, definitivamente, no sé por qué has traído a este tipo.- dijo Liz, encogiéndose de hombros.- Seguro que cuando se lo contemos echa a correr como una niñita.

-Le he traído, Elisabeth,- contestó Jane, enfatizando el nombre.- porque sus padres están muertos y porque se ha perdido en los múltiples caminos del señor.

Liz miró a Christian directamente a los ojos. Sus inexpresivos ojos grises reflejaban dureza.

-Como tú.- añadió Jane tan bajito que Christian no pudo escucharlo.

-Óyeme, Christian.- exclamó de repente Liz.- Lo que vamos a contarte ahora es algo sumamente personal y secreto, por lo que no puedes contárselo a nadie mucho menos negarte a cualquier cosa que te pidamos. Si lo haces, -Liz cogió al carabina y apuntó a Christian.- te mataremos.

-Tranquilízate, Elisabeth.- interrumpió Jane.- No creo que sea necesario matar a nadie por ahora, ¿eh? ¿Verdad Christian?

-Lo único que sé.- dijo Christian.- Es que no puedo fiarme de alguien que no se ha presentado.

Liz miró sorprendida a Christian y soltó una sonora carcajada. Dejó la carabina en el suelo y se dirigió hacia el chico.

-Mi nombre completo es Elisabeth Gray y tengo 17 años.- Liz se cruzó de brazos.- A los 12, mi último familiar murió tiroteado en un conflicto callejero del que nunca tomó partido. Simplemente él estaba por medio. Como nadie se hizo cargo de mí, vagué por las calles como un fantasma durante los siguientes tres años de mi vida, comiendo lo que encontraba, durmiendo donde podía. Muchas veces, los que se hacen llamar autoridades legales me echaron a patadas de cualquier lugar donde intentaba conseguir un trabajo o algo de comer. Entonces, conocí Amazonik.

-Amazonik es una banda callejera.- prosiguió Jane.- Sus miembros son todos criminales, pero no cometen crímenes porque quieren.

-Los de Amazonik son todos perros de nadie.- la cortó Liz.- Escoria sin hogar que no ha podido conseguir nada mejor que esto. Todos los miembros de Amazonik cometen delitos para sobrevivir. Conocí la banda cuando uno de sus miembros más jóvenes me vio en un callejón y me llevó hasta la guarida de la banda, que no es esta. Allí me explicaron quienes eran y qué hacían.

-¿Qué hacían, además de delinquir?-interrumpió Christian.

-Vivir como una familia.- respondió Liz. Tras unos segundos de silencio, prosiguió.- Todos los miembros de Amazonik fueron rechazados por la sociedad, y la grandísima mayoría de ellos se moría de hambre en las calles. Todos éramos niños. El jefe de la banda proporcionaba a todos los miembros un arma de la que nadie conocía la procedencia, y les decía que si necesitaban comer, que comieran. Así, la banda se organizó en zonas y por grupos, y entraban a robar a cualquier comercio, llevándose lo que fuera para sobrevivir.

-Pues vaya.- suspiró Christian.

-Pero, ¿sabes? Con el tiempo Amazonik se transformó en una banda de tratado con sus miembros.- continuó Jane.- Algunos de los miembros de la banda no necesitaban comida, sino medicinas para sus familias o una ayuda en sus problemas. Colaboraban con Amazonik sin ser miembros oficiales de la banda, y a cambio Amazonik les daba lo que querían. Por ejemplo, una vez vinieron dos hermanos que estaban en un orfanato de mala muerte, en el que sólo contaban con ellos para sobrevivir. Los adultos se habían marchado hacía tiempo. Querían que les proporcionaran medicinas y que mantenieran alejados a los inspectores. A cambio, ellos serían de ayuda a la banda.

-Eso resultó muy satisfactorio.- rió Liz secamente.- El mayor de los dos era un experto tirador, y el otro era un cerebrito. Amazonik tenía contactos con toda la escoria ajena a la banda, incluidas las putas, y así mantenían alejados a los inspectores. Respecto a las medicinas, las robaban en sus expediciones. A cambio, los otros dos les ayudaban en esos viajes que daban para robar.

-¿Y qué fue de ellos?- preguntó Christian.

-Al menor se lo cargaron y el mayor huyó de este sitio para encontrar a su familia perdida, pero eso es otra historia.- respondió Liz.

-¿Y por qué me contáis todo esto?

-Yo soy una tiradora experimentada de la banda.- siguió Liz.- Soy la jefa de esta zona, y tengo a varios miembros a mi cargo. Quiero que te unas a nuestra banda.

-¿Por qué debería hacerlo?- gritó Christian.- ¡Yo aún no soy escoria!

-Tal vez no.- murmuró Jane.- Pero los chicos mayores se meten contigo y te hacen daño porque eres muy débil. Aquí podrías fortalecerte física y emocionalmente aunque no tengas que dispararle a nadie.

-¡Jane!- exclamó Christian.- ¡Eres una niña que está en un colegio católico! ¿Por qué alguien como tú está metida el algo así?

-Porque Elisabeth salvó mi vida una vez.- sonrió Jane.- Estoy en deuda con ella.

-¿Qué pasó?- susurró Christian, mirando tristemente los ojos de la niña.

-Eso ahora no viene al caso.- interrumpió Liz.- Debes decidirte ahora. ¿Entras o no?

-¿Qué pasa si me niego?- preguntó Christian.

-Te mataré.- respondió Liz sin dudar.- En cambio, si aceptas, se te entregará un arma y recibirás un entrenamiento dirigido por mí personalmente, para que puedas ayudarnos en nuestros trapicheos.

-¿Y qué gano yo aparte de seguir con vida?- preguntó Christian.

-La protección de Amazonik allá donde vayas.- respondió Jane.- Hay algunos miembros aparte de mí en el colegio.

Christian se quedó pensativo unos segundos. Tras reflexionar, miró a Liz a los ojos y dio su respuesta.


Jane salió sigilosamente del Palacio de Cristal. Una de sus manos estaba manchada de sangre, pero ella parecía no apreciarlo. Echó a correr por la plaza y se escondió tras un muro. Suspiró. Liz era muy bruta cuando quería.

Vio moverse algo en la oscuridad y casi da un grito cuando alguien la cogió de la mano.

-¡Jane!- exclamó Christian.- ¿Por qué no me esperas?

-¡Porque eres muy lento!- susurró la niña.

-¡No sería tan lento si tu amiguita no me hubiera dado un “tortacito cariñoso” en la nariz cuando le dije que aceptaba.- gruñó Christian, tocándose la nariz.- No es grave, pero tardará un par de días en dejar de sangrar.

Jane rió entre dientes y echó a andar. Llevaban un buen rato caminando cuando Christian se puso a su lado.

-Jane, antes has dicho que Liz te salvó al vida. ¿Qué pasó?

-Veras, yo no colaboro directamente con la banda. Soy más bien una informadora que cuenta lo que pasa en el colegio. Cuando entré en este lugar, me perdí por estos callejones y unos ladronzuelos intentaron quitarme mi mochila. Como yo no quería, uno de ellos sacó una pistola. Entonces vino Liz y me salvó.- la cara de Jane se iluminó.- No sé que hubiera pasado si ella no hubiera estado aquí.

-Vale.

-Por cierto.- siguió Jane.- Mañana te presentaré a algunos de los miembros, para que te vayas familiarizando. Están todos en el colegio menos Liz.

-¿Y andan por ahí como si anda?- preguntó Christian, incrédulo.

-No. Nadie sabe que pertenecen a la banda.

Continuaron caminando en silencio hasta llegar al colegio. Cuando Christian se separó de Jane y volvió a su habitación, no pudo evitar pensar en las últimas palabras que le había dicho Liz:

“Todos somos escoria. También todos esperamos un milagro, que alguien venga y nos rescate de este sitio. Pero yo te diré algo; tras todos los momentos que he vivido y por todos los recuerdos que me han dejado, he de decir, sin ningún temor a equivocarme, que Dios no existe”


Continuará...

Pronto más.

ATTE: Hannah BlueBird



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