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Malos Pensamientos
Por Hannah BlueBird
Sientes que algo empieza a ir realmente mal cuando te encuentras a ti misma pensando en la mejor manera de matar a alguien.
No es algo realmente nuevo, me refiero al hecho de pensar en matar a la gente. Comenzó más bien hace algunos años, aunque no demasiados. Como mucho, tres o cuatro.
Pero antes no era así. Era la típica niña pequeña que quiere a todo el mundo y que siempre sonríe, que mantiene la esperanza y que le avergüenza que la vean llorar.
La vida me enseñó que si sigues comportándote así, terminas por acabar muy, muy mal.
La Época Negra de mi vida empezó hará ahora cuatro años, justo al mismo tiempo que los pensamientos de matar.
Ese gato siempre se orinaba en la puerta de mi casa, estando yo presente la mayoría de las veces. Veía en su mirada felina la parsimonia y ese estúpido sentimiento de superioridad. Odiaba la parsimonia de sus patas negras, el movimiento insinuante de su cola, su asqueroso maullido.
No fue difícil descuartizar su pequeño cuerpecito.
Usé un abrecartas que había en el escritorio de mi padre. Algo sencillo y eficaz. Enterré sus restos en el solar de en frente, junto a una mata de cardos. Su pequeño dueño estuvo buscándolo durante semanas, pero como era obvio, nunca lo encontró.
En mi conciencia nunca existió remordimiento por ese acto. Simplemente le maté porque no me gustaba.
Mi segunda víctima fue hace dos años. Era una niña de mi clase, siempre haciéndose la simpática con todo el mundo, la feliz, pero yo sabía lo falsa que era. Cometí el típico error de darle mi confianza, y luego ella me dio la espalda como si yo nunca hubiera existido. Empecé a odiarla, y a maquinar contra su existencia. Me volví mucho más fría y antisocial, y deje de mostrar mis sentimientos.
Ella fue un poco más difícil que el gato, pero no mucho más.
Esta vez lo planeé mucho más meticulosamente que con el gato. Quedé con ella por la noche en un parque tachado de sombrío y de mala muerte, con el señuelo de querer enseñarle algo que había en uno de los troncos.
Cuando ella vino y se agachó frente al árbol que le había señalado, cogí una piedra enorme y le di en la cabeza. Le atravesé las tripas con un cuchillo que había cogido en mi casa, y le hice varios cortes profundos en el cuello y en las muñecas. Destrocé las manos y las caderas de las que tanto había estado orgullosa. Por último, le saqué los ojos y la metí por articulaciones en el tronco hueco del árbol. Lo rellené de tierra y puse una planta silvestre en lo alto.
Enterré mi ropa llena de sangre al lado del tronco. Me fui a casa, lavé el cuchillo con lejía y me comí crudos sus ojos, pero como los encontré sosos les tuve que echar sal.
La búsqueda de esa chica se prolongó durante meses y meses. Todo el mundo en el instituto estaba deprimido y asustado, pensando en qué clase de monstruo se habría llevado a aquella compañera tan simpática pero a la vez tan falsa.
Yo fingí deprimirme y asustarme también. Total, no ganaría nada diciendo que no me importaba, simplemente provocaría que la gente sospechara de mí.
Durante los dos años siguientes, en los cuales no maté a nadie, me estuve preguntando qué había provocado este sentimiento. La mayoría del tiempo me dejaba llevar por la ira y el odio que sentía hacia algo o alguien, y eso a su vez me provocaba pensamientos de querer matar. Sólo en esas dos ocasiones mi odio fue tal que tuve que matarles realmente.
Pensando en todo esto, eché la vista atrás. ¿Qué o quien había sembrado la semilla de la ira y el odio en mi corazón? ¿Qué o quien me había provocado esos horribles pensamientos?
Pronto hallé la respuesta: mi madre. Mi madre siempre criticaba a los demás, era envidiosa y cruel. Cuando se levantaba, gritaba y se quejaba. Cuando se acostaba, lo hacía de nuevo entre quejas y gritos. Tanto ruido me impedía concentrarme en nada, y por eso empecé a odiar sus gritos, y con el tiempo, aunque sin darme cuenta, a odiarla a ella.
Ella había sido la que había sembrado esos sentimientos en mi corazón. Ella era la que realmente merece morir.
Y empecé a trazar planes para matarla, para matarla en silencio, sin que nadie supiera nada. Decidí electrocutarla mientras se estuviera bañando: eso se haría pasar por un accidente y yo quedaría libre de sospechas.
Pronto deseché la idea; no contaba con el pestillo de la puerta ni con sus gritos. Tenía que ser cuando las dos estuviéramos solas en casa, de una manera algo distinta.
La ocasión perfecta vino aquella noche, cuando mi padre tuvo que salir a comprar un ingrediente esencial para la cena.
Mi madre se encontraba en la cocina, quejándose, como siempre. Troceaba las verduras con un cuchillo macabramente familiar. En una esquina de la sala, se hallaba el termo con la bombona. Fue la forma más sencilla de matar a alguien que he hecho en mi vida.
Dejé escapar el gas sin que mi madre se diera cuenta. Saqué la caja de cerillas, encendí una y eché a arder el mueble de madera. Con el gas, el fuego se expandió con rapidez y mi madre comenzó a gritar.
Corrí hacia la puerta de la cocina y la atranqué con una silla. Prendí fuego también al resto del piso inferior.
Oía los gritos de mi madre, de esa puta en mi cabeza. Y en la cocina. Me hice varios cortes en la cara, para simular que me había costado trabajo huir.
Salí con tranquilidad de la casa y me paré frente a ella para observar mejor mi obra. El fuego se había propagado por todo el piso de arriba y por las ventanas salían enormes lenguas de fuego. Sonreí.
Posiblemente ya estaba muerta.
Vi a lo lejos el coche de mi padre, que estaba a punto de entrar en la calle. Caí al suelo de rodillas y puse todo mi empeño en llorar. Lo conseguí, y todo gracias a la práctica que tuve cuando mi amiga.
El coche de mi padre se paró en seco y él vino corriendo. Gritaba, lloraba, me preguntaba por mí y por mamá. Yo fingía estar en shock, arrodillada en el suelo.
La gente se agrupó frente a la casa y comenzaron a sonar sirenas. La estructura cedió y la casa se desmoronó frente a nuestros ojos.
Perfecto, no podía salir mejor. Decididamente, es la muerte más fácil que he provocado en lo que llevo de vida.
¿De dónde diablos ha salido la idea para esto? Otra historia paranoica.
He de decir que la historia es puramente ficticia, no hace referencia a nadie que conozca.
No me gusta la ausencia de diálogos. Pero me salió así, y no veo por donde cambiarlo, así que así se queda.
Pronto más.
ATTE: Hannah BlueBird