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“La
lluvia tiene un vago secreto a ternura” Apago el televisor y la
frase murió allí. Se apresuro a tomar las llaves y correr hasta la
puerta; ya estaba tarde.
“No debes confiarte en tus costumbres”
parafraseo con una voz chillona imitando a Marianne; tal y como ella
lo hubiera hecho si hubiese estado allí. ¿Pero que más podía
hacer alguien que se despierta a las 6 de la tarde y va a la cama a
las 4 de mañana?
Siempre le parecieron inútiles los
despertadores.
Pateo la puerta con apuro que casi le dio
tiempo para reaccionar y atraparlo en sus brazos.
Estaba empapado
y apestaba a alcohol y tristeza.
Como un cachorro abandonado.
Tuvo
que pensarlo dos veces, pues era capaz de echarlo a un lado de la
puerta para seguir su camino; pero termino por convencerlo cuando
Argentine balbuceo torpemente “Seto”
El pelinegro sonrío casi
con pena “pequeña putita” gruño y lo arrastro hacia el sofá,
donde lo arrojo sin cuidado alguno. La verdad esperaba que el golpe
lo despertara, pero Argentine seguía tan tieso como un tronco.
Miro
nuevamente el reloj, y apretó los dientes con rabia: Definitivamente
ya estaba tarde, y su ‘día’ estaba completamente arruinado; lo
peor de todo es que le tocaría desvelarse esperando que Argentine
despertara.
Seth lo miro con melancolía para después limpiarle
el rostro de los mechones y las gotas de agua que estorbaban.
Realmente parecía un pobre animal abandonado a su
suerte.
“¿Realmente vale la pena?” le pregunto sabiendo que
Argentine no respondería, no es que le interesase; Si Argentine
llegaba a suicidarse por culpa de una escoria como Rosefield le valía
muy poco, aunque muy pero muy en el fondo, si le dolería. O al menos
podría disimularlo de la mejor manera: Ya se había acostumbrado al
caprichoso rubio.
Suspiro rendido y se hecho al suelo.
El
trueno junto con los relámpagos hicieron que todo en la casa y su
alrededor retumbaran como un terremoto. Pero a Seth parecía no
importarle. Le gustaban las tormentas, siempre eran interesantes. Y
golpe de la lluvia contra las ventanas le traía un aire de
relajación indiscutible; casi, como cuando Marianne les
cantaba…
“Arshes” le escucho balbucear con miedo y pena, lo
vio revolcarse y torcer en muecas de pena.
Volvió a acariciarle
la cabeza y termino por atraerlo hacia el. Calentándolo con su
cuerpo y dando un largo y aborrecido suspiro, el cual se desemboco en
la nuca del ojigris, lo cual le hizo despertar.
“¿Arshes?”
“Ya
quisieras”
Se asusto por tener al joven japonés tan cerca; pero
por otra parte le agradaba el calor que su cuerpo emitía, y su
perfume… era tan exquisito como el de quien quería
olvidarse.
“Seth”
“Seto”
“No te gusta que te
llamen así”
“Me llamaste Seto cuando viniste a parar acá,
así que llámame así”
“Seto… Seth” corrigió Argentine
mordiéndose la lengua; era una costumbre
“Tócame”
“No”
“¡Bésame!”
“Sabes que no hare
eso; no me importa cuan desesperado estés. No me atreveré a
tocarte” le palpando sus mejillas con la yema de los dedos y
calentando con las manos por debajo de la camisa.
“¡Entonces
mátalo! Pon le fin a mi sufrimiento; eso si puedes hacer. Te pagare,
y no será por mi. Será un negocio más. Eres bueno en eso, ¡así
que mátalo!”
El pelinegro río y se aguanto las ganas golpearlo
hasta dejarlo inconciente nuevamente. En su defecto mordió el cuello
para mandarlo a callar, y cuando sintió las afiladas uñas clavarse
en su espalda le susurro de manera seria y fría al oído.
“Si
lo mato será caro. Si lo mato, no podrás contigo mismo y no
atreverías a mirarme a la cara. Terminarías matándote para ir
junto a el. Porque lo amas Argentine. Tu lo amas, pedazo de
estupido.”