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Narcisos
Por Hannah BlueBird
Ariadna miró por la ventana y sonrió. Había amanecido despejado, y la nevada de la noche anterior le daba al pequeño pueblecillo un aspecto blanco y puro.
La chica comenzó a tararear una canción mientras se ponía un delantal y recogía su larguísimo cabello rubio en una trenza. Era temprano, pero aun así quería comenzar pronto con la tarea que cada año, religiosamente, llevaba a cabo.
Estaba abriendo la despensa cuando oyó unos pasos por la escalera.
-Ah, buenos días, Bertrand.- saludó con una sonrisa.
Bertrand asintió, ocultando bajo los párpados sus ojos color turquesa.
-¿Vas a salir?- preguntó la chica, volviéndose hacia los ingredientes.
-Sí. Hoy hay un encargo urgente, tengo que estar fuera toda la mañana.- Bertrand se calzó las botas y se dirigió hacia la puerta de la casa.- No me esperéis para comer. Volveré por la tarde como muy temprano.
Ariadna miró con tristeza a Bertrand durante un instante, pero luego su cara se adornó de nuevo con una sonrisa.
-¡Que tengas un buen día!
Bertrand salió de la casa sin mirarla y sin dedicarle una palabra de despedida. Ariadna se giró de nuevo hacia lo que estaba preparando.
-Qué frío puede resultar a veces.
Ariadna dio un respingo y se giró hacia la persona que estaba frente a la escalera. El hombre era alto, de cabellos oscuros y amables ojos castaños.
-Buenos días, papá.- sonrió Ariadna.- ¿Qué tal has dormido hoy?
-Bien hija, bien.- murmuró el hombre. Mirando a la puerta, suspiró.- Tu hermano se va a matar trabajando.
-Bueno, Bertrand es así.- Ariadna contestó sin dejar de mirar la masa.- Siempre frío e inexpresivo, procurando que no nos falte de nada.
-Oye, oye, que yo también hago lo mío.- su padre se hizo el ofendido.
Ariadna soltó una carcajada.
-Mientras no se exceda, está bien.
Su padre se la quedó mirando un rato.
-¿Sabes? A veces me cuesta creer que seáis mellizos.
Ariadna se ruborizó y miró a su padre con incredulidad.
-No digas memeces. Bertrand y yo nacimos el mismo día, de la misma madre. Además, somos exactos físicamente.
-Ya, pero tú eres como un rayo de sol, siempre riéndote, y él es tan frío...
-Cada uno es como es, papá.- Ariadna continuó amasando.- Bertrand es Bertrand y yo soy yo.
El hombre contempló la espalda de su hija y sonrió. Se acercó lentamente hacia ella.
-¿De qué lo vas a hacer este año?-preguntó, mirando hacia la masa.
-De fresas y nata.- Ariadna sonrió, orgullosa.- Estoy segura de que le va a encantar.
Comenzaba a atardecer. Ariadna ya había servido la cena y esta comenzaba a enfriarse. Su padre hacía ya rato que había comido.
-Ariadna, será mejor que comas algo. Bertrand tardará un rato en volver.
-No hasta que venga.-Ariadna estaba sentada en la mesa del comedor, mirando hacia el suelo.
Su padre suspiró y miró la pequeña tarta que había encima de la mesa. Era completamente blanca, recubierta de nata y adornada con fresas. El “Feliz Cumpleaños” estaba escrito con sirope de fresa.
-Si no vas a comer, vete a la cama.- el hombre se acercó hasta la niña y le tocó el hombro.- Estás cansada.
-No hasta que venga.- repitió Ariadna.
El hombre se dio por vencido y subió pausadamente la escalera. Se metió en su habitación y apagó la luz.
Bertrand llegó a casa pasada la medianoche. Tenía la ropa manchada y expresión agotada. Cuando encendió la luz, se encontró con su hermana, que dormía con la cabeza apoyada en la mesa del comedor, frente a un pastel de nata y fresas.
Bertrand suspiró. No le gustaba nada que su hermana se quedara esperándolo tan tarde, y menos por algo tan insignificante como una tarta. Intentó moverse lo más silencioso posible, pero la niña ya había abierto los ojos.
-Por fin llegas, Bertrand.- murmuró, frotándose los ojos.- ¿Querrás comértelo conmigo?
Bertrand la miró durante un eterno segundo y finalmente se sentó frente a ella.
-Feliz cumpleaños.- dijo, con una sonrisa. Bertrand le correspondió con otra.- ¿Qué vas a hacer con tu regalo?
-Lo mismo que todos los años, Ariadna.- murmuró el chico.- Compartirlo contigo.
Ariadna cortó dos pedazos pequeños y le dio uno a Bertrand. El chico dio un mordisco.
-Está delicioso.- musitó, y siguió comiendo.
Ariadna sonrió y comenzó a comer su parte. Ambos disfrutaron del pastel
-Acuéstate. Ahora.- dijo Bertrand, mientras se limpiaba la comisura de los labios.- Es tarde.
Ariadna asintió, y tras tapar el pastel, se dirigió lentamente hasta su habitación. Una vez dentro, y a oscuras, se dio cuenta de que tenía las manos vacías. La tristeza se dibujó en su cara, y se preguntó cómo Bertrand podía haberlo olvidado.
Inmediatamente, sonaron unos golpecitos en la puerta. Ariadna la abrió, y descubrió un narciso a sus pies. Sonrió, recogió la flor y cerró la puerta.
Su hermano nunca se olvidaba de su regalo de cumpleaños. Un narciso pequeño, blanco y fresco. Tal y como él decía que era ella.
La niña dejó la flor encima de su escritorio, justo debajo de otros siete narcisos enmarcados.
Ellos no tenían mucho dinero, pero se apañaban como podían. Cada año, Ariadna le hacía una tarta a Bertrand, que la compartía con ella y su padre. Él siempre decía que estaba deliciosa. Y cada año, a su vez, Bertrand le regalaba un narciso fresco, que con el tiempo se había convertido en la flor favorita de Ariadna.
Salvo ese día, nunca se hacían regalos. Era una tradición especial y Ariadna deseó que no se acabara nunca. Pero aun era una fecha temprana y les quedaban muchos años por delante.
Aquel día cumplían diez años.
Se me pasó por la cabeza un día en el que alguien me dijo que lo que más deseaba por su cumpleaños eran flores. Ariadna y Bertrand son dos de mis personajes que me encantan, y que tienen una historia bastante particular. Ojalá pueda escribir más sobre ellos.
Pronto más.
ATTE: Hannah BlueBird