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Desaparición
Por Hannah BlueBird
-¡Qué suerte que ya empieza el verano!- la chica, de 18 años, se estirazó en su silla.- El año que viene ya vamos a la universidad, haremos nuevos amigos, tal vez consigas un novio... ¿no?
La mirada de su compañera de pupitre estaba ausente, fundida en el paisaje que se filtraba por la ventana abierta.
-¿Eh, Leah?
La chica apartó su mirada de la ventana y clavó sus ojos negros en su amiga.
-No lo esperes.- murmuró fríamente.- Te voy a decir algo, y va completamente en serio. Esta vez no es una broma, Elena. Escucha bien porque sólo te lo repetiré una vez.
La otra chica tragó saliva y miró atentamente a su amiga.
-Esta será la última vez que nos veamos.- continuó.- A partir de mañana, desapareceré del mundo y no volverás a saber nada de mí. Jamás. Tenlo por seguro.
Esas fueron las palabras de Leah, un mes atrás. A partir de aquel día, Elena se conectaba cada día al messenger, y la chica nunca aparecía conectada. Por más que la intentó llamar a su móvil, siempre le respondía el contestador automático. Elena ya estaba desesperada.
-¿Has probado a ir a visitarla a su casa?- le dijo un día Samuel, su actual novio.- Tal vez sólo esté enfadada contigo por algo y te esté ignorando.
Elena se dio una palmada en la frente. ¡Cómo había podido ser tan tonta!
Al día siguiente, ella y Samuel se dirigieron hacia la casa de Leah en la moto de éste. Cuando aparcaron en la puerta y alzaron la vista, se encontraron con las persianas echadas y con el jardín delantero terriblemente descuidado. Elena llamó varias veces, tanto al timbre como a la puerta, pero no obtuvo respuesta.
-Tal vez se ha mudado.- dijo Samuel, a la vez que se ponía el casco.
-No lo creo.- Elena se montó en la moto y se abrazó a la espalda de Samuel.- No lo hubiera dicho de esa manera tan... terrorífica. Nunca fue especialmente amable, pero aquel día estaba fría y muy distante.
Samuel arrancó la moto.
-Bueno, no puedes hacer nada.- ya iban circulando a toda velocidad.- Ella se ha ido, no sabes a donde y no parece que vaya a volver. No se conecta al messenger, no contesta a las llamadas del móvil y no da signos visibles de vida.
-Ya.- murmuró Elena.- Es como si se hubiera esfumado en el aire. Como si nunca hubiera existido.
Su corazón bombeaba sangre a toda velocidad. La habitación era oscura, sin ventanas, sin mobiliario. Sólo una pequeña vela, situada a sus pies, proporcionaba un poco de luz.
¿Dónde estoy?
Se empezaron a oír unos ligeros pasos detrás de la única puerta de la habitación. Luego unos golpes en la madera. Algo no iba bien.
¿Así que así es como va a acabar todo? Qué asco.
Cerró los ojos.
La puerta se abrió de golpe.
La vela se apagó.
Con los años, la gente se fue olvidando completamente de Leah. Únicamente Elena se acordaba bien de ella y de sus penetrantes ojos negros. ¿Qué pasó con ella? ¿Realmente se mudó? ¿O fue algo peor?
Nadie podía responder a esas preguntas, para desgracia de Elena. La sombra de Leah se cernía sobre ella como un mal recuerdo. Incluso a veces su novio, Samuel, cuestionaba que Leah fuera real.
Con el tiempo, una terrible pregunta, más fuerte e irracional que las anteriores, fue tomando forma en la mente de Elena.
¿Existió alguna vez Leah?
Ya cada uno había acabado su carrera y había conseguido un trabajo. Elena se había mantenido en contacto con todos sus amigos del instituto, y les había preguntado a todos, pero ninguno se acordaba de Leah. Samuel a veces le daba golpecitos en un hombro, en un intento de ánimo ausente.
Leah se convirtió en una obsesión para Elena. ¿Dónde estaba Leah? ¿Dónde está Leah? ¿Qué pasará con Leah? Leah, Leah, Leah...
Varias semanas después, la obsesión con Leah fue tan fuerte que no pudo evitar volver a su antigua ciudad, donde la había visto por última vez, y visitar su casa.
Por suerte no la habían demolido. Continuaba intacta entre dos enormes rascacielos, como si nadie hubiera reparado en que estaba ahí.
Elena cruzó la jungla en la que se había convertido el jardín delantero y comenzó a derribar la puerta. Una vez las bisagras cedieron, Elena inspeccionó habitación por habitación la casa, pero no encontró nada.
Leah vivía sola. Elena nunca había conocido a sus padres ni a ningún otro familiar. Ella no solía hablar mucho de ello.
Cuando estaba a punto de salir, se fijó en que había una puerta semi-escondida al final del pasillo del piso superior. Rápidamente se dirigió hacia ella, pero cual fue su sorpresa al ver que la puerta se abría sola y con un ruido sordo caía al suelo, levantando una nube de polvo a su alrededor.
-¿Hola? -preguntó, sintiéndose estúpida.- ¿Hay alguien?
Dio un paso tímido hacia la habitación, completamente oscura y sin ningún mueble. Con la luz que salía del pasillo pudo distinguir una vela a medio consumir en el centro de la sala. Sacó un mechero de su bolso, la encendió y la alzó para poder observar mejor la sala.
Lo que vio la dejó petrificada.
La habitación no era oscura porque no hubiera luz o porque sus paredes fueran negras, no. Las paredes estaban tintadas de rojo muy oscuro, y el suelo estaba recubierto por un finísimo polvo blanco. A la izquierda de la puerta había un taladro con lo que parecía ser un trozo de hueso. No fue difícil deducir de dónde provenía el polvo blanco.
Pero no fue eso lo que la dejó petrificada, oh no.
Al fondo de la habitación, su amiga Leah, aun conservando sus juveniles 18 años y vestida completamente de blanco, sonreía tristemente mientras pintaba con los dedos mojados de rojo un mensaje en un trozo de pared que había quedado sin cubrir.
THE PAIN IS NOTHING.
Hacía tiempo que no escribía. Esta mini historia es una prueba, un calentamiento para volver de nuevo a la rutina. No está escrita tan bien como me gustaría, pero en fin.
Pronto más.
ATTE: Hannah BlueBird