Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search Login Register Extras
Fiction » Spiritual » Pan de cada día font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: ludejong
Fiction Rated: M - Spanish - Romance/Angst - Reviews: 17 - Published: 06-27-09 - Updated: 06-27-09 - Complete - id:2690287

Veamos, la idea de hacer este cuento es de Pierrot. Gracias por proponerme este reto. Gracias también a todos los que me ayudaron, especialmente a Esfinge por el rating y la categoría y a Wiki por el título. No sé qué haría sin vosotras. Ahora, sin más preámbulos, os dejo con esta historia.


Pan de cada día

No quería. Nunca había querido ser explotado de esa forma realmente, pero ese día menos que nunca. Siempre era lo mismo. Se calentaba, lo penetraban y se iban para nunca regresar. Sabía que poco más podía esperar de ellos, pero le hubiese agradado algo de compasión. Compasión que nadie sentiría por él, dado que estaba en su naturaleza el ser sujeto de ese ritual día tras día, hasta el fin de sus tiempos.

Ese día hubiera sido igual al resto de no haber estado él de por medio. Definitivamente siempre, desde la primera vez que lo vio en aquel cuarto antes de que se apagara la luz, le había gustado. Era especial, diferente al resto en cuanto a forma y seguramente contenido. No quería que acabara en el fatídico final que solía aguardarles a los que se le acercaban. «¡No!» suplicaba en un grito silencioso. «No te me acerques» demandaba cada día a las arpías que controlaban el destino.

Pero esas manos golosas no iban a oírle, no iban a detener su camino. Ya habían fijado su objetivo. Él sabía que sólo era un secundario, un preludio entre el verdadero objetivo y el que lo iba a disfrutar. Siempre lo había aceptado como parte de sí mismo, pero ese día no quería hacerlo. No al ver a esas manos lujuriosas acercándose a su predilecto entre todos ellos.

De haber podido, hubiese gritado. Sólo podía vislumbrar, entre idas y venidas desde su quietud cuasi solemne, cómo poco a poco le quitaban la poca ropa que llevaba. Sólo podía esperar a que se le acercaran y lo obligaran a cumplir con su deber. Porque no podía quejarse quien carece de derechos. Un esclavo más en esa sala llena de ellos, un esclavo frecuentado a diario.

Quiso huir. Lo anhelaba desde su primer trabajo en ese cuarto infernal. Pero estaba sujeto por una inquebrantable cadena que jamás, hasta que dejara de servirles o consiguiesen otro mejor, se rompería. Había odiado a sus amos desde siempre. Había odiado su manera de utilizarlo y dejarlo ahí, quieto y silencioso, hasta el día siguiente. Pero ese día los odiaba a todos más que nunca, por tener que compartir el ritual con él.

Unas manos habilidosas presionaron en aquellos puntos que indefectiblemente lo ponían a cien, tal vez más. Notó que su ira se acumulaba al sentir el frío contacto de su estimado, a quien debería calentar tanto como él mismo estaba. Pocos aguantaban mucho tiempo en su interior. La suave penetración le hizo vibrar con más fuerza. Ahí se quedaría hasta que sus amos dijeran «basta».

Le hubiera gustado que él fuera el último. Un tanto romántico, otro tanto trágico, su deseo se vio cumplido al poco de iniciarse el rito al cual estaba ya más que acostumbrado. Su amado sangraba. Podía sangrar, y lo estaba haciendo a una velocidad increíble en su interior. Un extraño aroma desconocido para él, dulce y doloroso, se difundía por toda la sala.

La gloria y la tristeza se mezclaban. Su deseo cumplido y una angustia repentina, fruto de la comprensión de lo que, con aquél horrible acto, había provocado. En ese instante que le supo liberador, pretendió además una venganza. No podría perdonarse jamás a sí mismo, puesto que se había desencadenado gracias a la muerte de su amor platónico.

Un grito recorrió el cuarto y la casa entera. Un chillido desesperado de un niño ni muy mayor ni muy pequeño. «¡MAMÁ!» resonó por las habitaciones, haciendo eco en los pasillos.

Él lo veía ya todo, no desde su sitio habitual, sino desde lo que podría definirse como un limbo. Era él y ya no lo era, estaba pero no sentía, lo único que podía, en ese instante, era dar las gracias.

«Martin, cariño, ¿por qué metiste el panecillo de mermelada en el tostador? Se ha arruinado, a tu padre no le gustará esto. Vamos, hay que salir a comprar uno nuevo. Y no seas tan goloso, hijo.»

Las últimas palabras que pudo oír lo llenaron de regocijo, antes de partir donde su amado panecillo de piña lo estaría esperando, si las historias que escuchaba durante los largos desayunos eran ciertas.


¿Críticas? ¿Amenazas? ¿Cuchillos para cortarme los deditos? Todo será bien recibido... Excepto tal vez lo último. Aunque no rechazaré a un sicario si está bueno.


Return to Top