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Aquellas imágenes lo atormentaban, una y otra vez. Incluso cuando intentaba dormir, sufría pesadillas con aquella escena.
Su madre, la mujer que le había acunado en sus brazos cuando más lo necesitó, se encontraba en el suelo, encharcada de sangre; mientras su padre estaba de pie, observándola atónito con una barra de hierro ensangrentada en la mano.
Y lo peor no había llegado. Aquella noche era luna llena y, hacía pocos días, al chico le había acontecido un suceso que mantenía en total secreto. Había sufrido la mordedura de un lobo, y ni en sus más febriles pesadillas creyó que se convertiría en tal cosa.
De la misma forma en la que acontece en las historias clásicas de terror, el pobre muchacho comenzó una extraña y tormentosa transformación.
Empezó a encorvarse mientras emitía alaridos de dolor. Se llevaba las manos a la cabeza habiendo perdido el control de todo su cuerpo. Le crecieron garras, comenzó a salivar exageradamente y toda su piel se vio cubierta de un pelo castaño e hirsuto.
Lanzó una mirada con unos ojos totalmente perdidos al asesino de su madre, su padre. O al menos, lo había sido desde su niñez hasta ese momento. Ahora era un cruel hombre. Su padre había muerto para él y minutos después moriría realmente para todos.
Ambos se enzarzaron en una pelea que no duró mucho, ya que lo que ahora era una bestia tenía una fuerza sobrehumana, y al hombre el temor le había hecho perder la voluntad de luchar en contra de un destino cierto.
Un tenue rayo de sol le despertó al día siguiente. En un charco de sangre, con su padre decapitado a su lado. Su madre estaba tendida en el suelo con los ojos abiertos, como si observara la escena, en una expresión carente de toda vida.
No podía dar crédito a lo que veía, y por encima de todo, asimilar que él había sido el creador de esa brutalidad; ya que no solo había matado a su padre, sino que había devorado parcialmente dos mutilados cuerpos, que ahora se descomponían ante él.
El olor a sangre y a putrefacción le causaban nauseas mientras que la imagen le golpeaba una y otra vez; causándole desasosiego en un principio, y mostrándole finalmente el camino a la locura.
Atormentado, quedó inmóvil durante días, semanas e incluso meses; volviéndose totalmente paranoico, mientras pedía a gritos que aquel pesar se le esfumara.
Se odiaba, se odiaba a sí mismo. Sin embargo él no era consciente de lo que hacía cada luna llena, en las que salía y volvía a buscar nuevas presas inocentes. No podía soportarlo la sensación de despertar a la mañana siguiente siempre manchado sangre y con nauseas.
No podía ni salir de su casa. Tenía miedo, muchísimo terror de que la gente lo descubriese, de que dejara de ser el chico religioso y sumiso que siempre habían conocido.
Quería acabar con esa pesadilla, quería acabar ya. ¿Pero cómo?
Intentó suicidarse de cualquier manera posible, pero no consiguió más que un dolor insoportable, fuera de todo límite conocido por un hombre. Pero la muerte, que era lo que él perseguía, huía esquiva como agua que escapa de entre las manos.
No entendía qué le pasaba, y la única idea que se le ocurrió fue ir a buscar información.
Tanteó e indagó todo lo que pudo en la gran biblioteca de su casa. Entre todos aquellos libros encontraría la respuesta a su comportamiento inhumano.
Súbitamente, tras un escrito ricamente encuadernado, comprendió lo que le pasaba.
Mucho más vello, más duro y más oscuro. Andar encorvado. Colmillos afilados. Garras en lugar de uñas y perdida de conocimiento en cada noche de luna llena.
Todo cuadraba.
Había contraído la Maldición de Licaón. La única muerte que le esperaba venía dada de manos de un objeto de pura plata. Mas ¿dónde podría encontrar un artefacto de tales características?
Asustado. Desconcertado. En un ataque de pánico, huyó despavorido hacia la iglesia, para buscar el perdón de Dios, por si era una maldición enviada por él.
El anochecer estaba cerca. Una noche en la que coronaría el cielo una brillante luna llena. Tenía que darse prisa, ya que la iglesia estaba lejos; y él llevaba un aspecto bastante deplorable; con la ropa desgarrada y lleno de sangre. Levantaría las sospechas de quien lo viera de esa forma.
Mientras corría hacia el templo, un juguetón dedo de la señora Selene le alcanzó; lo que disparó su transformación ante la mirada aterrorizada de los aldeanos.
Gritaban, se escondían, corrían espantados en dirección contraria; huyendo de una alimaña que haciendo acto de presencia.
Antes de llegar a la capilla cambió totalmente, perdiendo así de nuevo el control de su cuerpo y de su mente y, teniendo a su alcance los ancianos y los niños que no habían sido lo suficientemente rápidos para escapar de su presencia; comenzó a perseguirlos velozmente, en un intento de saciar su apetito de carne humana.
Consiguió atrapar a un pobre inocente; un crío que no tendría más de cinco o seis años. Lo miraba y olisqueaba con ansia, mientras el chiquillo comenzó a llorar y a pedir clemencia.
Por suerte para la pobre criatura. El ser no llegó a perpetrar el primer bocado; ya que segundos antes una espada de plata, que refulgía con divinas palabras a la argéntea luz del astro nocturno, le había atravesado el estomago desde su espalda.
Se encontraba en frente de la iglesia, y sus plegarias habían sido escuchadas.
Unos segundos después, tras un sonoro estertor, había acabado su sufrimiento gracias a un subordinado de Dios. El sacerdote en quien siempre confió, y que como esperó, le salvó la vida.
Por eso había ido a la ermita; para que él le salvara. Su Señor, personificado en el cura que, desde su púlpito, velaba por aquel pueblo. El último sonido que escuchó fue un grito de júbilo salido de una garganta pura y, por última vez, pudo sonreír.