Home Just In Communities Forums Beta Readers Dictionary Search Login Register Extras
Fiction » Mystery » Mátame dulcemente font: B s : A A A . width: full 3/4 1/2
Author: Laylah
Fiction Rated: M - Spanish - Mystery - Published: 08-05-09 - Updated: 08-05-09 - Complete - id:2705866

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Sus frías manos acariciaban hábilmente cada rincón de mi piel.

Su aliento que rozaba con delicadez mi oreja derecha, mientras me dedicaba tiernas palabras, consiguió excitarme.

Sus ojos se perdían en los míos mientras su boca se aproximaba a la mía.

Pero había algo que realmente me ponía la piel de gallina: las cuerdas que me aprisionaban a la cama empezaban a apretarme cada vez más.

Era una sensación extraña, entre dolor y placer. Eran sentimientos adversos, entre amor y odio.

Su último beso me permitió sumergirme en mis recuerdos, preguntándome cómo llegué a esa situación.

***

- Soy la detective privada Elisa Evans, vengo junto con el inspector David Hughes - me identifiqué ante la policía metropolitana de Londres, para que me permitiesen pasar a la escena del crimen.

- ¡¿Usted es la famosa detective que va tras el rastro de “el amante”?! - preguntó entusiasmado uno de los agentes más jóvenes. - He oído maravillas de usted, señorita Evans - confesó con un gran gesto de admiración.

- ¡Adams! - le gritó el superintendente jefe, encargado de llevar el caso. - ¡No te distraigas y estate por la labor!

- Lo, lo siento... - se disculpó Adams cabizbajo.

- No importa - respondí con una sonrisa, restándole importancia al asunto. - ¿Qué tenemos? - pregunté ya seria, desviando mi mirada hacia el lugar del asesinato.

Como era de esperar, la escena era la misma de siempre.

Una mujer, de unos treinta años aproximadamente, de aspecto joven, pelo negro como el carbón y ojos almendrados, yacía muerta encima de su cama.

Era fácil reconocer quien había sido el autor de ese asesinato, ya que el modus operandi al ser un asesino en serie era siempre el mismo:

La mujer estaba vestida con un vestido de gala, cuyo color iba a conjunto con la rosa roja que tenía encima de su pecho.

Realmente, parecía que dormía si no fuera por la herida de arma blanca que tenía justo a la altura del corazón.

El único consuelo que nos quedaba era saber, que como a todas, la durmió con somnífero, para que no sufrieran al clavarle el puñal.

Sin duda era él, pues esa era su marca personal.

El mismo asesino que llevaba persiguiendo durante todo un año. El mismo asesino que cortejaba y enamoraba a sus victimas. El mismo asesino que trataba a sus “novias” como a unas princesas, antes y después de asesinarlas. El mismo asesino que mató a mi hermana pequeña. El mismo asesino cuyo apodo era “el amante”.

- Era Margaret Alloway, su víctima número catorce y la soltera de oro de Henrietta Street - dijo David sacándome de mis vacilaciones. - Tiene marcas de cuerdas en las muñecas y los tobillos, pero como era de esperar, tuvo bastante tiempo para eliminar cualquier rastro suyo, tanto en el cuerpo de Margaret como en el resto de la casa.

- Y seguramente, al ser la soltera de oro, preguntemos a quien preguntemos, nos será imposible encontrar a un grupo reducido de pretendientes. Siempre escoge a las mujeres más promiscuas, para que tengamos que sospechar de un montón de jóvenes - expliqué, recordando como me fue imposible saber quien de los chicos con los que había salido mi hermana, había sido su asesino.

- El perfil psicológico tampoco es relevante. Sólo dice que es un hombre joven, de la edad aproximada de sus victimas, atractivo y divertido, todo un playboy entre las mujeres, pero a la hora de planear un asesinato y llevarlo a cabo, es calculador y muy meticuloso.

Suspiré derrotada. Había millones de hombres así en todo Londres. Y tampoco nos llegaba ninguna pista, ningún descuido para atrapar al asesino en serie más famoso del Reino Unido.

- Si acaso supiéramos por qué lo hace... - expresó David con total curiosidad. Nadie aún había determinado el móvil de sus asesinatos. - Deberías descansar, Elisa - desvió el tema al ver mi cara de agotamiento. - ¿Es que acaso no has dormido bien?

- Bueno, ya sabes, mañana se cumple un año del fallecimiento de mi hermana y estoy un tanto conmovida - confesé entristecida.

- Entiendo - dijo pensativo. - Vete, déjalo por hoy. Sé que quieres atraparlo para que se pudra en la cárcel por todo lo que ha hecho, en especial por lo de tu hermana, pero mañana será un día duro. Confía en mí, si sabemos algo nuevo te llamaré sin dudarlo ¿de acuerdo?

- Gracias David - dije sincera. David había sido un gran apoyo desde lo de mi hermana.

Desaparecí de aquel lugar y me dispuse a ir a mi casa, cuando me encontré por el camino a John.

John, al igual que David había sido un gran apoyo, pero en otro sentido. Se podía decir que era como de la familia, así que no sólo fue un apoyo para mí, si no para mis padres también.

Era un chico de veintiocho años, alto y corpulento, de cabello rubio y ojos azules como el cielo despejado. Era un joven alegre, un tanto reservado con su vida privada, pero de algo estaba segura: era alguien en que se podía confiar.

- ¡Elisa! - me saludó desde lo lejos. - ¿Qué haces por aquí? – preguntó curioso.

- Pues acabo de salir de un caso. El inspector David me mandó para casa - le expliqué sonriente. Su presencia a mi lado hacía que mi carácter se animara.

- ¿Qué caso?

- “El amante” - sólo con eso ya lo decía todo.

- Vaya, entiendo entonces que te haya mandado a casa - dijo algo entristecido. - ¿Te recordó a tu hermana?

- Sí.

- Claro, mañana hará un año de eso... - dijo pensativo. - Va, ven a mi casa - me invitó desinteresadamente.

- ¿Por qué? - pregunté extrañada y un tanto intimidada.

- En tu casa estarás sola y todo te recordará a tu hermana. Si vienes a la mía estarás un poco más cómoda.

Acepté a ir, aunque una parte de mí desechaba esa idea. Era verdad que su simple presencia hacía cambiar a mejor mi estado de animo, y eso era porque estaba enamorada desde hace tiempo de él. Pero exactamente era eso lo que hacía que no tuviera ganas de estar a solas con él. No quería que nuestra relación acabara mal por culpa de algún descuido mío, y estando en el estado en el que estaba, seguramente tendría un desliz.

Cuando llegamos a su casa, nos quedamos en el salón charlando de cosas cotidianas, intentando no caer en el tema de “el amante” o de mi hermana, mientras tomábamos cada uno una taza de té.

- Elisa, verás... Debo serte sincero. Yo... Te he traído aquí con otra intención - dijo mientras se aproximaba a mi.

Mi corazón se aceleró, me quedé muda y me enrojecí por completo. No estaba habituada a que un hombre, y sobretodo él, estuviera tan cerca de mí.

De repente, me dio un beso. Sus labios eran suaves y carnosos.

Cuando se hubo separado de mí, me miró con mirada penetrante.

- Ven - me dijo agarrándome del brazo.

Embrujada por su beso, me dirigí sin pensármelo dos veces hacia donde él me decía.

Y acabé en su dormitorio.

Mientras me tumbaba gentilmente en la cama, besaba mi cuello con pasión, a veces incluso clavando sus dientes.

Entonces fue cuando sentí una sensación extraña.

¿Por qué, después de tantos años de relación, era ahora cuando me invitaba a su casa?

Entreabrí mis ojos y las dudas se me aclararon.

En el estante enfrente de mí, había una colección de quince fotos enmarcadas, todas de mujeres jóvenes. ¿Y qué era lo que tenían en común? Todas habían sido víctimas de “el amante”.

Lágrimas que salieron de mis ojos resbalaron por mi mejilla. La primera foto, era la de mi hermana pequeña, y la última foto, era la mía.

Pero ya era demasiado tarde, con sus manos en mis muñecas me redujo, y consiguió maniatarme a la cama.

Daba igual si gritaba, si me agitaba, no había escapatoria.

- Shhh... Tranquila, Elisa - dijo poniendo su dedo índice en mi boca, intentando calmarme. - No tengas miedo, lo sabes mejor que nadie, no vas a sufrir.

- ¡Tú! - dije enrabiada. - ¡Tú mataste a mi hermana!

- Sí, yo soy el famoso “amante”. ¿No es un apodo precioso? Los medios de comunicación sí que saben aumentar el morbo de la noticia - dijo agraciado.

- Maldito cabrón. ¿Por qué haces esto? - pregunté con más lágrimas en mis ojos.

- Porque me gustan las mujeres. Pero no me gusta que salgan con muchos hombres. Los hombres son malos, y debe haber alguien que las advierta de eso. Y pensé que podía ser yo, alguien de quien nadie sospecharía. Ni siquiera tú, mi querida Elisa, quien más me conoce y más me aprecia, te habías percatado hasta ahora de que era yo.

- ¡¿Cómo querías que me diese cuenta?! Si yo... Si yo...

- ¿Si tú estabas enamorada de mí? El amor te cegó. Tranquila. Yo también - terminó esa frase, dándome otro beso.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

- Te preguntarás por qué te mato a ti, si no tienes nada que ver con las demás mujeres que suelo matar - empezó a explicar mientras recorría todo mi cuerpo con sus frías manos. - Porque yo te amo, y después de matarte a ti, yo moriré, vestido de gala, con una rosa negra en la mano, para poder descansar en paz. Juntos - prosiguió susurrándome en mi oreja derecha.

Se alejó un poco de mí, para tener una perspectiva más completa de todo mi cuerpo. Y sus ojos fueron perdiéndose en los míos mientras su boca se aproximaba lentamente a la mía.

Le odiaba, pero a la vez, le seguía amando.

- Te amo - me confesó.

- Te amo - le confesé.

Y me dio su último beso antes de morir, mientras que mis ojos se cerraban lentamente, por el efecto del somnífero que hubo en el té.

Mi primer y último amor. Tú y sólo tú, has podido darme, la muerte más dulce.


Return to Top