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Bidas
Capítulo 1. Ni azul ni rosa
Mis gafas saltaron de mi rostro; todo fue confuso en los últimos momentos de mi vida… lo único claro en mi mente fue el resonar de mil cristales, cientos de voces desgarradas y fundidas en el unánime llanto del miedo.
… y la última visión: el rostro de Grecia sonriente…
Tres pieles diferentes cada noche. Algunas tersas, bastante suaves… otras más curtidas por el sol y el trabajo tatuado en cada rincón de la persona.
Cada día una nueva aventura. Cada aventura una nueva persona. Cada persona una vida distinta… y cada vida una historia enmarcada por la cotidianeidad de la escuela, el oficio, los amigos, la familia, el sexo ocasional con desconocidos, pequeñas novelas de amor que no duraban más que un caramelo en la boca.
No sé realmente en qué momento me volví consciente de quién era quien yo era, pero sé que ése yo siempre estuvo en mí latente, como el dragón encerrado en el castillo, el Kraken inmerso en las profundidades del océano… la más bella flor que espera tras la selva, protegida por la oscuridad del follaje y el mar de animales salvajes que juegan a sobrevivir en ella.
Lo interesante de ésta decisión reside en la gran variedad de posibilidades que se abrieron ante mí como la cola de un hermoso pavorreal… cada pluma de la cola tan hermosa como las otras, mística, fascinante… única, irrepetible, irrevocable.
Mujeres y hombres, tan diferentes y a la vez tan iguales… Lloran, ríen, se enojan, sufren nostalgia, escapan de la soledad (y a la vez no pueden vivir sin ella); ellas, ellos… todos nosotros nos sumergimos en los brazos de otros esperando encontrar lo que nos falta o intentar compartir lo que tenemos. Al final a unos les duele, pero a otros no. Algunos viven intensamente cada instante mientras muchos más se limitan a existir, gastar oxígeno, lidiar con las tareas, sonreír hipócritamente a otros… mas, a fin de cuentas, todos buscan lo mismo: sexo.
No es amar sinceramente, como proclaman los homosexuales en las calles del centro de mi ciudad, Guadalajara. Tampoco es comprensión, como muchos escriben implícitamente en sus poemas… ni siquiera es igualdad, como rugen las feministas solteronas que esperan equidad en un mundo contrastante que se rige por machismo y alcahuetería.
Y así lo descubrí con el tiempo… los besos inocentes se transformaron en caricias ardientes y abrasantes, las esperanzas de encontrar al amor de mi vida, el único y verdadero, poco a poco cambiaron a ser resignación y nostalgia.
Probando senos, sufriendo excesos… entrando a otros cuerpos. Bailar con tantas almas para darme cuenta de que no había nada diferente al final de la noche. El amanecer llegaba disfrazado de alba.
Vacío.
Ésa era la sensación inmediata: vació.
El primero en mostrármelo fue un hombre joven, varios años mayor que yo, un completo adolescente en busca de lo que nadie encuentra, pero que siempre busca con ahínco; sus palabras me atraparon, confundido por el millar de opciones que repentinamente brillaban ante mis ojos. ¿Cómo fue? Un fracaso… los besos parecían los esfuerzos de un calamar por absorberle la vida a su presa… ¿abrazos? No, claro que no… el resto no merece la pena, pues todo acabó conmigo vomitando en su regazo.
Luego vinieron dos muchachas, coquetas… traviesas… ambas de mi edad, buscando conocer y aparentando saber más que nadie. No podré negar que fue interesante, pero la premura del tiempo y mi falta de experiencia nos llevaron a terminar sin haber empezado el ménage à trois1.
¿Cuántas otras historias no hay por contar? ¿Cuántas otras vidas no habré rozado con la mía?
Los chats en internet alguna vez fueron la gloria. Las salidas al café una vivencia interesante. ¡Tantos pares de labios! ¡Tantos frentes y traseros agradables! Muchas fachadas de gente interesante… señores elegantes que me prometieron dinero y comodidad, y que acabaron borrachos, medio desnudos… impotentes, humillados con mi risa fría… Ah, las jovencitas… muchas se hacían las inocentes, y actuaban como niñas. Más de una se rio de mí como yo de los cuarentones que un tiempo frecuenté. ¿Besos de tres? ¿Orales? ¿Masoquismo y disfraces? Todo lo probé… todo lo intenté, buscando algo que me llenase el alma, los ojos, el cerebro, el corazón… Aún tengo la marca de un par de esposas dibujando mis muñecas, testimonio de mi viaje por el mundo del sexo y su expresión en todas las formas posibles.
Obviamente pocas personas conocían esa parte de mí… la gran mayoría de la gente conocía al tranquilo Julián Prado, adolescente de buenas notas y comportamiento intachable… al casi genio que se encontraba a unos pasos de la santidad: el ejemplo de castidad y respeto, un hipócrita atento, una sombra que escondía la oscuridad de su ser tras un par de gafas plateadas y una sonrisa chueca, componente final del personaje principal de la obra titulada El niño atento, El joven prometedor, el personaje secundario de alguna historia barata.
Mi ingreso a la Facultad de Medicina no me sorprendió como ocurrió con muchos a mi alrededor. Mis padres parecían encantados con presumirlo a todo mundo, y mis hermanos siempre hallaban la forma de hacer un mal comentario respecto al futuro de mi vida social (desde luego, mucho no podían opinar un mocoso de ocho años y un imbécil de veintitrés que vivía con sus padres y que sustentaba sus gastos siendo la botarga de una rosticería).
Pero… la Facultad Federal de Jalisco me otorgó más que conocimientos y prestigio: era como Cancún para un pederasta, como una telaraña llena de moscas… gente distinta a los estúpidos que acostumbraba ligar en los antros, quizá con más prejuicios y con una doble moral muy bien cimentada, pero era gente con ganas de experimentar… buscar una y otra vez para fallar una y otra vez…
Para mi sorpresa encontré a alguien diferente de todos lo que antes se habían cruzado en mi camino: fue lo que todos llaman amor a primera vista; un encuentro con algo totalmente desconocido, a pesar de lo mucho que había vivido. Ella entró al aula con un aire de inocencia en su andar, una infinita calidez en la mirada y su piel de porcelana cubierta por un ligero vestido de color blanco y azul claro… Lo primero que pensé fue que se trataba de un ángel. Grecia se sentó al lado de un joven de cabello corto y expresión de bobo, que al parecer ya conocía de tiempo atrás.
Su cabello ondulado y claro… aquellos ojos color avellana y sus labios rosáceos, suaves… Casi pude sentirlos tímidamente contra los míos.
Inicialmente opté por no hacerle caso a éste sentimiento que luego descubrí se titulaba limeranza. Mi habilidad social me permitió penetrar las almas de muchos compañeros e impresionarlos con lo buena persona que yo era… ¡Ja! Todos ocultaban firmemente algún secreto… anorgasmia, bipolaridad, mitomanía, bisexualidad, bulimia, incomprensión, egocentrismo, ingenuidad y mil títulos más para el infierno que cada uno vivía… y yo, secretamente, les daba títulos y recopilaba sus historias… escribí muchos relatos con títulos como La Zorra Infiel, Joto de Clóset, La Vagina de Cristal y Ninfomanía.
Nunca sentí remordimiento por odiarlos por dentro y sonreírles por fuera… así se movía el mundo. Gente mala, gente buena… mas todos jugaban el papel opuesto de cuando en cuando. Incluso Grecia, que para cuarto semestre ya había tenido siete novios en la escuela.
Sin embargo, con el tiempo el sexo fue perdiendo importancia en mi vida. Descubrí en la Medicina una vocación sincera, una amiga invisible… una razón para vivir y sentirme complacido con ello. Al inicio la teoría parecía carente de vida, pero el convivir con los pacientes y el millar de experiencias que surgieron con el tiempo me ayudaron a valorar la importancia de lo que yo haría en un futuro.
Conocí personas agradables, e incluso a muchos les consideré mis amigos. Desde luego, la joya de la corona fue Grecia, quien pasó de ser mi amor platónico a mi mayor acompañante, cómplice y confidente… Jamás sostuve tal cercanía con un ser humano: por las mañanas siempre llevábamos un par de clases juntos, las tardes eran de estudio (en compañía de Alberto, su último novio, siempre receloso con mi presencia) y la gran parte de las noches se nos iban en mensajes por medio del celular… sin cansarnos el uno del otro, sin juzgar lo que hicimos o dejamos de hacer; preocupándonos, regañándonos mutuamente, riendo a carcajadas, llorando desconsoladamente porque él se enojó anoche o porque él o ella me mandó a volar sin previo aviso…
Recuerdo el día en que le confesé a Grecia la ambigüedad de mis preferencias, con más temor que el que podría haber tenido al confesarle “mi problema” a cualquier otra persona, incluidos mi padre machista y mi angustiosa madre… incluso cuando se enteró mi hermano mayor sentí la más grande indiferencia respecto a su reacción.
Ella sonrió, temblando y un tanto confundida. Me abrazó, y en ese instante sentí un trémulo escalofrío que ambos compartimos. Lo entendió, y esos hermosos ojos color avellana susurraron te amo, aunque sus labios se lo reservaron.
Susurró que ahora entendía por qué no me podía clasificar como hacía con otras personas… y me dijo que yo no era ni azul ni rosa, sino una fusión de ambos, un ser que cambiaba y contrastaba a cada paso.
También recuerdo la última noche que vi a Grecia, hace ya cinco meses… su apartamento vacío, sus cosas revueltas… la laptop rota, estrellada junto al sillón. Busqué frenéticamente con los ojos desorbitados. No podía gritar, algún fantasma se había robado mi voz para evitar que mis sollozos destrozasen los cristales del vecino. Las paredes blancas tenían manchas de sangre, tan cotidiana de ver en un hospital.
Una de mis piernas estaba entumida cuando decidí mover mis pies. Vi una maceta rota y la arena de su gato esparcida por el suelo. Libros deshojados, su ropa desgarrada… el refrigerador abierto y la comida tirada en la blanca cocina. Con cierto temor me acerqué al improvisado cuarto de lavado, que daba a la parte trasera del edificio. La puerta corrediza de vidrio estaba hecha añicos y había sangre dibujando el suelo y goteando en los cristales rotos.
Indeciso, me acerqué.
La visión me horrorizó: Grecia, con el mismo vestido azul y blanco con que la conocí, se encontraba enmarcada contra el suelo… fría, inexpresiva. Los seis metros que me separaban de su mirada ausente parecían infinitos, un abismo que separaba dos mundos diferentes. En el primero de ellos ella se encontraba con vida, a punto de iniciar el séptimo semestre junto conmigo… en el segundo ella estaba muerta, al igual que toda esperanza en mí.
Sentí latir mi corazón lentamente, justo como ahora… momentos en los que la vida parece extinguirse…
… y con la última visión de Grecia, por encima de los gritos y los cristales rotos logré escuchar su voz al oído, que me susurraba… ni azul… ni rosa…
1 “Asunto de tres”, trío amoroso.