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Author: Joan-Bevi
Fiction Rated: T - Spanish - General/Drama - Published: 08-09-09 - Updated: 09-10-09 - id:2707189

Capítulo 2. Dramas

Empezó con un vago dolor en mi pecho, la noche en que cumplí cuarentaitrés. La oficina estaba sola, salvo por el helecho que me compró una compañera en motivo de mi onomástico.

La vista desde el ventanal era muy agradable: el Hospital Felipe Galván era sin duda el mirador más hermoso para apreciar Guadalajara en todo su esplendor; la noche oscura y las pequeñas luces allá abajo, como reflejo de las estrellas en el cielo, fueron lo último que percibí antes de caer tras mi escritorio, sin aire en los pulmones y con la sensación de tener una flecha atravesando mi pecho.

Pequeñas luces… las estrellas para mí eran pequeñas luces que adornaban un mundo que jamás comprendería del todo, y que, recíprocamente, jamás me llegaría a comprender.

De pequeño mi madre entonaba canciones de cuna, melodías que no entendí nunca… Oía que El Coco me iba a comer y que a la ru-ru nene, pero no sentí miedo, ni curiosidad… realmente no sentía nada. Mi mirada se perdía en el manto eterno de la noche, con sus lamparitas tintineando allá arriba, luces que le respondían a los focos de las casas y las farolas en las calles.

Mi padre y mi madre se preguntaban por qué mi vista se fijaba en un punto fijo durante mucho tiempo, ignorando los llamativos juguetes de colores. También se cuestionaban el por qué algunos sonidos me perturbaban y me hacían poner muecas, ruidos tan comunes como el canto de un gorrión o el pitar del claxon de un señor desesperado porque va tarde al trabajo. Y estaban las texturas… sólo me vestían con algodón ya que otras telas me ponían inquieto y acaban en el suelo, manchando su pulcritud y exasperando a los adultos.

No lloré, en ningún momento lloré. Al parecer esto fue lo que más le preocupó a mis padres: que no hacía dramas como todos los niños de mi edad.

Entonces llegó la respuesta, salida de los labios de un neurólogo de barba rala: Asperger2. Y más palabras empezaron a nacer de la boca del médico… falta de empatía, inteligencia emocional, daño neuronal, socializar… aislamiento… soledad… el azúcar le causará hiperactividad al niño, concentración, cosas ordenadas, sensaciones… obsesiones…

Al poco tiempo el mundo se volvió más distante; mi padre me observaba en silencio durante las tardes, mientras yo me dedicaba a leer o a ver televisión… y en las ocasiones que jugaba con los coches y esas cosas él parecía ávido con mi comportamiento, como cuando veía los documentales de Scoprire3 Channel que tanto frecuentaba… no me incomodaba, pero me costaba mucho imaginar qué pensaba al verme por tanto tiempo, o qué significaban los suspiros que emitía de cuando en cuando.

Mi madre no tuvo la misma cantidad de vida para analizarme con su mirada taciturna: poco antes de que yo cumpliere diez inviernos la genética le afectó el corazón y murió. Yo lo presencié… fue una escena un tanto extraña; ella estaba tranquila, tejiendo. El sol poco a poco se escondía tras los edificios, y de improviso mi madre se puso rígida y exhaló un grito ahogado, petrificada en movimiento, buscando aire con los ojos saltados y la mano derecha arrugada contra el pecho, una estrella de mar aferrada a un coral color ámbar que se desmoronó ante mis ojos. En aquel instante no entendí qué le ocurría a ella… pensé que intentaba hacerme reír imitando las caricaturas… mas… cuando empecé a sonreír, su mirada cristalina se crispó unos segundos antes de apagarse… Fue como comprendí que toda luz alguna vez se apaga…

El rito funeral fue muy curioso. Gente llorando, muchos con gafas oscuras… mi padre tan tieso como mamá antes de caer sobre el sillón de tela que disfrutaba diariamente. No lloré… nuevamente, no lloré. No hice un drama como todos en la oscura estancia adornada con negro y con velas… no fui parte de la tragedia que se desarrollaba en medio de mi mundo.

En mi primaria todos sentían pena por mí y las maestras me miraban igual que los asistentes al velorio de mi madre; mis compañeros se volteaban (yo siempre estuve al final de la clase) para verme suspicaces, esperando ver algunas lágrimas salir de mis ojos y rodar por mi rostro, naciendo por encima de mis acostumbradas ojeras. Desde luego, no intuí esto hasta hace pocos años, cuando mi situación fue evolucionando y comencé a ser capaz de empatizar con otros, comprender su sentir a través de sus gestos, de sus movimientos… de sus miradas.

Los años posteriores se desarrollaron como profetizó el médico que hizo el diagnóstico del Asperger, y la sensación que reinó en mi vida tenía tan sólo siete letras: soledad.

El abismo que me separaba de mi padre creció tanto como mi fijación por las luces. Esto se reflejó esencialmente en mi gusto acentuado por la física y la astronomía, además de mi colección de lamparillas y focos; la indiferencia de mi padre y mi falta de interés por descubrir qué significaba su silencio tan prolongado nos llevó a ser un par de extraños bajo el mismo techo… ¿meses? ¿tres años? ¿cinco? Perdí la noción cuando me volví “independiente” y preparaba mi propia comida –siempre evitando lo alimentos dulces-, lavaba mi ropa y trataba de plancharla. Sólo interactuábamos cuando le pedía dinero para cosas de la escuela o para comer en la calle porque saldría tarde de la escuela.

No entendía… en verdad no entendía la fascinación de las personas por hacer drama de todo. Al finalizar la secundaria al primer vestigio de amigo que tuve le conté que presencié la muerte de mi madre… el resultado fue que el chico se escandalizó por la aparente ausencia de sentimientos en mí. En medio del patio me gritó monstruo con los ojos saltados, una expresión similar a la de mamá antes de caer muerta. Ése muchacho había perdido a su familia años atrás, y muchísimo tiempo después fue que entendí el por qué aquella escena vehemente: él se hundía en la autocompasión que sentía, y le parecía inverosímil que otro ser humano no entendiese su conducta, que no compartiera su dolor a pesar de la similitud de la situación… en ese momento aquel púbero se sintió solo, tal como yo me sentía casi siempre.

A partir de esta experiencia opté por hablar lo menos posible con otras personas. Preferí ser un elemento más en la escenografía que entorno a mí se desenvolvía diariamente, a cada instante. Fui una sombra oscura para todos los personajes de mi vida.

Y luego el bachillerato… en él conocí a Isaac el Asexual, como todos le decían. Él me veía en cada espejo, en la fotografía de la credencial de la preparatoria… lo nombraban los maestros y ocasionalmente los compañeros de clase, cuyo morbo insaciable los llevaba a hablar de un único tema, un tópico que no entendí más allá de lo biológico, algo tan normal para todos y tan innecesario para mí… lo que brillaba en la T. V. y causaba sensación en las novelas… algo llamado sexo.

Los famosos lo practicaban y las prostitutas lo vendían. Jóvenes, adultos, ancianos… Mujeres, hombres. Hetero, bi, homo y pansexuales. Todos: cada humano en el planeta.

Recuerdo una conversación con una compañera del bachillerato; ella era muy agradable, y uno de los pocos pares de ojos que a menudo me miraban… no porque me gustara observar las lamparitas del teléfono móvil o porque recitara de memoria un capítulo de libro… sino por… bueno, realmente nunca supe por qué, ya que aunque seguimos viéndonos en facultad ella falleció luego de un tiempo. Pero su plática… aquellas palabras que cruzamos de casualidad:

-Isaac, ¿qué es lo que quieres estudiar? –inquirió, como quien pregunta qué hora es luego de un hola cotidiano.

Silencio… en el momento no supe qué responder. Sentí un gran nerviosismo que no me lograba explicar.

-Eh… eh…

Su expresión… aquella mirada inescrutable para mí que se vestía de color avellana.

-Yo…

Y me quedé en blanco, mirando un punto fijo. Miré por largo rato la lucecilla parpadeante del reloj de un compañero.

-¿Isaac? –preguntó ella, en un tono tan diferente de los otros que hube escuchado… y por primera vez entendí lo que alguien me quiso expresar con ése tono suave y preocupado y aquella mirada amable.

-Yo… quiero… eh… no… n-no sé realmente…

La expresión de ella cambió. En su rostro pálido se dibujó una curva rosada, la primer sonrisa que entendí en mi vida.

-A mí me gustaría ser doctora, ¿sabes? Mi familia se va a mudar a otra ciudad, pero yo quiero entrar a la Universidad de aquí… Siempre que deseas algo hay problemas… Pero ya qué, mi papá tendrá que solventar mis gastos si se van de la ciudad…

Y nuevamente… ella sonrió.

Lo siguiente que recuerdo fue que decidí ser médico. Acredité el examen y asistí a la primera institución en la que no me sentí un intruso. Me di cuenta de muchos aspies4 como yo, y en cierto grado ello fue reconfortante.

El tema del sexo también era tocado en las charlas con mis compañeros, pero sinceramente jamás me causó interés, aunque en más de una ocasión traté de mostrar curiosidad.

He de admitir que las cosas mejoraron bastante y me era más fácil socializar con los demás… y no obstante de que mi ingenuidad varias veces causó hilaridad… rememorando las cosas… creo que no fui objeto de burla… creo

Conocí a mucha gente en ese periodo de mi vida, pero nadie me llamó la atención tanto como Memo, a quien aún considero un verdadero amigo a pesar de lo sucedido con el tiempo, ya que fue como un hermano mayor que estuvo ausente los primeros veinte años de mi vida.

Increíblemente extrovertido… fugaz, alegre… bastante tosco y alburero. Tenía un hermano en Medicina, en la misma generación que yo, con quien hablé en varias ocasiones… mas, cuando hablaban uno del otro mostraban una expresión como la que ponía mi padre cuando me veía llegar a casa.

Este gesto de mi padre fue más evidente luego de que un día llegué temprano de la escuela y lo encontré en la sala sobre una mujer joven, entrando en ella y arañándole la cara y los pechos descubiertos, gruñendo con su tupido bigote manchado con los fluidos de ella. Me quedé un instante viendo, inexpresivo, hasta que ella se asustó al verme y apartó a mi padre, con el cabello negro y enchinado vuelto un haz de luz negro que volaba en todas direcciones.

… Mi padre se molestó tanto que ocupó mis tardes mandándome como asistente en la constructora en la que era gerente general.

En aquél sitio con olor a aserrín y cemento, lleno de luces parpadeantes, encontré al primer amigo de mi vida: Guillermo Prado. Desde un inicio me explicó con quien debía ser amable y a quien ignorar (consejo no muy útil, ya que yo con todos siempre era igual, a pesar de que tratase dar matices diferentes a mi conversación); me emborraché por primera vez (desde entonces sólo he tomado dos cervezas) y conocí el Table Dance más barato en todo el estado de Jalisco.

Paralelo a ello enfoqué mis energías a un área particular de la Medicina, la Cardiología. Suena un poco irónico, dado que mi familia materna tenía una historia importante de problemas con el corazón.

En cierta ocasión, por ahí de mis veintiuno, asistí a una de las fiestas que organizaba Memo por parte del partido estudiantil de su plantel (él estaba inscrito en la carrera de Administración Empresarial). Todos esos eventos los realizaban los grupos políticos de la Facultad Federal de Jalisco, casi siempre en fincas que eran propiedad de la institución.

Buscando a Memo entré a los límites del bosque que lindaba con la finca donde era la fiesta. Pregunté por Guillermo Prado y muchos –varios ebrios- me dijeron que estaba en la bodega, pasando unos doscientos metros de árboles. Con cierta dificultad pasé entre los árboles (me tropecé sólo cuatro veces) y llegué a una explanada que en el centro albergaba una casa gris y lúgubre, con las ventanas oscuras y la humedad tatuando sus paredes. La hojarasca crujía bajo mis zapatos y el rugido del festejo se apagó poco a poco. El cielo nublado pasó del gris pálido al azul marino en unos instantes, y los rayos alumbraron aquí y allá.

Entré a la casilla fea, ya un poco empapado. Llamé a Memo varias veces, pero me callé al escuchar un sonido peculiar a mi derecha; abrí la puerta oxidada y observé lo más impactante en mi vida: el ruido lo producían una cadena que colgaba del techo, que aferraba las muñecas alzadas, la cintura y las piernas de una joven morena y desnuda. Ella estaba amordazada y lloraba en silencio. Su pelo largo, negro y sucio resbalada por sus espalda y su busto. Heridas aquí y allá, algunas infectadas, escurriendo pus. El olor a sangre menstrual me llenó los pulmones.

Aquella escena oscura, parodia de un crucifijo se vio acrecentada cuando la mirada de la chica chocó con la mía… y entendí, perfectamente lo entendí… esa expresión de súplica y dolor. Su alma penetró en mi cuerpo y zarandeó mis entrañas, como nada en mi vida lo había hecho. Las garras del terror oprimieron mi corazón y sólo pude dar algunos pasos atrás, con los ojos como platos y la garganta constreñida.

Guillermo sujetó mi espalda y me sacó del lugar, enfurecido. Exhalaba como un toro enardecido y sus venas se tensaban en los brazos y las sienes. Me lanzó fuera del edificio, bajo la lluvia. Duré anonadado un buen rato, hasta que él me susurró que no dijera nada.

… Huí.

Pasaron muchas cosas luego de ése día… en los noticieros se propagó la noticia del asesinato de una estudiante de intercambio, y mi sentimiento de culpa se acrecentó porque nunca hallaron al culpable.

Las veces siguientes que vi a Memo me trató como siempre, como si nada hubiera pasado.

Es raro recordar éstas cosas mientras todas las luces se apagan… pero descubrí que a pesar de todo, aún internamente… todo humano vive…

Sus dramas…

2 Síndrome neurológico que se encuentran dentro del espectro del autismo; una de sus principales características es el hecho de que las personas que lo presentan difícilmente saben interpretar el estado emocional de los demás individuos.

3 En italiano, descubrir.

4 Forma coloquial de nombrar a una persona con Síndrome Asperger.



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