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Preludio.
Lo primero que haría seria llamar su atención; porque todo era parte de un estratégico plan para quizás llevársela a la cama. Porque así había sido siempre él, premeditaba las cosas antes de lanzarse al vacío.
La habia visto entrar, con su boquita pintada al natural y la cascada negra lloviendo de su cabeza. Con una piel tan pálida como la suya y unos bracitos tan huesudos que con solo tomar su mano parecían dislocarse. Debía admitirlo, era bien parecida, y Damian jamás fue tan selectivo. Por lo general tampoco se molestaba en interactuar; llovían a él como estrellas fugaces, y cada -cien años- solo una solía encender su interés.
En este caso, la décima década ya habia acabado.
Entrar en primer contacto tardaría al menos una semana; cinco días contados sin que llamase a la policía al menos. Pero a lo largo de la semana se extraño de que su presa no se sintiera acosada, pues hasta fuera del baño la esperaba para que asi su presencia y figura quedaran registradas.
Para el sexto día y sin entenderse, se le presento frente a su casa en bandeja de plata y mal arreglado. Con las manos en los bolsillos y una sonrisa traviesa, escondida en una mueca de mal gusto.
Llamó a su puerta, pues ni su nombre conocía, solo sabia que la deseaba: “Y no me vas a volver a ver” sentencio con lengua y brazos abiertos. Porque después de habérsele –declarado- sintió que todo habia acabado. Que ya no habría preludio ni final, y que esos cinco días faltados a trabajar habían sido las peores vacaciones de su vida.
Se despidió finalmente con una sonrisa y un apretón con ademán de perfume; se marcho aún más risueño de lo que habia llegado.
Bajo la calle llegando al semáforo, doblando en la esquina por pan y esperando al bus junto a la pileta; cuando la vio llegar con el aliento agitado y los tacos cansados, con el labial llamándolo por cualquier cosa que no fuese su nombre, y sus ojos inundados en cierta desesperación: seguía sin perder su encanto.
Ella jadeo sujetándose las piernas, arrastrándose a su lado para hacerle compañía y acostando su cabeza sobre el hombro de él para estar aun más cerca de su corazón.
“Damian” se presentó como todo un caballero lo haría:
Besando su mano y ofreciéndole su más encantadora sonrisa.