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Author: Anthos di Fiamma
Fiction Rated: K+ - Spanish - Suspense/Romance - Reviews: 5 - Published: 09-06-09 - Updated: 11-21-09 - id:2717330

Como todas las mañanas antes de siquiera bañarme o comer, miraba por la ventana, no era que esperara que apareciera algo en especial, asombroso o interesante, porque aquí, justamente donde me encuentro, nunca ocurrirá nada de esa índole, estaba en Metis, viviendo una repetitiva y monótona vida. Pensé en ir por Arae y decirle que fuéramos a jugar a algún lugar, pero recordé, rauda como si lo pasado por mi mente fuera imperdonable, que había viajado nuevamente. Suspiré. Cada día notaba la lejanía que teníamos, no solo espacial, si no también temporal, yo con unos precarios quince años y él con veinte, por supuesto que esa distancia siempre me habían atormentado, pero ahora nos diferenciaba demasiado, aún era una chiquita pensando en juegos y libertades, él, ya era parte del gobierno, e incluso podía decirse que lo era en sí, fornido, elegante, inteligente. Cerré el mirador y corrí las cortinas. Al menos tenía un par de refugios a todos estos desalentadores pensamientos, de cualquier forma no podría, ni querría jamás, ser una especie de pusilánime.

-Lil ¿estás despierta?-

Sonreí autómata.

-Sí- contesté alzando la voz, y caminé para abrir la puerta. Era Allan, se veía tan gracioso con esas gafas nuevas que tuve que hacer un gran esfuerzo por no reírme del “pequeño” rubio, que injustamente era más alto que yo aunque fuera tres años menor.

-Estaba pensando en hacer una de las grandes, Lil- susurró con ese tono malicioso que, claro, aludía a las muchas bromas que le gastábamos a todos.

-¿A quién esta vez?- inquirí riendo, más que nada ansiosa.

-Agatha-

Sonreí ampliamente.

-Blanco perfecto- murmuré.

La mencionada señora me hacía la vida imposible, desde niña ya me tenía lo que se denomina “sangre en el ojo”, y ¿por qué no una pequeña venganza? Aunque bien sabía que de pequeña nada, no le daría tregua, Allan tenía una maquiavélica mente.

-¿Qué eliges, puré de patatas o lombrices?-

Di un respingo al oír la segunda opción, me aterraba, y asqueaba al mismo tiempo, tener que ver a esos… insectos, pero tenía a Al y yo quería algo grande, unas “gracias” del porte de Metis entero.

-Los dos- decidí.

Allan rió, probablemente imaginando la cara de la señora Krauss al ver en sus zapatos, velador y finalmente, pero no menos importante, ella misma tal combinación repugnante.

-Iré por el puré, Nerine me lo dará, siempre nos ayuda con las bromas sin saberlo-

Allan alzó una ceja, sonriendo petulante, y a la vez como si me desafiara.

-Excusas estúpidas, Lil, solo no quieres ir con las lombrices, acepta que te aterran-

Era verdad, les tenía un miedo horrible, pero él no debía saberlo.

-No es cierto, Al, solo quiero ir a ver a Neri, ayer no pude por lo de la estúpida ceremonia y esas porquerías- mentí hasta cierto punto, porque ayer, sí, había estado presa en la oficina de Roderich, recibiendo las instrucciones de modales y moral, pero obviamente no era la única razón, o la más fuerte.

-Bien- murmuró para nada convencido.

Por dentro sonreí aliviada, como si de repente me sacaran un gran bloque de cemento de encima.

-No deberían hacerlo-

La voz vino desde el pasillo, mi cuerpo se tenso de inmediato, y retrocedí sintiéndome descubierta.

-Solo es Matt- dijo Al alzándose de hombros, al oírle fue un alivio inmediato, casi pensé que podía ser él.

-Lil, tu eres mayor, deberías detener a Al, no confabular con él-

Matt llegó delante de mí, intentando fruncir el ceño, pero apenas lo lograba con lo aterrado y nervioso que estaba, le acaricie la cabeza, enredando mi mano en sus pelirrojos cabellos.

-No me digas que hacer, Matthy- canturreé su sobrenombre, sabiendo que lo odiaba, sonriendo, aunque mis intenciones de jalar de su pelo eran evidentes -Solo es juego, deberías participar alguna vez-

Él negó con la cabeza, ya no fruncía el ceño, si no más bien sus cejas estaban inclinadas hacia arriba.

-Lil, no necesitamos testigos- anunció Al.

Le miré y automáticamente agarré las manos de Matt, reí al verle tan impresionado.

-Lo siento, Matthy- y lo tiré de un empujón adentro de mi habitación mientras yo salía y Allan dejaba trancada la puerta colocando una silla. Ambos reímos mientras el hermano menor de los Klett aullaba por auxilio.

Nos separamos a buscar los implementos para la gran broma, corrí por los pasillos sintiendo las ansias corroer mi razón. En la cocina había mucho movimiento a tan temprana hora, al pensar esto último di en que aún tenía puesto el pijama, suspiré por sentirme algo distraída pero continué, ciertamente solo quería ver el rostro asqueado y a la vez atemorizado de Agatha.

Hallé a Neri luego de un buen rato, lavaba los platos lo que era raro en ella, su labor era la cocina.

-¡Neri!- le llamé a voz de grito.

Se volteó muy asustada y al verme me tapó la boca, para luego llevarme a la habitación continua, yo tan solo le observaba, extrañadísima por tal recibimiento.

-¿Qué intentas hacer?- su tono era de reproche –deberías estar con el señor Roderich-

Fruncí el ceño, haciendo también un puchero.

-No, no pienso volver a estar todo el día siendo corregida por no saber como sentarme o cosas sin ningún sentido- me defendí rabiosa.

-Debes hacerlo, tu cumpleaños es hoy, tú serás la Cor, es un privilegio nunca antes dado a una mujer-

Gruñí.

-Ayer no pude verte y con eso es suficiente para no querer serlo, Arae es un idiota, todo estará igual si soy o no aquello- refunfuñé.

-Lilium, no digas eso- elevó el tono de voz, pocas veces se le veía tan molesta, pero conmigo era casi cotidiano –el señor Klett solo busca tu protección, además no puedes pretender ser tal magistratura con este comportamiento-

-¡No me importa!- exclamé sacándole la lengua –yo soy así y no cambiaré por nada del mundo-

-¡Lilium Boan!- oír mi nombre completo hizo que me colocara tensa de inmediato, Neri nunca mencionaba mi apellido, sabía cuanto me molestaba, la única persona que lo hacia era ella.

-Señora Agatha- Nerine balbuceó impresionada y tomó una de mis manos, sin que la vieja se diera cuenta.

-Niñita sin respeto ni educación ¿podrías explicarme en qué estabas pensado al encerrar al señorito Matthew?-

Insulté al pelirrojo en mi mente. Opté por fingir, no se me daba bien, pero era la única salida.

-¿Qué, encerrarlo?- consulté intentando parecer casi insultada por tal acusación.

-Sí, en tú habitación, el pobre gritaba desesperado-

Con tal drama se me escapó una risita, casi podía imaginarlo.

-No me lo creo- susurró Neri, incrédula.

Eso solo hizo que el cosquilleo interno aumentara, solté un par de carcajadas y Agatha arremetió. Me tomó de un brazo con tanta fuerza que Nerine al otro lado me soltó en seguida, luego me arrastró hasta llegar a la oficina del temor, abrió la puerta y me topé con Allan, enfuruñado en una silla, un lloroso Matthew al lado del ser más aterrador en todo Metis, Roderich.

-Lilium aún no puedo creer que con dieciséis años todavía juegues a esto-

-Aún tengo quince- resoplé.

-¡No es cierto!- exclamó – los cumpliste hoy-

-Faltan dos horas aún- gruñí.

Agatha levantó el brazo, dispuesta a darme una cachetada, pero se detuvo a tiempo, le miré, por dentro estaba realmente pasmada, aún así, solté un bufido, burlándome de su posición.

-A él no le gustaría verme con la mejilla roja e inflamada- solté sin pensarlo dos veces.

La mujer me fulminó con la mirada, y bajó la mano con lentitud, como si le costara controlar su ira, en cambio yo estaba a punto de levantarme y propinarle un puñetazo en su puntiaguda nariz de cuervo.

-Señora Krauss, déjeme con Lilium, hablaremos seriamente, llévese a los hermanos, por hoy Allan se salva-

Tuve un escalofrío, Roderich era mucho peor que una cachetada en la cara. Allan se negó, cruzándose de brazos, Matt salió presuroso, su hermano mayor luego se las vería con él, Agatha se llevó a rastras a mi cómplice y todo comenzó. En un primer momento solo nos quedamos viendo, únicos en todo el espacioso lugar, como si fuéramos íntimos y nos fuéramos a contar un secreto.

-Sabes en que situación te encuentras, supongo-

Resoplé, sonriendo un poco.

-No he hecho nada, aún-

Roderich cerró los puños, frunciendo el ceño.

-Cor, Lil, tú serás la primera Cor-

Ese término comenzaba a ser detestable ¿nadie podía recordar mi cumpleaños por otra razón?

-¿Y a mí qué?- gruñí –no es que quiera insultar la importancia que ustedes le otorgan a este puesto pero la verdad es que a mi no me interesa-

-¿Te interesa el señor Klett?-

Su pregunta me tomó desprevenida, pensaba que me regañaría, como siempre lo hacía, no que comenzaríamos a hablar de esos temas. A juzgar por el calor intenso en mis mejillas deduje que me había sonrojado.

-Arae es muy importante para mí- dije con la voz algo estrangulada por la vergüenza.

-Bien dicho, entonces ¿por qué eres incapaz de darle aquella sensación de seguridad?-

-¡No es eso!- le contradije –ya estoy lo suficientemente segura, ser Cor es excesivo e innecesario-

-Por supuesto que no-

-Sí, además ¿Qué pasará con el chico que debía suceder al último Cor? Eso no es para nada justo-

Rod medio sonrió, cosa demasiado extraña en él.

-La vida no es para nada justa-

Me sentí bastante triste al oírlo, claro que no lo era, Arae, y yo en pocas horas más, estábamos en la cima, y ocultábamos sangre, en cambio quienes sudor brindaban nos servían cuyo fiel siervo.

-Lo sé, pero nosotros no somos la vida-

Roderich colocó gesto de meditar.

-Estos son los egoístas y sobre protectores deseos del Dux- agregué.

-El Dux es la vida de su pueblo-

Callé, asqueada, fruncí el ceño, eso me recordaba unos cuantos “será”, término a futuro, sueños y el cielo.

-No justifiques lo que es imposible justificar- le reproché –eso de ninguna manera puede ser valido, Roderich-

-El señor Klett ha hecho crecer a Dediticius-

Eso me hizo explotar internamente.

-¿Crecer?- repetí incrédula –una masacre sin tregua, una falsa promesa de expansión y democracia, eso no es crecer, eso es pudrirse por dentro-

Roderich se colocó de pie, con gesto ofendido, parecía ser que hoy le había agotado la paciencia también, me observó con los labios apretados, yo me limité a devolverle la mirada, por unos segundos siguió inmóvil, luego se ajustó las gafas y se volvió a sentar.

-No viniste aquí para hablar de la política que emplea el señor Arae- eso me causó gracia, Rod sabía como controlarse pero no fingir –debes saber cuales serán tus responsabilidades como Cor y lo que debes…-

Apagado.

Era increíble, ya era hora de la cena, y exclusivamente por tal hecho Roderich me había permitido salir, no había desayunado ni cenado, y me quejé en todo momento por el hambre, al menos fue capaz de dejar que me bañara y cambiara ropa.

-Vuelve en diez minutos- me había ordenado, pero obviamente no lo haría. Debía encontrar a Allan. Caminé por los pasillos a paso lento y sigiloso, Al no estaba en su habitación, por lo que tuve que buscar en todas las demás, lo hallé en la de Arae, escondido en el armario.

-¿Qué haces ahí?- susurré lo suficientemente fuerte para que me escuchara desde donde me encontraba, el umbral de la puerta.

-Me escondo de él-

-¿Vendrá?- pregunté emocionada.

-A regañarme- masculló entre dientes.

No dudé un segundo y entré también al armario, como tendía unas pequeñas rendijas sería posible verle, me senté al lado del hermano de al medio de los Klett, abrazando mis rodillas.

-Si te descubren se armará grande- me susurró, pero yo negué con la cabeza, solo quería ver a Arae, y nadie me convencería de no hacerlo.

-A ti te pasará lo mismo- le dije luego –además si estoy aquí quizás te salve-

Él bufó.

De repente la puerta se abrió, sentí mi corazón alocado, apreté la mano de Allan con toda la fuerza que pude, reprimiendo las ganas que tenía de plantarme al frente de él y decirle todo lo que lo extrañé. Pero no era él, se trataba de un hombre albino, de ojos grandes y rojos, estaba vestido como los guardias de afuera y por eso noté que algo no iba bien, ellos no podían entrar a este despacho, solo estaba permitido para quienes eran invitados u ordenados, en su defecto.

-¿Qué hace él, aquí?- cuchicheé al oído de mi compañero.

Él movió la cabeza, negando saber. El intruso se comenzó a mover dentro del lugar, tomando unos papeles en el gran escritorio al medio de la habitación, eso fue razón suficiente para decidirme.

-No puede hacer eso- le dije a Al, levantándome, con el claro fin de detenerlo, pero este, a mi lado, jaló de mi mano.

-Te meterás en un problema- rezongó.

-Ya estoy en uno- le dije con tono casual; sin embargo Allan no me soltó, tiró con mas fuerza que antes, yo intentaba soltarme de su agarre, pero él era más fuerte que yo, no obstante no iba a rendirme.

-Déjame, idiota-

-No lo haré-

Solté mi mano pero al haber jalado con todas mis fuerzas impacté la puerta, esta hizo un ruido que resonó por toda la habitación, Allan y yo nos quedamos inmóviles, mirándonos con los ojos bien abiertos, por unos segundos el silencio reinó, nada, incluso diría que fuera de la oficina, se movió, pero en el instante después…

-¡Parece ser que he encontrado mi premio!-

No sé en qué minuto la puerta se abrió, solo sentí que me jalaban del cabello sin piedad alguna, tuve que salir de mi escondite y enfrentarme cara a cara con mi captor. El hombre parecía descontrolado, lo que hizo que yo misma perdiese los estribos, intenté golpearlo pero no di una, grité con todas mis fuerzas, aterrada, pero él tapó mi boca con una de sus enormes manos, veía a Al observándolo todo, sin moverse, sin saber que hacer.

-Divirtámonos, Lilu-

Oír aquel apelativo hizo que me retorciera y volviera a lanzar manotazos, uno le dio apenas al desconocido, solo fue un pequeño arañazo, pero gracias a este quedé libre. Retrocedí con torpeza, incluso tropecé, pero no duré mucho a salvo, de repente mi espalda chocó contra la pared, el aire poco a poco comenzó a acabarse, solo veía la pupila dilatada de mi apresador, su mandíbula tensa y aquel gesto de profunda aberración. Su mirada, su fuerza y repudio me asfixiaban, no tenía escapatoria, intenté alejar sus manos de mi cuello, pero yo no era ni siquiera la mitad de fuerte que él. La verdad era más que clara, yo tenía dos alternativas, y una era un cien por ciento más probable que la otra; miré mis manos, los nudillos estaban blancos ya que ejercía toda mi fuerza para liberarme. Yo estaba a un paso. Pero retrocedí. La puerta se abrió, dejando ver a otro guardia, este era rubio y de ojos celestes, su sola presencia hizo que me desvaneciera, caí al piso mientras me ardía el pecho, aún sentía aquellas grandes manos aferrando mi piel, cortando mi respiración, disminuyendo mi voluntad convirtiéndola en tan solo aroma, intenté enfocar la vista en el nuevo intruso, pero poco a poco todo se cubría por manchones negros, su rostro, su pecho y finalmente todo el cuadro.



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