
Año 2035. 23 años después de la mayor y más misteriosa masacre en la humanidad...
Rated: Fiction K+ - Spanish - Suspense/Sci-Fi - Words: 1,080 - Reviews: 6 - Published: 03-24-10 - id: 2788800
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CAPÍTULO 1:
"23 años después…"
Miraba las muestras en el microscopio y pensaba, frustrada, que parecían ser consistentes con las de la mayoría de los demás especímenes, cuando oí el tono –la "Quinta de Beethoven"– de mi teléfono móvil.
Levanté la vista y sentí el dolor de ojos inflamados y el de cabeza, leve, alistándose para golpear mi cráneo con un dolor palpitante e incesante.
Había pasado, –de nuevo– toda la noche trabajando. Volví a ver a mi teléfono y sí, ahí en la pantalla táctil, me estaba esperando con rostro preocupado mi becario y guía Jerome Masekela, un joven mestizo de labios y nariz netamente africana, piel muy morena, cabello prácticamente al rape de lo tan rizado que debía ser; pero con una quijada cuadrada y ojos verdes, europeos. Cuando dejara totalmente atrás ese aire adolescente que aún tenía, sería un muy atractivo hombre.
Sólo tenía 21 años –sí, otro hijo del boom de la década de los 2010`s– y la errada percepción que, por ser él mi becario desde el principio del experimento, guía y persona más cercana a mi trabajo y, por lo tanto, a mí; debía comportarse como la madre que nunca tuve.
—Señorita Cavallini, ¡hola! ¿Cómo está? —me dijo con una sonrisa y ese extraño acento de persona que habla varios idiomas desde niño. Por más que no quería, la genuina preocupación y buenos deseos tan traslúcidos en su rostro, volvieron a ablandarme un poco. Era parecido a un niño en algo, y sabía usar eso para sus propósitos, como hacerme ir a dormir o comer después de varias horas en el laboratorio o con los especímenes.
No quería ni imaginar cómo me podía ver en ese momento después de 30 horas de continuo trabajo, estaba segura que si hubiera estado en carne y hueso en el laboratorio, Jerome me hubiera tendido un sillón que había en la sala de descanso de ese piso, buscado algunas acetaminofén en el botiquín, ya que sabe que me hacen dormir en minutos y; al despertar unas tres horas después, me esperaría con alguna comida rápida en la mesa.
Se creía mi madre y abuela en uno solo y, por más que yo insistía en que me dejara en paz con diplomacia, esa mirada de niño grande siempre me terminaban ablandando.
Aunque en ese momento, estaba tan frustrada y de mal humor con todo el universo, que me di fuerzas y me dije que ese sería el momento en que mi tozudez y yo ganaríamos contra el "maternalismo" del muchacho.
—Perfectamente. He adelantado la información de los 4, 8 y 11.
Él expulsó aire, resignado. Mirada de niño en todo su poder me vio desde la pequeña pantalla del teléfono celular:
—Hoy es el día del "Duelo Mundial" y domingo, señorita. Podría estar…
¡Ahora sí que no me iba a ablandar!
—¿Qué? Esa idea de que todos debemos estar en la casa, sin hacer nada, revolcándonos en los recuerdos de nuestra impotencia y mortalidad no son nada productivas, Jerome. ¡Mejor ven y me ayudas a sacar más muestras del 4, que necesito hacerle más procesos!
Él asintió, acostumbrado a mis arrebatos, lo vi moverse en su pequeño departamento mientras seguía con su teléfono móvil en la mano, diciéndome:
—Por supuesto señorita. Llegaré para el almuerzo.
Y la pantalla apreció con mi fondo de doble hélice de ADN nuclear y la leyenda de: "Llamada terminada" abajo.
Por supuesto que Jerome llegó con la comida, acetaminofén y hasta con una almohada y cobija.
Confieso que ataqué la comida apenas salió del microondas y que mis ojos se cerraban diciéndome que no necesitaría la acetaminofén. Pero, mientras él iba por la muestra del 4, yo me dormí en el sillón sin su almohada y cobija… ¡Lo poco que quedó de mi intento de emancipación!
Pasé dormida el aniversario del llamado "Solsticio Silencioso". ¡Vaya eufemismo a la masacre más grande de la historia! Las 81 957 521 almas que perecieron ese 23 de diciembre, exactamente a las 12:00m.d. (Tiempo Universal Coordinado); deben estar revolcándose en su tumba mientras yo dormía. Espero que mis padres perdonen esa herejía, pero en verdad necesitaba descansar. Además, de nada sirve que reverenciemos a los muertos, si muchos de los vivos necesitaban de mi ayuda.
Creo que, sino hubieran muerto hace 23 años en esa masacre, mis padres lo hubieran entendido. Los dos eran científicos, como el tío Diego; y creo que de todos ellos heredé no sólo mi gran inteligencia; sino mi tesón en el trabajo. Los dos hubieran entendido que hiciera tiburones blancos en in vitro para buscar, en su sistema inmunológico inmune al cáncer; y genéticamente alterado por mí, la cura para las malformaciones "post cataclismo" que, conforme iba pasando el tiempo, seguían apareciendo más casos y más extraños en todo el mundo; era algo más importante que no hacer nada.
La comunidad científica pueden creer que mis teorías son tan heterodoxas que rallan en lo ridículo, y que mis experimentos pueden ser un poco dudosos éticamente, sobre todo, lo que tengo planeado para la segunda fase en experimentación con humanos. Pero sé que mis padres apoyarían que siguiera mi instinto, como el tío Diego me exigió desde muy pequeña, para que fuera de las mejores en el campo.
Se puede decir que soy una genio, pero sin trabajo duro, no sería la más joven de las experimentadoras en el Centro de Investigación Biológica en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Soy una experta a mis apenas 27 años de vida, como cualquier otro de mis colegas aquí (tal vez más) pero como soy la más valiente de todos, sólo yo puede perder los fondos de investigación después de la revisión de finales de enero.
Por eso debía trabajar para encontrar algún resultado positivo lo antes posible. Y el que me hubieran rebajado los fondos el semestre pasado, para que sólo tuviera a tres becarios a mi servicio, no ayudaba mucho. De los tres, sólo Jerome llenaba mis expectativas.
Prácticamente vivir en las instalaciones estaba más que justificado. No recuerdo la última vez que pasé por mi apartamento a algo más que no fuera bañarme, cambiarme, dormir un máximo de tres horas, y volver al trabajo… ¡Ah, sí! Hace dos meses y 7 días. Vaya que sirve tener un cerebro de genio.
Aunque por más inteligente que fuera, y por más que intentara sólo dormir cuando no podía más y caer prácticamente en coma del cansancio, no podía dejar de tener esos extraños sueños…
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