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Fiction » Fantasy » Crónicas de Medio Mundo
Heich-Ess
Author of 47 Stories
Rated: T - Spanish - Adventure - Reviews: 1 - Published: 04-15-10 - id:2797087

Waazzaaaaaa!

Este es el prólogo de la historia en la que estoy trabajando. Hasta ahorita, el título de esta podría ser: "Crónicas de Medio Mundo" Hasta el momento no puedo adelantarles más de lo que tratará la historia, pues llevo muy poco, apenas hoy terminé de escribir lo que comprendería el capítulo número uno. En cuanto termine de escribir esta historia voy a brindar con Whiskey! hahaha espero tenerlo y... esta historia la comencé el 21/03/10, era domingo hahaha

Qué más, qué más? Pues creo que nada, ojalá que les guste lo suficiente para que empiecen a acosarme con que suba el capítulo siguiente hahahahaha

Enjoy!


Crónicas de Medio Mundo

Prologo

(Jesień)

La gota, cristalina y salada, resbala desde donde comienza el bosque de sus cabellos castaños y se desliza por la piel caliente de su frente. En el camino hacia abajo, la gotita se une a otras más pequeñas que ella y las arrastra consigo hacia el salto. Deja un rastro de gotas más pequeñas tras de sí. Algunas son tan diminutas que se pierden en los poros o se evaporan por la temperatura tan elevada.

El camino de la gotita se acaba y desde la punta de la nariz se lanza hacia el vacío. No lo ve, pero debajo de ella esperan millones de granitos de arena blanca que la absorberán en cuanto los toque, eso suponiendo que el intenso calor del sol no la evaporará con su abrazo infernal.

La gotita llega hasta la arena y hace que algunos de los granitos se aparten por la fuerza con la que impacta. Inmediatamente después de ella, las manos abren grandes surcos en la arena. El tacto con ella es doloroso. El quejido escapa por entre los labios resecos y, a pesar de que el cuerpo desea levantarse para no estar en contacto con el calor de la arena, está demasiado cansado como para hacer un movimiento más. Levantarse es inconcebible. Las rodillas se posan en la arena y más gotitas de sudor se lanzan al vacío.

La cabeza se levanta y los ojos miran al frente. La visión es borrosa. Las figuras delante danzan a través de las ondas caloríficas que se alzan desde el blanco de la arena.

Hay alguien allí.

Parece que hay alguien allí.

Es difícil decirlo desde esa distancia, con los ojos tan poco lubricados por la deshidratación que agobia a todo el cuerpo. La garganta quiere gritar. Los labios se separan y de ellos no brota nada más que un chasquido seco. La lengua se muere por probar de nuevo el insípido sabor del agua. Los labios están a punto de sangrar. Las manos arden ahora, al despegarse de la arena, presentarán horribles llagas blancas.

La vista no se separa de aquella figura que se mueve de forma extraña, como una bandera agitada por el viento. No quieren apartar los ojos la vista de aquella figura, parece pequeña, parece lejana, pero también representa la salvación. Si tan sólo pudiera llamarla.

El cuerpo, cubierto por una gruesa capa oscura, intenta levantarse. El rostro oculto debajo de la capucha no deja de apuntar hacia delante, hacia el Este, porque hacia allí está la vida, sólo hacia el Este existe la salvación. Hacia el Oeste, está el desierto, hacia el Norte el desierto y hacia el Sur el desierto.

De alguna milagrosa forma, se pone de pie, se tambalea pero no cae. Las piernas están adoloridas, las manos arden y exigen ser arrancadas para que el dolor sea mitigado, la respiración es difícil, los ojos… los ojos no se apartan de la figura que ahora ya no parece nada, quizá una alucinación pasajera por la insolación. El sol por fin ha calcinado demasiadas neuronas en la cabeza y la razón se ha ido en un viaje sin retorno.

Pero, si el abuelo le enseñó algo en el poco tiempo que estuvo a su lado, ha sido a resistir, aguantar hasta el final y no rendirse nunca, a pesar de que la pared enfrente llegue hasta el cielo.

Sabe que falta mucho, sabe que probablemente, muy probablemente, caiga de nuevo antes de llegar a la salvación. Pero si se queda allí jamás descubrirá si logrará llegar al pueblo que está allí delante o no.

Avanza un paso.

Es firme y no se tambalea. La idea de que lo logrará escurre sobre ella y le da ánimos de continuar.

Avanza otro paso.

Sigue siendo firme, imagina lo que sucederá cuando salga del desierto y llegue hasta aquel pueblo. Una sonrisa aparece en sus labios y el dolor es inevitable. La sangre brota de algunas de las heridas de resequedad. La lengua sale de inmediato y prueba el sabor metálico de aquel líquido carmín que no es tan vital como el agua, ni tan generoso para saciar la sed.

Avanza un paso más.

Que este fuera firme habría sido pedir demasiado a los Seres Superiores. Se tambalea, los brazos inertes a los costados apenas se movieron para que el equilibrio fuese conservado. Los pies apuntan a direcciones diferentes. Los ojos ya no ven con claridad y el pueblo, por alguna extraña razón, se ha alejado por lo menos un kilómetro. Por supuesto, el desierto es traicionero y no desea perder ninguna vida que pudiese reclamar.

Avanza un cuarto paso.

El mundo se tambalea y las piernas están a punto de enviarla al suelo, donde seguramente se quedaría para siempre, hasta que su cadáver quedara en los huesos.

Ya no quiere seguir avanzando, si da un paso más, piensa que sus piernas no soportarán su peso ni el cansancio y la enviarán a la arena. La piel de su rostro quedará como la de sus manos y no logrará levantarse de nuevo. Su camino terminará allí y apenas comenzó.

"Si te quedas aquí" le dice su abuelo. Él está de pie a su lado. "Estarás rindiéndote. Es lo mismo si te quedas aquí a que si das un paso más, pero sería mucho mejor ver hasta dónde llegas."

Tiene razón, como siempre. Las ganas de llegar, la prometida emoción que sentirá al pisar la tierra de aquel pueblo, le devuelve las esperanzas y las palabras de su abuelo le dan ánimos para continuar. Puede hacerlo, lo sabe y se dispone a dar el siguiente paso.

En medio de su emoción, avanza un paso y casi de inmediato el siguiente. Espera un momento y da el séptimo paso. Se tambalea, sabe que caerá. Da dos pasos más en un intento desesperado por no caer. Sus ojos se apartan del pueblo delante. Sus ojos se fijan en la arena blanca que brilla como la luna en las noches claras. Avanza a trompicones y se desploma. Lo hace de lado, estando consciente de que si cae con el rostro el dolor hará que quiera levantarse y traerá consigo desesperación y una muerte muy desagradable.

"Lo siento, abuelo, no llegaré." Intenta decir pero las palabras no salen de su boca. El cuerpo está acabado. Las esperanzas son nulas y las ganas de llegar se destilan junto con el sudor.

Su historia en el desierto, ha terminado.

II

Abre los ojos y se encuentra con la mirada interrogante de una pequeña niña de ojos castaños. En su mirada nota preocupación y un poco de alegría. Parpadea repetidas veces. La luz allí es demasiado intensa, casi le hace daño. Intenta apoyarse en su brazo para mirar a la niña y su cuerpo no reacciona, sigue sin energías. Eso le hace saber que sigue con vida. El cansancio le pesa por todo el cuerpo como si tuviera un enorme costal lleno de piedras encima.

- No te levantes -aconseja la niña. Su voz es suave y un poco chillona, debe de tener 8 o 9 años. Sus cabellos negros están atados a su cabeza en una larga trenza que le llega a la mitad de la espalda-. Mi papá dice que tienes que descansar. Mi mamá vendrá en un momento para ayudarte a comer.

Cuando la niña habló de comida, sintió algo en los labios. Levanta la mano, la dirige a su boca y toca un ungüento que huele a fresas.

- No te lo quites -le advierte la niña, mirando sus movimientos lentos-. Mamá dijo que eso te ayudará a aliviar el ardor. Si te lo dejas, pronto estarás bien.

Baja la mano y cierra los ojos. ¡Lo consiguió! No puede creerlo pero ha conseguido llegar al pueblo, o lo suficientemente cerca para que alguien le ayudase a completar su camino. ¡Alabados sean los Seres Superiores!

- ¿Te duele algo? -pregunta la niña. Ha jalado una silla y se ha sentado a un lado de la cama.

Niega con la cabeza.

- ¿Cómo te llamas? -le pregunta la niña y la puerta detrás de ella se abre. Una mujer con el cabello tan negro y el doble de largo que el de la niña entra a la habitación y mira con alegría y asombro que ha despertado.

- Déjala en paz, Belén -le pide la madre y la pequeña se levanta de la silla para dejar que su madre ocupe su lugar-. Te ruego disculpes a mi hija, a veces da mucha lata.

Asiente cerrando los ojos. La verdad es que la niña no la incomoda, ha pasado tanto tiempo en medio del desierto sin la compañía de nadie más que los fantasmas de los recuerdos, que la sola presencia de ellas dos ya es una bendición.

- Mi nombre es Alia, hija de Zephyr, y esta es mi pequeña Belén. Mi esposo Kurt te trajo a casa ayer por la noche. No esperaba que soportaras todo el día tirada bajo el sol, pero los Seres Superiores fueron compasivos contigo -explicó la mujer y tomó asiento en la silla junto a la cama-. ¿Cuál es tu nombre?

Abrió la boca para hablar, pero se detuvo a tiempo. No podía decírselo. Ahora que estaba dentro del pueblo, no podía decir palabra alguna a nadie. Sólo a Belén, pues había sido ella la primera persona a la que vio cuando despertó.

Negó con la cabeza y se tocó la garganta.

- ¿Te duele la garganta? -preguntó Alia.

Negó de nuevo con la cabeza, se dio un par de golpes en la garganta y formó una especie de pico con los dedos. Lo abrió y lo cerró y lo abrió y lo cerró y negó de nuevo con la cabeza.

- ¿Estás diciendo que no puedes decirme tu nombre? -preguntó Alia, en su rostro se dibuja una mueca de ofensa. Como si le hubieran dicho el peor de los insultos.

Considera la pregunta y después de un momento asiente. "No puedo decirte mi nombre" dice el gestó.

- ¿Cómo te atreves? -pregunta Alia poniéndose de pie-. Le debes la vida a mi marido y estás en nuestra casa. No te vamos a pedir nada a cambio de ello, pero por lo menos podrías decirnos tu nombre.

Ella la mira entristecida, le gustaría decírselo, de verdad que sí, pero no puede hacerlo. Eso va en contra de todo lo que le enseñaron en su pueblo natal. Decirle su nombre va en contra de todo lo que su abuelo le ha enseñado y no se atreverá nunca a faltar a las enseñanzas de su abuelo.

- ¡Perfecto! -musita Alia, ofendida-. Vamos, Belén, dejemos a la señorita-no-digo-mi-nombre, quizá también quiera estar sola.

Belén la mira y se acerca a su mamá, quien extiende la mano y la sujeta con fuerza. Las dos salen de la habitación y la dejan sola de nuevo. ¡Diablos! Si tan sólo no hubiese llegado inconsciente, todo habría marchado bien.

"¿Y qué querías?" le pregunta una parte de su mente. "No hay persona en el mundo que haya entrado caminando a ese desierto y haya salido de igual forma."

¡Oh, pero sí hubo alguien! Ella lo sabe y por eso está allí, recorriendo el mismo camino que alguna vez los pies de él trazaron hace mucho tiempo.

Mira la bandeja con la comida y se le hace agua la boca. Está hambrienta y podría devorarlo todo en poco tiempo. Hace un intento vano de sentarse en la cama. El dolor del cuerpo es demasiado como para ignorarlo, tal vez tenga quemaduras muy serias.

Luego de un doloroso momento que parece una eternidad, logra sentarse contra la cabecera de la cama y extiende el brazo para tomar la bandeja. Es demasiado pesada, tendrá que llevar la comida a su boca desde ese lugar tan lejano y no tiene otra opción. Duda que Alia vuelva arrepentida de lo que le ha dicho y le ayude a alimentarse. Es una lástima.

Come lento, la cuchara es muy pesada y quiere evitar tirar la sopa sobre las sábanas de aquella cama. Si las ensucia tendrá deseos de lavarlas y sabe que no podrá hacerlo. No por el momento. Tendrán que pasar algunas semanas antes de que pueda siquiera levantarse de esa cama. La sopa está muy sabrosa. La come gustosa y poco a poco siente cómo las energías vuelven a su cuerpo.

La sopa se terminó y toma el pan. Es suave y tiene restos del calorcito que lo envolvía momentos antes. Tal vez cuando lo trajeron apenas había sido sacado del horno. Es una lástima no haberlo comido cuando se lo trajeron, pero de todas formas está bien. Partió un pedazo y se lo llevó a la boca. Es dulce y de consistencia suave. Simplemente delicioso, al igual que la sopa.

Al terminar se recuesta de nuevo y se acomoda para otra siesta. Quizá despierte en una o dos horas, espera que Alia ya no esté molesta con ella y tampoco le exija decir su nombre.

III

Despierta hasta el día siguiente. En la habitación se encuentra Alia sentada junto a la puerta. Al verla despertar se levanta de la silla y se asoma fuera de la habitación. Le habla a alguien. Momentos después un hombre robusto de barba negra y poblada entra a la habitación y se quita el sombrero.

- Bienvenida seas a nuestra casa, mi nombre es Kurt, hijo de Karina -dice al tiempo que hace una reverencia bastante pronunciada al decir el nombre de su madre-. Espero nuestra hospitalidad haya sido de tu agrado. No es común que recibamos gente que llega del desierto.

Lo sabe, por algo ha decidido cruzar el desierto y no darle la vuelta al mundo por el océano.

- ¿Puedo sentarme? -pregunta Kurt.

Ella asiente, mientras se acomoda contra la cabecera. Sería muy descortés el negarle que se acerque a ella para conversar, siendo que ha sido él quien la ha sacado del desierto y le ha salvado la vida.

- Eres una chica muy resistente -comenta Kurt tomando asiento. Alia espera detrás de él con los brazos cruzados sobre el pecho-. Cuando te vi en medio del desierto, estaba seguro de que no llegarías al Límite; lo más adentro del desierto que nos permitimos entrar. Pero lo hiciste, me alegro tanto de haberte encontrado con vida.

Hace una pausa. Se nota a leguas que lo que quiere es preguntar su nombre, de lo contrario, Alia no estaría de pie detrás de él.

- Dime, ¿cuál es tu nombre?

Lo sabía. Suspira y cierra los ojos, no puede hacer otra cosa más que las señas que su abuelo le ha enseñado. Levanta la mano y se golpea un par de veces la garganta con los dedos y luego niega con la cabeza, mirando los ojos castaños de Kurt. En ellos parece haber una chispa de reconocimiento. ¿Sería posible que él conociera también esas señas?

- ¿No puedes hablar?

Con los dedos, índice y medio de su mano derecha, se pica la palma izquierda y luego hace un movimiento horizontal al piso con la palma derecha abierta. "Ahora no." Dice el gesto.

Kurt guarda silencio y contempla a la chica en la cama. Se frota la espesa barba con los dedos, está analizando la situación. Detrás de él Alia espera, impaciente.

- ¿Vienes de Gagarín? -pregunta Kurt y en los labios resecos, pero ya no partidos de ella, se dibuja una sonrisa.

"¡Sí!" Asiente con mucho entusiasmo y eso le provoca un dolor en el cuello.

- ¿Eres… un Juglar? -pregunta Kurt con cautela, en su voz se nota el escepticismo.

Ella asiente de nuevo, esta vez con menos vigorosidad.

Alia lanza un bufido y sale de la habitación. Ha pensado lo mismo que Kurt, pero a diferencia de él, ella sí lo ha expresado. La chica en la cama sabe porqué lo ha hecho y la entiende a la perfección.

- No hay muchas mujeres Juglar, ¿sabes? -dice Kurt recargándose en el respaldo-. De hecho, no había escuchado de ninguna. Y mi abuelo tampoco.

Ahí está, ha sido su abuelo quien le platicó de los Juglares, quizá por eso que reconoció la seña con la cual los Juglares dicen que no pueden hablar en el pueblo.

Ella se apunta a sí misma y niega con la cabeza.

- ¿Tú tampoco? -interpreta Kurt. Ella niega con la cabeza-. ¿Puedes demostrarlo?

¡Claro que puede! En su maleta estaban sus ropas ceremoniales. Pero no debe mostrárselas todavía, si lo hace, él quedará ciego por mucho tiempo, o quizá para siempre y no quiere provocarle semejante daño al hombre que le ha salvado la vida. Piensa, ¿cómo podría demostrarle que era una Juglar?

Niega con la cabeza, está demasiado cansada para hacer lo que los Juglares hacen, tendrían que esperar.

Con las manos forma una esfera frente a ella, simula al sol. Con los dedos interpreta el brillo. Mueve la esfera en sus dedos en un arco que va descendiendo. Ha anochecido. A un lado, forma otra esfera, un poco más pequeña e interpreta con los dedos un brillo menor al del sol. Es la luna. La hace ascender hasta el cénit. Y luego mueve las manos negando la presencia de ésta.

- ¿Sólo puedes hablar en noches sin luna? -pregunta Kurt. Ella asiente-. Bueno, para eso sólo faltan tres días. Voy a dejarte descansar -dice y se pone de pie-. La sopa que Alia te ha dado es una buenísima receta de su familia. Estoy seguro de que te sientes con sueño. Te recuperarás pronto -se aleja de la cama y se detiene antes de abrir la puerta-. ¿Necesitas algo?

Ella piensa en la propuesta. No lo sabe, y cree que no. Niega con la cabeza, esperando que no tenga que decirle después que sí necesita algo.

- Bien, descansa. -dice Kurt y sale.

Ella se acomoda, mira el techo y se imagina la noche en la que hablará. Ojalá la niña entrara antes de esa noche, sola. Con ella sí podía hablar.

Pensando en esto, se queda dormida.

IV

Una semana ha pasado desde el día en el que fue llevada a esa casita. La comunicación con Alia había sido casi nula. Por las mañanas ella vino a dejarle el desayuno, uno de esos milagrosos tés, le deseaba los buenos días y se retiraba. Deseó que fuese Belén quien le llevara la comida, sin embargo, a la pequeña no la volvió a ver desde el día que despertó. Supuso que ayudaría a su padre en el trabajo o a su madre con los deberes de la casa.

Ahora se siente mejor. Sus fuerzas han vuelto casi por completo y se siente capaz de hacer lo que ha ido a hacer a ese pueblo, del que aún desconoce el nombre. Kurt tampoco vino a verla, estaba segura de que él le habría dicho el nombre del pueblo.

Se sienta al borde de la cama y se prepara para salir por vez primera de esa pequeña habitación. Tiene la intención de ir en busca de Belén para decirle que está lista y que necesita que durante el día nadie la mire. Que la dejen en completa soledad dentro de esa habitación. Esta noche la Luna no brillará.

La puerta se abre. Ella levanta la cabeza para ver a Alia y dedicarle una sonrisa, como ha hecho todas las mañanas. Sin embargo, no es Alia quien entra a la habitación, sino Belén.

- Hola -saluda la niña-. Te traje el desayuno. ¿Dónde quieres que lo ponga?

Ella señala el mueblecito que está a un lado de la cama y mira por detrás de Belén para averiguar si alguien más viene con ella. La pequeña deja la bandeja sobre el mueblecito y la mira interrogante.

- ¿Necesitas algo más? -le pregunta con voz mecánica. Es posible que su madre le haya dicho que dijera eso. Ella asiente y señala la puerta haciendo movimientos con las manos para indicarle a Belén que la cierre.

Belén la mira desconcertada, casi con desconfianza, pero de todas formas se acerca a la puerta y cierra. Ella le pide que se acerque y la niña obedece. La sujeta de la manita y la atrae hacia sí. Pasa su mano por la pequeña nuca de la niña y acerca sus labios a su oreja.

- Soy un Juglar -susurra con una voz tan suave que hace sentir a Belén el deseo de que nunca deje de hablarle de esa forma-. He venido a contar una historia y todo aquel que quiera escucharla deberá reunirse alrededor de la fogata esta noche.

Cuando termina de hablar suelta a la niña y ésta se aleja muy despacio, mirándola con los ojos muy abiertos.

- ¿Entonces es verdad lo que dice mi papá?

- No sé qué es lo que dice tu papá.

- Que vienes de lejos sólo para hablarnos.

- Sí, vengo de Gagarín -dice ella-. Y he cruzado el desierto únicamente para contarles una historia. Porque eso es lo que me apasiona, por eso vivo; para contar historias. ¿Estarás allí para escucharla?

- ¡Por supuesto!

- Me alegro. -dice ella y acaricia la mejilla de Belén-. Necesito que hagas algo por mí.

- ¿Qué cosa?

- Antes de que salga de esta habitación, necesito prepararme. Mientras lo hago, nadie debe de venir aquí, ni mirarme, sobre todo esto último.

- ¿Por qué?

- Aquel que mira a un Juglar durante su preparación, queda ciego para siempre.

- ¿De verdad?

- Sí, de verdad. Por eso necesito que le digas a tu mamá y a tu papá que no deben venir, ni ellos ni nadie, ni siquiera a dejarme comida, el día de hoy, sólo tomaré el desayuno que ya has traído. ¿Lo harás?

- Sí, claro. Es algo muy fácil.

- Sí, lo es, pero también es algo muy importante. Debes asegurarte de que todos sepan que hoy hablaré, a la noche cuando el sol se haya ocultado más allá del horizonte.

- No hay problema, todos se enterarán de eso. Déjamelo a mí. -dice Belén, muy entusiasmada e irguiéndose, orgullosa de sí misma.

- Sé que lo harás muy bien. Ahora ve y recuerda: nadie puede verme hasta que yo salga de esta habitación.

- Sí, lo recordaré y se lo diré a todos.

Belén se acerca a la puerta y la abre, estando en el umbral se gira para mirar a la Juglar, sentada en la cama. Sale y cierra la puerta detrás de sí para ir con su mamá a contarle lo que su huésped le ha dicho.

Ella comienza a comer con una sonrisa en los labios, por fin el día ha llegado, luego de tanto tiempo, está lista para contar su historia.

V

Terminó de comer la sopa y la bandeja descansa ahora sobre el pequeño mueble junto a la cama con los trastes vacíos. Su ropa está tirada a un lado y ella está sentada a la orilla de la cama, contemplando sus pies desnudos. Los dedos están llenos de callos. Hoy ya no le duelen como los días anteriores, antes de irse de ese pueblo, pedirá la receta de esa maravillosa sopa, está segura de que le ayudará mucho en su largo viaje.

Y hablando de viaje.

Se pone de pie y se acerca a la esquina de aquella habitación. Su maleta ha permanecido allí botada todo este tiempo. Está segura de que su aspecto no llamó la atención de nadie y por eso ha permanecido allí. Sus cosas siguen adentro. Eso es lo importante.

La acaricia antes de levantarla. Lo que hay dentro son las posesiones más valiosas que tiene. Son las ropas ceremoniales que se han utilizado en su familia por incontables generaciones. Lleva la maleta a la cama y la abre. La fragancia de sus ropas sale desde las profundidades y la rodean con una caricia aromática que ella disfruta cerrando los ojos y echando la cabeza un poco hacia atrás. Siente el largo de su cabello acariciando su espalda desnuda.

Las ventanas están abiertas y las cortinas cerradas. El viento que entra refrescando la habitación levanta un poco las cortinas. Le parece sorprendente que en un lugar tan cercano al Desierto Nerivela sea tan fresco.

Una a una, saca las prendas dentro de la mochila. Está la larga capa de piel de jaguar, un espejo, un par de zapatos de tela, un pantalón de algodón y una camisa de seda. El maquillaje que utilizará se encuentra en las profundidades oscuras, es lo último que saca y lo coloca a un lado de la mochila.

Contempla las cosas acomodadas sobre la cama y arroja la mochila a un rincón, sin darle demasiada importancia. Ahora que está vacía ya no importa.

Acaricia con la yema de los dedos la tela de las ropas que ha extraído de la mochila. Eso es parte del ritual de reconocimiento, las ropas deben familiarizarse con ella y ella con las ropas. Son viejas tradiciones que no pueden ser ignoradas por más que uno se lo proponga y que se hacen más por costumbre, como si hubiera un gen en la cadena de ADN con esa información.

Toma el pantalón, lo mira y comienza a ponérselo. Despacio. Siente y disfruta del roce de la tela contra sus piernas desnudas. Lo mismo hace con la camisa que es un poco más suave. Todo lo hace con los ojos cerrados. Ni ella misma debe de mirar las ropas cuando se las pone. Las viejas tradiciones aseguran que cuando las ropas del Juglar cubren su cuerpo, éstas arrojan destellos mucho más brillantes que cien soles juntos. Ella no lo sabe, jamás conoció a alguien que haya quedado ciego por ver cómo un Juglar se prepara para su Noche de Cuentos, pero tampoco quiere averiguar si eso es verdad o no.

Estira las manos hacia la cama y siente la suavidad de la capa. Su abuelo le contó una vez que aquella piel había sido de un fiero felino que atormentó a una pequeña aldea al sur de Gagarín.

Asesinó a mucha más gente de la que jamás verás en una Noche de Cuentos a tu alrededor, le contó su abuelo. Se divertía asesinando y reía cuando, con su llegada, todos huían. Algunos de los habitantes de ese pequeño pueblo sin nombre acudieron al rey Camuel segundo para que éste los ayudara. En su preocupación por estas personas y su pueblo, Camuel envió a Hahn, uno de sus Caballeros Águila, para que diera caza a dicha bestia.

Hahn volvió al pueblo en compañía de los habitantes que acudieron con Camuel, quienes señalaron el escondite del jaguar. Él les dijo que volvieran a sus casas y dijeran a todos los habitantes que él se ocuparía de la bestia.

Tres días pasaron sin que los habitantes vieran al jaguar o al Caballero Águila. Cuando despuntó el sol al cuarto día, unos niños vieron salir del bosque a Hahn, mal herido y con la piel de la bestia cubriendo su cuerpo. El Chaman del pueblo curó sus heridas y cuando Hahn tuvo la fuerza para ponerse de pie, en el pueblo se hizo una fiesta en su honor.

En su camino de regreso a Lyze, Hahn cruzó por Gagarín, donde fue bien recibido, alimentado y hospedado por uno de nuestros antepasados. En agradecimiento, Hahn regaló la piel del jaguar a Marek, hace más de quinientos años.

Ella piensa que la piel del jaguar es la prenda más importante de su vestimenta (después de la historia, claro) a pesar de que todos opinan que lo más importante es el maquillaje.

Coloca el espejo sobre el buró e intenta mirarse de pies a cabeza. Todo está en su lugar. Lo único que le falta es el maquillaje.

El estuche en el que la pintura está guardada, es casi tan viejo como la piel del jaguar. La superficie de madera es muy suave y en algunos puntos es más clara. Coloca la cajita frente al espejo y la abre. El maquillaje es poco y tendrá que obtener más en ese pueblo o en el siguiente. De lo contario tendrá que comenzar a maquillarse con bayas.

Pasa las yemas de sus dedos por la superficie de la pintura, levanta los dedos y los contempla. El maquillaje parece brillar en sus dedos. Cierra los ojos y acaricia sus párpados con los dedos. Luego las mejillas y por último los labios.

Todos le dirían que es muy poco lo que se pone, pero para ella así es suficiente. Enmascararse detrás del maquillaje no debería de ser tan importante. Lo que sale de su corazón a través de sus palabras es para ella lo que realmente importa. Esta es una de las pocas cosas, sino es que la única, en las que no estuvo de acuerdo nunca con su abuelo. Esconder la emoción que el relatar un suceso pasado bajo capas y capas de pintura, sería como escribir la historia para que alguien más la cuente a los demás. Al hablar durante la Noche de Cuentos, ella quiere ser quien lleve las imágenes a todos aquellos quienes la escuchan. Sabe que ningún otro Juglar está de acuerdo con ese acto de egocentrismo, pero también es cierto que no hay ninguna otra mujer Juglar. Pequeños detalles sin importancia alguna. No desprecia el maquillaje para ser ella la protagonista de la Noche de Cuentos, lo rechaza porque oculta la emoción que le hace sentir el recordar sus historias cada vez que las cuenta. Ella piensa que es importante que la gente que escucha vea el sentimiento reflejado en su rostro y no sólo en la voz.

Se siente lista.

Y lo está.

La luz de afuera es menos intensa. El día se ha ido como el agua en un río. Por fin, ha llegado el momento de su Noche de Cuentos. Ha caminado mucho, ha saludado a la muerte desde muy cerca y en varias ocasiones pensó que no llegaría a pisar el suelo de este pueblo. Se siente afortunada y la sonrisa en sus labios deja ver cuán emocionada está de poder vestir esas ropas una vez más. En agradecimiento a los Seres Superiores, contará una de sus mejores historias.

Se pregunta si las personas de aquel pueblo estarán dispuestas a escucharla. Bueno, sólo hay una forma de saberlo. Se acerca a la puerta y abre. Tiene una cita doble; con la noche y los habitantes de este pueblo. ¿Estarán listos para ella?

Espera que sí.

VI

La mayoría de los habitantes están sentados en banquitos de madera o en la tierra misma alrededor de una pequeña tarima que se ha colocado allí para la ocasión tan especial. Algunos, sólo se acercaron para ver las caras de desilusión cuando los otros se den cuenta de que la visitante, en realidad no es una Juglar. Lo cual es obvio, en el mundo no existen las mujeres Juglar. Ellas sólo son parte de otras leyendas contadas por los verdaderos.

Los que están más cerca de la tarima son los que confían plenamente en las palabras de Kurt y su hija Belén. Fueron ellos quienes colocaron tarima y la madera para la fogata a un lado. Esperan que sea suficiente para que la Juglar esté dispuesta a compartir con ellos una de las muchas historias que debe de portar consigo.

- ¡Ahí viene! -grita Belén, está muy emocionada y cuando ve a su huésped, queda muda de asombro. Nunca antes había visto ropas que brillaran con la luz del ocaso.

La Juglar, se acerca desde el Oeste y el sol se esconde detrás de ella. La luz del ocaso parece salir de la piel tan peculiar que la envuelve desde los hombros.

- No es posible. -musita alguien entre la pequeña multitud de personas que se han congregado.

- ¡Sí es! -opina alguien más y los murmullos se esparcen entre ellos, llevando los comentarios que acuerdan entre sí la naturaleza de la mujer que se acerca a ellos con paso lento.

Ella se detiene antes de cruzar el círculo que han fabricado los habitantes de aquel pueblo con sus cuerpos. Abre la mano derecha y, colocando la punta del pie izquierdo delante, hace una inclinación muy pronunciada, muy respetuosa. Todos los que están frente a ella le devuelven el saludo y algunos se apartan para dejarla pasar hacia la tarima.

Ella se acerca al centro y busca a Belén con la mirada. Cuando la encuentra le hace una seña con la mano para que se acerque. Belén mira a su padre y él asiente. La niña se acerca abriéndose paso entre las personas. Llega al centro y se para delante de la Juglar. Ella se inclina y le susurra algo al oído. Belén escucha con atención. La melodiosa voz de la Juglar le da instrucciones que Belén jamás olvidará, ni el tono ni la sensación húmeda en su bajo vientre. La niña no sabe a qué se debe lo que siente y ni siquiera sabría explicar lo que siente.

Cuando la Juglar termina de hablar con ella en secreto, Belén sube a la tarima.

- ¡Ella quiere saber el nombre del pueblo! -proclama Belén mientras busca al Patriarca.

De entre la multitud sale un hombre viejo, regordete y de barbas blancas y largas que camina apoyado en un bastón. Se acerca a la Juglar y la contempla con cristalinos ojos grises. Su visión no es tan buena como la ocasión lo amerita, pero la piel del jaguar tiene un brillo propio que la luz del ocaso atenúa de forma onírica.

- Hace tanto tiempo que esperé la visita de uno de ustedes -dice el viejo en tono soñador-. Yo no tenía ni la mitad de la edad que tiene Belén, pero recuerdo cuando uno de ustedes vino a contarnos la historia de un barco que cruzó el océano de sur a norte y su tripulación vivió para contarlo. En ese momento yo no creí en las palabras de aquel buen hombre. Pensé, durante toda mi vida que cruzar el océano de sur a norte era algo imposible, pero también pensaba que era imposible cruzar el Desierto Nerivela -se detiene un momento y la mira de pies a cabeza-. Si alguien me lo contara, no creería jamás lo que tú has hecho, y me da mucho gusto que los Seres Superiores me hayan dado la oportunidad de vivir hasta el día de hoy y verte de pie frente a todos nosotros. Ruego a ellos que me dejen escuchar lo que tienes que decir. -termina de hablar y hace una reverencia, lo más pronunciada que sus viejos huesos y sus cansados músculos le permiten.

Ella sujeta la mano con la que se aferra del bastón y lo ayuda a incorporarse. No quiere la admiración de un anciano, ella es quien lo admira a él.

- Yo soy el patriarca de este pueblo -dice él en un tono más serio-. Soy Heriberto Castro, hijo de Abril y tú estás parada sobre la tierra de Samos, el pueblo antes del desierto -hace una pausa y mira más allá de ella-. Aunque para ti debe de ser el pueblo más allá del desierto -sólo él ríe por su chiste, ella le contesta con una sonrisa-. Por favor, Juglar, háblanos de lugares y personas que nosotros jamás llegaremos a conocer. Bríndanos, te lo ruego, una Noche de Cuentos.

Pide, inclinando la cabeza, al igual que todos los demás. Los únicos que no hacen reverencia son Belén y los demás niños que están ahí reunidos. Pero no por falta de respeto; todos ellos están demasiado atónitos como para hacer algo.

La Juglar da unas palmadas en el hombro de Heriberto y extiende la mano a Belén para que baje. La niña sujeta la mano suave de ella y se echa un brinco desde las alturas de la tarima. La Juglar ocupa su lugar y mientras contempla los rostros de todos aquellos que la rodean—hay algunos rostros emocionados, otros expectantes y algunos más escépticos—Heriberto y Belén ocupan su lugar entre la multitud.

El silencio allí es absoluto, ni el viento sopla con demasiada fuerza como para murmurar. El sol se acerca cada vez más a los confines de la noche.

La Juglar ha dado una vuelta completa sobre sí misma y ahora sus ojos verdes están clavados en los castaños de Belén. Sonríe. Está segura de que ella, no dormirá aquella noche.

Mira hacia arriba, la luz brillante de centenas de puntitos la saluda con un guiño. Esa es su señal. Cierra los ojos y aspira profundamente. Su mano izquierda busca los polvos entre sus ropas y sale en un puño. Comienza a girar sobre sí. Mientras lo hace va marcando un ritmo lento con sus zapatos. La tarima es de madera lo que ayuda a la acústica de sus pasos. Comienza a bailar sobre la tarima, sus movimientos son fluidos. Todos la observan con las bocas y los ojos bien abiertos. Sus pisadas se hacen más rápidas sobre la tarima. Sus hombros, sus brazos y sus caderas se mueven cada vez más rápido. Se contorsiona como si fuera a romperse de un momento a otro. Se detiene abruptamente con un último taconazo en la tarima. Los brazos en alto con las muñecas cruzadas y los puños cerrados. Su rostro oculto contra el brazo derecho mirando hacia dónde se encuentra la madera apilada para la fogata. La piel del jaguar ha descubierto unos brazos claros y de piel suave. Sus cabellos están alborotados en su espalda y sus hombros.

Abre los ojos y su mirada está clavada en los últimos destellos más allá del horizonte de aquel día. El sol, no volverá sino hasta mañana. Perfecto.

Gira la cadera hacia el ocaso y lanza los polvos en su mano izquierda a la leña apilada. Choca las muñecas y las pulseras en ellas lanzan una chispa que cae sobre la madera y encienden los polvos en una pequeña explosión que arranca un "¡Oh!" de todos los presentes.

- Mi nombre es Jesień Brodka -dice con voz melodiosa y suave. Todos la escuchan gracias al silencio absoluto que la expectativa y su baile han provocado en el lugar-. Soy una Juglar y he salido de Gagarín siguiendo la ruta del Este. Antes de mí, han sido muy pocas personas las que han cruzado el desierto, y muchísimas las que han muerto al intentarlo. También son pocos los Juglares que han llegado a este lugar, lo he adivinado por la mirada de su patriarca y les ruego, habitantes de Samos, que me permitan hablarles. Les pido que escuchen mis palabras. ¿Lo harán?

- Me parece -dice el patriarca, poniéndose de pie-, que hablaré por todos al pedirte que nos hables. Te lo ruego, habla con nosotros hasta que no tengas más que decir, Juglar Jesień.

Jesień asiente y con un movimiento de la mano le indica al viejo patriarca que tome asiento. Él se sienta ayudado por un niño que está a su lado. Le agradece dándole suaves palmaditas en la mano y dedicándole una sonrisa.

El viento sopla desde el desierto. Los cabellos de Jesień se mueven junto con éste. La brisa es refrescante y la noche perfecta. Cuando comienza a hablar lo hace con un tono de voz soñador. El tipo de voz que de inmediato te transporta a otros lugares, lugares desconocidos en los que tal vez jamás estarás. Lugares en los que conocerás gente que ya ni siquiera está ahí, que alguna vez existieron o que sus nombres son tan antiguos que ahora son leyenda o un rumor más vago que el de un río lejano. La voz suave con la que Jesień comienza a hablar los atrapa a todos al instante y se los lleva lejos, a un lugar al otro lado del desierto, en un tiempo lejano. Jesień sujeta a todos de las orejas con su voz y se los lleva a dar una vuelta por Medio Mundo.

- Esta Noche de Cuentos les hablaré de un hombre que, a lo largo de su vida, tuvo más de un nombre y fue conocido en todo Medio Mundo, y quizá más allá de las fronteras de éste, debido a las grandes cosas que hizo mientras anduvo por el camino que él mismo trazó para llegar a su destino; la realización de su más grande sueño. Su camino estuvo lleno de alegrías, tristezas, buenos amigos y grandes enemigos. Fue difícil, por supuesto, pero jamás se detuvo.

»Uno de sus nombres es Erbek Arda, hijo de Carinae.

»Erbek nació en Ryaama, un pequeño pueblo que está más allá del Desierto Nerivela, al Este del Bosque Atian. Sus habitantes no superaban la primera unidad de millar y eran gobernados internamente por El consejo; un grupo conformado por las siete personas más ancianas y sabias del pueblo. Siempre fue una comunidad tranquila. Su contacto con otros pueblos cercanos era exclusivamente para el comercio.

»Sin embargo, hace mucho tiempo, Elena, la madre de Camuel, emperador del Imperio de Lyze, decidió atacar el pueblo. Las razones de ésta decisión son varias.

»Algunos piensan que tenía un amante y éste la abandonó por una mujer de Ryaama. Otras aseguran que se volvió loca luego de la muerte de su esposo. Nadie sabe con seguridad si fue eso lo que la volvió loca.

»Lo que sí es cierto, es que Elena siempre tuvo un singular desprecio por la hechicería, la brujería y todo lo relacionado con las artes ocultas. Y los hechiceros más poderosos de la historia han nacido en Ryaama.

»Elena se enteró de que Gram Saavrio, el más grande hechicero de aquellos tiempo, se encontraba en aquel pueblo y por eso decidió enviar a su ejército para buscarlo y asesinarlo. Gram Saavrio estuvo allí, eso es verdad. Pero hacía mucho tiempo que vivía oculto en el Bosque Atian. Al no encontrar al hechicero en el pueblo, los soldados de Elena descargaron su frustración en los habitantes que se opusieron a la invasión de su pueblo, entre ellos, se encontraba Kourou Arda. Kourou era un hechicero que siempre tuvo la esperanza de encontrar a Gram y pedirle que lo hiciera su aprendiz.

»Muchos hechiceros y personas normales murieron en aquel enfrentamiento que más pareció una masacre. Cuando las noticias de lo que sucedía en Ryaama llegaron a oídos de Camuel, esto ordenó a los soldados abandonar el pueblo y envió a decenas de trabajadores para reconstruir la parte del pueblo que había sido arrasada por el fuego.

»Carinae y Falnnya, la esposa y la hija de Kourou, fueron asesinadas. Kourou, al ver a las dos mujeres que más amaba, muertas por el acero de las tropas reales, corrió hacia el bosque llevando consigo a su hijo. Un par de soldados lo persiguieron y lo hirieron de muerte para abandonarlo después a su suerte, pensando que no sobreviviría mucho tiempo.

»Los habitantes de Ryaama encontraron el cuerpo de Kourou y lo sepultaron junto con su esposa e hija. Sin embargo, a Erbek no lo localizaron a pesar de que estuvieron buscándolo por mucho tiempo. Al final, pensaron que él también había muerto y las criaturas del bosque se habían llevado su cadáver para alimentarse con él.

- ¿Erbek murió? -pregunta Belén, en su voz se nota la preocupación. Jesień la mira y sonríe. La luz de la fogata baila en sus pupilas castañas y les confiere un brillo místico.

- No, Belén -responde la Juglar-. Erbek no murió. Poco después de que Kourou muriera, Gram Saavrio salió del bosque y se acercó a él. Al verlo solo y con la carita sucia, Gram Saavrio decidió llevarlo al bosque y cuidar de él.

- Era una buena persona ese Gram, ¿cierto? -vuelve a interrumpir Belén.

- Sí, en parte lo era -responde Jesień-. Pero también sabía que dentro de algunos años, La Catrina enviaría a una de sus Mensajeras para guiarlo al Mundo Más Allá y deseaba compartir su sabiduría con alguien antes de que eso sucediera.

»Tal vez, si Gram hubiese sabido lo que Erbek haría, lo habría matado junto al cadáver de su padre. Pero en este mundo, ni el más poderoso hechicero puede predecir el futuro.


Qué tal? interesante o no? Bueno, ojalá que sí les haya gustado. Por cierto, Jesień se pronuncia algo así como "Yeshién", es polaco y La Maldita deZely lo suguirió luego de una lista enorme hahaha me gustó en cuanto lo vi, al principio la n con el acento fue un problema, pero ya no, gracias a ella también ^^

Tal vez, para la versión final de la historia, el prólogo cambie mucho, hasta ahorita creo que ya se me ocurrieron algunas cosas que podrían irle mejor.

Sweet Dreams!

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