
La leyenda de la más hermosa joya de todo Japón, que hizo posible al más imposible de los amores.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Romance - Words: 5,998 - Reviews: 1 - Favs: 1 - Published: 07-26-10 - Status: Complete - id: 2832172
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La leyenda del Corazón del Bosque.
Hace muchos, muchos siglos, en el Japón feudal, vivía un joven artesano, célebre por sus hermosas joyas. El joven había aprendido su oficio de su padre, quien a su vez lo había aprendido de su propio padre, y éste de su padre, y así, por varias generaciones. Este artesano, sin embargo, tenía un toque único y especial que no habían tenido sus antecesores, sus joyas eran finas y exquisitas, toda una delicia para el ojo humano, y embellecían a cualquier mujer que las usara. Era ésta la razón de que el joven artesano fuese tan reconocido y tan ampliamente codiciado por muchos nobles, e incluso se rumoraba que la propia emperatriz china le había pagado una enorme fortuna para que le hiciese una joya única que ella pudiera lucir el día de la boda de su hijo. Sea como fuere, aun cuando le pagaban bien por su trabajo, el joven artesano era modesto y sencillo, del tipo de gente que gusta de las cosas simples de la vida, y para él su pasión auténtica era trabajar las bellas piedras preciosas que encontraba y convertirlas en algo único y excepcional, porque ninguna de sus joyas eran iguales, cada una era diferente, y es que eso era lo que él amaba hacer, crear algo hermoso pero que no fuese igual a lo demás que ya existía. Así pues, este joven artesano vivía feliz y sin molestar a nadie, hasta que un día se topó con la joven emperatriz japonesa y se le acabó la suerte.
Fue cosa de un minuto, o quizás, de segundos. La joven emperatriz, recién casada, paseaba con sus criados por los terrenos cercanos a la cabaña donde vivía el artesano y, al pasar por un lago cristalino, le entraron las ansias de bañarse ahí y, sin hacer caso de lo que decían sus criadas, se desnudó y se metió al lago, cuyas aguas eran claras y refrescantes, sin sospechar que no se encontraba sola. Cerca de ahí, el joven artesano buscaba inspiración para crear una nueva joya cuando notó un movimiento en el lago, y sin querer observó el momento preciso en el que la emperatriz salía, mostrando su perfecto cuerpo desnudo a los ojos del aturdido artesano que no atinaba a desviar la mirada. Él no sabía que ella era la emperatriz, solo sabía que ante él tenía a la mujer más hermosa que había visto en su vida, con relucientes cabellos negros, piel blanca y limpia y un par de ojos oscuros y más profundos que el mismo lago. Sobra decir que el joven artesano se enamoró perdidamente y a primera vista de la joven emperatriz, la cual apenas se estaba dando cuenta que alguien la observaba, y al notar que se trataba de un joven para nada feo, sus mejillas adquirieron tonalidades carmín. Ambos intercambiaron una mirada que duró para ellos una eternidad, en la cual el joven artesano y la emperatriz se juraron amor eterno.
Sin embargo, el idilio amoroso duró poco ya que los criados de la emperatriz comenzaron a llamarla a voces, ante lo cual el artesano corrió a esconderse a unos matorrales y la emperatriz corría a ponerse la ropa. En cuanto los criados llegaron ante ella, la emperatriz tuvo que marcharse, sin atreverse a voltear ni una sola vez, ya que sabía que su amor era imposible. El artesano, a su vez, vio a esa hermosa mujer marcharse, rodeada de sirvientes, y suspiró al saber que se había enamorado de una mujer que muy probablemente pertenecía a la nobleza y que, por tanto, su amor nunca podría ser correspondido.
El tiempo pasó, y los dos enamorados sufrían en silencio la llama de su amor imposible. La emperatriz se paseaba en su palacio, fungiendo sus obligaciones de esposa del gobernante del Japón, pretendiendo fingir que lo amaba sólo por ser el emperador. El artesano vaciaba toda su pasión en crear joyas, las cuales nunca antes habían sido más bellas, con lo que su fama creció y se difundió por toda la nación, y llegó incluso a oídos del emperador. Esto al joven artesano no le provocó emoción alguna, pues lo que a él verdaderamente le interesaba era volver a ver a la joven del lago, quien seguramente sería la señora de alguno de los terrenos cercanos a su humilde cabaña.
Un buen día, un emisario del emperador le llevó al artesano un mensaje, en donde el emperador solicitaba la presencia del joven artesano en su corte, pues había escuchado que sus joyas eran realmente magníficas y deseaba pedirle una para su amada esposa. Así pues, el joven artesano emprendió la marcha hacia el palacio del emperador, esperando agradar al gobernante, llevando consigo algunas de sus más hermosas joyas. ¡Cuál no sería la sorpresa del artesano al ver, ahí sentada junto al emperador, a la hermosa mujer que él conociera en el lago! El artesano quedó mudo, impactado al ver a la emperatriz lujosamente ataviada con un kimono que realzaba su belleza, pero al mismo tiempo sintió que su corazón se hundía en las tinieblas al darse cuenta que su amada no era otra que la mismísima emperatriz del Japón. Ella, a su vez, bajó la cabeza al ver al artesano y contuvo sus deseos de llorar. El emperador, ajeno a toda esta gama de emociones, pidió al artesano que se acercara a él y le mostrara sus joyas.
- Quiero regalarle a mi esposa la mejor joya, la más bella que tengas.- dijo.
El artesano, sin decir palabra, extendió el fino paño en donde traía sus joyas, esperando que el emperador y su esposa se acercaran a verlas, sintiendo que ante los ojos de ella, esas joyas serían consideradas poco más que simples dulces. Sin embargo, la emperatriz estaba asombrada, jamás en su vida había visto algo tan bello.
- Son bellísimas.- murmuró, sin mirar a nadie.
- Escoge la que desees.- dijo entonces el emperador.- Y será tuya.
- Espere, por favor.- pidió el artesano, cuando la emperatriz había extendido su mano para tocar un finísimo collar.- Perdonen mi atrevimiento, Majestades, pero quisiera, si me lo permiten, crear una joya nueva y única para la emperatriz.
- ¿Una joya nueva?.- preguntó el emperador.
- Nuestra hermosa emperatriz merece la mejor y la más fina de todas las joyas, y ninguna de éstas está a su altura.- dijo el artesano, firmemente, mirando a la emperatriz, cuyas mejillas se tiñeron de carmín.- Le suplico me conceda unos cuantos días para crearle una joya nueva.
- De acuerdo.- tronó el emperador, y después preguntó a su mujer.- ¿Qué piedra preciosa deseas? ¿Un rubí, una esmeralda, un zafiro quizá?
- Preferiría que el artesano escogiera.- respondió ella, mirando directamente al hombre.-Él conoce bien su trabajo.
- Bien.- dijo el emperador.- Ordenaré que pongan a tu disposición las piedras que necesites, artesano.
- Si me disculpa su Majestad.- comentó humildemente el enamorado artesano.- Me gustaría utilizar una piedra que tengo yo en mi cabaña.
- ¿Cómo? ¿Tienes una piedra preciosa?.- el emperador estaba sorprendido, pues eso no era lo habitual.
- Así es, mi señor, la encontré hace ya un par de años, aun no está tallada, pero si me otorga el tiempo suficiente, yo mismo la tallaré y la engarzaré en el más bello collar que sea digno de la emperatriz.
- Que sea como tú deseas.- asintió el emperador.- Pero aún así, estas joyas son bellísimas y estoy seguro que podrán adornar a mujeres hermosas que sean dignas de portarlas. El collar de la emperatriz te lo pagaré en cuanto lo tengas listo.
El artesano se postró de rodillas ante los emperadores (tras entregar su paquete de preciosas joyas a los sirvientes del emperador y por el cual habría de recibir después una cuantiosa suma), y se retiró del palacio, repasando en su mente los detalles del collar que imaginó colgado del hermoso cuello de la joven emperatriz. Esa joya, sin duda, sería una muestra de su amor imposible, por lo cual debía ser la más hermosa. En esto pensaba el artesano al bajar los escalones del palacio, cuando escuchó unas pisadas rápidas y ligeras tras él, acompañadas del susurro de una voz suplicante. El artesano volteó y entonces vio a la emperatriz bajar apresurada los escalones que conducían al palacio.
- Espere.- decía ella, cuyo rostro seguía teniendo tonalidades escarlata.- Espere, por favor. Sólo quería decirle que sus joyas son realmente hermosas…
- Muchas gracias, mi emperatriz.- él hizo una reverencia.
- No es necesario que haga un collar nuevo, en verdad.- le dijo ella.- Todos los que usted trajo son una auténtica obra de arte.
- Se lo agradezco en verdad.- el artesano no encontraba las palabras para decir lo prohibido.- Pero sí es necesario que haga algo nuevo, porque será una prueba del amor más grande que jamás sentirán por usted.
La emperatriz enrojeció aún más, y entonces el artesano se postró ante ella, tomó su mano y la besó suavemente, apenas rozando la piel con los labios, pero ese contacto fue más fuerte que cualquier otro. El artesano se marchó, con el secreto del amor en su corazón, mientras que la emperatriz se quedó con el recuerdo de esa declaración de amor viviendo permanentemente en sus sueños.
En cuanto el artesano regresó a su cabaña, buscó el diamante azulado que había encontrado tiempo atrás, cuando acompañó a un amigo a una expedición. El diamante en cuestión era hermoso, aunque aun se encontraba en "bruto", por lo que el joven artesano se dedicó día y noche, en cuerpo y alma, a tallarlo, pulirlo y darle los cortes más finos, hasta darle la forma de un corazón. Su corazón. Después de eso, el artesano se dedicó a engarzar la piedra preciosa en un finísimo collar, el más hermoso jamás creado, hecho de oro blanco y acompañado de diamantes más pequeños y finos. El pobre enamorado no comía, no dormía, no vivía, el tiempo se le pasaba en terminar ese collar, al grado que sus amigos cercanos estaban preocupados por él.
- Es como si vida dependiera de ese collar.- comentó alguien.
- Como si lo fuera.- replicó alguien más.- Es para la mismísima emperatriz.
Y todos lo dejaban continuar en paz, creyendo que él estaba estresado por temor a la ira del emperador, sin saber que lo que él más temía era el rechazo de la hermosa emperatriz.
A su vez, en el palacio lejano, la emperatriz contaba los días que faltaban para volver a ver al artesano. No le importaba el collar, le interesaba el volver a ver sus ojos claros, su sonrisa tranquila, y volver a escuchar de sus labios su promesa de amor eterno. El emperador presentía que había algo raro en su mujer, ella no era la misma desde que el día en que había marchado a visitar a sus parientes, pero cada vez que le preguntaba a su esposa sobre ello, ella respondía que no le pasaba nada y se marchaba con cualquier excusa. Los días pasaban lentos y pesados, pero los amantes contaban cada segundo que pasaba, con un solo pensamiento fijo en la mente: el volver a ver a la persona amada.
Al fin, después de dos meses de la visita del artesano a palacio, el emperador recibió la noticia de que el joven estaba esperando por una audiencia. El emperador supo de inmediato que el artesano tenía lista su joya y lo hizo pasar sin perder más tiempo. El artesano, al llegar ante el soberano, buscó con la mirada a su hermosa emperatriz, sin éxito. El emperador, quien al parecer notó la mirada de desconcierto del hombre, la excusó:
- La emperatriz está ahora en audiencia con uno de nuestros mejores samuráis.- dijo el emperador.- No podrá acudir, pero yo personalmente le entregaré la joya.
Sobra decir que el artesano sintió que la desilusión lo embargaba de la cabeza a los pies, pero no podía negarse a las órdenes del emperador, ni mucho menos permitir que él se enterase de su evidente desilusión; así pues, entregó la joya sin decir más que lo estrictamente necesario. Sin embargo, el rumor de su llegada llegó hasta los oídos de la emperatriz, quien al escuchar a una de sus acompañantes decir que el artesano se había presentado en palacio con la joya más hermosa jamás vista, se puso tan nerviosa que sin querer tiró su taza de té, la cual se fue rodando por el piso del lugar. El samurái, leal a su emperatriz, notó este detalle sin decir palabra, pero era evidente que la noticia de la llegada del artesano la había trastornado.
- Si lo desea, puedo venir más tarde.- dijo el samurái, respetuosamente, al ver que la emperatriz luchaba contra su deseo de salir corriendo.
- No, no, está bien.- ella estaba tan nerviosa que no se dio cuenta que con cada acción se delataba más.- No es nada importante, puede esperar.
Pero lo cierto era que la emperatriz no podía esperar, y se notaba. El samurái, discretamente, se despidió respetuosamente de su soberana y se retiró, aunque no abandonó el palacio. Se quedó a prudente distancia para observar y vio a la emperatriz acudir a toda prisa a la sala donde el emperador aguardaba con la nueva joya. Éste se la entregó a la emperatriz, sin dejar de alabar la magnificencia del trabajo del artesano, pero el samurái vio que ella no prestaba mucha atención a lo que el emperador decía. Su mirada estaba distraída y ausente, evidentemente no le interesaba la joya que tenía en sus manos. No, era algo más…
Un poco confundido por la actitud de su emperatriz, el samurái se alejó por los jardines del palacio, pensando en qué podría estarle sucediendo. Cuando el emperador se casó, el samurái juró lealtad a la joven emperatriz, pues ella era una mujer de noble y bondadoso corazón, alguien que amaba a sus súbditos y procuraba su bienestar. Así pues, al samurái le preocupaba que a la emperatriz le ocurriese algún malestar, y mientras paseaba por los jardines bien cuidados, pensaba en las posibilidades, cuando vio al artesano pasear de arriba abajo, sin animarse a retirarse. Estaba el samurái por acercarse a él cuando a lo lejos vio a la emperatriz llegar hasta él. Ambos se miraron, sin decirse mucho, pero el simplemente tocar sus manos fue suficiente para ellos. En un atrevimiento mayor, el artesano tomó en sus brazos a la emperatriz y le dio un beso breve, pero fue evidente que ella no opuso resistencia. El samurái estuvo tentado a desenvainar su espada, hasta que vio que la emperatriz le susurró algo al oído y vio al artesano irse, con la mirada de una mujer enamorada. Eso era inadmisible, ¡la emperatriz estaba enamorada de un simple artesano! Eso no podía ser cierto, tenía que haber una explicación lógica a todo este asunto.
El samurái sentía que la sangre le hervía de indignación, no comprendía lo que acababa de ver, y sentía que su emperador estaba siendo traicionado de la manera más ruin. Él tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para poder controlarse y no salir a matar al artesano, pero de que confrontaría a la emperatriz, lo haría sin duda alguna. El samurái no podría permitir que engañaran así al hombre al que juró serle fiel. Así pues, él esperó a que la emperatriz dejara de mirar a su amante y se dirigiera nuevamente a sus habitaciones, cortándole el paso en medio del hermoso y vasto jardín del palacio.
- Señora mía, tenemos qué hablar.- dijo el samurái.
- ¿Qué sucede?.- exclamó ella, asustada.- Discúlpeme, pero estoy cansada y quisiera irme a recostar.
- Mucho me temo que no es algo que pueda esperar.- replicó el samurái.- La he visto con el artesano, en los jardines del palacio.
Ante estas palabras, la emperatriz palideció, quedándose sin palabras. El samurái interpretó esto como una muestra de culpabilidad, y suspiró, visiblemente apesadumbrado. Hubiera deseado que ella desmintiera todo, o que confesara que había sido víctima de un ultrajo, pero no, la emperatriz confirmó con su actitud lo que él tanto temía. Ella se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar amargamente, y el samurái no supo qué hacer ante eso.
- No pude evitarlo.- decía ella, entre lágrimas.- De verdad que no.
El samurái, confundido y sin saber muy bien lo que hacía, le dio un par de palmadas en la espalda a la emperatriz, lo cual resultó muy fuera de lugar, pero en esos momentos a nadie le importó. Después de un rato de llorar, la emperatriz enjugó sus lágrimas con su pañuelo, y evitó a toda costa la mirada del samurái. Ella no sabía cómo responder a los sucesos que la terminaron delatando, pues sabía que su llanto la había condenado. La mujer se recompuso, sin embargo, y le pidió al samurái que la acompañara a sus habitaciones, o por lo menos, hasta donde él pudiese entrar sin ser cuestionado. Una vez ahí, el samurái esperó en la misma sala donde horas antes había estado hablando con la soberana, y esperó a que ella recompusiera su maquillaje. Rato después, la emperatriz reapareció con un kimono mucho más liviano y fresco que el que traía puesto anteriormente, con la cara lavada y la expresión recompuesta. Ella se sentó frente al samurái y lo miró seriamente, casi con autoridad.
- Le ruego que no comunique lo que usted vio en el jardín.- pidió ella.- Si eso llegara a saberse, no traería más que problemas a este lugar, por no mencionar al artesano, quien no tiene la culpa de nada de lo que sucedió. Le pido por favor que no lo mencione a nadie.
- No puedo callar algo así.- dijo el samurái, muy serio.- Lo que vi fue algo que, sin duda, el artesano también tiene participación, y por lo tanto, culpa. La vi dándole un beso, señora mía, eso no fue un accidente ni nada que usted hubiese provocado.
- Las cosas pueden confundirse cuando se espía.- repuso la emperatriz, sin perder la calma.- Y usted sin duda será un magnífico samurái, pero un pésimo espía.
Ella se mostraba tan convencida que el hombre titubeó; ¿sería que realmente había malinterpretado él las cosas? El samurái se rascó la cabeza, confundido, y no supo qué responder. Hacía poco estaba segurísimo de haber visto algo imperdonable, incluso el llanto de la emperatriz le había confirmado sus sospechas, pero en esos momentos, ya no estaba tan seguro de lo que había sucedido. Sin embargo, en ese momento hubo un leve temblor en el labio inferior de la mujer, y el samurái se atrevió a mirarla fugazmente a los ojos. Los hermosos ojos de la emperatriz estaban luchando por contener las lágrimas, y se veían sumidos en la más profunda de las tristezas. Era obvio que ella estaba echando mano de toda su fuerza de voluntad para mantener el control, sin lograrlo. El samurái se sorprendió al darse cuenta de cuánto debía amar ella al artesano para hacer todo lo posible para protegerlo, pues si llegaba a saberse que él había besado a la emperatriz, sin duda el pobre hombre terminaría muerto.
- Le pido que me disculpe, señora.- pidió el samurái.- Puedo comprender que usted desee que guarde silencio, y hasta puedo entender el motivo, pero no me pida que dude de lo que vi, porque eso sería mentirme a mí mismo, y eso es algo que mi honor de samurái no me permitiría. Sé qué fue lo que vi, sé que el artesano le robó un beso, así como sé que usted lo permitió. Lo que no entiendo es por qué…
- Creo que es más que obvia la respuesta a eso.- repuso ella, derrotada.
El samurái no dijo nada más, y después de un rato, se puso de pie. La emperatriz lo miró, aterrada.
- No vaya a decir nada, por favor, se lo suplico.- pidió ella.
- No se preocupe, señora mía.- respondió el hombre.- He de callar, al menos por el momento, pero tiene que prometer, no por mí, sino por el emperador, que lo sucedido hoy no volverá a ocurrir.
- Le doy mi palabra.- respondió ella.- Mi palabra de mujer, ya que mi palabra de emperatriz no vale ya.
El samurái hizo una reverencia de respeto y se marchó de los aposentos de la emperatriz, con la cabeza llena de dudas. La mujer siempre había sido considerada como una de las personas más amables, dulces y gentiles del país, no había mujer más ideal que ella para el emperador, y por mucho tiempo fungió con su papel de soberana de aquella nación con dignidad y respeto, y la mayoría de sus súbditos consideraban que ella le tenía un profundo amor al emperador, pero esto último, por lo visto, era una total mentira. Quizás ella sólo le guardaba cariño y respeto al hombre con quien compartía su vida, pero el amor verdadero, el de mujer y de amante, estaba reservado para un humilde y simple artesano… ¿Debía el samurái decir la verdad a su emperador? Su código de honor así se lo marcaba pero… ¿Realmente tendría él derecho a hacer eso? Su corazón le dictaba que no le correspondía a él decir nada. Por un fugaz momento, el samurái pensó en una hermosa joven, aprendiz de geisha, cuyos ojos negros habían capturado la esencia de su alma de guerrero con sólo una mirada, pero cuyo apellido ponía una distancia enorme entre ella y el samurái. Si tan sólo él pudiera… Si tan sólo el padre de la chica le permitiera… Pero él era alguien que no tenía derecho a aspirar a la mano de una futura geisha, la mejor de todo Japón… Y fue entonces cuando el samurái comprendió cuánto debía sufrir el artesano por el amor prohibido hacia su emperatriz…
Esa noche, el samurái no pudo dormir, pensando en la interrogante que tenía frente a él. Si bien la emperatriz había dado su palabra de no volver a ver al artesano, lo cierto era que ella iba a ser muy infeliz con esa decisión. ¿Qué podía hacer él al respecto? Se suponía que el samurái le había jurado lealtad al emperador, pero también había prometido serle fiel a la emperatriz, así que él no sabía qué hacer. Tras pasar toda la noche en vela, pensando y dando vueltas en la cama, el hombre se levantó muy temprano y emprendió camino hacia donde le dijeron que podía encontrar al artesano que había fabricado el collar más espectacular que se hubiese visto jamás. El samurái fue formulando toda clase de escenas en su mente, considerando incluso la posibilidad de asesinar al artesano, por si acaso la emperatriz había sido amenazada a decir o a hacer lo que dijo e hizo. El samurái casi hubiera preferido esto último, encontrarse a un hombre maldito y desgraciado, quien amenazaba con poner en peligro la vida de la joven emperatriz, pero lo que encontró al llegar a la vivienda del hombre lo dejó tan descorazonado que de momento no pudo ni saludar.
El artesano había visto venir al samurái por el camino, desde muy lejos (no había muchas casas ni cosas por ver en aquélla época), y supuso a qué iba a verlo. El samurái era conocido como el más leal al emperador, y el hecho de que estuviera ahí, en su casa, sólo podía significar una cosa…
Lo habían descubierto. Alguien había descubierto el gran amor que le tenía a la emperatriz. El artesano, sin embargo, no sintió pena ni desesperación, sino todo lo contrario, un gran alivio. Al fin sería libre de ese tormento de amor que no lo dejaba ni siquiera respirar… Así pues, cuando el samurái descendió de su caballo y se plantó delante de él, el artesano no levantó la mirada.
- Vengo a buscarte, en nombre del emperador.- dijo el samurái, después de un largo rato.- Porque has cometido una falta grave, que merece la muerte.
- Adelante.- fue todo cuando el artesano dijo.- Acaba con mi vida, si ése es el deseo de nuestro emperador.
El hombre no levantó la mirada, ni se movió, ni hizo nada más. El samurái desenvainó su espada y colocó la filosa hoja a pocos centímetros del cuello del artesano, el cual no se inmutó en lo más mínimo. El samurái no entendía esa actitud, no entendía ese comportamiento y estaba comenzando a desesperarse. ¿Por qué el artesano no decía nada a su favor?
- ¿Qué haces, que no te defiendes?.- exclamó el samurái, furioso.-¿Por qué no dices nada a tu favor? ¿Es cierto entonces que pretendes lastimar a nuestra emperatriz?
- ¡Eso jamás!.- el artesano levantó la mirada y habló con coraje.- ¡Jamás haría algo que pudiese lastimarla! No a ella, primero, me moriría yo… ¡Y si es por eso por lo que vienes a matarme, para evitar que la emperatriz sufra, mátame entonces! ¡Prefiero mil veces estar muerto a verla derramar una sola de sus lágrimas!
El samurái levantó su espada, con la firme intención de dejarla caer sobre el cuello del artesano, pero justo cuando estaba por lograr su cometido, el hombre al final se arrepintió y clavó la hoja contra el suelo de madera. El artesano miró al samurái, muy confundido y sin saber qué decir.
- Pensé que venías a matarme, por órdenes del emperador.- dijo el artesano.
- El emperador no lo sabe.- repuso el samurái.- Sólo yo. Únicamente quería comprobar qué tan grande es tu amor por la emperatriz.
- Más grande que el océano mismo, más inmenso que el universo, y tan imposible de contar como la arena del desierto o las estrellas del firmamento.- respondió el artesano, apesadumbrado.- Y más inalcanzable que el cielo…
El samurái, visiblemente conmocionado, guardó silencio. Ese pobre hombre, el artesano, sufría por amor tanto como él, no eran muy diferentes en esos momentos, en que ambos se habían convertido en hombres que comparten un mismo dolor y un mismo sentimiento desgarrador. ¿Qué debía hacer? La voz de su conciencia le decía al samurái que la emperatriz había dado su palabra, y el artesano había declarado preferir la muerte a verla sufrir, de forma que todo debía concluir ahí, pero fue entonces la voz del corazón del samurái comenzó a ser mucho más fuerte…
Los días pasaron, y el verano dio paso al otoño, y las hojas de los árboles comenzaron a morir. Durante ese tiempo, la emperatriz cumplió su promesa, pero era evidente que eso estaba costándole la vida, pues de ser una mujer hermosa, joven y llena de vida, fue envejeciendo a ojos vistas, su cabello perdió su brillo, sus ojos perdieron su luz de esperanza, y su piel comenzaba a marchitarse. El emperador mandó llamar a los mejores médicos del país, pero ninguno de ellos acertaba a dar con el diagnóstico exacto de la enfermedad que aquejaba a la emperatriz; sólo el samurái sabía a ciencia cierta lo que ocurría con su soberana, y su corazón cada vez gritaba más fuerte que él debía poner fin al sufrimiento de la mujer.
- Daría lo que fuera porque mi esposa se recuperara.- musitó el emperador, acongojado.
- ¿Incluso dejarla ir?.- cuestionó el samurái, sin pensarlo.
- Si con eso ella recupera su felicidad, lo haría sin pensarlo.- respondió el emperador.
El samurái ya no respondió, pues en ese momento uno de los más reconocidos médicos le comentaba al emperador que quizás la emperatriz era víctima de una larga y mortal enfermedad, que terminaría por enviarla a la tumba. Fue en ese momento cuando al samurái se le ocurrió la forma de poder librar a la emperatriz de su promesa y del enorme sufrimiento que ésta le ocasionaba.
La emperatriz estaba recostaba en su cama, sin poder dormir, con la mirada fija en el techo, sin pensar en nada. Desde que se había decidido a sacar al artesano de su vida, su alma había abandonado su cuerpo. Ella escuchó a alguien moverse cerca de su cama, pero no le prestó atención, de manera que el samurái tuvo que acercarse lo más que pudo para poder llamar la atención de ella.
- Señora mía.- habló el samurái.- Tengo algo que decirle.
- He cumplido mi palabra.- dijo ella, débilmente.
- Lo sé.- suspiró el hombre.- Y eso está costándole la vida, señora mía.
La emperatriz no respondió, pero una lágrima escurrió por su mejilla. El samurái suspiró y decidió a hablar una vez más.
- ¿Hay algo que pueda hacer por usted?.- cuestionó.
- Acaba con mi vida.- respondió ella.
- Había pensado en algo así.- dijo el samurái.- Pero necesitaba de su aprobación…
La emperatriz miró con ojos asustados al samurái, pero éste sonrió y le pidió con un gesto que guardara silencio. El hombre tenía en mente un plan que podría dar resultado…
Nadie supo cómo fue que se originó el incendio, ni tampoco quién dio la primera voz de alarma. De pronto, sin previo aviso, la parte oeste del palacio comenzó a incendiarse, y todos los que se encontraban en ese sitio corrieron por sus vidas en medio de un caos total, sin que nadie se preocupase por averiguar qué era lo que en verdad había sucedido. El emperador, al darse cuenta que la zona incendiada era precisamente la de los aposentos de su emperatriz, ordenó a sus guardias que la salvaran y que trataran de controlar el incendio. Sin embargo, para congoja de todos, por más que los guardias intentaban abrirse paso entre las llamas, éstas eran feroces y devoraban con voracidad todo lo que se encontraban a su paso, resultando imposible el poder avanzar más allá. Todos los sirvientes del palacio buscaban desesperadamente a la emperatriz, sin éxito alguno, mientras otros tantos intentaban controlar el incendio. Al fin, al amanecer, las llamas comenzaban a apagarse, dejando detrás de sí el oscuro saldo de un palacio quemado hasta los cimientos. Muebles carbonizados se confundían con ropa y otros accesorios, y el emperador pedía angustiosamente que buscasen a la emperatriz. Él aún tenía la esperanza de encontrar a la mujer con vida, hasta que su más fiel sirviente se acercó a él, con lágrimas en los ojos, le informó que encontraron un cuerpo carbonizado en los restos de la habitación real.
Los funerales de la emperatriz tuvieron lugar dos días después, y fueron los más lujosos que se hubiesen podido observar en los últimos años. El emperador no escatimó gastos para decirle adiós a la mujer que había sido su compañera, y el país entero se sumió en el luto. El samurái se unió a los demás para presentarle sus respetos a su fallecida emperatriz, y desearle lo mejor en la otra vida. Una vez que la ceremonia hubo concluido y que el emperador se retiró a sobrellevar su duelo, el samurái se alejó del lugar, con paso seguro, y si bien la duda embargó por momentos su corazón, al ver a su soberano tan triste, al ver a la pareja que lo esperaba escondida entre un grupo de árboles, se dio cuenta que había obrado correctamente de acuerdo a los dictados de su corazón.
El artesano esperaba en compañía de una joven mujer, ataviada con un kimono muy sencillo, y que llevaba además el cabello suelto y la cara limpia; no había rastro alguno que pudiese dar a entender que, días antes, esa mujer había sido una emperatriz, pero aun así ella conservaba la belleza natural que había cautivado al artesano la primera vez, y que había recobrado con sólo dos días de haber permanecido entre sus brazos.
- Gracias por todo.- murmuró la ex emperatriz.- Nunca podré agradecerte lo que has hecho por nosotros.
- Mi deber es servir a mi emperatriz.- respondió el samurái.
- Ya no más.- negó ella.- No soy más tu emperatriz, pero te pido de favor que sigas protegiendo al emperador. Sé que con nada podré pagar esta traición, por eso es que te suplico que lo sigas protegiendo.
- Si hablamos de traiciones, ya seremos dos los traidores.-repuso el samurái, muy serio.- Pero dedicaré mi vida a pagar esto. Le prometo que le seré fiel al emperador, por siempre. Ahora, será mejor que se vayan, antes de que alguien la reconozca, señora mía. Pueden llevarse mi caballo.
- Nunca podemos agradecerte lo suficiente.- dijo el artesano, emocionado.
- Me lo agradecerás cuidando de ella con tu vida.- replicó el samurái.
- La amaré más que a mi vida, y la protegeré con ella si es necesario.- asintió el artesano, con solemnidad.
El samurái hizo una reverencia, y esperó a que el artesano y la ex emperatriz montaran en el caballo; sin embargo, antes de hacerlo, la mujer le entró al samurái un paquete envuelto con un fino pañuelo de seda.
- Acéptalo, por favor.- pidió ella.- Es una muestra de agradecimiento.
- Protegerá a tu amor verdadero.- añadió el artesano.- Tal y como nos protegió a nosotros.
El samurái asintió, al tiempo que le decía adiós a la pareja, la cual se alejó cabalgando, hasta perderse en el horizonte. El samurái entonces abrió el paquete que le había dado la emperatriz y encontró la fabulosa joya que el artesano había fabricado para la emperatriz, su amor prohibido. ¿Sería en verdad que ese collar protegería a su amor verdadero?
Un par de meses más tarde, el samurái le hizo llegar la joya a la aprendiza de geisha de la cual estaba enamorado. En ese tiempo transcurrido, el emperador había salido de su luto y se había casado nuevamente, esta vez de una mujer de su edad y que, si bien no era tan hermosa como la antigua emperatriz, era alguien que evidentemente lo amaba con todo su corazón. El samurái, además, recibió la noticia de que la ex emperatriz y el artesano se habían instalado en un sitio muy alejado y que se habían casado, y esperaban que pronto su hogar, en donde ya abundaba el amor, se colmara aun más con los futuros hijos de la pareja. El samurái nunca más volvió a saber de ellos, pero no le quedó ninguna duda de que ellos fueron dichosos hasta el último día de sus vidas, y aún más allá. Al saber esto, el samurái decidió arriesgarse y enviarle la valiosa joya a la aprendiza de geisha, diciéndole que con ella le entregaba su corazón, y que debía mantenerla oculta ya que era una joya invaluable (por no mencionar que había pertenecido a la antigua emperatriz y que, según la versión oficial, había sido destruida en el incendio del palacio).
A partir de aquí, la historia se torna un tanto confusa, pero se dice que un día, durante un asalto, el samurái salvó la vida del padre de la aprendiza de geisha, el cual quedó tan agradecido que, al ver que su hija amaba con locura al samurái y viceversa, aceptó de buena gana que ambos contrajeran nupcias, quedando en el olvido el rechazo del padre por el samurái. Se dice también que la pareja vivió feliz y dichosa durante toda su vida, y que el samurái decidió legar el collar de la emperatriz a su descendencia, con la esperanza de que protegiera el amor de sus herederos, así como había protegido el suyo y el de la propia emperatriz. Nadie sabe a ciencia cierta cuándo fue que el collar tomó el nombre de "Corazón del Bosque", pero es evidente que este nombre hace referencia al apellido del noble samurái, quien decidió seguir los dictados de su corazón, de ahí que quedara marcado su recuerdo en la joya.
El nombre del samurái era Keitaro Wakabayashi, y por siempre, sus descendientes tendrían asegurada la dicha y el amor, siempre y cuando se encargaran de entregarle el "Corazón del Bosque", a la persona indicada.
Fin.
Notas:
- Wakabayashi significa en japonés "bosque verde" o "bosque joven", de ahí el nombre de "Corazón del Bosque".
- Ésta es una historia cien por ciento mía, cuyos personajes y trama son de mi total autoría.
- No estoy muy enterada de la vida que se llevaba en el Japón feudal, o sobre cómo actuaban y pensaban los samuráis y las emperatrices de aquéllas épocas, sólo me dejé llevar por mi imaginación, así que espero que me disculpen si he cometido errores graves al momento de desarrollar la historia.
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