
Él es un ángel, nacido para salvar. Ella, es una humana a quien se le ha dado una segunda oportunidad. Y lo que empezó siendo una tragedia, terminó convirtiéndose en amor auténtico. Primera historia de la saga "Alas de Libertad".
Rated: Fiction K+ - Spanish - Romance/Fantasy - Chapters: 3 - Words: 12,121 - Reviews: 1 - Favs: 3 - Updated: 08-02-10 - Published: 07-29-10 - Status: Complete - id: 2833437
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Alas de Libertad: Ciudad de Ángeles.
Prólogo.
El capitán de la Legión de Ángeles del Norte estaba a punto de dar la orden de descanso a sus soldados, cuando recibió el llamado del Arcángel Miguel. Él se preocupó, porque si Miguel llamaba, significaba que había problemas o asuntos pendientes por resolver, y efectivamente, así era: Un clan de vampiros había atacado el castillo de un duque, y al parecer estaba ocurriendo una masacre. Él ángel torció la boca en un gesto y soltó un suspiro, pues Miguel no mencionó si los acompañaría algún Escuadrón de Rescate, lo que significaba que no había supervivientes por rescatar. El capitán de la Legión de Ángeles del Norte no sabía por qué no los habían llamado antes, para impedir la masacre, pero sí sabía que esa decisión había sido tomada por un Ser Superior, y que él, como simple ángel de la Tercera Jerarquía que era, no debía entrometerse ni preguntar, sólo obedecer. Así pues, les ordenó a los ángeles que estaban bajo su mando que se dirigieran a la Tierra, al sitio que le había indicado Miguel. El capitán dudaba mucho de encontrar a alguien con vida, por experiencia sabía que los vampiros no dejaban vivo a nadie, cuando se decidían a atacar, pero aún así, por algo decían que la esperanza es lo último que muere en este mundo…
Capítulo 1.
Elizabeth no comprendía cómo había sucedido eso, cómo su vida perfecta había quedado hecha añicos… De ser la prometida del hijo noble y apuesto de un duque, había pasado a ser un simple cuerpo arrumbado en un frío y solitario rincón…
¿Por qué?
Todo había sido maravilloso y perfecto, por lo menos, hasta antes de ese momento… Elizabeth Wolfgang, hija única de un noble, comprometida con Neal Vajk, un hombre al que amaba y que la amaba con todo su corazón, alguien con quien ella deseaba pasar el resto de sus días, de repente y sin previo aviso había pasado a ser comida de… ¿Vampiros? ¿Realmente eran vampiros los seres que habían irrumpido en el castillo de los Vajk, arrasando con todo lo que encontraban a su paso? Elizabeth no lo creería, de no haber sentido la mordida de uno de ellos…
Lentamente, el veneno vampírico comenzaba a correr por sus venas, carcomiendo sus entrañas y amenazando con arrastrarla al pozo sin fondo de su desesperación. ¿Se convertiría ella en un ser sediento de sangre y muerte? ¿O correría ella la misma suerte que tendría Neal?
- Neal… .- murmuró Elizabeth, al tiempo que una lágrima escapaba de sus ojos color verde aceitunado.-Mi amor…
Justo en esos momentos, la vampiresa que había sido la causante de todo, la que se hizo pasar por una mujer indefensa para poder penetrar en el castillo, bajo la protección del duque de Vajk, estaba en esos momentos sometiendo a Neal, el cual no pudo evitar la agresión a su amada Elizabeth, así como tampoco pudo evitar la muerte de su familia y de toda la servidumbre… Neal intentó derrotar a la vampiresa, pero ésta era más fuerte y consiguió dejarlo inconsciente… Elizabeth intentó gritar, pero sólo se escapó un frágil sonido de su garganta, mientras su visión comenzaba a oscurecerse…
- Neal… .- Elizabeth quiso ir tras la vampiresa, pero la vida se le escapaba lentamente de las manos…
Y de pronto se cernió sobre ella una profunda oscuridad. Un lugar donde no existían ni el dolor ni el miedo…
Cuando ellos llegaron, los vampiros ya habían huido. El castillo estaba en ruinas y algunas zonas comenzaban a incendiarse. El capitán de los ángeles, un ángel rubio de ojos dorados, cuya marca en su frente brillaba intensamente, ordenó a sus compañeros que se dispersaran en busca de vampiros rezagados, que detectaran rastros de los que ya habían huido y que apagaran el fuego. Así mismo, hizo hincapié en que, si encontraban supervivientes, avisaran de inmediato a los escuadrones de rescate angelicales. Sin embargo, algo le decía al ángel que nadie iba a sobrevivir ese día.
Desalentado, el capitán recorrió la parte norte del castillo, el sitio donde había ocurrido la batalla más sangrienta, a juzgar por la cantidad de energía que aun se percibía. La zona parecía el escenario de una auténtica guerra, con cuerpos destazados por todas partes, y con sangre embarrada en las paredes, en el techo y en los muebles. El capitán caminó sigilosamente entre los escombros, rezando plegarias por todas y cada una de las almas perdidas ese día, sintiendo compasión por ellos, aunque también algo de rabia por la crueldad con la que habían actuado los vampiros, no había necesidad.
"Cálmate, Alessandro", pensó el ángel. "Eres un ángel, y los ángeles no debemos sentir ira u odio". Miguel constantemente decía que Alessandro era casi un ángel modelo, porque casi nunca se dejaba llevar por sus sentimientos, pero lo que el arcángel no sabía era que el ángel solía ignorar los sentimientos negativos que acudían a él, teniendo que echar mano de todo su autocontrol para no actuar impulsivamente de forma tan seguida.
Él continuó caminando, atraído por un aura que continuaba siendo fuerte, a pesar de que ya no había nadie ahí. El aura de esa persona debía ser muy poderosa, pues Alessandro la percibía como un llamado de auxilio muy potente, imposible de ignorar. ¿De dónde provenía ese grito de auxilio que era tan fuerte? Él nunca había sentido algo similar, el llamado desesperado de alguien que lucha por sobrevivir, por realizar un escape imposible de la muerte, un aura que peleaba por no ser contaminada por el mal. Mientras más caminaba, más definía Alessandro la característica del aura que sentía en el ambiente, más definía su llamado, y más intensa se hacía la ansiedad de él por ayudar a esa persona, quienquiera que fuese.
Pero… ¿A quién podría pertenecer esa aura? ¿A un vampiro rezagado? No, eso no era posible, además, el aura de un vampiro siempre era oscura y el aura de este ser era más bien clara… Más parecida a la de un humano… ¿Pero era que entonces aún había humanos con vida? Ante este pensamiento, Alessandro apuró el paso hacia el sitio donde el llamado de auxilio era más fuerte, y de primer momento no vio nada, sólo muebles finos que ahora eran un montón de madera astillada. Alessandro forzó la vista e intensificó su poder de percepción, tratando de identificar la fuente de la cual emanaba esa aura, y por fin observó el cuerpo inerte de una frágil muchacha pelirroja, en un oscuro rincón. La chica tenía los ojos cerrados y parecía muerta, pero Alessandro detectó un débil soplo de vida en ella.
Él no tenía permiso para rescatar a un humano agonizante, eso era obra de los Escuadrones de Rescate, y si Miguel no envió a ninguno, significaba que todos los humanos presentes iban a morir ese día, pero aún así, Alessandro no podía abandonar a la chica ahí. Su espíritu de lucha era digno de admirar, y su llamado de auxilio era imposible de ignorar, así que él tomó a la chica entre sus brazos y alzó el vuelo. Miguel iba a reclamarle por eso, pero aun así, Alessandro estaba dispuesto a correr el riesgo.
"¿Esto es la Muerte?".
"¿Así, tan pacífica, tan… agradable?"
La oscuridad total había dado paso una mucho menos profunda; al menos, Elizabeth conseguía distinguir sombras, aunque aun todo era confuso para ella. ¿Sería acaso que Neal habría regresado por ella? ¿O sería alguno de los vampiros, que había regresado para matarla?
Elizabeth parpadeó, tratando de enfocar para poder ver mejor aquello que se movía frente a sus ojos, esperando ver el rostro de Neal, o el del vampiro que habría de matarla. Sin embargo, lo que sus ojos vieron la dejó perpleja, pues una vez que pudo enfocar bien, Elizabeth vio a un hombre muy apuesto, rubio y de ojos dorados, con la sonrisa más luminosa que ella hubiese visto jamás.
- No te preocupes.- dijo él.- Ya estás a salvo.
Elizabeth juraría haberle visto una marca en la frente, y un par de alas blancas en su espalda, pero también podría ser producto de su imaginación. Ella sintió que un par de fuertes brazos la cargaban, y entonces terminó de desvanecerse, cayendo en la misma oscuridad que la había tragado momentos antes…
No sabía cuánto tiempo había pasado antes de que Elizabeth escuchara a un par de voces masculinas discutir. ¿Qué estaba sucediendo? Ella trató de despejar su mente y concentrarse un poco, y así consiguió entender fragmentos del diálogo que tenía lugar a su alrededor.
- ¿Por qué lo has hecho, Alessandro?.- cuestionaba una profunda y grave voz masculina.- Lo que hiciste estuvo mal, y lo sabes.
- No podía dejarla morir, Miguel.- replicó una segunda voz masculina, que Elizabeth reconoció como la voz del hombre rubio que le había dicho que ya estaba a salvo.- Hubieras escuchado su llamado, era muy… Poderoso…
- Aun así, Alessandro, rompiste las reglas.- insistió la primera voz, la cual al parecer correspondía a alguien llamado Miguel.- No debiste traerla aquí, ella debía morir. ¿Qué haremos ahora con ella?
- Por favor, Miguel, sólo escúchala.- pidió el hombre llamado Alessandro.- Oye su llamado. ¿De verdad van a dejarla morir?
Miguel no respondió, y Elizabeth sintió que se le encogía el corazón. Estaban hablando de ella, eso era muy obvio, y al parecer, iban a dejarla… ¿Morir? ¡No! ¡Eso no podía ser posible! Elizabeth quiso gritar, protestar, suplicar que no la dejaran morir, no así, no hasta saber qué había sucedido con Neal, pero no pudo emitir ningún sonido con su voz. Sin embargo, su alma parecía querer salir volando, quería impedir que alguien llegase y decidiese el que su vida se extinguiese, así como se extingue la llama de una vela…
- Hablaré con Él.- dijo Miguel, de repente, soltando un suspiro.- Esto es… Diferente a cualquier otra cosa que hayamos tenido antes…
- Gracias, Miguel.- suspiró Alessandro.
Y fue todo lo que Elizabeth alcanzó a escuchar, porque de repente, todos los sonidos se apagaron. Un dolor terrible y espantoso comenzó a extenderse por todo el cuerpo de la chica, dejándole muy en claro que su muerte habría de ser tremendamente dolorosa. Elizabeth sentía que su cuerpo se convulsionaba, presa de un dolor intensísimo, pero a pesar de esto, ella se negaba a morir, se negaba a dejar que el veneno vampírico siguiera extendiéndose por su cuerpo y la transformara, así que, sacando fuerzas de algún rincón de su alma, Elizabeth intentó luchar contra su destino, y justo cuando ella creyó que el dolor no podía ser más intenso, éste cesó, tan repentinamente como había venido…
- ¿Qué sucedió?.- se preguntó Elizabeth.- ¿Me habré muerto ya?
La oscuridad que la envolvía comenzó a disiparse, muy lentamente, y a ser reemplazada por una hermosa luz dorada que la envolvió de pies a cabeza. No había más dolor, no había más sufrimiento, sólo una hermosa paz y una increíble tranquilidad…
Elizabeth abrió los ojos y se encontró en un cuarto completamente blanco; a su alrededor, había tres hombres vestidos con trajes de un blanco increíblemente impresionante, de cuyas espaldas salían un par de alas también blancas. Sí, eso eran alas, Elizabeth parpadeó varias veces, pensando que estaba alucinando, pero no: lo que salía de las espaldas de los hombres eran sin duda alas.
- Ya despertaste.- le dijo el hombre más cercano a ella.- Bienvenida a nuestro mundo.
- Bienvenida.- añadieron los dos hombres restantes.- Ya estás fuera de peligro.
- ¿Estoy muerta?.- cuestionó ella.
- No.- negó el primer hombre.- No lo estás, pero esta situación va a resultar muy extraña para ti…
Elizabeth intentó incorporarse; su cuerpo parecía más liviano, aunque por alguna razón, la espalda le parecía muy pesada. Los tres hombres se miraron entre sí, y dos de ellos se encogieron de hombros.
- Bueno, Miguel, ya lo dijo el Jefe.- comentó uno de ellos.- Ella es responsabilidad tuya ahora.
- Ya que el ángel que la trajo hasta aquí es de tu ejército.- completó el otro arcángel.- Nosotros nos retiramos.
- Gracias por la ayuda, Rafael y Gabriel.- dijo el primer hombre, quien Elizabeth identificó como Miguel, por la voz.- Yo me haré cargo.
Los otros dos hombres asintieron y desaparecieron, en un estallido de plumas. Elizabeth se hizo hacia atrás, sorprendida, y entonces notó que algo se había movido junto con ella. ¡Cuál fue su sorpresa al darse cuenta que lo que había detrás, la razón por la que le pesaba la espalda, era un par de alas blancas que salían de su propio cuerpo!
- ¿Qué es esto?.- gritó ella, asustada.- ¿Qué me ha pasado?
- Bienvenida a la Ciudad de Ángeles.- le dijo Miguel, en tono tranquilizador.- Ahora ya eres una de nosotros.
Alessandro y su legión se encontraban en las cercanías del sitio a donde el arcángel Miguel había llevado a la humana agonizante. ¿Qué iba a suceder? ¿Sería acaso que la chica se transformaría en vampiro, y entonces ellos tendrían una amenaza en sus propias narices? ¿O sería que simplemente ella moriría? Alessandro se hacía estas preguntas, tratando de analizar el por qué él mismo había actuado tan impulsivamente, llevando hasta ese sitio a una total desconocida.
"No puede ser mala", pensó él. "No puede serlo, no con esa aura".
No sabía él qué decisión habrían de tomar los Mandos Superiores, pero estaría a punto de descubrirlo. De repente, Miguel apareció a la entrada de la enorme habitación a donde habían llevado a la muchacha, y Alessandro y sus ángeles se acercaron a él.
- Se ha tomado una decisión.- dijo Miguel, dirigiéndose a todos.- Una decisión que todos nosotros debemos respetar. La chica está ahora a salvo.
Todos los ángeles soltaron exclamaciones de sorpresa, aunque Alessandro suspiró, aliviado y muy agradecido, mirando atentamente a Miguel, quien aun tenía cosas por decir.
- Se intentó eliminar el veneno vampírico del cuerpo de la joven.- anunció el arcángel.- Pero éste estaba tan distribuido en sus tejidos y órganos que nos fue imposible hacerlo, así que para salvarla, tuvimos que convertirla en ángel. Sólo el proceso de purificación de un ángel podría rescatar a la chica de una muerte segura, o del destino de convertirse en un vampiro.
- ¿Cómo?.- exclamó Alessandro, al igual que varios de sus compañeros.
- Así que ahora, ella es una de nosotros.- continuó Miguel, ignorándolos.- Y a partir de hoy, es nuestra responsabilidad, ya que fue uno de nosotros quien la rescató de la Tierra.
Alessandro reprimió la sonrisa que llegó a su rostro y esperó a ver cuál sería la decisión final de Miguel. Los ángeles convertidos, aquéllos que se creaban a partir de otro ser, eran muy escasos y necesitaban de un periodo intenso de entrenamiento para acostumbrarse a ser ángeles. Estos nuevos seres necesitaban un largo tiempo para dejar sus costumbres antiguas atrás y aprender a comportarse como ángeles. Además, en el caso particular de esta chica, de la nada había llegado a esa situación, era muy probable que ella estuviese llena de preguntas acerca de lo que le sucedió.
- Alessandro.- dijo Miguel.- A partir de ahora, esta chica es tu responsabilidad. Tú te encargarás de entrenarla y enseñarle lo básico. Creo que no necesito decir que esto va a ser tu trabajo debido a que fuiste tú quien la trajo aquí.
- Como ordenes, Miguel.- asintió Alessandro, muy serio.
Miguel hizo un movimiento con la mano, y la chica pelirroja apareció por la puerta, mirando todo con sorpresa. Los ángeles intercambiaron comentarios, pero Alessandro los mandó callar, por respeto a la recién llegada.
- Escucha bien.- le dijo Miguel a Elizabeth.- Éste es tu nuevo hogar, y nosotros seremos tu nueva familia. Ahora formas parte de la Tercera Jerarquía Celestial.
Elizabeth miró a todos aquellos seres que a su vez, la miraban fijamente a ella. Le costaba trabajo asimilar que en realidad, todos ellos eran ángeles… Igual que ella, al parecer… ¿De verdad estaba pasando todo eso? ¿De verdad había llegado a ese lugar y se había convertido en ángel?
¿O es que sólo estaba soñando? Aunque para sueño, bueno, pues había sido muy doloroso y un tanto confuso. Además, las miradas de los ángeles eran bastante reales, al igual que el sentimiento de paz que experimentaba. Igual y sí había muerto y no se lo querían decir, para que el golpe fuera menos terrible.
- Alessandro, acércate, por favor.- pidió Miguel.
Elizabeth vio a un ángel rubio, con un mechón de pelo gris en la frente, acercarse a ellos. Sus ojos parecían oro líquido, y la marca de su frente removió los recuerdos en la mente de Elizabeth, pero ella no ubicó de dónde había visto antes a ese ángel.
- Él es Alessandro.- le dijo Miguel.- Él se hará cargo de explicarte todo lo que necesitas saber, Elizabeth.
- ¿Cómo saben mi nombre?.- preguntó ella, aunque se dio cuenta que esa pregunta resultaba tonta, puesto que ellos eran ángeles y debían saber todo sobre ella.
- Creo que sabes la respuesta.- Miguel sonrió.- Alessandro, cuida bien de Elizabeth, por favor. Recuerda que ahora ella es tu responsabilidad.
- Así será, Miguel.-respondió el ángel rubio, sonriendo después para Elizabeth.
Ella sonrió también, y algo en la mirada inocente del ángel le hizo tomar conciencia a Elizabeth de que… ¡No traía ropa puesta! ¡La transformación a ángel la había dejado desnuda! Ella soltó un gritito de vergüenza y se cubrió con las manos, e inconscientemente también se cubrió con sus alas, las cuales resultaron más efectivas. Miguel no se dio cuenta de esto y se retiró, pero Alessandro sí notó la reacción de la chica.
- ¿Te sucede algo?.- le preguntó.
- ¡Estoy desnuda!.- gritó ella, avergonzada.- ¿Qué no hay ropa aquí, o qué?
- Ah, eso.- Alessandro rió.- Te conseguiré algo, pero puedes dejar de preocuparte por eso. Somos ángeles y nosotros no nos preocupamos por esas nimiedades.
- Para mí no son nimiedades.-gruñó Elizabeth.- ¡Quiero ropa a la de ya! O mínimo que todos ellos dejen de verme.
Ella señaló a los demás ángeles y, aun cuando ninguno de ellos la miraba lascivamente ni con malas intenciones, Alessandro les pidió que se retiraran, quedándose solo con la chica. Elizabeth seguía cubriendo su cuerpo con sus alas, y Alessandro se quitó la túnica que traía para ofrecérsela.
- Ponte esto, mientras tanto.- dijo él.- Ya después con calma te conseguiremos algo a tu gusto.
- Gracias.- Elizabeth tomó la túnica.- ¿Puedes darte vuelta, por favor?
- Claro.- Alessandro tenía ganas de reírse, pero hizo lo que ella pidió.
Elizabeth se puso la túnica, mientras veía la espalda musculosa del ángel, de donde salían el par de alas con reflejos dorados que él poseía. Al parecer, a Alessandro no le daba vergüenza mostrar su musculoso cuerpo desnudo, quizás porque, como él dijo, el ser un ángel lo mantenía alejado de los pensamientos pecaminosos. Elizabeth se ruborizó cuando su cerebro juntó las palabras "pensamientos pecaminosos". ¿Qué le estaba pasando? Aunque bueno, toda la situación para ella era bastante difícil de asimilar, pero aun así esa no era una excusa para tener ese tipo de pensamientos idiotas. Al momento de ponerse la túnica, Elizabeth vio una marca en forma de estrella en su brazo izquierdo, que no había visto antes y que la hizo gritar.
- ¿Qué sucede?.- preguntó Alessandro, sorprendido.
- ¡Un tatuaje!.- gritó ella.- ¿Qué demonios hace un tatuaje en mi brazo?
- Primero que nada, Elizabeth, eres un ángel.- le recordó Alessandro.- No puedes decir "demonios" aquí. Es paradójico. Y en segunda, eso no es un tatuaje, es una marca angelical.
- Oh, vamos, una palabrita no puede ser tan mala.- replicó ella, aunque corrigió al ver la mirada de Alessandro.- Está bien, no la diré más. ¿Marca angelical? Eso me suena a que nos marcan por ser ángeles.
- No exactamente.- explicó Alessandro.- Verás, esas marcas son el distintivo de los ángeles que pelean para el ejército del arcángel Miguel. Son marcas celestiales, conductoras de la Luz Divina, un honor que nos ha sido otorgado por un Ser Superior.
- Luz Divina… .- murmuró Elizabeth.- Y eso… ¿Qué significa?
- Que en nosotros, como en todos los seres vivos, actúa un Ser Superior.-respondió Alessandro.- Es una señal de tu purificación, algo que con el tiempo irás comprendiendo. ¿Estás lista? Aun hay mucho por hacer.
- Claro.- suspiró Elizabeth.- Por supuesto.
¿Qué más daba? Al parecer, por obra del destino, las opciones de Elizabeth se habían reducido a morir, ser vampiro o ser un ángel, y de las tres, evidentemente la última era la mejor. Sin embargo, ella ansiaba volver a la Tierra y saber qué había pasado con Neal; Elizabeth se negaba a aceptar que él había muerto, y ella habría de volver lo antes posible para descubrir la verdad.
Notas:
Alessandro Lua es un personaje creado por Lily de Wakabayashi.
Elizabeth Wolfgang es un personaje creado por Elieth Schneider, y usado con su consentimiento.
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