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Alas de Libertad: Ciudad de Ángeles
Author:
Lily de Wakabayashi PM
Él es un ángel, nacido para salvar. Ella, es una humana a quien se le ha dado una segunda oportunidad. Y lo que empezó siendo una tragedia, terminó convirtiéndose en amor auténtico. Primera historia de la saga "Alas de Libertad".
Rated: Fiction K+ - Spanish - Romance/Fantasy - Chapters: 3 - Words: 12,121 - Reviews: 1 - Favs: 3 - Updated: 08-02-10 - Published: 07-29-10 - Status: Complete - id: 2833437
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Capítulo 3.

Dos días después, tuvo lugar la prueba, sin más espectadores que Miguel, quien también fungía como evaluador. Elizabeth estaba nerviosa, pero se desenvolvió tan bien que hasta el mismo arcángel quedó muy sorprendido con su desempeño. Cuando ella hubo finalizado la última tarea que Miguel le encomendó, el arcángel aplaudió, con una enorme sonrisa en el rostro, y le dio la bienvenida a la Legión de Ángeles.

- Serás una gran guerrera.- dijo él, simplemente.- Alessandro supo encauzar muy bien tus dones.

- Él es un gran profesor.- sonrió ella.- Me tuvo mucha paciencia.

- De eso no me queda duda.- Miguel exhaló.- Si no fuera porque en verdad eres muy buena, podría asegurar que me arrepentiré de esto alguna vez.

Elizabeth, a pesar de todo, abrazó fuertemente a Miguel. Tiempo atrás, ella había creído que su vida había llegado a término, y ahora todo era diferente. Ella apenas podía creer que las cosas hubiesen cambiado tan radicalmente desde entonces. Miguel, sorprendido, abrazó a la chica como un padre que abraza a su hija, y después sonrió.

- Estoy seguro que me arrepentiré.- bromeó.- Pero valdrá la pena.

- Eso téngalo por seguro.- sonrió Elizabeth.- ¿Puedo hacerle una pregunta?

- Adelante.- asintió el arcángel.

- ¿Por qué me salvaron?.- cuestionó ella.- Alessandro me dijo que los seres no angelicales que son transformados en ángeles son rarísimos, y que cuando esto sucede, es por una razón muy, muy especial. ¿Qué hubo especial en mí que hizo que me salvaran?

- Este tipo de decisiones son tomadas por un Ser Supremo.- declaró Miguel.- Y no puedo decirte por qué se decidió convertirte en ángel, porque ni yo mismo lo sé. Pero si quieres saber por qué se te salvó la vida, habla con Alessandro. Él fue quien tomó la decisión crucial.

Elizabeth se quedó callada, analizando lo que Miguel había dicho. Ella tenía muchas ganas de preguntarle a Alessandro por qué la había salvado, pero algo le decía a la chica que el ángel no le diría la razón tan fácilmente.

Sea como fuere, Alessandro se mostró muy orgulloso y feliz por el perfecto desempeño que había mostrado Elizabeth en la prueba. Ésta se sorprendió de que él estuviese tan enterado del resultado que había obtenido, y cuando así lo expresó, Alessandro se puso nervioso y se ruborizó.

- Eh, bueno, yo… .- él tosió.- Eché un vistazo…

- ¿Rompiste las reglas?.- Elizabeth rió.- ¿Alessandro, el correcto, rompiendo reglas? Eso sí que es bueno.

- No es la primera vez que lo hago.- respondió Alessandro, riendo también.

- ¿Ah, no?.- se sorprendió ella.- ¿Y en qué otras ocasiones lo has hecho?

- Eso no te lo diré.- respondió él.- Bueno, señorita Elizabeth Wolfgang, felicidades y bienvenida a la Legión de Ángeles.

- Oh, vamos, ¿qué pudiste haber hecho que te llevó a romper las reglas?.- insistió Elizabeth.

- Nada serio, en serio.- dijo Alessandro, con ligereza.

- Sí, claro.- gruñó ella.- Algún día me dirás la verdad. Y gracias por todo lo que has hecho por mí, creo que nunca podré agradecerte lo suficiente.

- No necesito agradecimiento más que el que me acabas de dar.- sonrió él.- Es todo lo que necesito.

Ambos estaban muy juntos, y Elizabeth vio que Alessandro no le quitaba la mirada de encima a sus labios rojos; ella tuvo el impulso de besarlo, cosa que la sorprendió muchísimo. Confundida, parpadeó y se retiró un poco, pensando que eso ya estaba llegando demasiado lejos. Alessandro a su vez, suspiró y se alejó también, desviando la vista hacia otro lado.

- Bueno.- dijo él.- Mejor será que me vaya a ponerme al corriente con lo ocurrido con mi Legión. El estar en el entrenamiento me tuvo lejos del campo de batalla por mucho tiempo.

- Y al parecer, ser un cazador es tu vida.- dijo Elizabeth.

- Algo así.- sonrió Alessandro.- Nos estaremos viendo, Elizabeth.

Ella al principio temió que las últimas palabras de él fuesen una despedida, pero pronto se dio cuenta que no era así. En las Legiones de Ángeles, muchas de las misiones se sobreponían, de manera que en muchas ocasiones Elizabeth y Alessandro pelearon juntos, hombro con hombro, en varias batallas. Incluso, cuando el escuadró de Elizabeth tenía problemas, misteriosamente siempre aparecía la Legión de Alessandro a ayudar.

Pronto, quedó muy en claro que Elizabeth no sólo era una estupenda guerrera, sino también una líder innata, que en muchas ocasiones supo llevar a su escuadrón mucho mejor que cómo lo hacía la capitana de ese momento. Los años fueron pasando, y Elizabeth comenzó a ser reconocida como una ángel cazadora muy buena. Durante todo ese tiempo, y en cuanto Elizabeth pudo regresar a la Tierra, ella intentó encontrar a los vampiros que la habían atacado, o mínimo saber qué había sucedido con Neal, pero no pudo encontrar a nadie que le diese razón de lo ocurrido, ni mucho menos un rastro de ellos. Un día, mucho tiempo después, Elizabeth regresó al castillo de Neal, y lo que vio la desconsoló. El lugar estaba en ruinas, pues el castillo no había sido habitado de nuevo, de manera que el bosque había crecido a su alrededor. Además, el edificio había sufrido las inclemencias del tiempo, así que el castillo, otrora esplendoroso y magnífico, ahora estaba en la completa ruina. Al recordar cómo su vida había quedado reducida a cenizas, Elizabeth no resistió más y se soltó a llorar, con el rostro oculto por sus manos.

No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que ella sintiera que un par de manos se colocaban en sus hombros, intentando consolarla. Elizabeth de inmediato reconoció la suavidad de las manos de Alessandro; ella se descubrió el rostro y vio a su amigo junto a ella.

- ¿Qué haces aquí?.- preguntó.

- Pregunté a tu capitán y me dijo que estabas aquí.- dijo él.- De manera que supuse que necesitarías algo de apoyo.

- Gracias.- ella desvió la mirada.- La verdad es… Que no debí venir…

- Lo lamento en verdad.- dijo Alessandro.- No quería que vieras esto.

- Ha pasado mucho tiempo, me imagino.- suspiró Elizabeth.- Y sí, tienes razón, no debí venir, pero tenía que hacerlo. Me he pasado tanto tiempo buscando a Neal que no me di cuenta de cuánto tiempo ha pasado ya desde que nos atacaron. Aún cuando él hubiese sobrevivido, bueno… Es obvio que ya estaría muerto porque un humano no vive tanto tiempo… Creo que es momento en que empiece a darme cuenta que estoy corriendo detrás de una ilusión que no va a ser… Lo mejor será que deje a Neal descansar en paz…

Alessandro no dijo nada, porque entendió que Elizabeth deseaba un minuto de silencio. Ambos ángeles se quedaron callados, rezando por las almas que se habían perdido tantísimos años atrás. Alessandro recordó que él había hecho lo mismo el día en que rescató a Elizabeth. Después, ella levantó la cabeza y se secó las lágrimas, decidida.

- No volveré a llorar por mi pasado.- anunció ella, terminantemente.- Es hora de que mire hacia el futuro. Pero prometo que me vengaré por todo aquello que ese clan de vampiros nos hicieron.

Alessandro conocía la naturaleza terca de la chica, así que no la contradijo. Ya con el tiempo esperaba convencerla de dejar atrás sus deseos de venganza; en ese momento, ella lo único que necesitaba era apoyo y no un sermón, así que el ángel le sonrió tratando de infundirle valor. Elizabeth le devolvió la sonrisa, a manera de agradecimiento, tras lo cual salió del castillo. Mientras más pronto dejara atrás todo, mejor…

Los años continuaban pasando, y Elizabeth iba tomando experiencia y comenzaba a ser reconocida entre las Legiones de Ángeles. Miguel, tras observar algunas batallas y después de escuchar varios comentarios positivos hechos por las compañeras de la chica, llegó a la conclusión de que era el momento de ascenderla de rango. El escuadrón donde se encontraba Elizabeth era liderado por una capitana que no sabía mantener el control en cualquier situación, lo que a la larga representaba un problema, ya que solía meterse en muchos problemas. Sin embargo, había sido la misma Elizabeth quien se había encargado de poner un orden a las cosas, tomando el liderato cuando la situación lo ameritaba. Cierto era que ningún capitán de Legión tenía menos de 1000 años (y Elizabeth apenas llegaría a los 500 años), pero aún así, la chica había demostrado ser muy capaz. Así pues, Miguel tomó la decisión de convertir a la chica en capitana, unos cuantos años más de edad no harían mucha diferencia.

Cuando Elizabeth supo que sería nombrada capitana, apenas pudo creérselo. Tenía ganas de ir a contárselo a Alessandro, festejar con él, pero no lo encontró cuando fue a buscarlo. En su lugar se encontraba Israel, un ángel perteneciente a la Legión que capitaneaba Alessandro, y que Elizabeth había visto varias veces antes.

- Lo siento, el capitán no está, pero no debe tardar en volver.- le informó Israel.

- ¿Se tardará mucho?.- preguntó ella.

- No lo sé.- confesó Israel.- Se pone así cuando alguien le recuerda la profecía.

- ¿Cuál profecía?.- preguntó Elizabeth, extrañada.

- ¿No te ha contado sobre eso?.- Israel estaba igual que sorprendido.- Ah, pues… Qué raro…

- ¿Qué profecía es?.- quiso saber ella.- ¿De qué trata?

- Bueno… .- Israel lo pensó un momento.- Está bien, te la contaré. Después de todo, es muy conocida esa profecía en el cielo. Verás, creo que el capitán te ha hablado sobre los Oráculos celestiales, ¿no?

- Sí, algo me dijo que rigen la vida de los ángeles.- asintió Elizabeth.

- Así es. Y el Oráculo Celestial nos hace profecías a todos los ángeles.- continuó Israel.- Y Alessandro no es la excepción. Hace mucho tiempo, se le predijo al capitán que en algún momento de su vida, él sería el dueño del destino de un ser del infierno.

- ¿Cómo?.- Elizabeth casi gritó.- ¿Dueño del destino de un ser del infierno?

- Algo así.- asintió Israel.- Y ya conoces a Alessandro, que siempre anda queriendo liberar a medio mundo. El saber que puede esclavizar a un demonio no le causa ninguna gracia.

Ésa fue la primera vez que Elizabeth tuvo visiones sobre el futuro. Le perturbó tanto saber sobre la profecía que, sin pretenderlo, su cerebro comenzó a lanzarle visiones sobre un ser al que ella no conocía, una hermosa diablesa de cabello negro, cuyas puntas eran de un color rojo intenso, dueña de unos impresionantes ojos color violeta, con alas, cuernos y cola negros con adornos dorados. Y algo le afirmó a Elizabeth que esa diablesa sería el ser del infierno que estaría bajo el poder de Alessandro, no le quedaba ninguna duda.

Y sin poder evitarlo, Elizabeth sintió celos.

Algo debió haber visto Israel en su cara, porque él sonrió de forma muy peculiar.

- Los ángeles no debemos sentir celos.- dijo, simplemente.

- ¿Qué quisiste decir con eso?.- preguntó ella, enojada.

- Nada.- Israel se encogió de hombros.- Yo sólo decía.

Israel extendió sus alas y se marchó, dejando a Elizabeth sola. Ella tuvo que esperar a que Alessandro volviera, para preguntarle si la profecía era cierta o sólo era una broma de Israel. Sin embargo, para desazón de Elizabeth, cuando ella le preguntó, Alessandro sólo suspiró, resignado.

- Entonces es cierto.- dijo ella, enojada.- La profecía es verdad.

- No lo sabremos hasta que no suceda.- respondió él.- Se supone que por eso es una profecía.

- No me causa gracia el chiste.- replicó Elizabeth.- ¿Por qué no me lo contaste antes?

- Porque no es algo que tenga mucha importancia.- Alessandro carraspeó.

- Yo creo que la tiene, si es que es una profecía auténtica.- insistió ella, cada vez más molesta.- ¿Qué no se supone que somos amigos? ¿Qué no me tienes confianza?

- Claro que sí, es solo que… .- Alessandro no supo que más decir, y se quedó callado.

Lo cierto era que esa profecía le molestaba muchísimo al ángel. Él peleaba para liberar a los seres oscuros, no para esclavizarlos, y su condición de ser de luz lo impulsaban a querer salvar, no a condenar, de manera que la profecía le había molestado desde la primera vez que la escuchó, de ahí que no quisiera contársela a Elizabeth. Sin embargo, era obvio que tarde que temprano, ella iba a enterarse.

- Es sólo que no confías en mí, por lo que veo.- concluyó ella, enojada.- Yo te conté mi vida, ¿y tú no pudiste decirme algo tan básico como eso?

- No le vi el caso.- suspiró Alessandro.- Sabes que confío en ti pero éste es un tema que no me gusta tocar. No sé cómo manejarlo aún.

- Pues yo podría haberte ayudado con eso, ¿no crees?.- Elizabeth estaba enojándose cada vez más.- Sobre todo, porque tendrás que lidiar con una mujer. Bueno, no una mujer, mejor dicho, una diablesa.

- ¿Tú cómo sabes que es una diablesa?.- preguntó Alessandro, sorprendido.- El Oráculo no dijo nada acerca de eso.

- Pues… .- Elizabeth no supo qué decir.- Lo vi.

- ¿Cómo que lo viste?.- él no salía de su asombro.

- Pues sí, simplemente lo vi, y ya, no sé cómo explicarlo.- dijo ella.- Vi imágenes de una diablesa de cabello negro y puntas rojas. Muy rara en verdad, pero sé que es una ella. Y quizás te enamores de esa chica.

- ¿Ah, sí?.- Alessandro soltó una carcajada.- No lo creo. Nunca me he enamorado, y no creo hacerlo de una diablesa.

- ¿Nunca te has enamorado?.- Elizabeth era ahora la sorprendida.- ¿Esperas que te crea eso?

- Es la verdad.- él volvió a reír.- Nunca he sentido lo que es el amor, y no entiendo por qué muchos se pierden por ese sentimiento, quizás porque no lo he experimentado aún. En todos estos años no he encontrado a alguien que me haga experimentar el amor, así que no hay motivo para pensar que esa supuesta diablesa me va a enamorar.

- Siempre hay una primera vez.- suspiró Elizabeth, desalentada.

- Eso dicen.- los ojos dorados de Alessandro brillaron como el oro.

Los dos se quedaron callados, sin saber qué más decirse. Elizabeth no había vuelto a tener visiones de la diablesa que habría de estar bajo el poder de Alessandro, pero ella estaba segura que no olvidaría el rostro de esa mujer, jamás.

- No pienses más en eso, por favor.- pidió Alessandro.- Ya veremos qué sucede, cuando se presente el momento.

- Me pides algo imposible.- dijo Elizabeth, afligida.- Pero lo intentaré…

Aunque lo cierto era que todo el tiempo estaría pensando en esa profecía, sin importar lo que sucediera. Por más que lo negara, Elizabeth no podría seguir negando que se encontraba terriblemente celosa de que otra mujer llegara a ser tan importante en la vida de Alessandro.

Tiempo después, Elizabeth fue ascendida a capitana, en una ceremonia en donde estuvieron presentes todas las ángeles que a partir de ese día estarían bajo su mando. Se suponía que los capitanes tenían un uniforme especial, un uniforme que Elizabeth debía utilizar el día de su ascenso y que Miguel se encargó de proporcionarle, por lo que éste quedó muy sorprendido cuando vio a la chica con un traje que resultaba ser muy diferente al original, mucho más revelador y provocativo de lo que debía ser.

- Elizabeth, ¿qué hiciste con el uniforme?.- preguntó Miguel.

- Es éste, sólo le hice algunos cambios.- respondió ella.

- Eso fue más que "algunos cambios".- gruñó Miguel.- Se ve muy diferente.

- Pero, ¿a poco no se ve mejor?.- sonrió Elizabeth.- Mucho más a mi estilo.

Miguel no dijo nada, ya que sabía que no serviría de nada el decirle algo a la chica. Además, mientras Elizabeth cumpliera con su trabajo, qué más daba el uniforme que usara. La ceremonia fue sencilla aunque solemne, y Elizabeth se sentía radiante y llena de esperanzas nuevas para el futuro, muy diferente a cómo se sentía la primera vez que llegó a ese lugar. Al finalizar la ceremonia, todas las compañeras de Elizabeth la felicitaron, igual que varios compañeros de otras Legiones, así como otros arcángeles y Miguel. Al final de todos, cuando la mayoría había cedido el paso, esperaba Alessandro, vestido con su traje de capitán, luciendo radiante y sumamente atractivo, más encantador que nunca con esa enorme sonrisa que lo hacía lucir como lo que era, un auténtico ángel.

- Felicidades, Elizabeth.- dijo él, cuando ella se acercó.- Estoy orgulloso de ti.

- Gracias.- dijo ella, sonriendo también.- Todo te lo debo a ti.

- Ya te he dicho que no hice nada especial.- señaló él, abriendo los brazos.- Sólo guiarte.

Elizabeth se refugió en su abrazo y se dejó envolver por esas suaves alas que tan bien conocía. Alessandro la abrazó con más fuerza que en otras ocasiones, aspirando el aroma de su cabello, y disfrutando del contacto y del calor que producía su cuerpo. Una vez más, sin embargo, fueron separados por un carraspeo más divertido que enojado.

- Perdón por interrumpir.- dijo Israel, divertido.- Pero yo también quiero felicitar a la capitana.

- Claro, adelante.- dijo Alessandro, soltando a Elizabeth.

Israel sonrió con picardía y abrazó a la chica con fuerza y por un largo rato. Elizabeth se reía, pero cada que se quería separar de Israel, el ángel la apretaba con más fuerza, mientras Alessandro los miraba, muy serio. Al fin, después de un buen rato, Alessandro tomó a Israel por una de sus alas y lo separó de Elizabeth.

- Suficiente, Israel.- dijo.- Compórtate, que eres un ángel.

- Lo siento, capitán, no te enojes.- Israel se reía.- Es imposible no querer sobrepasarse con ella, siendo tan linda como es, aun cuando sea yo un ángel. Pero ya, me comporto, capitán, lo siento Elizabeth, mejor dicho, capitana Elizabeth.

- No hay problema, Israel.- ella se rió.- Y gracias por la felicitación.

- Bueno, pues me voy, que hay que hacer una fiesta para celebrar tu ascenso.- anunció Israel.- Te esperamos, no nos vayas a fallar.

- Claro que no, iré a festejar con ustedes, muchas gracias.- Elizabeth sonrió.- Solo tengo… Algunos asuntos por arreglar…

- Sí, claro, ya me imagino.- Israel miró alternativamente, primero a Alessandro y después a Elizabeth.- Ya veo qué clase de "asuntos" tienes pendientes. Bueno, pero que no se te olvide llegar, ¿eh? Allá te esperamos. Y a ti también, capitán.

- Uhm, sólo iré a ver que no se pasen del límite con sus festejos.-replicó Alessandro.- Pero gracias.

Israel se encogió de hombros, soltó una carcajada y se marchó, agitando sus alas. Elizabeth y Alessandro se quedaron solos, al fin, y por un momento ninguno dijo nada, aunque tampoco hacía falta.

- Ven, vamos a la cascada.- dijo Alessandro, tomando la mano de Elizabeth y echando a volar con ella.

Ella lo siguió, por supuesto, lo seguiría hasta el fin del mundo. Había pasado ya tanto, tanto tiempo desde que Elizabeth había llegado a esa hermosa ciudad, hecha de fino cristal, ubicada entre nubes, que brillaba como el diamante con la luz del sol, que ella ya se sentía parte de los ángeles, sentía que estaba destinada a estar ahí, a hacer algo que marcara la diferencia. Y la presencia de Alessandro era como un bálsamo para Elizabeth, era su soporte, su luz, su… Ella se detuvo y prefirió no dejar que esa barrera se rompiera y diera paso al resto de sus sentimientos. Eso iba más allá de lo que debió haber pasado, Alessandro era un ángel y era obvio que nunca tomaría en cuenta ese sentimiento, así que Elizabeth ignoraría lo que su mente acababa de pensar.

La cascada era una caída de agua cristalina y pura que surgía de las nubes, a las afueras de la ciudad, y caía a tierra, en medio de un gran bosque, formando un lago tranquilo y apacible, a donde los ángeles iban en ocasiones a relajarse. Alessandro llevó a Elizabeth a la cascada, ya muy cerca del sitio en donde caía a tierra, y desde donde podían observarse la ciudad de ángeles que tenían sobre ellos así como la ciudad humana que tenían más abajo.

- Hay algo que tengo que decirte, Elizabeth.- dijo Alessandro, mientras ambos se sentaban en una nube.- Quise esperar a que fueses nombrada capitana para hacerlo.

- ¿Qué sucede?.- quiso saber ella.

- Miguel me informó hace poco que al fin tuvieron noticias sobre el aquelarre de vampiros que acabaron con tu familia y con tu prometido.- Alessandro suspiró.

- ¿QUÉ?.- ella lo interrumpió.- ¿Cómo es eso? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Tienes que decirme!

- No son precisamente buenas noticas.- dijo él.- Y ante todo, quiero que por favor trates de controlarte…

- Trata tú de controlarte.- Elizabeth lo tomó por un ala.- Dime de una buena vez lo que sabes.

- El clan desapareció.- anunció Alessandro.- Se encontraron a todos los vampiros en un castillo abandonado, a cientos de kilómetros de aquí. Muertos.

- ¿Cómo?.- ella gritó.- ¿Muertos? ¡Eso no es posible! ¿Por qué la Legión de Ángeles no nos avisó para ir a combatir?

- Porque no fueron asesinados por ángeles, Elizabeth.- explicó Alessandro.- Miguel recibió la noticia de que había desórdenes en esa área, pero no pensó que se tratara de una batalla, así que envío a un grupo pequeño. Los ángeles encontraron los cadáveres decapitados del aquelarre de vampiros que habitaba ese castillo, y fue hasta mucho después, que se pudo identificar los cuerpos, que Miguel se enteró que se trataba del mismo clan que acabó con tu familia, Elizabeth.

- ¿Pero quién fue?.- quiso saber la chica.- ¿Quién acabó con todos? Tuvo que haber sido alguien muy poderoso para poder acabar así con un clan tan fuerte.

- Es lo más extraño de todo, Miguel no está muy seguro, pero hay indicios que le hacen sospechar que uno de los mismos vampiros del clan fue quien eliminó al resto.- respondió Alessandro.

- ¿Un solo vampiro acabó con todos los demás?.- Elizabeth no lo podía creer.- ¿Bromeas, verdad? Eso es imposible. Yo vi a esos vampiros atacar, son demasiado fuertes, uno solo no pudo haber acabado con ellos.

- Al parecer, así fue.- dijo Alessandro.- Quizás el vampiro quería el control del clan, la vampiresa líder se negó y él terminó por matarlos a todos, quién sabe. Entre vampiros no hay lealtades, y si ese clan es tan fuerte como dices, es lógico pensar que uno solo de sus integrantes podía acabar con los demás. Quizás sólo estaba esperando el momento oportuno para atacar.

Elizabeth se quedó callada, dándole la razón a Alessandro. Una parte de ella se sentía aliviada de que el clan hubiese desaparecido al fin, pero por otro lado, la carcomía también la duda de saber quién había sido el vampiro que había acabado con todos, y los motivos que lo habían orillado a hacerlo. Ahora, un nuevo pensamiento comenzaba a formarse en el cerebro de la joven, decidida a no dejar escapar a ni uno solo de los vampiros de ese clan.

- Debemos acabar con él.- dijo ella.- Tenemos que evitar que siga dañando más gente.

- Estamos buscándolo.- señaló Alessandro.- Y ahora tú también puedes hacerlo, ahora que ya eres capitana y tienes tu equipo. Si tú crees que es un peligro, no dudes en cazarlo, pero si es por venganza… No es bueno que te dejes llevar por esos sentimientos… Puedes enfocar tu energía a otras cosas…

- Bueno, es obvio que quiero venganza.- replicó Elizabeth, enojada.- ¡Ellos acabaron con lo que amaba! Y no debe quedar ni uno solo de ellos con vida. Claro que iré tras él, por ese motivo entré a la Legión de Ángeles, para ser cazadora y acabar con todos ellos.

- ¿Es el único motivo que te impulsa a estar aquí?.-quiso saber Alessandro, mirándola fijamente.

- Sí.- respondió la joven, pero se arrepintió.- Bueno, sólo uno de los motivos… Claro que hay más…

Ambos ángeles se miraron fijamente por espacio de varios segundos; Elizabeth estaba cayendo otra vez en el hechizo dorado de los ojos de Alessandro, y él no quería despegar su mirada de los ojos verde olivo de ella.

Fue algo imprevisto, ninguno lo pensó ni lo planeó. Y quizás por eso fue mucho mejor. Alessandro abrazó a Elizabeth por la cintura, y sin pensarlo mucho, la besó en los labios. Él nunca había besado a nadie, pero se dejó llevar por el instinto que le decía que abrazara a esa mujer con fuerza y que la besara como siempre había querido hacer, así que Alessandro hizo caso a lo que su corazón le pedía y besó con suavidad los labios de Elizabeth, los cuales comenzaron a responder a su beso. Elizabeth cayó completamente en cuanto Alessandro la besó, y se dejó llevar por ese sentimiento que había tenido desde hacía tantísimo tiempo atrás.

Ambos se besaron, entonces, por un largo rato, tras lo cual Alessandro se separó, visiblemente aturdido.

- Ah, lo siento… Yo… No debí… .- musitó él.

- No te preocupes… No me molestó… .- balbuceó ella.- Es decir…

Ninguno supo qué decir, y volvieron a mirarse a los ojos, y quizás hubieran vuelto a besarse cuando ambos recibieron un llamado de Miguel, quien estaba convocando a todos los capitanes para festejar el ascenso de Elizabeth. Alessandro suspiró, pero le dijo a la joven que era hora de irse, pues los demás ya llevaban mucho rato esperándolos. Elizabeth, desilusionada, asintió y entonces ambos regresaron a la ciudad de ángeles, volando en silencio, aunque cada uno con la mente sumida en sus propios pensamientos.

"Ella sigue llorando la muerte de su prometido", pensó Alessandro. "Yo no debo molestarla con este sentimiento que no sé qué es, y que tampoco sé cómo controlar, pero eso deberá ser asunto mío y de nadie más".

"Él es un ángel, y no piensa en eso", pensó Elizabeth. "Además, está la diablesa de la profecía… Yo no tengo ninguna oportunidad y así debe ser. Mejor me enfocaré en localizar al vampiro que acabó con aquél clan…".

Y así, sin saber que el otro estaba deseando lo mismo, Elizabeth y Alessandro se guardaron sus sentimientos y el secreto de ese beso, haciendo la promesa en silencio de estar juntos todo el tiempo que el destino les concediese. Y por supuesto, muchas sorpresas aguardaban a ambos ángeles en el futuro, situaciones que unirían sus caminos aun mucho más de lo que cualquiera de los dos hubiese podido imaginar.

Fin.

Notas:

Aquí termina la primera parte de la historia de Elizabeth Wolfgang y Alessandro Lua, la novela que cuenta cómo ambos se conocieron y llegaron a ser lo que son. Quizás en un futuro escriba más sobre ellos, pero por el momento, aquí termina este mini cuento que sirve como introducción a la historia que Elieth y yo hemos planeado para nuestros ángeles.

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