
Oneshoot: Enfrentarse a la vida y criar a un hijo no es lo mismo cuando se está sola.
Rated: Fiction K - Spanish - Romance - Words: 1,601 - Reviews: 1 - Favs: 1 - Published: 08-28-10 - Status: Complete - id: 2842638
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Una nueva Vida
* * *
—Una vez más, señora, ya va a terminar —le pedía la obstetra.
Un grito de dolor y fuerza llenó toda la habitación. Por dentro, Caroline pedía a gritos que ya terminara todo aquello, quería dejar de pujar, que le dejaran de pedir que siguiera haciendo fuerzas, porque ya no le quedaban. Quería oír, de una vez por todas, el llanto de su bebé. Saber que estaba vivo. Con ella.
Entonces se oyó.
Un llanto que llegó a cada uno de los rincones de la sala de parto, una chillona voz de soprano, dulce y cálida que estremeció el cuerpo de la joven mujer tendida en la camilla. No le quedaban fuerzas, estaba totalmente agotada, sus párpados se cerraban por sí solos, pero ella quería verlo, quería sentirlo en su regazo. Quería ver a su bebé.
—Por… por favor —rogó con la voz cortada—. Quiero verle…
—Aquí está, señora McTaylor, —le dijo una enfermera de edad avanzada con un tono maternal— un perfecto niño completamente sano.
La sonrisa de aquella enfermera era contagiosa, se veía embelesada por el placer al contemplar a semejante criatura, tan indefensa y temerosa del nuevo mundo. Ayudada por otra enfermera, Caroline levantó la cabeza y estiró sus brazos, quería acelerar el encuentro. Y ahí lo tenía, al fin entre sus brazos, a un hermoso niño que aún lloraba, temeroso y ansioso a la vez, con sus manitas estiradas tratando de encontrar algo delante de sí, algo que lo ayudara. Su cuerpo estaba rígido y se tensaba más a veces, junto con nuevos y fuertes gritos.
—Tiene unos fuertes pulmones —comentó la enfermera con una risita juguetona.
Caroline sonrió, se sentía tan bien, tan completa y llena, sumamente enternecida al ver a un ser tan pequeño en su regazo, alguien indefenso y que sólo la tenía a ella. A nadie más. Todo sacrificio valió la pena, la lucha incesante que mantuvo por tantos meses por fin rendía sus frutos, por fin podía ver a su hijo, por fin lo tenía en los brazos.
El bebé poco a poco se comenzó a calmar, su llanto se iba silenciando y sus músculos se relajaban mientras se amoldaba al cuerpo de su madre, pronto posó ambas manitas abiertas sobre el pecho de Caroline como queriendo abrazarla. No había sensación en el mundo tan placentera como la que experimentaba en ese momento, la dicha que la llenaba al tener a su hijo en sus brazos no tenía comparación. Era lo más hermoso que había visto y experimentado en sus veintiún años de vida.
Con delicadeza, recorrió su rostro con la yema de su dedo índice, delineó cada una de sus pequeñas y finas facciones.
—Ahora, tú eres toda mi vida, mi razón para seguir luchando —le dijo con un tono maternal tan marcado que parecía haber nacido para ser la madre de aquel pequeño—. Gracias por llegar.
Con los ojos empañados por la emoción, besó su frente y, en ese preciso momento, el pequeño abrió sus ojos para mirarla con intensidad, como si supiese todo lo que significaba en la vida de su madre.
Caroline se estremeció al ver esos ojos, de un azul tan intenso que opacaba la belleza del cielo; unos ojos hermosos y tan expresivos. Unos ojos iguales a los de su padre. Vio en su hijo a aquel hombre que tanto amaba, pero que la había abandonado en cuanto supo que ella esperaba un hijo de él. Lleno de temor le había dicho que no podía, que él no dejaría que su vida se echara a perder por un error de cálculo. Tantas veces le dijo que la amaba, que era todo para él, que Caroline era su razón de vida y en ese momento, la abandonaba por su egoísmo, dejándola a ella para que luchara sola por la vida del fruto de su amor.
El recuerdo atacó su mente y volvió a verlo todo frente a sus ojos una vez más.
—Si tú no lo quieres, está bien —le dijo la morena con ojos llorosos—. Vete y sigue con tu vida, pero yo lucharé por nuestro hijo; sólo te pido, que no me busques nunca, no quiero volver a saber de ti.
—Pero, Caroline… —balbuceó el chico de hipnotizantes ojos azules—Yo te amo… no quiero perderte.
—Si no quieres a tu hijo, no me quieres a mí.
Ella se fue dejándolo ahí, parado y dominado por la confusión. Mientras corría por unos brazos y palabras comprensivas de alguien, su rostro era empapado por lágrimas mientras las palabras de él se repetían una y otra vez: «No… no podemos tener un hijo, aún somos muy jóvenes ¿Cómo lo permitiste? No, no y no, un hijo no va a arruinar mi vida» le había dicho, unas palabras que la desgarraron en lo más profundo.
—Yo lucharé por ti —juró acariciando su vientre cuando no pudo correr más…
Y así lo había hecho. Se enfrentó al mundo por su hijo, no le importó nadie más, tenía claro que ahora sólo eran él y ella. Su bebé tenía los mismos ojos de su padre, del hombre que lo rechazó. Sería difícil para ella verlo a través de su hijo cada día, pero a la vez, había sido una suerte. Ella amaba más que a nada a aquel chico y no se arrepintió jamás de todo lo sucedido, a pesar de la decepción, lo seguía amando con la misma intensidad, o quizás más, y ahora, siempre lo recordaría mediante lo más hermoso que los unía. Su hijo.
La llevaron a su habitación una vez que hubieron acabado con todo y después de haber dormido un par de horas, sólo quería ver a su hijo. Quería tenerlo entre sus brazos nuevamente, confirmar que era real y no un sueño; entonces vio la cuna junto a su cama y ahí estaba él, dormido e inspirando una paz sobrecogedora. Como pudo, considerando las pocas fuerzas que le quedaban después de tan laborioso parto, cogió a su bebé y lo acunó en su pecho.
—Eres real, —dijo sin poder evitar que sus ojos se empañaran por la emoción— eres el más hermoso y perfecto bebé.
—¿Y cómo se llama? —preguntó alguien de la nada.
Exaltada, Caroline levantó la vista buscando a quien había preguntado por el nombre de su hijo, su corazón latía con fuerzas mientras su mente luchaba diciéndole que no se sintiera así, que lo familiar de aquella voz era sólo un juego de su subconsciente.
Pero no.
Su mirada se quedó trabada con un par de grandes y hermosos ojos azules que la miraban con intensidad, con dolor, vergüenza y arrepentimiento. Ahí estaba él, el hombre de su vida y el padre del bebé que sostenía en su regazo.
—Thom —articuló dirigiéndose al hombre parado en el marco de la puerta, su voz estaba comprimida por la sorpresa— ¿Qué… tú… cómo? —preguntó confundida, no entendía por qué estaba ahí, cómo supo que estaba ahí.
—Perdón —pidió él acercándose lentamente hasta donde se encontraba ella—. Sé que fui un estúpido, un irresponsable y un egoísta al dejarte sola, al no apoyarte cuando era responsabilidad de ambos…
—¿Cómo supiste? —lo interrumpió.
—Ashley me hizo abrir los ojos y me dijo que había sido un verdadero idiota por dejar sola a la mujer que amo.
—¿Qué amas? —volvió a cuestionar la mujer con los ojos anegados de lágrimas.
—Más que a nada en este mundo —respondió con voz temblorosa y sin dejar de mirarla a los ojos—. Perdóname, Caroline, por favor perdóname —suplicó.
Tomó su mano, la misma con la que ella sostenía la de su bebé, lo que hizo que Thom ahora envolviera ambas manos con la propia.
El corazón de ella latía con fuerza, más que nada quería gritarle que ella también lo amaba y que no importaba el pasado, pero temía que volviera a dejarla sola en cualquier momento. Su mirada se perdía entre su bebé y Thom, una y otra vez, los miraba a cada uno; se imagina lo perfecto que sería que los tres formaran una familia. Estaba llena de dudas y temores, no podía hablar, pero cuando vio como Thom observaba a su hijo, cuando vio la adoración en sus ojos y finalmente, como se vieron el uno al otro, no hubo más dudas.
—¿Quieres cargarlo? —le preguntó Caroline extendiendo al bebé.
Él aceptó e inmediatamente, sus ojos se empañaron por la emoción, no entendía cómo había sido tan idiota como para haber dicho que no lo quería en un momento, no se perdonaba haber dicho que alguien tan hermoso, perfecto e inocente fuera un error.
—No sólo le debo disculpas a tu mamá, —decía Thom lleno de ternura— sino que a ti también, eres lo más maravilloso que hay, una parte de mí y de ella, la muestra más grande de nuestro amor, de nuestra historia —respiró profundo, la emoción hacía estragos con él—. Espero puedas perdonarme…
—Thom —dijo Caroline, inmediatamente el chico la miró, pero ella observaba al bebé—. Se llamará Thom.
Ahí él entendió a lo que se refería Caroline, no lo llamaba a él, sino que terminaba su frase. Su corazón dio vueltas como loco y una sonrisa iluminó su mortificado rostro.
—¿Eso… eso quiere decir que…? —balbuceó el rubio de ojos como el cielo.
—Que te perdono, que puedes ser parte de nuestra vida y que, por favor, no nos vuelvas a dejar solos.
Las lágrimas caían por las mejillas de Caroline, así como por las de Thom mientras éste la abrazaba y besaba sus labios con mucho amor y dulzura. Entre ellos sostenía a su pequeño hijo, al pequeño Thom.
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