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El libro jamás leido
Author:
Esciam PM
Una pequeña búsqueda en una libreria podría traer sorpresas...
Rated: Fiction K - Spanish - Fantasy - Words: 1,634 - Reviews: 1 - Favs: 1 - Published: 10-08-10 - Status: Complete - id: 2854077
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¡Hola, Gente!

Un cuento hecho para y por nell_charentes en el livejournal, por su cumpleaños. Espero les guste.

El libro jamás leído

El bosque estaba siendo iluminado con unos rayos de sol vaporosos entrando desde las copas de los árboles. Volutas de polvo y dientes de león danzaban entre ellos teniendo de compañeros la brisa del viento.

Los elfos iban de allá para acá en su pueblo, brincando desde la entrada circular de sus hogares dentro de los árboles de diferentes colores, a uno de los hongos o setas hasta caer al suelo, cubierto por una capa de musgo verde y firme.

Abajo, todos caminaban de allá para acá, riéndose entre ellos, comentando los acontecimientos, llenando cubos con comida, llevando agua del rocío a su casa, dándole de comer a los animales de compañía… la niña iba caminando, viendo hacia arriba, a lo poco del cielo azul que podía ver entre los árboles.

Alguien chocó contra ella y, del impacto, se le cayeron los libros que llevaba en los brazos.

Dos niños pequeños, riendo entre ellos y con los cabellos rubios y negros tan sucios como su piel, de los juegos y fechorías que debieron estar haciendo; se disculparon con ella y le levantaron rápidamente los libros antes de salir corriendo de nuevo, entre carcajadas.

La chica se les quedó viendo con esa mirada que solía tener, de la persona que ve más allá de las cosas, maravillada con lo que cada una de ellas puede representar.

Finalmente, movió sus hombros con decisión y, después de saludar a una de las vendedoras y darle espacio a una carreta llena de enredaderas vegetales, siguió su camino.

La pequeña biblioteca del lugar estaba en el fondo de la villa, a la sombra de un gran árbol blanco y dentro del tocón de lo que debió haber sido otro de ese tipo de árbol, porque aunque sus "paredes" estaban trepadas de enredaderas con flores amarillas y un musgo en las bases verde, se podía ver que el tronco en sí, eran blanco.

La puerta era redonda, como las ventanas, todas del mismo tamaño, grande como para que dos elfos pudieran entrar a la vez.

Sin embargo, cuando la niña entró al lugar, sólo estaba la antigua bibliotecaria, una mujer más vieja que los abuelos de su prácticamente única cliente. Ya tenía los cabellos canos, arrugado el rostro y las orejas puntiagudas dobladas levemente; cuando los abuelos de la pequeña eran niños.

La mujer estaba sentada al recibidor, tomando un té negro al aroma de naranja, olor que llegó a la clienta al instante, haciéndola sonreír reposadamente, como la mujer lo hacía.

La luz llegaba a raudales por las ventanas a ambos lados de la puerta, aunque la biblioteca se encontrara a la sombra de ese gran árbol.

—¡Hola, querida! ¿Cómo amaneciste hoy? —su voz fuerte y alegre contrastaba demasiado con la pose amodorrada con la cual se apoyaba en el recibidor.

La chica cogió una de las tres sillas que estaban por ahí, como único adorno de la "sala de espera", y se sentó frente a ella, diciendo:

—Bien, gracias… algo cansada porque apenas lo pude terminar de leer con la luz azul de la luna y la ayuda de una luciérnaga. Y hoy en la mañana, mi madre me necesitaba para el telar antes del amanecer, pero bien.

—Eso quiere decir que te gustó, ¡Me parece muy bien! Ya lo pongo en su lugar.

Una anciana salió de la trastienda, desde una entrada ovalada entre varios libros dispuestos en la pared blanca de madera, cogió los libros que la niña le tendió, le guiñó un ojo con alegría y volvió a entrar a la trastienda; mientras la bibliotecaria tomaba reposadamente de su té.

La niña no pudo dejar de maravillarse por más que había visto cosas parecidas antes. Pocos elfos tenían tanta magia como para hacer réplicas de sí mismo con tanta facilidad…

—… Ya lo encontré.

—¿Dónde estaba?

—No lo tengo.

—Pero si dijiste que lo encontraste.

—Sí, pero no lo tengo.

—Y entonces, ¿dónde está?

La anciana simplemente se encogió de hombros, pero la veía con una mirada y una sonrisa que daba a entender que no le iba a responder, pero tenía la respuesta.

—¿Me podrías decir, por favor? —Casi le suplicó, después de dar un suspiro derrotado.

La mujer tomó otro trago del te y, como si tal cosa, abrió la entrada del recibidor y le dijo:

—Entra y búscalo por ti misma.

La impresión dejó inmóvil un instante a la niña. La anciana nunca, jamás, dejaba a entrar a nadie a la trastienda.

—¡Vamos, entra! ¡No tienes todo el día, niña!

La instó.

La chica corrió a adentro como un vendaval, con una gran sonrisa y una carcajada en el alma. Abrió la puerta de atrás con rapidez y, apenas vio, se quedó impresionada: era enorme… era mágicamente enorme.

El techo parecía estar muy alto, y era trasparente, pues se podía ver los rayos de sol, pájaros y mariposas allá, allá altísimo. La luz entrando a raudales para caer en las altísimas estanterías que parecían sin fin. Más allá, más libros y estanterías. No podía ver la pared opuesta.

Por aquí y allá habían sillas, cojines puestos en el suelo, mesas, escritorios, mesas de dibujo, banquillos, escaleras… la niña miraba con la boca abierta, sintiendo algo expandiéndose en su pecho que no podía dejar de sentir ni explicar.

—La sección de historias está hacia tu derecha. —le dijo una de las ancianas, que iba con un carrito poniendo libros en una de las estanterías.

—… toma esta libreta, para que tomes nota. —le dijo otra de esas ancianas iguales a la que debía estar afuera, tomándose su te y oliendo a naranja todavía.

La niña lo cogió e iba a pedir un lápiz, pero otra de las ancianas, que se levantó de un escritorio en que leía, le pasó uno sin molestarse de subir la mirada del gran libro de anatomía que había llevado consigo en el brazo.

La niña agradeció y caminó.

Mientras más veía, menos creía que estuviera ahí. Libros, libros… de todo tamaños, temas, títulos, grosores… tanto que leer, tanto que aprender.

De alguna forma, sus pasos supieron en dónde adentrarse en una de esas estanterías. El primero que le llamó la atención fue el lomo amarillo de un libro cerca de su cabeza. Le hizo pensar en arena, en camellos y velos danzantes a la brisa fuerte de algún lugar… por un instante, creyó sentir una caricia en el brazo de un brisa fuerte, latigueante por la arena en ella.

Pero no le hizo caso… el olor a canela que veía de otro libro, le hizo sentir dolor en el alma, tristeza. Canela, canela… te que no quita el dolor de una madre que recordaba a su hijo muerto…

Más allá, el rumor del océano la hizo acercarse a un pequeño libro para niños: la luna en un dibujo la saludó a ella y siguió danzando con su pareja de siempre, el mar. Tan lejos y juntos los dos…

Una enredadera salió de un libro del final y la golpeó lentamente en la frente, por lo que la niña cogió una escalera que se encontró a mano como si siempre hubiera estado ahí, y subió para verlo. Era un libro de cazadores, ancho, con dibujos y letras pequeñas y que se estaba descociendo de un lado…

Sintiendo dolor de verlo así, y atendiendo a su llamada de ayuda, la niña lo acogió en su pecho y bajó al suelo de nuevo.

—Gracias, niña… había ido aplazando su arreglo sin querer.

—De nada.

Eso sí le pareció extraño, que una anciana llegara hacia ella justo cuando iba a buscar alguna.

El tiempo se le fue cada vez más rápido, mientras iba conociendo personas, lugares, olores, animales, emociones… todo rápido y profundo, como si se estuvieran peleando por llegar hacia ella y, a la vez, esperaran su turno…

Todo libro llegó a su mente de alguna forma, por más que prácticamente ninguno había leído, y estaba riendo y llorando por el humor patético de cierto mimo, cuando uno mano real la tomó por el hombro.

De alguna manera, la niña supo que la anciana frente a ella era la que generalmente estaba afuera, cómoda y modorra frente al recibidor.

—Ya lo tienes, niña.

La chica se levantaba del suelo, en donde había estado con cojín de respaldar. Algo avergonzada, se estaba limpiando las lágrimas de los ojos aunque su boca insistía en querer iniciar de nuevo una carcajada.

—No, no. Todos los han leído alguna vez…

—No, ya lo has encontrado —la mujer había tomado la libreta que antes le habían dado, que debería estar en blanco, pero se presentaba frente a ella con muchas palabras, escritas elegantemente. La mujer sonrió verdaderamente emocionada—. ¡Aquí está! Ahora ve, lee la historia que estás haciendo, mejórala y tráemela para hacer el libro jamás leído por alguien.

La niña la miró, sin entender. Le costaba a ella darse a la idea de que alguien pudiera hacer un libro, alguien como a una niña que simplemente le gustaba leer.

Y, mientras iba caminando por la calle, con la luz anaranjada del final del día iluminando su cabellera corta, sin importarle la gente que la saludaba, el camino o el hambre; la niña se dio cuenta de que en su mente se seguía escribiendo la historia y que, al abrir la libreta, esta estaría aún más llena que antes.

Al llegar a su casa, tuvo que excusarse con su madre y salir al patio. Ahí, entre árboles apenas nacidos y con algunas hojas, resguardada por una manta cuadriculada y medio acostada boca abajo, la niña siguió leyendo haciendo su libro, el libro que jamás alguien había leído.

OoOoO

Pues eso, espero que les haya gustado!

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