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Línea 3
Author:
Xidori PM
Siempre he creído que el Metro es algo aparte, un mundo dentro de otro. Aquí, la abuela más amable y maravillosa se convierte en una fiera dispuesta a usar uñas, dientes postizos y bastón con tal de coger sitio o de salir primero porque tiene prisa..."
Rated: Fiction K+ - Spanish - Words: 1,685 - Reviews: 2 - Published: 02-19-11 - Status: Complete - id: 2892644
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Salgo corriendo de casa, mirando el reloj Viceroy, superviviente de mi comunión, y el único regalo que todavía uso y conservo en relativo buen estado, si se descontaran los arañazos producidos a lo largo de estos nueve años. Son las tres menos veinte, y llego tarde.

Recorro la tapia del colegio, ya sin correr pero a paso ligero. Los críos han salido del comedor y están a la espera de que suene la campana para volver a entrar, y son una pesadilla. Todas las mañanas, a las once en punto, salen cual ñus en estampida gritando como borregos. No les culpo por eso, pero maldita sea el ruido que hacen. Hasta hace un año, cuando instalamos ventanas dobles, era como si el patio del colegio se metiera dentro de casa. Pero creo que era peor en verano, con los programas para críos. Imaginaos en vuestra cama, a las nueve y media. Es vacaciones y lo último que queréis es levantaros de vuestro mullido colchón, disfrutar de la sensación que produce estar alelado…cuando de repente suena un silbato, seguido de la voz chillona de una joven monitoria, seguramente pariente de los murciélagos, porque su frecuencia sonora no puede ser humana.

Mientras esquivo a los subnormales que creen que porque las calles estén desiertas pueden ir a la velocidad que les dé la gana, hago lista de lo que llevo en la cartera, para que no se me haya olvidado nada. Me da exactamente igual haberla hecho como cinco veces durante la última media hora; además, de seguro volveré a hacerlo mínimo diez veces más.

Entro en la estación de metro, y es aquí donde se efectúa mi metamorfosis. Siempre he creído que el Metro es algo aparte, un mundo dentro de otro. Aquí, la abuela más amable y maravillosa se convierte en una fiera dispuesta a usar uñas, dientes (postizos) y bastón con tal de coger sitio o de salir primero porque tiene prisa. Otros simplemente pasan de todo y de todos. Nos pasa a todos, y yo obviamente no soy una excepción. Es aquí cuando la chica que masculla maldiciones sobre llegar tarde, o sea, yo, se convierte en la tía más pasota del mundo, a la que le importa una mierda no llegar a coger el tren y tener que esperar cuatro minutos al siguiente, que pica casi con parsimonia y camina a su ritmo, mientras los demás pasajeros la esquivan. Se sienta en el banco de la estación con un suspiro, saca el mp3 y busca algo que suene bien, que sea lo suficientemente ruidoso como para escucharlo sin problemas sin tener que subir el volumen al máximo. Detesta las prisas de todos los que van en metro porque la ponen nerviosa.

Se sube al primer vagón porque es el que suele estar más vacío, y a pesar de tener sitios de sobra para sentarse decide permanecer de pie, en un rincón, apoyada contra la pared. Mira distraídamente el plano del metro de Madrid y calcula que le quedan catorce paradas, y luego añadir las tropecientas del autobús hasta dejarla en la facultad. Y luego, a la salida, tendrá que chuparse otra línea entera para llegar a la residencia de ancianos donde trabaja su madre y volver a casa con ella, calentita, en el coche, y escuchando Kiss FM.

Primera parada, Orcasur, seguida del 12 de Octubre y Almendrales. Se ha olvidado coger un libro para leer. Pero no importa, porque está en la línea tres y aquí por lo menos hay tele. Mira hacia la pantalla y lee los subtítulos de la reseña de la última muerte por violencia de género y la última tontería de la Ministra de Igualdad, entre los últimos informes que confirman lo que todos saben, que el país va de culo. Entretanto, un mendigo, que se ha subido en la misma parada que ella, se está revolviendo el pelo. Saca un arrugado vaso de café del McDonald`s, contrae las facciones y, con cara de dolor insufrible, le pone el vaso a diez centímetros de la cara, sin decir nada. Ella aparta la mirada de la pantalla y niega con la cabeza, deseando soltar alguna lindeza sobre el morro que tiene. Además, no es la primera vez que le ve pidiendo en la línea tres, contando la misma historia una y otra vez, como el discurso de un político en período electoral. Pero esta vez se le ha olvidado decir que salió de la cárcel hace una semana.

A lo que el mendigo desaparece de su vista el tren se para en Legazpi, y la chica suspira porque sabe que aquí es donde empieza a entrar la marabunta, que se irá expandiendo hasta llegar a Sol, donde ya no se podrá ni dar un paso. Oye de fondo al mendigo soltando su perorata al fondo del vagón. A un par de metros se ha sentado una mujer de mediana edad, maquillada a más no poder, con un vestido elegante, llevando de la mano a un niño y una niña vestidos de uniforme. Ella se queda mirando el de la cría, que le recuerda al que una vez vio llevar a su madre, una faldita con tirantes que lucía orgullosa en una foto hecha a finales de los sesenta o principios de los setenta. Más allá hay un grupo de chavales de la E.S.O. que acaban de salir del instituto, seguido de un trío de canis que se creen que todos los presentes aman tanto como ellos a Camarón puesto a toda pastilla. Luego hay una mujer enchufada a su portátil, junto a muchos hombres con traje y corbata.

La chica apoya el peso en un pie y luego en el otro. Debería haberse sentado cuando tuvo ocasión, ahora ya no conseguiría nada hasta llegar a Moncloa, y entonces tendría que bajarse por ser final de línea.

En Sol se sube tanta gente que la chica queda aún más recogida en su rincón, clavándose la barra amarilla que hace de asidero, sin poder casi respirar. Ahora la fauna del vagón es algo más variopinta, con gente que vuelve de hacer compra por el centro, con bolsas de todos los tamaños y colores, principalmente con logos de marcas de ropa. Se sigue subiendo gente en Callao y Plaza de España, y la chica tiene la sensación, seguramente compartida por otros, de que son como sardinas en lata, como diría su abuela.

En Moncloa se bajan todos unidos como si fueran un bloque de gelatina para acto seguido disgregarse. La chica sale y sube las escaleras mecánicas, aspirando el aire de la calle que, si bien no es muy bueno, es infinitamente mejor que el del subsuelo. Tiene que esperar cinco minutos en la parada del G hasta que éste aparece por fin y vacío, aunque hay tanta gente haciendo cola que se llena enseguida.

Y aquí, una vez más, metamorfosis. Ahora hay una tía con una mala uva impresionante que buscará sitio por malo que sea, que dará empujones y codazos por ser de las primeras en picar y por sentarse a sus anchas. Mira el reloj; son las tres y diez de la tarde; llegará pronto esta vez. Hoy es jueves, y los jueves a primera hora tiene Filosofía clásica, y todo el mundo sabe que el alelao de Filosofía viene al menos un cuarto de hora tarde. Mañana tiene que madrugar y volver para terminar el trabajo en grupo numero ochenta elevado a cien que les han mandado, lo que significa pedir pasta para comer un bocata aderezado con coca-cola en la facultad. Va a necesitar un bidón de café para estar despierta, se dice mientras el autobús rebasa la facultad de medicina, tan lleno como el vagón del metro.

Pero conforme se van realizando paradas se va quedando vacío, hasta que ya sólo quedan tres personas, la chica incluida, para bajarse en la última parada, que las deja en la puerta de la facultad. Cuando se abren las puertas dobles con un resoplido la petarda del autobús desaparece y vuelvo a ser yo, que me atuso la cartera y descubro que el pin grande que la adorna, el de Stwie Griffin, ha desaparecido, y yo me cago en todo lo cagable porque entre otras cosas era mi favorito y porque me costó casi cinco euros. Quizá parezca poco, pero para alguien cuya paga mensual son veinte pavos y una palmadita en el hombro seguido de un "ahorra" es casi una fortuna.

Cruzo la puerta entre el humo del tabaco mezclado con el de porro y me siento en uno de los bancos de piedra, junto a la pared, esperando a que el bedel abra la puerta de la clase. En cuanto se abre corro a dejar la cartera en mi sitio habitual y, contenta por librarme del peso, voy a la máquina a por un café con leche. Ir a la cafetería a estas horas es como si un sadomasoquista se metiera de lleno en una sala de torturas del siglo XV. Y si bien el café de la máquina es aguachirri, es preferible a pasarte media hora esperando que te atiendan.

El alelao de Filosofía clásica pasa por mi lado, al parecer sin percatarse de que media clase todavía está deambulando por el pasillo, y entra. Yo me bebo el café de un trago, tiro el vaso en la papelera y entro a la carrera. Prefiero tener muertas la mitad de mis papilas gustativas a que el muy carbón pase lista y que no me encuentre. Alguien debería hacer un montaje con su cara y la banda sonora de "El padrino".

El tío pasa tres papeles con la lista completa, y nosotros hemos de buscar nuestro nombre y firmar al lado, añadiendo nuestro D.N-I. Yo tengo el boli en la boca y sacando los apuntes cuando me los pasan y, mientras me busco y trato de recordar mi D.N.I. el alelao empieza la clase. Yo firmo a toda prisa, murmuro un "joder" y le paso las hojas al de al lado. Empiezo a escribir como una posesa.

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