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La mansión de los susurros
Author:
Cisley Rose PM
Especial de Halloween. Resumen dentro del primer cap.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Horror/Mystery - Chapters: 5 - Words: 39,966 - Reviews: 6 - Favs: 4 - Updated: 08-02-12 - Published: 10-30-11 - Status: Complete - id: 2965758
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Resumen

La noche de brujas, mejor conocida como Halloween. Una noche que hoy en día es motivo de celebración. Calabazas con rostros escalofriantes, murciélagos decorando las casas, arañas trepando por sus telarañas y los tradicionales niños disfrazados, corriendo por las calles con sus bolsas llenas de dulces. Una noche donde se acostumbra que el terror invada el corazón al punto de ocasionar pánico en inocentes e ingenuas mentes. El terror suele tomar forma de jóvenes disfrazados de demonios, fantasmas o monstruos de ficción; pero la manera más acostumbrada y que ha prevalecido a lo largo de los siglos son las típicas historias de terror. Las historias de terror suelen modificarse o adornarse para agregar mayor suspenso o drama frente a las indefensas y curiosas criaturas que se juntan para escucharla.

Pero no siempre fue así. La noche de brujas antiguamente era un ritual donde corría la sangre para ahuyentar a los espíritus malignos y demás acompañantes. Y las historias de terror no eran relatos para divertir al oyente.

La noche de brujas se ha convertido en un día festivo, pero nunca se debe olvidar que no siempre fue así.

La historias de terror antes no eran historias; ellas eran el presente ¿Qué sentirías al vivir el terror en tu propia piel?

Cap. 1

Halloween

La luna empezaba a coronar el cielo oscuro sin estrellas. En el gran pueblo de "Río Grande" la gente estaba preparándose para la celebración del Halloween. Niños buscando sus disfraces, otros planeando sus travesuras; madres comprando golosinas para repartir a sus próximos visitantes; policías atentos a los futuros delincuentes y a los conocidos aprovechadores que no perdían la oportunidad para desgraciarle la vida a cualquier persona. Se podía sentir la intensa emoción por el inicio de aquella festividad.

Una joven de veintitrés años caminaba por las calles mirando alternativamente un papel entre sus manos. Vestía un sweater cuello tortuga de color rojo, un jeans negro y unos zapatos converse del mismo color. Se detuvo varias veces mirando a su alrededor, intentando ubicarse. Su ceño fruncido era un gesto permanente en su rostro de piel blanca, ojos negros y labios carnosos de un color rosa pálido producto de un lápiz labial. Un mechón de su cabello corto negro bailó frente a sus ojos. La joven no reparó en ello. Meneó la cabeza y siguió con su camino.

Nubes negras poco a poco se apoderaban del cielo hasta cubrir la luna. Un relámpago advirtió a todos los que en la calle festejaban, a los que en el bosque hacían más que contar fantásticas historias de que debían resguardarse; pero fue solo el primer trueno el que hizo temblar a la joven y buscar refugio en el primer local que encontrase. Un segundo trueno. La joven miró con pesar la calle sin casas en la que se había metido y todo por estar buscando la mansión de los susurros. La famosa mansión, protagonista de todas las historias desde que tenía memoria. Toda su infancia pasó escuchando innumerables historias tras esa mansión, curiosamente solo se relataban en Halloween, pareciera que las personas fueran envueltas por un embrujo y de sus bocas sólo salieran relatos relacionados con la mansión de los susurros. Un tercer trueno hizo que la joven dejara de mirar el papel, que era un mapa donde mostraba la ubicación de la mansión. Todo el día pasó buscándola y ahora cuando se sentía más cerca de su objetivo, venían los truenos a echar a perder el valor que logró reunir para adentrarse en ese lugar después de tantos años de inseguridad sobre si entrar realmente en ella. Los relatos se agolpaban en su mente y hasta pareciera que había alguien hablándole al oído contándole con todo detalle las historias que de esa mansión habían surgido.

Fantasmas, demonios, brujas, duendes y hasta vampiros y hombres lobos eran los supuestos habitantes de aquella mansión. En cada historia variaba el protagonista que asesinaba a todo aquel que se atreviera a entrar por las puertas de ese lugar. Todas y cada una de estas historias fue cobrando mayor fuerza y vivacidad, debido a las desapariciones que ocurrieron en su interior. Siempre que ingresaba un grupo numeroso desaparecía aunque sea una persona y nunca lograban hallarla, pero las historias aumentaron con creces cuando un grupo de cinco jóvenes entró en noche de brujas y hasta el día de hoy seguían desaparecidos. La policía, los bomberos, los familiares, todos hicieron una exhaustiva búsqueda pero no pudieron encontrarlos, y claro está, en ese operativo hubo otras bajas en el pueblo.

Muchos se preguntaran ¿Por qué no prohibir el acceso? Pues, muy sencillo. No importaba cuántas veces el alcalde mandara a cercar el lugar o pusiera a vigilantes para que nadie ingresara, porque los vigilantes desaparecían al igual que la cerca. Todo era inútil, ese lugar estaba, como muchos decían, maldito. Otra pregunta que puede surgir es ¿Por qué entrar?, ¿Por qué arriesgarse a desaparecer o morir en tal caso? Por simple morbosa curiosidad.

Antes de las historias de desaparecidos, antes de los fantasmas y demás seres culpables de la presunta muerte de todas esas personas con desconocidos destinos, la mansión de los susurros era un lugar lúgubre donde vivían la familia Concepción. Unas personas frías, amargadas y crueles. Eran siete los integrantes. El abuelo Simón Concepción, la abuela Meredith Concepción, el hijo de éstos: Rafael Concepción, su esposa: Judith Concepción y su hija: Laura Concepción. Todos poseían el mismo carácter que hacía imposible no tener otro sentimiento hacia ellos que no fuera odio, y para mejorar su imagen y alimentar los prejuicios de las gentes, esta familia era practicante de la magia negra. Fieles creyentes a sus dioses y a la frívola práctica del sacrificio animal o eso era en un principio. En todas las noches de brujas realizaban un sacrificio para ahuyentar a los espíritus malignos y a las brujas, porque creían que en esa noche los muertos volvían a la vida y sólo la sangre lograba ahuyentarlos de las maldiciones que éstos pudieran hacerles. Esta costumbre que tenía la familia Concepción era muy mal vista por las gentes, pero no podían enjuiciarles por ello. La razón de que todo se oscureciera y se volviera, en cierto sentido, perverso, fue cuando empezaron a desaparecer niños y jóvenes adolescentes en las cercanías de la mansión. Después de meses de vigilancia se encontraron cadáveres, sangre e instrumentos de tortura en un saqueo que organizó la policía en dicha mansión. Cuando se averiguó la verdad y descubrieron que la familia Concepción secuestraba a las personas para matarlas y ofrecer su sangre a sus dioses, fueron llevados a la cárcel, todos y cada uno de los integrantes porque se descubrió que la mente de toda la familia estaba trastornada y ninguna ayuda psicológica o psiquiatra los sacarían de allí. Se llegó a la decisión unánime de fusilarlos y fue en ese momento cuando el abuelo Simón Concepción maldijo a todo aquel que se atreviera a ingresar en su mansión. Desde ese momento todo el que entró en la mansión, desaparecía misteriosamente.

La primera desaparición ocurrió en el grupo de investigación policial, que buscaban los demás cuerpos, con la cantidad de niños perdidos podía hacerse un cementerio, pero nunca se llegaba más allá de la tercera estancia, que vendría siendo la cocina con entrada al huerto y éste a su vez poseía la entrada a un gran terreno, el patio trasero de la mansión, que era donde se creía que estaban los cuerpos. Nadie llegaba más allá debido a los extraños sucesos que ocurrían y le otorgaron a la mansión el calificativo de maldita y también su famoso nombre por el que sería recordada por el pasar de los años: la mansión de los susurros.

Las personas que pudieron salir con vida relatan que al ingresar, después de cinco minutos se escuchan los susurros de las personas que allí murieron. Al adentrarse más los objetos cambian de lugar, se escuchan sonidos de bestias, se empiezan a ver sombras. Cuando se llega a la segunda estancia, que es el área de fumar, donde hay muebles costosos, un piano elegante, cuadros invaluables y la típica chimenea antigua; en ese lugar aparecen las criaturas, los espectros. De allí que todos digan y alucinen con que esa mansión está infestada por el mal y contenga a sus sirvientes como huéspedes. Las personas que lograron llegar a la tercera estancia y sobrevivieron, nunca pudieron pronunciar palabra, su mente quedaba en el limbo, algunos se volvían locos y otros terminaban en estado de coma. Cuentan los acompañantes de éstas que antes que entraran en la cocina, se escuchaba el grito desgarrador de esa persona antes de un silencio sepulcral que alteraba los latidos del corazón y ponía los nervios a flor de piel.

Las primeras desapariciones originaron escepticismo en las gentes, las segundas, recelo, las terceras, temor. Ya al llegar a las cuartas, se prohibió el acceso, y era esta negación la que alentaba a una pequeña parte del ser a desafiar las reglas impuestas. ¿Por qué obedecer? Yo encontraré el cementerio de niños y seré reconocido en el pueblo. Los fantasmas no existen y una mansión de susurros inútiles no me va a intimidar ¿Qué me pueden hacer? ¿Hablarme hasta morir?

Estos y otros pensamientos rondaban a los jóvenes que se creían invencibles y temerarios, y se atrevieron a entrar para nunca más volver. Pero todas las desapariciones pararon cuando el grupo de cinco jóvenes nunca regresó.

Normalmente al hablar de desapariciones, si era un grupo grande como de cinco o diez personas, se desaparecían tres o dos, nunca más de ese número; y eso fue lo que ocasionó pánico y horror en el pueblo de "Río Grande". Ya no hubo jóvenes temerarios, ya no hubo algún pensamiento con alientos de fama. Todo se extinguió con la vida de esos jóvenes, se decía que la mansión de los susurros estaba cobrando vida, mayor fuerza al apropiarse de las almas que se atrevían a invadirla.

¿Qué era lo que pretendía la joven que ahora corría por las calles para resguardarse de la lluvia que pronto se le vendría encima? La joven respondía al nombre de Yvis Palacios, un nombre estúpido a su parecer, le parecía que tenía nombre de pez y no sabía cómo su madre pensó en él y cómo su padre lo consintió. Yvis deseaba entrar en la mansión de los susurros para confirmar por sí misma que todas esas historias y rumores que rondaban por la mansión de los susurros fueran verdaderos. A ella de nada le valían los anteriores casos, bien podrían ser invenciones de la gente para que no entrara a un lugar tan antiguo que probablemente el techo te cayera encima. ¿Por qué quería comprobarlo? Porque Yvis era curiosa por naturaleza. Siempre había sido así desde pequeña, y bastante mal que había terminado en muchas ocasiones. Una vez estuvo a punto de morir en el río sólo para comprobar que era cierto que había una parte tan profunda que un barco pirata podía pasar desapercibido. De esa investigación, Yvis sacó dos conclusiones: la primera, odiaba a los peces, uno la mordió cuando estuvo sumergida; y la segunda, era imposible que un barco cupiera en dimensiones tan estrechas. Por eso Yvis no se confiaba de las miles de historias que había pasado escuchando en su infancia, sencillamente no creía en ellas.

¿Por qué esperar tanto tiempo si la curiosidad la venía carcomiendo desde hacía años? Porque Yvis poseía el gran defecto de ser una cobarde. Por todo se asustaba y por eso fue motivo de burla en la primaria y gran parte de la secundaria. Otro buen motivo para ir a la mansión de los susurros, dos pájaros de un tiro. Se armó de valor durante meses y era ahora o nunca donde se atrevería a entrar a ese lugar.

Eran las diez de la noche cuando Yvis por fin encontró un refugio en un bar. Entró de inmediato al escuchar otro trueno. Yvis no se rendiría, en cuanto pasara la lluvia, ella volvería a su trabajo, no se echaría para atrás ahora que por fin tomaba la iniciativa de entrar a la tan famosa mansión de los susurros. Miró alrededor antes de adentrarse al ambiente perfumado de tabaco, cerveza y desinfectante, típico de los bares de "Río Grande". El lugar eran amplio y estaba abarrotado de gente, en su mayoría hombres. Las carcajadas y conversaciones apagadas por la música de "fondo" que más bien parecía tener las intenciones de dejarte sin sentido de la audición, inundaban el lugar. "Río Grande" era un pueblo, y como todo pueblo, todos se conocían, por lo que Yvis reconoció a todos los de allí presentes y ellos a ella. Yvis se sentó en la barra. El cantinero no tardó en llegar. Un hombre afroamericano, medio calvo, con el cabello gris en su totalidad; de contextura obesa y traje descuidado; de ojos cafés oscuros, cejas pobladas, cara arrugada y un bigote voluminoso.

— ¿Qué te sirvo? —su tono fue hosco, bastante grosero considerando que era el que atendía el lugar. Su voz era grave y profunda, casi igual a los músicos del jazz.

—Fruitsponch[1] —cuando se retiró el cantinero amargado, así le apodó Yvis. Se dispuso a curiosear el lugar. No había reparado en las decoraciones de Halloween. Móviles de murciélagos por el techo, telarañas falsas en las esquinas, hasta en el centro de las paredes; afiches de brujas y esqueletos. Sobre las mesas estaban las calabazas como servilleteros.

—Aquí tiene —devolvió su vista al cantinero amargado, quien vino y se fue inmediatamente. Yvis observó su vaso, y se le escapó una sonrisa al ver que el porta vasos también estaba decorado para la festividad.

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En el exterior seguía empeorando el clima. Fuertes ventarrones azotaban el pueblo "Río Grande". A media calle desolada, la silueta de un joven fue tomando forma a medida que se acercaba al bar donde se encontraba Yvis. Un único objetivo lo atraía a ese lugar y sólo se iría cuando lo alcanzara.

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Adentro Yvis ya iba por su tercer Fruitsponch y estaba considerando seriamente si pedir Whisky sólo para silenciar un poco la horrenda música, eso ni siquiera se debería llamar música, parecían más unas urracas. Como si leyeran los pensamientos de la joven, la "música" se detuvo. Antes de poder preguntarse por ese milagroso cambio. Un hombre con sombrero de vaquero, bigote abundante al igual que sus cejas; ojos inyectados en sangre producto de la bebida; rostro colorado anguloso; y cuerpo delgado como de unos sesenta y tantos años, se apoderó del micrófono. Yvis, al ver sus movimientos tambaleantes y su pecho llenarse de aire, volvió la vista a su bebida. Esto era lo que ocurría siempre en todos los lugares del pueblo, ahora comenzaría a relatar una de las tantas historias sobre la mansión de los susurros. Siempre alguien, quien fuere, relataba una historia sobre ese lugar. Yvis miró el reloj que estaba entre las botellas del estante de licores. Eran las once de la noche, y por lo que se podía escuchar en el exterior, aún seguía el mal clima. Estaba preocupada, no podría ir a esa mansión si se le hacía muy tarde ¿Qué excusa le daría a sus padres?

Con los ánimos abatidos formuló la posibilidad de ir mañana, sólo esperaba que ese valor no se esfumara para entonces.

—En todos los pueblos se inventan historias para asustar a los niños, pero nosotros no. Nosotros tenemos nuestra propia historia que es nuestro presente: la mansión de los susurros —así comenzó a hablar el vaquero, que Yvis sabía que respondía al nombre de Stephen Gill. El dueño de la tienda de ropa usada, eso explicaba mucho su forma anticuada de vestir. Un buen hombre, algo torpe y frío pero sin duda era un buen hombre, a juicio de Yvis. Ahora se hallaba tan metido en su relato que pareciera haber vivido todo lo que decía. Los más jóvenes del lugar le escuchaban, entretenidos; los que le seguían le escuchaban a medias mientras conversaban, y los otros ya estaban al borde de caer inconscientes arriba de las mesas o en donde se desplomaran primero.

Yvis miró una vez más su vaso. No importaba lo que dijeran, ella iría hasta allá, comprobaría lo realmente verídico y se quitaría esa fama de chica cobarde. Era la forma más rápida y no tan segura de satisfacer su curiosidad y recuperar algo de autoestima. Entraría y saldría ilesa, nada más que eso.

—Si entras no sales —se sobresaltó al escuchar aquella voz tan cercana. Justo en el asiento de al lado de Yvis, estaba un chico con ropa desaliñada, cabello rubio oscuro desordenado, ojos azules sin emoción y rostro serio y calmado. A juicio de Yvis, ese chico no sobrepasaba los veinte años.

— ¿Perdón? —preguntó al no haber entendido sus palabras.

—Si entras a la mansión no sales, jamás —sus ojos azules la penetraron. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral ¿Por qué repentinamente sentía al deseo de alejarse de él? Era una tontería. No sabía quién era, nunca lo había visto, pero era ilógico que él le causara ese miedo. Dio un gran trago a su vaso, terminando con lo que quedaba de bebida. Ahora que meditaba las palabras del extraño ¿Cómo es que él sabía lo que ella pensaba? Lo examinó con la mirada. El chico no cambió de postura, se mantenía imperturbable, mirando a algún punto del vacío. En ese silencio que se mantuvo entre ellos, a los oídos de Yvis llegó parte del relato de Stephen.

—… pero la lámpara ya no estaba donde todos creían, al igual que Tom…

Yvis suspiró aliviada. El extraño chico seguro que quería asustarla con esas palabras debido al relato que estaban contando e iba por la parte del suspenso.

— ¿Quién eres? —preguntó Yvis, ahora más tranquila y con ánimos de conversar con el nuevo. El chico la miró de soslayo un minuto.

—Michael —contestó a secas. Yvis frunció levemente el ceño.

—Bueno Michael, yo soy Yvis, y creo que hasta que no mejore el clima estamos atrapados aquí —el chico asintió una sola vez.

—La historia que están contando ¿No te asusta? —cambió de tema tan repentino que Yvis tardó un momento en responder.

—No, la he estado escuchando desde pequeña. Pierden su encanto con los años —Michael esbozó una mueca.

—Te dan curiosidad. La curiosidad puede pagarse caro —Yvis no supo cómo responder. Una vez más su pecho experimentó ese miedo creciente. —Muchas historias se han relatado, pero ninguna relacionada al grupo de cinco jóvenes que desapareció hace veinte años.

—Nadie puede saberla, ninguno de ellos volvió —Yvis pudo encontrar su voz para hablar, pero la perdió de nuevo al ver la pequeña sonrisa forzada en el rostro de Michael.

—Existen diferentes maneras de volver. Yo puedo contarte la historia y te aseguro que cuando termine ya no querrás entrar a esa mansión —Yvis estaba tan impresionada con que ese joven conociera la historia que no reparó en la segunda frase, la que confirmaba que Michael sabía de sus planes de esa noche. Sólo fue capaz de asentir y controlar el reciente temblor de sus manos. Michael se cruzó de brazos, inhaló un poco de aire antes de empezar a relatar la historia de hace veinte años. La de los cinco jóvenes que desaparecieron y jamás volvieron.


[1] Bebida de frutas con licor


En el blog pueden encontrar más detalles de esta festividad.

http:*/*/*teylenagates*.*blogspot*.*com

Recuerden quitar los (*)

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