
La idea de quedarme toda una noche en un monasterio, no era mi favorita, pero era el único lugar cerca en donde podía hospedarme.
Rated: Fiction K - Spanish - Spiritual - Words: 1,713 - Reviews: 1 - Published: 12-15-11 - Status: Complete - id: 2979658
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Disclaimer: Esta es una historia original. Queda prohibida su adaptación y/o copia parcial o total.
El Monasterio
Rechinidos y crujidos de mis botas al caminar entre el barro era lo único que escuchaba en esa noche oscura y fría. Mire hacia arriba. Si, la noche era fría porque no había nubes. Podía, claramente, ver el cielo estrellado. El viento soplaba fuerte, haciendo que los arboles a mis costados se movieran de un lado a otro. Era aterrador, pero así eran las noches por estos desolados parajes.
Debían ser las diez.
El viento soplo más fuerte que antes, y todo mi cuerpo se encogió del frio. En un intento de arroparme más con el abrigo que llevaba puesto –que era imposible, a menos que rompiera la tela o la hiciera elástica- tropecé con las piedras que eran casi imposibles de distinguir por culpa de la oscuridad.
Cuanto deseaba estar en mi casa, con un chocolate caliente entre mis manos, una cobija alrededor de mi cuerpo y el fuego caliente de la chimenea calentando mis extremidades.
De repente, el miedo se introdujo en mis venas, y recorrió rápidamente todo mi cuerpo y tuve esa sensación que uno tiene cuando siente que está siendo perseguido o vigilado.
Gire mi cabeza para atrás, pero no veía nada. Voltee rápidamente, y, poniendo mucha más atención al camino que seguía, comencé a mover mis piernas más rápido. Estaba prácticamente trotando.
A lo lejos, vislumbre una luz, y supe que me estaba acercando al lugar, que hace un tiempo, había decidido hospedarme. Baje mi velocidad. Nada me podía pasar ahora. Estaba a aproximadamente, cien metros de llegar a la entrada del lugar, y sabía que era seguro. Esa sensación que había sentido anteriormente había sido un truco de mi mente. O un simple producto de mi imaginación.
Parado en frente de la puerta de color caoba, esperando a que abrieran lo más pronto posible, golpee tres veces, di un paso hacia atrás y me quite el sombrero de la cabeza.
Una monja con cabello negro azabache, facciones finas y delgadas y de baja estatura, se encontraba parada frente a mí. Preguntándome la razón por la cual había tocado la puerta del lugar a estas horas de la noche, le respondí diciendo que estaba haciendo un viaje hacia el norte, para ver a mi joven hermana que pronto daría a luz, y necesitaba de mi apoyo, dado a que su esposo había muerto en combate. Le pedí posada por esta noche. Lo único que quería era un lugar tibio en donde pudiera descansar y estuviera seguro.
La mujer dio un paso hacia atrás, dándome el permiso para pasar. Me puse de nuevo mi sombrero, y entre en el monasterio.
La mujer cerró la puerta detrás de mí, y me hizo una seña para que la siguiera. Cogió el camino de piedras que estaba a mi derecha. Estaba rodeado de arbustos de cerezas y fresas. El camino se encogía a medida que nos adentrábamos en el lugar. Vi la sombra de una edificación un poco grande. Con una torre en medio.
Entramos por la puerta principal, y vi a varias mujeres, mirando el piso, caminando, rezando. Había diferentes columnas a lo largo del salón. Las paredes estaban pintadas de un color beige, pero se notaba que necesitaba otra mano de pintura. Estaba muy desgastada.
La idea de quedarme toda una noche en un monasterio, no era mi favorita, pero era el único lugar cerca en donde podía hospedarme.
Al fondo del corredor, se podía ver una cruz con el señor en ella. Varias mujeres, pero no muchas, estaban arrodilladas en frente de esto. Con las manos en frente de su pecho, y las puntas de sus dedos tocando la barbilla. Estaban rezando.
La mujer que anteriormente me había abierto la puerta, me estaba llamando. Me dirigí hacia ella, y empezó a caminar de nuevo. Me dirigió hacia un pasillo lleno de puertas de madera. De pronto, entramos a través de una puerta doble, y se escuchaban susurros sincronizados. Reconocí inmediatamente el padre nuestro. La joven monja, se voltio para mirarme. Acerco su dedo índice a sus labios, haciendo una señal de silencio. Asentí. Luego empezó a caminar por unos pequeños corredores a los extremos de la gran habitación. Cuando por fin vi en qué lugar estábamos, supe que estábamos dentro de la iglesia.
Caminamos haciendo el menor ruido posible. Y de pronto, nos encontrábamos en un corredor de paredes color blanco. Este lugar era más grande de lo que creí. Luego, llegamos a mi habitación temporal.
Era de paredes color blanco hueso. Una pequeña e individual cama en medio de la habitación. Una mesita de noche al lado izquierdo de esta. Un armario al frente de la cama, en la otra pared, y una pequeña puerta al lado de este. Supuse que era el baño. Al lado derecho de la cama, estaba una pequeña ventana, que dejaba ver un hermoso jardín.
La joven monja se retiro de mi habitación para dejarme dormir. Me recosté en la cama y cerré los ojos.
El sol entraba por la pequeña ventana de la habitación, dándome la oportunidad de ver las partículas que se encontraban a mí alrededor.
Cuando estuve listo para salir a desayunar, quede totalmente perdido. No sabía porque dirección debía ir. De pronto, un hombre de unos 40 años, cabello color café oscuro y corto, ojos color miel y de mi estatura, salió por la puerta que estaba prácticamente, al frente de la mía.
Nos saludamos con un apretón de manos. Su nombre era Fausto. Me enseño el camino hacia el comedor. Empecé a caminar hacia la dirección indicada, pero cuando me di cuenta de que Fausto no me seguía, al preguntarle, me respondió sencillamente "Nunca desayuno. Me gusta rezar en ayunas." Asentí y continúe mi camino.
Desayune un vaso de agua y un pedazo de pan. No me quejaba. La mayoría de las personas aquí no comían, ya que hacen muchos ayunos porque prefieren rezar a comer.
Más o menos a las doce del medio día, mientras daba unas vueltas alrededor de los jardines, una monja vino a hacerme una invitación. La acepte gustoso.
Me dirigió por unos caminos hechos en piedra, rodeados de pinos. A medida que avanzábamos, el camino se iba haciendo más angosto, para luego crear una redonda y en medio de esta, se encontraba una especie de caseta, pintada de colores beige y blanco.
Al entrar por la puerta, me di cuenta de que era un lugar maravilloso, no por su belleza, sino por su espiritualidad, además de que reinaba una paz profunda y armoniosa.
Las monjas me habían invitado a meditar.
Imite a las monjas y me senté en el piso, con las piernas cruzadas. Me explicaron brevemente como meditar.
Primero, cerré los ojos y me concentre en respirar. Nunca en mi vida lo había hecho. La respiración era una cosa involuntaria en nuestro cuerpo, pero sin ella, era imposible seguir con vida.
Imagine que el oxigeno que entraba por mis fosas nasales era puro y limpio y que el que expiraba era negro, sucio e impuro.
Más tarde, trate de poner la mente en blanco, pero era demasiado complicado. Siempre me venían a la mente recuerdos, deseos, sueños. Cosas que no me dejaban poner mi mente en blanco. Hasta que tuve la idea de imaginarme a mí mismo, en el limbo. Un lugar en el que el único color que era posible distinguir, era el blanco. No me veía a mí mismo, solo paredes blancas. Si es que eran paredes.
No sé cuánto tiempo había pasado desde que empecé a meditar, pero para mí eran minutos.
Una campañilla sonó, la sesión de meditación había terminado.
Cuando abrí los ojos, me sentí muy diferente. Cada vez que inspiraba oxigeno, lo sentía tan puro y limpio, que sentía que ese aire recorría todo mi cuerpo, limpiándolo cada vez más.
Reaccione y me di cuenta en donde estaba, porque sentía mi cuerpo tan liviano y lleno de paz, que era como si estuviera dentro de un lago lleno de profundidad pacifica rodeado de murmullos melodiosos.
Salí del lugar y me dirigí hacia mi habitación. Empecé a empacar mis cosas, era hora de partir. En mi camino de salida me encontré con Fausto. Prometimos volvernos a ver cada vez que pudiéramos. Cuando estaba cruzando el pasillo, las monjas se despedían de mí.
En los jardines, la monja que me había recibido, caminaba detrás de mí, siguiéndome. Cuando llegue a la puerta, las monjas con las cuales había estado meditando, me dieron un cesto con comida. Me dieron las gracias por acompañarlas en la cabaña y se despidieron de mí, deseándome las mejores suertes hacia el viaje al norte. Le mandaron saludos a mi pequeña hermana y una bendición al nacimiento de mi sobrino o sobrina.
Cuando salí por esa puerta, me di cuenta de que siempre estuve equivocado respecto a mi visión de los monasterios. Yo siempre pensé que eran lúgubres y llenos de oscuridad. Pero no lo eran. Eran lugares llenos de paz y tranquilidad. Era un lugar lleno de profundidad, espiritualidad, y esa entrega a Dios que todas esas mujeres tenían, me di cuenta de que todos en este mundo también la tenemos, en nuestros corazones, pero muchos de nosotros no nos atrevemos a admitirlo o siquiera a pensarlo. Porque somos únicos. Cada uno siente el amor hacia Dios, con cierta certeza y cierta profundidad. Quizás unos más que otros, y otros menos, pero no se siente por otra persona, sino por sí mismo.
También entendí que esa energía después de meditar, sale de tu cuerpo y se une al universo, junto con Dios, y esa luz que emana esa energía nos une a todos nosotros. Y eso que nos une a todos nosotros, prueba que somos Dioses en Acción. ¿Por qué? Simple. Cada uno tenemos a Dios en nuestro corazón, así que somos la idea y semejanza de él.
Con el norte, como lugar de llegada, emprendí mi viaje a ver a mi hermana y próximamente a mi sobrino.
Gire mi cabeza, y alcance a visualizar parte de las murallas del monasterio, y me prometí a mí mismo, traer a mi hermana y sobrino apenas pudiera. La tranquilidad y paz de este lugar les ayudaría mucho.
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