
Segunda Parte de Si Tú Supieras. Han pasado los años y todos los caminos se han distanciado, sin embargo cuando el destino decide reunir nuevamente a dos personas, no habrá nada que lo impida.
Rated: Fiction K - Spanish - Romance - Chapters: 48 - Words: 99,301 - Reviews: 148 - Favs: 5 - Follows: 6 - Updated: 06-17-12 - Published: 02-17-12 - id: 2998112
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Esta historia, así como sus personajes, escenarios y hechos son completamente de mi autoría y prohíbo su reproducción, total o parcial, en cualquier otro sitio que no sea éste.
Si Yo Supiera
-42-
—Entonces… ¿habrá pollo para la cena?— inquirí, tras notar lo que ella llevaba en una de las bolsas.
Fernanda levantó la vista, sorprendida de que alguien le hubiera hablado, media asustada por mi cercanía, y en sus ojos hasta noté que había estado preparada para golpearme si de un ladrón se hubiera tratado, lo que me extrañó, recordando que ella nunca actuaba así, tan… ¿decidida?, ¿agresiva?, ¿brusca?
—No quise asustarte— me apresuré en decir.
Fernanda se quitó los audífonos con los que estaba escuchando música, y se giró a verme por completo, ya calmándose un tanto del susto que le había dado.
—Bruno tonto— se quejó—. Ya pensaba que eras de nuevo ese tipo.
Enarqué una ceja, no comprendiendo mucho sus palabras. La muchacha sujetó con más fuerza sus compras, y acercó su cartera hasta donde la pudiera tener más segura y vigilada.
—¿De qué tipo estás hablando?
La joven suspiró algo cansada, seguro que aburrida de recordar esa historia.
—Un hombre que me viene siguiendo desde hace unas cuadras— contestó tan calmada que hasta me sorprendía.
¡¿Un hombre la seguía y ella no se marchaba ya a su casa, o al menos llamaba a la policía? ¡¿Qué cosa tenía en la cabeza?
—Dijiste, "de nuevo ese tipo"— le recordé—. ¿No es la primera vez?
—Ah, no— contó, encogiéndose de hombros—. Sólo me ha estado siguiendo hoy, creo que quiere robarme. Y ya se ha acercado varias oportunidades, pero como me he dado cuenta, se aleja. Por eso.
Y yo sentía ganas de tomarla de los hombros y zarandearla hasta que entrara en razón y reaccionara como debía por la situación que estaba viviendo. ¡¿Cómo me decía esas cosas tan calmadamente? ¡La querían asaltar!
—¿Y por qué estás tan tranquila por eso?— la reté.
Fernanda se encogió un poco al notar mi tono de voz, sintiéndose como una niña pequeña a la cual su madre comenzaba a castigar y llamar la atención por una tontera que hubiera hecho, pero es que más o menos eso había hecho.
—¿Qué más puedo hacer?— me preguntó—. Aún tengo que terminar de hacer las compras.
Bufé algo molesto por su respuesta. Sus prioridades me sorprendían.
—Entonces te acompañaré hasta que termines— dije decidido, agradecido de que realmente no tuviera nada más importante que hacer esa tarde—. Así al menos no contribuiré en esto que estás haciendo.
Fernanda sonrió algo divertida por mi comportamiento, pero sabía que por dentro, debía estar de igual forma agradeciéndolo.
—¿Todavía anda por aquí ese sujeto?— inquirí.
La joven alzó la vista un tanto y observó nuestro alrededor, inspeccionando con cuidado, sin querer ser demasiada notoria.
—Sí— contestó finalmente.
Apreté mis puños y me alarmé.
—¡Entonces dime quién es para ir a hablarle!
Así terminamos esto de una buena vez. ¿Cómo ese hombre andaba por ahí, esperando por su presa, como si fuéramos animales?
Fernanda llevó una mano hasta mi brazo, tratando de calmarme, y llamar mi atención. Observé su rostro decidido, y noté como me miraba algo enfadada por haber actuado así, tan precipitadamente.
—No te lo diré— contó resuelta—. ¿Para qué lo vayas a encarar? No seas tonto, Bruno— pidió.
Y dicho eso, comenzó a caminar, pasando su brazo por el mío, para que camináramos como en los viejos tiempos, donde el hombre siempre ofrecía su brazo para que la damisela no tropezara y cayera, sólo que en nuestro caso, era porque Fernanda quería guiar mis pasos.
—No te pongas así, ¿quieres? El hombre no parece peligroso, sólo debe estar desesperado por un poco más de dinero. Tampoco creo que me ataque con un arma blanca y me haga seguirlo hasta un callejón, sino ya lo hubiera hecho.
—Eres muy confianzuda, ¿lo sabías?— le hice ver—. Eso, o aún crees demasiado en las personas buenas.
Ella ladeó la cabeza, sonriendo por mis palabras.
—Además, seguro que si ahora me ve caminando con un chico como tú, me deja de seguir— agregó.
Y yo también sonreí.
—Me tomaré eso como un cumplido.
—Oh, deberías.
Y así, seguimos caminando a las diferentes tiendas donde a la joven aún le faltaba comprar, y me daba cuenta que después de habernos alejado durante esos meses, a Fernanda le había estado yendo bastante bien, en cuanto a dinero, su departamento, y el conocer a la ciudad. Se manejaba como si siempre hubiera estado viviendo allí, lo que me hizo sentir bien.
—Deja al menos que te lleve las compras— mencioné, y sin esperar que accediera, le quité las bolsas, y la ayudé con sus compras, prestando atención y cuidándolas, como ella quería, para que nadie nos robara nada.
—¿No estás viviendo muy lejos de aquí?— pregunté, cuando ella estaba eligiendo cuáles zapatillas llevar, puesto que las suyas ya estaban muy gastadas.
Fernanda levantó la vista de las que más le gustaban.
—A unas cuadras— respondió, feliz de seguir hablando—. Allí donde está ese edificio antiguo, pero que es muy bonito, el que tiene el techo rojo, y un ángel hermoso en la entrada.
Al momento la imagen de esa vieja casa que aún una anciana ocupaba llegó hasta mi mente, y sonreí al saber sobre lo que ella se refería.
—¡Ah! Lo conozco.
—Perfecto. Junto a ese hay un pequeño departamento, ahí me estoy quedando— explicó—. Es lo mejor que encontré y que puedo pagar con mi trabajo.
Recordé enseguida lo que siempre me había dicho Fernanda, de que no quería molestar demasiado a sus padres con sus gastos en la nueva ciudad, sino que quería valerse por si sola, ser independiente, crecer y ganar su propio dinero.
—¿Sigues trabajando en esa librería?
—Sí. Pero me subieron de cargo, a supervisora— contó—. Es que trabajo muy bien.
Y yo reí por sus palabras, como también por lo contento que me hacía saber que le había estado yendo tan bien en la vida. Eso explicaba porque cuando me la había encontrado en la calle hacía unos días, ella lucía tan radiante, caminando con ese chico.
Tomé las zapatillas que a ella más le habían gustado, unas converse en color rojo, y se las tendí.
—Éstas te quedarán muy bien— aconsejé—. Además de que amas el color.
Fernanda las tomó agradecida y comprobó que eran las de su talla.
—Gracias. Iré a probármelas.
La muchacha se alejó un tanto de mí para ir a asentarse en los típicos asientos que las zapaterías tenían, y comenzó a probárselas, al mismo tiempo en que llegaba un trabajador del local, para preguntarle en qué más podía ayudarla, y más cosas que sólo ellos sabían cuando era bueno decir. Yo, por mi parte, me alejé a las vitrinas donde habían más zapatillas de todo tipo, y las contemplé, pensando si también pronto tendría que comprarme algunas, y cambiar las viejas, pero hermosas, que andaba trayendo. El tiempo pasaba, las vacaciones de invierno estaban a la vuelta de la esquina, y necesitaba algo a lo que no les entrara agua y me protegieran del frío.
Me quedé mirando unas zapatillas deportivas con un buen diseño, cuando sentí que alguien se dejaba allegar a mi lado. Me giré a ver apenas a la persona que ya se encontraba junto a mí y sonreí.
—Son lindas. ¿Por qué no las compras?
—Ahora no.
Y es que no era cosa de andar con el dinero allí o no, sino que yo era bastante complicado y mañoso para las compras, nunca me podía decidir por las cosas que yo mismo usaría, por lo que quería estar bien seguro antes de comprarme algo.
—¿Cómo te quedaron a ti las zapatillas?— inquirí.
—Hermosas— contestó Fernanda, dejando en evidencia la emoción que le hacía usarlas—. Son fantásticas. De suerte la semana pasada ya me había comprado unas botas, así que creo que estoy lista para estos días de invierno que vienen— comentó—. Si después necesito algo, esperaré el siguiente mes, porque ya he gastado mucho hoy.
Me giré por completo a verla, olvidándome de las hermosas zapatillas que me habían quitado el habla por un segundo, y la miré divertido.
—Vaya, vaya, vaya, parece que aquí alguien ya ha crecido y se ha convertido en una adulta. Y déjame decirte que no soy yo.
Fernanda me pegó un leve empujón, bajando un tanto la cabeza, para que no notara sus mejillas vagamente sonrojadas.
—¡No me digas adulta!— pidió, casi haciendo un puchero—. Sólo soy… una joven, que…
—Una adulta— terminé de decir por ella, comenzando a reír por poder molestarla—. O bueno, una adulta joven— me corregí al ver como ella se quejaba.
Fernanda se alejó de mí nuevamente, para ir a pagar lo que le estaban empaquetando, y así poder seguir con nuestras compras, cuando mi teléfono comenzó a sonar. Contesté algo extrañado, al no reconocer el número.
—¿Hablo con Bruno Díaz?— preguntó una voz que no conocía.
—Sí, con él.
De pronto mi corazón latió nervioso, con algo de temor, sabiendo que algo no andaba bien.
—Mire, lo llamamos del hospital…
Y para cuando terminó él de hablar, yo apenas podía reaccionar.
Encontré un poquito de tiempo en esto de ir corriendo de un lado al otro bajo la lluvia por olvidar los papeles importantes de la Universidad D: [Me voy a enfermar, lo sé u.u] para subir capítulo xD Supongo que a la tarde otro :D
Pip, J-NM23 mis gracias infinitas :D
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