
Diego Luján era un joven que parecía cada vez más alcanzar la cima, hasta que un día la muerte decidió sorprenderlo. Su asesino se había suicidado, pero… ¿sería ese el final de su historia? ¿Habrá algo más detrás de su trágica muerte?¿Otra mente criminal?
Rated: Fiction T - Spanish - Mystery/Crime - Chapters: 4 - Words: 5,515 - Reviews: 4 - Follows: 1 - Updated: 05-19-12 - Published: 04-09-12 - id: 3012239
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El detective Cano sigue con su interrogatorio, esta vez le toca a Larissa. ¿Que tendrá ella para decir? Descúbrelo.
Enjoy!
El crimen hace iguales a todos los contaminados por él. - Lucano, Marco Anneo
Capítulo IV: Usurpada
Cano se dirigió al escritorio de la señorita Gil como su próximo objetivo a ser interrogada, ella había sido víctima de la criminal y tenía mucho que aportar al caso.
— Señorita, disculpe ¿Quiere tomar un café? Así charlamos un poco ahora usted y yo sobre el…asunto del joven Luján — propuso Sebastián, inclinándose un poco al escritorio que los separaba.
— ¡Oh, detective! Me ha asustado — exclamó Larissa con la mano derecha en el pecho — Lo siento, pero después de lo que le pasó a mi compañero y a mi, he quedado un poco nerviosa.
— Discúlpeme señorita, no fue mi intención asustarla — dijo Cano — Necesito que me acompañe, le prometo que no le tomará mucho tiempo.
— ¿Tiene que ser ahora? Estoy muy ocupada detective — replicó la señorita de ojos esmeralda.
— Desde luego que sí señorita Gil, se que es un poco molesto esto pero es parte del protocolo de la investigación, además, usted en cierta forma esta muy implicada por haber sido víctima de la criminal — repuso el detective.
— Si lo comprendo, bueno deme usted cinco minutos y lo alcanzo — aceptó la señorita Larissa.
— Está bien, la esperare en el cafetín — terminó Cano y se retiró.
El detective suspiró al tomarse un trago de su taza de café bien cargada, nada le gustaba más que una taza de café bien hecha.
— ¡Muchas gracias señorita! Me sentaré por aquí a terminar mi café — dijo agradecido.
— Siempre a la orden, que lo disfrute — respondió la empleada del cafetín.
Cano se situó en una de las tantas mesitas del lugar a esperar a la secretaria del señor Richard, y fué cuando vio su silueta acercarse por la entrada del lugar. La señorita Gil era una mujer exquisita a los ojos de todos; escondía detrás de los exagerados lentes que usaba todas las mañanas unos ojos verdes y grandes, de largas pestañas; tenía unas facciones armoniosas y femeninas, acentuadas por una nariz recta y una boca grande de labios carnosos. Ese aspecto juvenil contrastaba llamativamente con su cabello rubio y mediamente largo. Sus manos pequeñas y delicadas se movían gesticulando cada acento pronunciado, indicando finos y medidos modales.
— Aquí me tiene detective — emitió la rubia al sentarse junto a Cano.
— Bien, será todo rápido, solo necesito hacerle unas cuantas preguntas ¿Le pido su café? — expresó Sebastián
— Oh, no se preocupe detective, con una vaso de agua está bien para mí — replicó Larissa.
— ¡Ey, señorita! ¿Podría por favor traerme un vaso de agua? — grito el detective desde la mesa, levantando la mirada hacia el mostrador principal del cafetín.
La empleada asintió.
— Ya se lo traen. Ahora cuénteme ¿Cómo fue que usted nunca llegó a subirse a la van el día del asesinato del joven Diego? — preguntó Cano.
— Supongo que el destino no quiso detective, créame que para mí fue un poco perturbador ese día — repuso la rubia — Yo salí de mi apartamento muy temprano como todas las mañanas a esperar mi transporte en la parada, aun estaba un poco oscuro, cerrando la reja del edificio sentí la mirada punzante de alguien detrás de mi, cuando volteé solo recuerdo la figura de una mujer abalanzándose hacia donde estaba, lo demás es…nada. Es como si una parte de mi memoria se hubiese borrado de mi cabeza, cuando desperté ya estaba en la habitación del hospital.
La empleada se acercó a la mesa y pidiendo permiso dejó el vaso de agua que Larissa se apresuró a tomar.
— ¿A que horas dice usted que abandonó su apartamento? — insistió Cano.
— Ya eran un poco mas de las seis, un cuarto más creo — respondió la señorita Gil.
— Dicen que la encontraron tirada en una acera cerca de la parada que me mencionó ¿Cómo fue que no la pudieron ver los que venían en la van si pasaron tan cerca? — preguntó Cano.
— No lo sé, créame que me hice la misma pregunta — dijo la señorita confusa — Supongo que nadie iba pendiente del camino y el señor Octavio pues concentrado en su ruta. Y…por lo que me dijeron en el hospital los que me encontraron declararon que estaba casi metida dentro de unos arbustos, escondida a la vista.
— ¿Algunas de las prendas que llevaba la criminal, era suya?
— Si, el abrigo, el sombrero y los lentes eran míos. Fue con lo que salí ese día del apartamento, esa…mujer me debió despojar de mis cosas para ponérselas y pasar desapercibida entre mis compañeros que conocen mi vestir — explicó la rubia.
— ¿Sabe usted alguna razón por la cual la criminal la eligió usted para usurparla, habiendo tres mujeres más que viajan a diario en esa van? — preguntó seguidamente Sebastián.
— ¿Por tener algunos parecidos? No lo sé; se supone que el detective es usted — dijo irritada la secretaria.
— Preguntas necesarias señorita, no se altere. Y está usted en lo correcto, la criminal también era rubia. ¿Cuándo fue la última vez que hablo con el joven Luján? — continuó el detective.
— Emm…el sábado pasado, son nuestras últimas horas de trabajo semanales. Y en realidad no hablé con él, lo vi trabajando en su cubículo. Diego era un muy inquieto, siempre estaba trabajando de aquí para allá, él era un buen amigo — respondió Larissa, esa última oración con la voz quebrada.
— Tranquila señorita, no mas preguntas, creo que son suficientes por ahora — exclamó Cano — Muchas gracias por su cooperación, ahora me retiro, tengo otras cosas que hacer.
— No es nada detective, todo sea por aclarar esta situación que me ha dejado los nervios de punta — terminó la señorita Gil.
Cano caminó hasta la entrada de la empresa donde se ubicaban los cubículos de los promotores, todavía le quedaban una cuantas personas por interrogar, se podían apreciar 7 pequeñas oficinas divididas entre ellas por una pared de madera. El detective fijó su mirada en la primera oficina contando desde la derecha, y se dispuso a caminar hacia ella; justo unos pasos antes de llegar empezó su celular a sonar y se desvió del camino para contestar…
— ¿Qué pasó Santiago? — contestó Cano a la llamada.
— ¡Ey Sebas! Te tengo noticias; ¡la doña no se murió! y la han subido a una habitación a descansar, parece que mañana mismo le dan de alta — explicó Santiago apresuradamente.
— Oh, gracias a Dios ya se encuentra bien la señora Sara— dijo Cano poniéndose la mano en la frente.
— Si, y te he llamado para que aproveches y vayas a charlar un poco con ella. Esa viejita puede estirar la pata en cualquier momento — repuso Santiago.
— ¡Santiago ya deja de jugar con la vida de las personas por Dios! — reclamó el detective.
— Amigo deberías acostumbrarte, tienes tiempo trabajando conmigo — propuso el cibernético.
— Ajá si, dame la direc…
— Avenida 5 con calle 24 diagonal al C.C. Nuevo Siglo — parloteó Santiago antes de que Cano terminara de hablar.
— Que eficiencia — declaró Sebastián — Gracias Santiago, por cierto mañana activas tus 5 sentidos muy bien, ya tienes el trabajo y ahora a lograr el cometido.
— Si si señor detective, ya se muy que hacer. Eso está bajo control — dijo el detective León.
— Perfecto. Hablamos luego Santiago — terminó Cano colgando la llamada.
Importantes declaraciones las de Larissa. Oh, y la señora Sara no murió, Cano tiene unas cuantas preguntas que hacerle supongo...
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