
| A Orillas del Ayuí
Author: Iris Electra Machado Uruguay y un poco de pasado.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Words: 1,846 - Published: 04-27-12 - Status: Complete - id: 3017221
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A Orillas del Ayuí
Por aquellos días, la Banda Oriental andaba revuelta, el descontento, el miedo y la inseguridad reinaban por doquier.
El campo, las onduladas elevaciones que se veían pinchadas de ganado salvaje, estaba peligrosamente habitado por cuatreros y mestizos que azotaban las estancias y las villas, saqueando, robando, matando y quemando; además la autoridad reinante se aglomeraba en la capital, dejando la campaña a merced de su destino.
Pero cuando entre ésta niebla de desastres surgió un hombre, un líder por naturaleza, un hombre que sabía ponerse a la altura de todos; para los indios, él era también uno de ellos, el mestizo y el gaucho matrero. Era un jefe ante el colono, él era la solución y él mismo deseaba poder acomodar las cosas para que aquellos que venían al campo pudieran sembrar, criar sus rebaños, levantar sus casa, formar familias que en unos años serían el pueblo oriental.
Ante el desamparo, el descontento y la calumnia sembrada astutamente, aquel bravo oriental decidió reunir bajo su protección a los más débiles, a los desprotegidos y así inicio, no una huida, sino una peregrinación en masa, buscando asilo, buscando la seguridad que aquí, en la Banda Oriental, no había.
La voz se corrió, de rancho en rancho, de estancia en estancia, de pago en pago. Los caudillos fueron escogidos, cada grupo seguiría al hombre que los representaba ante el gran hombre. Las órdenes se dieron, los preparativos comenzaron, los corazones afligidos se conmovieron, huebieron muchas lágrimas al dejar el humilde rancho erguido en el campo, y más aún lloraron aquellos que dejaban casas, ganado, cosechas, recuerdos traidos del otro lado del óceano y quizás también alguien lloró al dejar atrás sus sueños.
Comenzó el viaje, lento, a paso de hombre; las carretas iban formando una larga hilera, la gente caminaba, cada familia al lado de su carreta, tirada por una yunta de bueyes, con techo de cuero de vaca armado en palos que le daban firmeza. Las grandes ruedas de madera, enteras, giraban con lentitud. Los hombres cabalgaban, cada uno portando las armas según su condicción. Los niños viajaban en carretas, donde llevaban la ropa, los colchones y los cacharros para cocinar.
Cuando salieron de sus casas, había mucho en que pensar; y una de esas cosas era el problema del alimento. En el viaje se encontraron conocidos, extraños, se desarollaron simpatías, pero también allí donde el anhelo de seguridad, de libertad era uno para todos, allí donde el afán de seguir al hombre, al gran caudillo era de todos, allí, también andaba el descontento, la envidia, el amor y e desamor, la fidelidad y la traicción. Aquel rio de gente, aquella amalgama de condicciones, formaba un caleidoscopio de emociones.
Entre las carretasd, rodaba la que llevaba la mujer y los dos hijos, ya mozos de Gaudencio Guedes; hombre curtido en las tareas del campo. Su piel se había vuelto arrugada y áspera harando el campo. Sus manos, callosas de dedos gruesos como salames, sus brazos fuertes, sus ojos pequeños, oscuros, de mirada dura y esquiva, decían que él era un hombre también. Duro, resuelto, sin miedo que seguía a hombre que logró convencerlo de que aquello era lo mejor.
Más adelante, al lado de una carreta cabalgaba un gaucho, matrero de profesión, un hombre de genio violento, a quien todos trataban de evitar, pero un hombre valiente, un buen guerrero; el formaba el grupo de aguerridos proctectores del viaje.
La noche envolvió al campo, la oscuridad era total, de tanto en tanto las llamas de las hogueras alumbraban pobremente a los que se reunían a su alrededor, envueltos en ponchos, en frazadas o en cueros curtidos malamente. La caña, fuerte, corría de mano en mano; el mate, engrasado, calentaba las palmas de aquellas manos grandes, ásperas y fuertes.
El viejo Jauregui, acomodó un leño para que la fogata no decayera, sentado en los talones, el negro Segundino removía los boniatos y papas que se azaban lentamente, una tira de carne se asaba al calor del fuego, pinchada en un palo y colocada lejos de las llamas para que se cocinara bien, sin arrebatarse. Estaban allí, con ellos, dos soldados envueltos en sus ponchos azul y rojo que llamaban pátria, que tenía el color que llevaban los que guardaban la campaña arreando a los indios y matreros que asaltaban.
La conversación era escasa, ellos conversaban y reían usando pocas palabras, lograban entenderse casi con monosílabos y no acostumbraban a repetirse.
Las inclemencias del timepo azotaron a aquella gente que había puesto sus esperanzas en manos del general, a quien respetaban y a quien recurrían para toda solución.
Una mañana lluviosa, el general estaba en su carpa, reunido con su plana mayor, mateando junto al fuego, cuando llego hasta ellos un griterio y el sonido de voces airadas de un grupo de gente que se acercaba en montón, empujando a un hombre al que habían atado las manos con una tira de cuero.
El infelíz caminaba a trompicones, con la larga cabellera cubriédole la cara, con la ropa desgarrada por los manotazos que recibía; rodeado de hombres que lo obligaban a caminar, llegaron a la carpa de cuero de vaca empalados que formaban el refugio del general. Hasta allí llegaron, y cuando la enjuta figura salió hacia ellos, enmudecieron de pronto, muchos miraban maravillados al hombre que tenían delante, a un paso de ellos, el hombre malherido, golpeado y casi desnudo cayó de rodillas con la cabeza baja, en silencio.
¿ Qué sucede aquí? ¿Quién es este hombre, que traen maniatado como un animal?
Gaudencio, un matrero atrevido y valentón dio un paso separandose del montón.
Buen día, mi General, he traído al indio éste, pá que usted haga josticia.
¿De que le acusan?
El disgraciado degolló anoche a la mujer del Floro... el mestizo que estaba colocao en la estancia de Don Javier.
El general, de brazos cruzados sobre el pecho, desde donde estaba, ordenó con vos firme y sin cambiar de postura. – A ver, indio, que tienes que decir.
El infelíz, con la cara escondida por los cabellos negros y grasientos, de rodillas sobre el barro y con las manos atadas contestó de mala gana. – Nada, nada dice, mi general.
El jefe erguido, con la mirada dura recorrió la cara de quienes reclamaban ante él y después preguntó. - ¿Quién lo vio degollando a la mujer?
Un silencio nervioso se adueñó del grupo y al fin una mujer de mal aspecto y ya de algunos años, se acercó señalando con su mano al pobre indio.
Fue él, general, yo vide cuandop éste indio dentró a la carreta... dispué salió y se fué al río.
¿Sólo lo vio entrar a la carreta y salir?
Ansí mesmo, general, dentró y salió medio mareao, asujetandose; enonce fuí a ver y dencontré a la mujer bañada in sangre, con el cogote cortao... salí corriendo y llamé a los hombres, dentonces lo agarraron y hemos venido pá que asté, general, haga josticia...
El general, con las manos en la cintura y con el poncho oscuro colgando de sus hombros, entrecerró los ojos oscuros, y con pocas palabras, como era su costumbre, preguntó.
Y Floro, ¿Dónde anda? – Hubo un revuelo de faldas y murmullos ante que alguien dijera. – Naide lo ha visto...-
Umm, ¿Dónde pasó la noche?
Los hombres en silencio trataban de pensar cosa que les costaba, dentro de su sencillez las cosas se daban o no se daban. Hasta ese momento, con el apuro de "cazar" al indio ninguno pensó en el marido.
Y cuando una voz desajustada y temerosa dijo; - Pensamo que devenia con nosotros...
Umm, bueno, metan al indio con los soldados y traigan al Floro.
Acabando de hablar, el general giró y se metió a la tienda.
La cosa siguió como siempre, las mujeres recogían leña y agua, los hombres traían carne, agunos hacendados que integraban la carvana, llevaban arreando varias reses, para leche y carne, otros menos pudientes, llevaban gallinas. Pero allí todos sabían que nada les duraría mucho tiempo y que los sentimientos encontrados que sentían casi todos, haría estallar los resentimientos y herviría la sangre de quienes allí se encontraban.
Hacia ya dos días que el indio estaba a buen recudo, con los soldados , cuando Gauderio Guedes y sus dos hijos se acercaron al general, llevando un cuerpo cruzado sobre el lomo de un zaino.
El grupo se detuvo delante de la carpa y quedó en silencio, los hombres desmontaron quedando junto a los caballos. Un soldado flaco y lampiño les preguntó: - ¿Qué?-
Gaudencio Guedes caminó unos pocos pasos sosteniendo las riendas de su caballo.
– Traimos al Floro.
El soldado giró y al poco rato retornó con el aguerrido general, que enseguida dijo; - Bajen el cuerpo, ... ¿Quien lo mató?
Nenguno, naide, lo encontramos caído entre las chircas, el mesmo se disgració.
Está bien, llevenselo y entierren su cuerpo allá en la colina, ya todo está claro, digan que el grupo que capturó al indio vengan, los estaré esperando.
Como a la media tarde fueron llegando a caballo y, o a pie. Se reunieron cerca de la tienda del general, sentado en el pasto unos, de pie otros. Primero salió un cabo entrado en carnes, de baja estura quien con mala cara se quedó mirándolos, casi enseguida vieron al negro Montevideo que limpiaba un mate sacándoles la yerba, y al rato surgió el general, bien afeitado, con su uniforme y su capa oscura, las botas de caña larga estaban limpias, sus espuelas sonaban al caminar; un largo sable colgaba de su cintura, en las manos llevaba un pañuelo grande que solía atarse al cuello.
Con voz firme le dijo al cabo; - suelten al indio, denle un caballo y que se dirija al lado donde cuidan el ganado; dígale cabo que todos los días debo verlo...
Y luego encarando al grupo que al verlo se había puesto de pie, dijo: - Aquí, somos todos iguales, valemos lo mismo, tanto vale un indio como un matrero y un mestizo como un negro. Ese indio tuvo mala suerte... al enredarse con la mujer de Floro, pero fue Floro quien la degolló y luego se mató. Ya todo terminó, vaya cada uno con su familia y guarden sus fuerzas para enfrentar al enemigo, que no está aquí. Aquí, estamos solos, contamos unos con otros y con la ayuda de Dios.-
Girando sobre si mismo, el general, hombre de unos cuarenta y tantos años, conocedors de aquellos bandos y de aquella gente que confiaba en él y esperaba de él, desapareció dentro de la tienda, seguido por su fiel servidor negro y un perro cimarrón.
Un gaucho matrero, se toco el sombrero empujándoselo para atrás y dijo; - ¡En güenas se verá el general si sigue perdonando a esos sinvengüenzas! Dense modo nunca domará al indio.-
Pero un soldado que revolvía las brazas de una fogata, sin mirarlos, les contestó: - No es en balde que le decimos 'Padre'; el general creará una banmda pá nosotros, es el "Padre del pueblo"... él nos dará estas tierras pá governá y pá vivir sin la disgracias de esos estranjeros que hoy anidan en Montevideo.
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