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La persona en el río
Author:
Esciam PM
Después de la muerte de su profesor favorito, éste le dejó un regalo misterioso y mágico a la princesa, mientras sus padres han tomado grandes decisiones sobre su vida. Un momento de inflección en la vida...
Rated: Fiction K+ - Spanish - Romance/Fantasy - Chapters: 4 - Words: 16,228 - Updated: 07-11-12 - Published: 04-29-12 - id: 3018070
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Capítulo 1

Luto en la Tierra Blanca

Si alguien quería encontrarla, era muy fácil dar con ella. Podía verse siempre a la muy pálida muchacha, de cabello blanco y ojos azules; en la biblioteca o caminando afuera, eso sí, con la compañía de alguno de los profesores.

Era la única mujer y la menor de los hijos del rey, y éste ya no era joven. Aunque no se podía decir que estuviera mal de salud, la verdad era que el monarca estaba envejeciendo y eso, en un lugar de perpetuo frío, hacía que todos empezaran a planear a futuro para cuando él no estuviera. "Ser práctico es seguir con vida", decía un viejo adagio de las personas pálidas, como les decían a los moradores de Copo.

Por eso a Guejara, la única que podía dar un real nieto de su padre (por más que dos de sus hermanos ya tuvieran hijos, éstos eran de la familia de su esposa por parentesco); iban a casarla lo más pronto posible, para que tuviera al próximo heredero rápidamente, con la esperanza que no fuera aún un infante cuando tuviera que tomar el trono.

Todas las personas de la "Tierra blanca", como le decían a su reino pues la mayoría no sabía su nombre, contaban con que los planes salieran como deseaban. Guejara también era de esas personas, y se había dado, no sin cierta melancolía, a la idea de que sería una reina madre. Y es que, aunque ya estaba resignada a su futuro, a veces no podía dejar de pensar en el otro camino, mucho más interesante, que podría haber tomado en su vida.

Desde pequeña, siendo la de mente más despierta entre todos los hijos del rey, los maestros y su madre habían dicho que podía haber sido una sacerdotisa. ¡El sueño de prácticamente la mitad de personas en Copo! Porque la magia era una actividad a la que podían aspirar solo ciertos sacerdotes. Se decía que aunque las personas aprendieran cómo se hacía, solo algunos pocos tenían el "brillo" para que funcionara. Y por más que alguien tuviera mucho "brillo", si no era de los que podían estudiar o decidir su ocupación, era muy difícil que pudiera aprender magia. Por eso, era una de las ocupaciones más míticas y emblemáticas en todo el reino.

Sin embargo, aunque Guejara tenían suficiente "brillo" e inteligencia para la magia, se tuvo que hacer a la idea de que jamás sería sacerdotisa... Claro, eso no quería decir que no le hubieran enseñado un poco. Era la hija del rey, la próxima reina madre, si alguien podía y debía aprender algo de magia era ella.

La madre del nuevo rey debía ser criada para ser sabia, pues su principal función cuando creciera sería educar a su hijo: hacerlo un buen hombre, con conocimientos y temperamento para gobernar. Aprender magia era una de las formas en que las personas llegaban a un conocimiento muy grande sobre el mundo y sus reglas, y eso conllevaba una sabiduría intrínseca que podía ser útil en el liderazgo de un rey. Al menos eso fue lo que dijo el profesor Vewoke, el sacerdote que le enseñó sobre las reglas del clima y su relación con los cultivos y animales.

—Pero, por si acaso... "El que sabe guardar secretos, mantiene su ventaja" —y el anciano le guiñó un ojo, sonriente y con esa mirada pícara que a Guejara, desde pequeña, le decía que iban a hacer las clases menos ortodoxas de lo común. O sea, que se iban a divertir pero, por eso mismo, no tenía que andar pregonándolo.

Vewoke era su profesor favorito por eso. Pocos de los sacerdotes mantenían el sentido del humor, y usaban la imaginación para fines tan poco "refinados" como la diversión. Y, tal vez por eso, cuando él le enseñó, aprendió mucho más rápido y mejor que con otros profesores. Cavar en busca de tesoros, pintar al jardín, hacer trenzas y peinados divertidos a los bisontes domesticados... Y ella, simplemente entendía de qué le hablaba Vewoke, más que aprendérselo de memoria como tenía que hacer con los otros profesores.

… Vewoke murió poco después de que Guejara cumpliera sus quince años. Se lo llevó una calentura con la que luchó por varios días.

—Al menos, él sabía que en verdad lo estimabas —le dijo su madre, cuando Guejara se quejó de que no lo habían dejado visitarlo en los días de su postración.

Mientras la reina le acariciaba la espalda, como solía hacer cuando su hija estaba enferma o triste, Guejara recordó la última vez que hablaron. Ya estaba tosiendo, pálido y con las mejillas rojas de la enfermedad... Tal vez siempre supo que era su último encuentro, porque le agradeció todo lo que había hecho por ella, entre una conversación más frívola, lo esperado entre una cortesana y su profesor.

El hombre tenía más de sesenta años, y se había enfermado de la fiebre que aquejaba y mataba a niños, débiles y ancianos en lo peor del ciclo frío de Copo. Era lo más sabio decir lo que quería decirle, por si acaso. "El que no teme pensar en cualquier eventualidad, puede evitar esa eventualidad". "Nadie puede evitar la muerte, pero sí no dejar cabos sueltos cuando llegue". ¡Por la brisa cálida! Guejara nunca pudo dejar de pensar, en toda su vida, esas frases más que con la voz de su maestro. Así nunca olvidó al hombre y sus consejos... "El que es bien recordado, en verdad nunca muere, pues sigue influenciando en el mundo de los vivos".

Aún así, Guejara sentía que con recordarlo no era suficiente para dignificar el dolor de la pérdida. Por eso, le pidió permiso a sus padres para llevar luto, aunque en el fondo sabía la respuesta que iba a tener:

—Lo siento, mi calor, pero si haces eso, la gente se preguntará porqué tratas a un sacerdote menor como de gran valor... Y eso no es digno de ti. —le había dicho su padre, condescendiente—. Es como si tomáramos luto ante la muerte de... el cocinero, o algún guerrero. Se le aprecia, claro, y tendrá todos los honores en su entierro tal cual se merece por la vida que llevó. Sin embargo, sabes que el luto de la familia real, no es tanto por el cariño que se le tenga a alguien, sino por la posición para el provecho del reinado que tenía ese alguien. "La familia real..."

Guejara vio que su padre esperaba que ella terminara el lema familiar. Y, aunque con la mirada baja y cierta rabia e indignación en su pecho, lo hizo:

—"... no es solo una familia, es el espíritu de la tierra blanca hechas personas".

Su padre le había sonreído. Era común que ese lema terminara las discusiones entre él y sus hijos. Solo tenía que usar la interpretación del día para darle punto final a esa en especial:

—Y para la Tierra Blanca, la muerte que tanto te duele a ti... No es como para llevar un luto.

Guejara hizo silencio y comió de la carne. Su padre tomó eso como anuencia, y se volvió para hablar con su esposa sobre el comercio de telas.

Al día siguiente, y ante un silencio digno pero no curioso de todos los presentes, Guejara se presentó al funeral de su profesor vestida totalmente de un azul amoratado. El color de la muerte, y el del luto en la Tierra de las personas pálidas.

El rey no estaba ahí solo sacerdotes, otros alumnos de importancia y la familia de procedencia de Vewoke. Aunque había tenido hijos (Como suelen hacer entre sacerdotes y sacerdotisas para la búsqueda de más personas con "brillo"), no se había casado; por lo que no había familia propia.

Además de ella misma, solo los sacerdotes y sacerdotisas y un hermano de Vewoke vestían del azul-amoratado. Sin embargo, y como se lo había esperado, ella fue la que llamó más la atención al llegar.

Aún así, la ceremonia siguió su ritmo sin que su llegada la aplazara por un segundo.

Sumidos en el más grande silencio del viento frío arreciando, sin nieve, en el claro; uno de los sacerdotes de más alto rango y dos del mismo que tenía Vewoke, caminaron por encima del río congelado.

El río de los muertos era una de las cosas más hermosas de Copo. No tenía un nombre, por eso solo era llamado de esa manera. Era el más grande de todos los que había en la Tierra Blanca, y el único que recorría las cuatro Tierras del continente. En Copo, sin embargo, siempre se mantenía totalmente congelado.

Se podía seguir su recorrido fácilmente y por ciclos lunares, pasando por la Tierra Naranja, Hoja y Grano, hasta el punto en que llegaba el mar. Jamás se bifurcaba ni cambiaba mucho el tamaño del causal. Para Guejara y toda persona que no hubiera salido de Copo, siempre había sido una capa de hielo lisa y silenciosa, que a veces tomaba formas como de pequeñas olas cristalizadas, más al rededor de las cinco cataratas de diferente altura que tenía en la Tierra Blanca.

Era un paisaje hermoso que muchos artistas habían retratado en sus pinturas a lo largo de los años. No tenía color, más bien siempre reflejaba su entorno, como si fuera más un espejo que hielo. A su alrededor, aunque podía tener en algunos lugares arena y, en otras, bosques, siempre había un cerco de varios metros en que no había ninguna construcción humana. Guejara siempre recordaba que el río se había convertido en la Tierra Neutral más respetada del continente. Pocas veces, a lo largo de las tantas y cruentas guerras de los tiempos antiguos entre las cuatro razas, había sido testigo de lucha en sus orillas. Era un acuerdo tácito que nadie ponía en duda: El río se respeta, y, por añadidura, las personas se respetaban alrededor de él.

Según sabía, por los libros culturales que había tenido que leer sobre los otros territorios, además de ser Tierra Neutral, las demás razas pensaban diferente sobre él. Solo la clase dominante de Copo lo usaba como cementerio de personas de cierta importancia. En la Tierra Naranja, se usaba como ingrediente mágico muy común y en Grano era, directamente, adorado como un Dios.

… El sumo sacerdote había terminado de rayar con su báculo con punta, los símbolos necesarios. Luego dijo algo que para los que miraban desde la orilla, solo fue un rumor en el aire. Los que tenían mejor vista, como Guejara, pudieron ver las pequeñas olas del agua que la magia del sacerdote acababa de deshielar en el río. Los acompañantes indicaron con sus báculos hacia el cuerpo desnudo de Vewoke, que descansaba sobre el abrigo morado-azul ceremonial.

Este se levantó por los aires solo, y la brisa se acentuó en el lugar. Guejara tuvo que entrecerrar los ojos y subirse sobre la boca un brazo, por el frío. Sin embargo, no dejó de mirar hacia el cuerpo, respetuosa.

Más rápido de que lo le parecía justo, Vewoke fue sumergido en el río, y el sumo sacerdote volvió a congelar el agua.

Mientras esperaban que los sacerdotes llegaran de nuevo al claro, el hermano de Vewoke inició su panegírico... y Guejara se dio total cuenta, mientras intentaba controlar con las manos las lágrimas en su rostro, de lo sola que estaba.

-o-

Esa misma tarde, cuando se bajó del carruaje justo con tiempo para prepararse para almorzar, se encontró en la entrada a su madre esperándola. Tenía su mano fuertemente agarrada por la otra, y su expresión totalmente pétrea.

El castigo no fue tan malo: estar encerrada en sus aposentos hasta que se quitara el luto. Como sus habitaciones eran grandes y contenían su bañera, letrina, una sala de estar con sus plantas y una biblioteca, no dudó que podría estar bien ahí por los siete días que pensaba hacer de luto. O al menos eso creyó, porque al tercero de solo tener como compañía humana a la mucama que le traía la comida; empezó a pensar que era suficiente tiempo como luto y que tal vez, su respeto para su amigo se estaba convirtiendo en testarudez contra sus padres.

Estaba regañándose duramente, con los ojos bañados en lágrimas, por pensar más en sí misma que en la pérdida de Vewoke, cuando llamaron a sus aposentos. Se extrañó mucho. Como era oscuro ya, y le habían traído la leche tibia para antes de dormir.

Se levantó de la cama, se puso el abrigo, buscó la vela y fue hacia la puerta.

—Buenas noches, ¿sucede algo? —fue lo que se le ocurrió preguntar mientras llegaba a la puerta principal.

—Llegó una visita para usted —respondió la mucama.

Guejara abrió la puerta y, frente a ella, estaba alguien que realmente la sorprendió. No tenía alguna idea específica de quién podía ser la visita, pero cuando vio que era un sacerdote de rango medio (su vestimenta blanca, con un círculo en la pechera morado-azulado, hecha como símbolo de luto por la muerte de Vewoke, eran inequívocos) supo que ésa jamás había sido una opción en su mente.

Guejara le saludó, despidió a la mucama con un buenas noches, y lo condujo a un sillón de su sala exterior. Mientras él se acomodaba y la princesa prendía más velas para darle luz al lugar, hubo un silencio lleno de preguntas. Finalmente, al sentarse y acomodarse, él habló:

—Buenas noches, futura reina madre, y gracias por atenderme a estas horas imprevistas... —pareció debatirse por seguir hablando sobre ello, pero Guejara le hizo un ademán paciente con la cabeza, sonrió y le pidió con la mano que pasara de eso y siguiera con lo importante. Él, como todo buen hombre "entrenado" en la política, entendió todos los mensajes y, más tranquilo, siguió—: Espero no haberla despertado, por lo menos.

—No señor, a decir verdad, aún ni tenía sueño. ¿Sobre qué tema necesita hablarme? —parecía que si no le trataba un poco más cercanamente, él iba a hacer todas las "vueltas" protocolarias de conversaciones intrascendentes, antes de poder tomar la palabra para que la plática girara sobre lo que él tuviera que decir.

El hombre, algo extrañado pero anuente, le habló directamente:

—Mi nombre es Eduj, hijo de los secretistas, y el responsable de los deseos de Vewoke, cuyo pensamiento esté gozando de la calidez. —Guejara asintió, más interesada aún en esa visita. Esperaba fervientemente que se tratara de un mensaje de Vewoke, algo que hiciera menos desoladora su partida—. Hace tres años, más o menos, él me pidió que cambiara parte de la repartición de sus posesiones para cuando dejara atrás a su cuerpo. Yo guardé los cambios, claro, y aunque el requerimiento para que se hicieran efectivos me pareció... extravagante, como secretista de honor que soy, no por eso lo ridiculicé ni lo tomé poco seriamente. Por eso, es que estoy aquí. —El hombre abrió un poco su abrigo y sacó de los bolsillos internos, un libro encuadernado y varias hojas variablemente arrugadas—. Vewoke pidió que, si usted tomaba luto por su muerte, debía entregarle esto.

Cuando Guejara tomó el libro de tamaño mediano que él le presentaba, y las hojas, Eduj se puso en pie y le hizo una reverencia.

—También me dijo que si usted me preguntaba algo sobre él, tenía el permiso de hablar sincera y completamente con usted.

Guejara frunció un poco el ceño, sin entender del todo qué estaba pasando. Sin embargo, cuando quiso decir algo, se sintió de repente embargada por una sensación... como cuando Vewoke la había abrazado a sus seis años, después de la muerte de su caballo favorito. Por eso, antes de que Eduj la viera llorar, prefirió dejar la entrevista así, darle las gracias, decirle que se podía ir y... Pasar más de dos horas viendo lo que Vewoke le dejara a la luz de las velas, aunque era algo difícil porque sus ojos no dejaban de lagrimear.

-o-

Guejara le dijo a la mucama, en la mañana del octavo día de su confinamiento, que todo volvería a la normalidad. De esa manera, dio por terminado su respetuoso luto.

Las ventanas de la habitación volvieron a abrirse a la luz, adornaron con flores frescas y lograron hermosearla aún más con simple limpieza y orden. Aunque Guejara no gustaba mucho de todo lo que se debía hacer para los arreglos de su ropa, peinado y maquillaje; ver el resultado en ese día la hizo sentir feliz, con una alegría no melancólica, algo que no sentía desde que supo que Vewoke iba a morir.

… "La vida sigue, y eso no irrespeta a la muerte" recordó la voz de su profesor de nuevo, y sonrió a su joven y lleno de vida reflejo. Vewoke había encontrado la manera de hacerla pasar por su pérdida, haciendo lo que siempre hizo con ella: entusiasmarla hacia el aprendizaje.

Aunque lo que leyó primero y más veces fue la pequeña carta, pero hecha con mucho cariño, que Vewoke le dejara directamente a ella; lo que era de más valor práctico eran el libro y algunos manuscritos escritos por su mismo profesor. Guejara sólo dudó un instante, pero pronto se dejó complacer a sí misma, y desde ese día, empezó a estudiar la magia que Vewoke quería que aprendiera. Aunque no entendía del todo porqué, por sobre la magia curativa o la climática, a él le parecía que su deber era aprender diferentes formas de comunicación. Sin embargo, Vewoke era sabio y conocía a su pupila. Sólo aprendiendo, entendería porqué justo tenía que conocer esa magia.

Guejara dejó de mirarse, agradeció a las mucamas y les dijo que podían marchar. Solo tenía pocos minutos antes de que la profesora de matemática llegara a darle su lección, y quería usar ese tiempo en seguir estudiando en lo que Vewoke más se había interesado: el río de los muertos.

Había oído que en los tiempos antiguos, cuando la Tierra Blanca era verde y la nieve y el frío no llegaba a ella; el río de los muertos estaba descongelado. Mucha de la magia que usaban en ese entonces, como en la Tierras Naranja seguían haciéndolo, tenían de principal ingrediente el agua de ese río o, como método de elaboración, remojar o dejar los objetos en la corriente del mismo.

Guejara se levantó de su sillón y fue hacia su biblioteca. Tal vez uno de los libros sobre la historia del río, la ayudaría... Las puertas se abrieron de par en par y ella, asombrada, fue hacia la entrada principal. Dos acompañantes, muchachos algo menores que Guejara, habían abierto las puertas para darles el paso a los reyes. Debió imaginarlo, pocas personas podían entrar a sus habitaciones sin llamar, y sus padres habían esperado ocho días para poder regañarla apropiadamente. Fue hacia ellos, los abrazó y les dio un beso a cada uno y luego, dijo:

—¿Nos sentamos en la sala? —sonriendo naturalmente.

Su padre le sonrió y pidiendo su mano con un gesto de la suya, antes de caminar a la sala. Después de acomodarse los tres en los sillones, él fue el que inició la conversación:

—¿Cómo te han sentado estos siete días de claustro?

Guejara miró a uno y a otro, sintiendo que estaba pisando suelo frágil. Pero pronto cambió de parecer, porque se dio cuenta de que ellos no parecían enojados o indignados con ella. Había algo más en su velada expresión que no podía precisar. Quiso preguntarles directamente qué pasaba, pero con sus padres no podía saltarse el protocolo.

—Me sirvió para pensar —resumió—. No solo en la ida de Vewoke, sino en... la vida en sí, mi vida. Más que nunca, creo que me siento exhortada en hacer de ella lo mejor posible.

Trató de pensar en algunas palabras más, algo que les expresara realmente lo que fueron esos días. Pero se dio cuenta de que el libro, las páginas y el mensaje de Vewoke de que siguiera aprendiendo magia, eran lo que le hacían sentir que tenía un propósito... O más bien no un propósito, que desde siempre supo el suyo: ser una reina madre; si no en sentir que su vida podía seguir siendo suya, en que realmente abrazaba ese propósito, porque sabía que serlo no significaba renunciar a ella misma. Siempre podía seguir aprendiendo magia y eso solo abría las posibilidades para su vida, simplemente. Pero no quería decirlo. Era el último secreto, la última pequeña gran fechoría que Vewoke y ella compartirían.

Se quedó en silencio y vio, sorprendida y cada vez más interesada, que sus padres se miraban entre sí, como si tuvieran que decidir cuál hablaría. Terminó siendo su madre. Después de conversar un poco sobre los días en luto de Guejara, por fin ella dijo lo que realmente habían ido a hablar:

—En el tercer día de tu claustro, recibimos un mensaje real desde Hoja.

Y dejó de hablar. Miró a su esposo, y este la asintió, dándole su apoyo. Guejara vio en el rostro de su madre que pugnaba alguna emoción negativa, en contra de una sonrisa que de tanto en tanto parecía querer abrirse en su boca.

—Entiendo —dijo, aunque no lo hacía del todo.

Hoja era la más grande, próspera y rica Tierra del continente. También, con la que más resentimientos tenían por el pasado bélico del continente. Sin embargo, su padre había iniciado las relaciones con la Tierra Verde, después de unos veinte años de comercio ya consolidado con la Naranja. Con ese fin, su hermano mayor fue invitado a la Hoja cuando cumplió dieciséis, junto a una comitiva, para iniciar las negociaciones. Ya llevaban cuatro años ahí y no habían tenido muchos progresos. Guejara se imaginaba que ella, como la más inteligente de los hijos del rey, sería requerida como apoyo, o en busca de un casamiento oportuno. El Sol sabía que su hermano mayor podía blandir una espada con maestría, pero en la velada guerra política, Guejara era la que había demostrado tener más talento de entre los príncipes de Copo.

Pero no iba a sonreír o emocionarse antes de tiempo. "Es mejor no inventar las noticias antes de oírlas", canturreó Vewoke en su mente.

—En el mismo, se nos informa que el príncipe heredero de Hoja planea casarse a inicios del próximo año. —lo último lo dijo como si expulsara de adentro más que como si lo dijera—. ¡Y ha insistido en casarse contigo!

—¿Conmigo? —fue lo que pudo decir. Guejara quiso levantarse, despacharlos y... Solo estar a solas, pensar. Pero no lo hizo. Sus padres la miraban, esperando algo mejor de ella. ¿De qué valía preguntar algo que ya había sido contestado? Se mandó a pensar en las razones y repercusiones de eso. No logró encontrar ninguna razón, y comentó en voz alta—: No lo entiendo, sería más propicio que se casara con alguna princesa de Grano, o de la Tierra Naranja, con los cuales sí colindan. Aún así, ¿por qué casarse con una extranjera? Hoja no necesita el comercio como Las Tierras Costeñas o nosotros, que tenemos climas extremos y pocos recursos para subsistir. El príncipe de Hoja bien puede casarse con alguien a quien ama, o sin pensar realmente en una estrategia política detrás de ello.

Guejara miró a sus padres, y se dio cuenta de que en sus rostros habían una expresión confusa y extrañada. Posiblemente la que ella misma tenía. Sin embargo, después de mirarse los tres entre sí, su padre decidió cambiar la suya por una más alegre y hasta rió:

—Tal vez tu hermano le ha hablado de la mente que tiene esa cabecita tuya, y por eso se quiere casar contigo. Serías una buena reina, se hecha de ver.

Guejara sonrió, tal vez a su pesar. Y luego, se extrañó de no haberse sentido halagada hasta ese momento.

Siempre había sabido que se iba a casar joven, por un arreglo político, y que de esa unión, debía dar pronto un hijo varón... Pero jamás había estado tan real y tan cerca su destino. Nunca había estado tan nerviosa y expectante en su vida.

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