
Porque el destino es caprichoso y nos tiene algo preparado. Daniel desde siempre solo tuvo un objetivo en toda su existencia. Encontrar la Joya de la Vida. Lo que ni él ni su hermano podía esperar, es que su sueño los metería en una aventura contrareloj para salvar el mundo tal y como lo conocían.
Rated: Fiction T - Spanish - Adventure/Fantasy - Chapters: 3 - Words: 7,036 - Updated: 09-03-12 - Published: 09-02-12 - id: 3055210
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Disclaimer:esta historia es original mía y esta prohibido su publicación o copia sin consentimiento
(N/A: por favor, si alguien la lee, que comente porque cualquier crítica o aclaración será una gran ayuda para esta pequeña escritora ^^")
Capítulo 2
En una noche lejana y sin luna, tan oscura que ni el brillo de las estrellas era capaz de hacerse notar, a muchos kilómetros de distancia, una sombra se deslizaba entre las callejuelas de las casas de piedra antigua de una gran ciudad. Amparándose con la espesa niebla reinante en todo el lugar, caminaba sin hacer el más mínimo ruido que delatara su presencia en aquella tétrica noche. Oculto bajo un sombrero de piel oscura y una gabardina para resguardarse del frío que daba la humedad del ambiente, continuaba su camino sin mirar atrás. Siempre atento a cualquier ruido ajeno al de sus propias y ligeras pisadas.
A aquellas altas horas de la madrugada era muy raro encontrarse a alguna persona entre aquellos callejones de mala muerte, tan peligrosos para aquel que no fuera preparado. Frecuentados por ladrones de poca monta, borrachos y pobres mendigos que no habían tenido muchas suerte en la vida, esa zona eran los bajos fondos y los suburbios de una gran ciudad como lo era Eternal.
La ciudad más importante de toda Alivia. Su capital. La sede del gobierno y de su ejercito. El hogar de las personas más influyentes y ricas de todo el país. Quien pensara que era tan magnífica debería darse un paseo por aquellos barrios tan deprimentes.
Nuestro caminante no era la primera vez que se dejaba caer por allí, estaba muy acostumbrado a ese tipo de paisaje y no estaba tan ciego como el resto de habitantes ante la situación tan precaria que algunas personas vivían por culpa de un mal negocio, juntarse con la gente equivocada o por ser despedidos por culpa de un jefe pésimo. La vida era dura, lo sabía bien, y a cada uno le tocaba vivir con lo que el destino que Eon eligió para el. A veces, los designios de Dios, son muy duros. Un ruido metálico lo sacó de golpe de sus pensamientos, devolviéndole a la realidad. Su cuerpo actuó por puro instinto adoptando la posición de guardia. Sus ojos ocultos bajo el gorro se volvieron frenéticos, moviéndose a todos lados en busca de algún enemigo al que abatir. Quien fuera el insensato de seguirle acababa de firmar su sentencia de muerte. El movimiento entre unos cubos de basura de un callejón llamó su atención. Por sus ojos azules, fríos como el mismísimo hielo, se vislumbró el halo fiero de un depredador esperando a que su víctima se dejara ver.
Un gato negro desaliñado, sucio y escuálido caminó hacía el entre maullidos lastimeros. Nada más verlo, soltó un suspiro de alivió y relajó el cuerpo. Que tontería. No debía perder el tiempo con sobresaltos como esos. Llegaba tarde a la reunión. Ignorando al animal, retomo su camino entre la oscuridad hasta salir completamente de todo aquel barrio de suburbios. Continuó pasando un puente piedra antigua, algo enmohecida por efecto de la humedad. El ligero sonido del agua se hacía oír por debajo de sus pisadas y las luz de las farolas era atenuaba por causa de la perpetua neblina de aquella fría noche.
Su camino lo condujo hasta las mismas afueras de la ciudad, donde una casona dominaba el alto de la colina con su silueta inquietante y tenebrosa. Nuestro caminante se detuvo en el enrejado oxidado del principio del camino donde, un mayordomo de porte serio e impertérrito lo esperaba como estatua fantasmal y silenciosa.
-Sea bienvenido señor- lo saludó con rígidos modales- aguardábamos su llegada. Sígame por favor – tras abrirle la verja encaminó el sendero de tierra que llevaba directamente a la mansión.
El visitante no hizo ni la menor muestra de amabilidad y lo siguió en silencio, desviando de cuando en cuando, la mirada, al jardín que los rodeaba. Todos los setos estaban debidamente recortados y los árboles podados. El verano finalizaba y pronto sus hojas se volverían quebradizas, de colores otoñales y cálidos. Pocas eran las flores que decoraban la basta extensión de naturaleza que rodeaba la casa. Solo un par de rosales flanqueando el porche y unas enredaderas en los laterales. Un segundo empleado, de aspecto muy similar al que le había guiado hasta allí, les abrió la puerta de madera envejecida de la entrada.
-Le esperan en la reunión maestro- le informó una vez que estaban en el hall y hubo cerrado la puerta- ¿me permite su sombrero y su abrigo?
El visitante hizo un pequeño asentimiento con la cabeza. El ambiente en el interior era, con diferencia, mucho más cálido que el de aquella fría noche. Se sacó el sombrero dejando libre su largo pelo azabache, sujeto en una coleta baja. Le tendió la gabardina al mayordomo y se recolocó la camisa negra que vestía.
El mismo hombre que lo había llevado hasta allí le indicó con una ademán de mano que lo siguiera nuevamente hasta el lugar de reuniones. Retomando el camino detrás de él, no dudo en entretenerse en observar toda el lujo y la buena vida que trasmitían aquellos largos pasillos que tantas veces había recorrido ya. Alfombras tejidas a mano, lámparas colgando del techo con piedras preciosas, cuadros antiguos de valor incalculable, muebles restaurados de la época de los grandes reyes y piezas decorativas que costaban más de lo que el ganaría en toda la vida.
Al pasar por una ventana abierta, por la que se podía contemplar las luces lejanas y distantes de la ciudad y en el medio de esta el gran edificio que era el palacio del generalísimo del país, una corriente fría de aire nocturno se coló por ella. En un intento de ahuyentar el momentáneo escalofrío se frotó entre si las manos. La fricción con el guante negro sin dedos que llevaba en la mano izquierda le templó las dos manos. El camino hacía la sala no fue mucho más largo, y rato se encontraba frente con una gran puerta decorada con ribetes dorados en los bordes donde la madera estaba tallada para crear una una estrella de diez puntas. El empleado que le acompañaba se quedó a un lado de la gigantesca entrada, en una muda indicación de que ahora debía entrar solo. No lo dudo ni un instante. Sin siquiera llamar, entró.
Todas las miradas de los ocupantes de la sala se centraron en el tan pronto puso un pie en la estancia. El lugar permanecía casi en penumbra, si no fuera por las pequeñas lámparas diseminadas por todo el lugar y la chimenea encendida con el fuego crepitando en ella. Las grandes cortinas de terciopelo rojo ocultaban los amplios ventanales que tenía. Una mesa de madera maciza ocupaba el lugar central del salón con cinco sillas dispuestas a su alrededor y una a más, de mayor tamaño, en el lugar de mayor honor. Pintada en la mesa, de un dorado brillante, destacaba una elegante letra V.
Se quedó quieto delante de la puerta ya cerrada, escrutando su mirada a todos sus camaradas.
-Ya era hora- se quejaron dos voces al mismo tiempo, una un poco más aguda que la otra, en una esquina de la mesa.
Su mirada se centró en las dos sombras sentadas juntas en el lado izquierdo de la mesa. Unos ojos rojos con el mismo brillo del fuego y otro par de orbes azules como el hielo lo miraron con macabra diversión infantil. No estaba de humor para aguantar las bromas de esos dos pesados.
-Siento la tardanza- se disculpó el recién llegado caminando al rededor del impresionante mueble- el tren desde Port Valley se retrasó.
En su recorrido hacia su silla pasó por detrás de un hombre corpulento y callado, con las manos entrecruzadas delante de la cara, y sus ojos de azul relampagueante fijos en el fuego de la chimenea.
-¿Qué tal la misión? ¿Me has traído algo?- preguntó con tono juguetón una de las dos sombras con una sonrisa maliciosa
-Lo siento, no tuve tiempo para eso-contestó con una ligera risa- Princesa...- saludó a la sombra femenina que acababa de pasar por detrás.
La mujer le sonrió de forma coqueta entre las penumbras con un brillo de seducción en sus violáceos. Se atusó un poco su larga melena caoba con ligeras ondulaciones y se giró hacía su nuevo compañero de asiento, antes de tomar un ligero sorbo de su taza de té.
El recién llegado centró su atención en el único hombre de la sala que era perfectamente visible, gracias a su cercanía con la chimenea. Sus ojos ámbar lo observaban, como si le realizaran un meticuloso análisis. Su cabello rubio platino, marca de su avanzada edad perfectamente peinado lanzaba destellos dorados por la luz procedente del fuego. Vestía un traje marrón elegante, de corte regio y distinguido, dando a relucir su alta posición social. Una ligera sonrisa de cortesía se dibujó en su labios y fue rápido al contestarle de la misma manera.
-Espero que todo fuera según lo planeado- habló con voz grave y segura hacía su visitante.
-Encontré a la informadora, pero es lista, se escapó- reconoció al grupo sin un ápice de arrepentimiento en su supuesto fracaso.
-Sabía que no podíamos dejarte a ti solo- le reprochó la voz masculina que lo recibió con desafió en sus ojos rojos.
-Pero...- interrumpió con voz potente para callar a su compañero- conseguí información muy interesante, sin que se diera cuenta, que concierne a nuestros... queridos amigos- añadió con sorna al pronunciar aquellas últimas palabras.
-La Orden del Aura...- siseó con desprecio su silencioso camarada sin apartar los ojos del fuego
-¿Que tienes?- intervino el hombre que presidía la mesa, sin que su semblante fuera perturbado
-Mírelo usted mismo-
Deslizó por la superficie de madera un sobre blanco abierto. El que parecía ser el cabecilla de aquella reunión extrajo un papel de su interior que leyó con calma. Aunque la información en ese manuscrito era realmente relevante para sus objetivos, su rostro en ningún momento dio señales de sorpresa.
-Vaya,vaya... asique alguien sabe donde esta ese libro-murmuró para si- esos malditos han encontrado a la única persona que conoce su paradero. ¿Cómo lo habrán hecho?-
-Esas ratas se mueven entre lo más bajo del ejercito y el país- habló la joven que tomaba té con voz divertida- son obstinados si después de tantos años la han encontrado
-¿Donde?- exigió con la mirada al subordinado que le había proporcionado la información
El chico tardó en contestar. Sus ojos negros se clavaron en el fuego crepitante de la chimenea dejando que su mente viajara a lo que parecía ser una vida que le había pertenecido, y que ahora, le parecía un sueño extraño y de otra realidad. Volvió su vista hacía el hombre canoso, dejando que los recuerdos se evaporaran en su cabeza al igual que la añoranza en sus ojos.
-Arrivia- pronunció con fría convicción.
El nombre de aquel pueblo provocó diversas reacciones en sus camaradas. Las dos sombras sentadas juntas, sonrieron con malicia y una sádica diversión. El hombre callado lo miró de reojo sin mostrar emoción alguna en aquellos ojos vacíos. La mujer sentada a su lado, dejó la taza de té en el platillo con un cuidado elegante mientras que observaba a su acompañante con la sorpresa grabada en todo su rostro.
El hombre que presidía la mesa sonrió con la ironía dibujada en sus labios. Aquella era la casualidad más dulce que le podría haber pasado en su vida. Sería muy fácil conseguir aquel dichoso libro que tanto necesitaban para el éxito de sus planes.
-Mandaremos a alguien de inmediato para que se encargue de este pequeño trabajito- informó a todos los de la sala mientras echaba la carta, con su contenido al fuego.
-¿No nos mandará a ninguno de nosotros?- preguntó exasperada una de las dos sombras de ojos siniestros.
-No hará falta-explicó el jefe- las amenazas que se puedan encontrar allí no representarán mayor problema para un par de Maestros Aura de bajo calibre que tenemos a nuestras órdenes- concluyó con voz autoritaria que no permitía discusión- buen trabajo chico- felicitó a su discípulo.
El chico solo realizó una pequeña inclinación con la cabeza, en señal de gratitud, antes de volver a ver el fuego, donde la carta ya estaba prácticamente consumida. Algo en él le decía que no todo sería tan fácil como aquel hombre aseguraba y que aquel primer gran paso que iban a dar hacía su objetivo... sería también el primero que los llevaría a encararse con su mayor obstáculo.
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