
Porque cuando la amistad se ve implicada en el proceso romántico, es totalmente normal sentir miedo de perder a esa persona que tan fácilmente se convirtió en la razón por la que respiras.
Rated: Fiction T - Spanish - Romance/Friendship - Words: 1,923 - Published: 09-25-12 - Status: Complete - id: 3060973
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En un parque levemente iluminado por el sol poniente del horizonte, un chico que cargaba con un melancolía notoria se abría paso entre la oxidada reja de entrada y empezaba a recorrer el camino de baldosas mohosas, muy lentamente, hasta poder llegar a los columpios. Jamás había sentido un pesar tan grande en su corta vida, y menos por algo tan estúpido ni tan común como lo eran las problemáticas amorosas de la adolescencia, etapa que él mismo creía finalizada cuando su último amorío terminó en catástrofe. Pero, ahora que el romance tomaba el control de la partida de nueva cuenta, estaba totalmente desprovisto del conocimiento necesario para salir de la situación.
Luego de deshacerse con furia del equipaje escolar que colgaba de su hombro derecho, se sentó de golpe en el columpio más débil del grupo de cuatro, y allí sucumbió en llanto.
–Debo morir... –Dijo con una voz entre cortada que se escapa con dificultad de sus lágrimas.
Recordó de momento, por recordar, el momento que justo ahora calificaba como el más triste de su existencia: su voz saliendo de una temblorosa garganta en forma de "Me gustas", y la persona a la que iban dedicadas esas palabras huyendo con pasitos apresurados de regreso a la entrada del colegio. Lo último que recuerda haber visto de esa escena fue un montón de cabello rojizo y brillante corriendo hasta el portón, eso antes de que sus ojos de anegaran en lágrimas.
–Admitir que te gusta tu mejor amiga... –Murmuró él–. ¡Pero qué inteligente! ¡Grande, alabado el rey de los idiotas!
Con la cara entre las manos, siguió dándose insultos mientras que, como quien está a punto de morir y se ve en un recorrido por todos los momentos de su vida, recordaba atentamente cada detalle de su amistad.
Se habían conocido en el instituto (como era obvio); luego de que él pidiese cambio de aula dado a que sus antiguos compañeros le molestaban hasta el cansancio, se encontró con una pelirroja de estatura media en el departamento de gestiones. Si es que en algún momento le preguntasen si el amor a primera vista existía, él, un ser frío que se rige por la lógica, hubiera contestado que no. Hasta ese momento.
Los muy claros y grandes ojos marrones que poseía esa fémina lo dejaron, literalmente, hipnotizado. Se encontraba perdidamente enredado entre las suaves notas de su voz. En ese momento, la veía erguida frente al mostrador llenando las formas de cambio de institución. La mirada clavada en el papel, y absorta en lo que escribía. No vestía el uniforme, dado a que sólo fue al colegio ese día para retirarse oficialmente del mismo.
–E-eh, tú –Musitó, pero ella tan solo siguió escribiendo. No pensaba irse sin saber su nombre, así que insistió usando un tono de voz algo más adecuado–: Hey, tú.
–Oh, eh, dime –Dijo ella. Parecía algo apresurada, sin prestar mucha atención a lo que pasaba a su alrededor. Cuando ella advirtió que se trataba de un desconocido, dibujó una modesta sonrisa en su rostro para disimularlo todo–. ¿Qué... qué tal?
–Nada, yo..., ehm... ¿Estudias aquí? –Dijo tembloroso, y pasó un dedo por el labio superior.
–Ya no más –Informó con un ritmo divertido–; hoy abandono todo esto–Relajándose un poco, dio una mirada por la ventada del despacho, y luego alrededor–. Tengo qué.
–¿Por qué?
–Es un tema muy complicado, ¿sabes?, no debería contarte.
Dejó que un breve silencio se atravesara en la conversación. Estaba de un humor muy notorio, y al parecer en verdad quería abandonar la institución, así que él se atrevió a bromear un tanto.
–¿Asuntos federales, del gobierno? –Profundizó la mirada apropósito y, como esperaba, ella sonrió, y abandonó el bolígrafo, y a la forma a medio llenar.
–No, no..., es que, verás... Está esta profesora que me hace la vida cuadritos. Bueno, es que en verdad todos los profesores me hacen la vida cuadritos, pero, este es especial a su manera.
–¿Por qué no simplemente hablas con él, o con ella? –Dijo, acercándose un poco y agregando– Supongo que serviría.
–Con este no se puede hablar –Declaró–. Bueno... Olvida eso, que ya me amargo de sólo recordarlo. Hablemos de... ¿Cuál es tu nombre?
Antes de responder, se apoyó al mostrador y, sin que ella se diese cuenta, él lanzó una rápida mirada a la forma que estaba llenando.
–Frederick, pero dime Fred si lo prefieres (aunque los del salón se burlan de mí con cosas como "Freddo"). En fin: un gusto, Kate.
La cara de la chica se llenó de una sorpresa disimulada al ser testigo de dos cosas: la una era que tuvo la dedicación de averiguar su nombre, y obviamente miró la forma para saberlo. La otra era que, por primera vez, alguien pronunciaba bien su nombre a la primera oportunidad.
Cierto también era que Kate (o Kitty, como bien ella sabía que su padre solía llamarle) no quería admitirse a sí misma que veía algo especial en aquel chico. La forma en la que hablaba, y en la que se acercaba a ella con timidez la traía preguntándose qué clase de chico similar a él aún habitaba este mundo; esa clase de individuo que no se acerca a una chica con la osadía de preguntar su nombre y luego lanzar cumplidos torpes. Él era alguien diferente, y si pretenderla era lo que trataba, se sentiría sumamente alagada, y agradecida de que fuera él y no otro.
Frederick la convenció de quedarse unos días más en el colegio, y ella aceptó gustosa, simplemente para obtener más información de aquél encantador estudiante. Terminaron recibiendo clases en una misma aula y al hacerse los mejores amigos en un tiempo muy resumido, las cosas fueron mejorando lentamente. Pero aquél encanto que vio en ella pudo más. Fue adquiriendo de ella conocimientos que jamás quiso adquirir, por bochornosos y prometedores que fueran. Desde malos recuerdos, hasta sueños en los que unicornios voladores de la mafia la secuestraban y la llevaban al País de Las Maravillas, en Italia. Él irremediablemente se enamoró de cada detalle, y sin soportar más lo que lento crecía en algún lado oscuro de su pecho, se lo dijo.
Eran las diez de la mañana. Saldrían temprano del instituto dado a que ningún profesor fue a dar la cara, y sólo esperaron y esperaron dentro del aula varias horas hasta que se les diera salida. Justo en frente del portón de entrada ocurrió todo. Él se acercó lentamente, tomando las manos de su pelirroja amiga y queriendo morir en cualquier momento, sea antes o después de decirle la verdad.
–Bien, entonces, ¿qué tenías que decirme? –Dijo sonriente. Minutos antes un "tenemos que hablar" le puso los nervios de punta a Kate, pues esa advertencia jamás era agradable, en ninguna circunstancia.
–Pues... ¿Sí sabes qué...? Me agradas. Lo sabes. Eres mi mejor...
–Fred, ¿qué sucede?
Y un silencio incómodo lo cortó por completo. "Piénsalo bien, Frederick, tienes que estarte atento a las consecuencias", se decía. Pero no pensaba dejarlo todo así, a medias, no se quedaría con una confesión atorada en la garganta, atascada por el miedo.
–Me gustas, ¿bien? Est... –Hizo una pausa alargada, pero al no poder completar la frase, simplemente repitió lo antes dicho–. Me gustas. Más de lo que me puedes gustar como amiga... Perdóname, quisiera decirte algo inteligente ahora...
Miraba fijamente al suelo mientras decía toda aquella cursilada improvisada. No notó que su amiga iba subiendo de apoco la mano hasta su boca, y se cubrió la misma mientras formó una muy ligera sonrisa enternecida. Luego ella corrió hasta el portón del colegio, y fue directo a esconderse en algún aula. Esto, obviamente, fue visto en detalle por Frederick, admirando embobado el montón de cabello brillante y pelirrojo, lamentándose al tiempo de toda palabra dicha...
...Y lloró. De manera disimulada, pero era un disimulo que dolía tanto como el rechazo.
Ahora se encontraba meciéndose muy lentamente en un columpio oxidado, y según él, estaba malgastando el valioso tiempo del pobre columpio, pues debería de haber muerto hace mucho. Quiso hacerlo; quiso quitarse la vida en variadas oportunidades por haber enviado al caño una amistad que en pocos meses se convirtió en su razón de vida. Ahora no tenía razón de vida.
El ambiente empezaba a enfriarse con la brisa ligera y constante, y antes de que advirtiera que debería refugiarse, comenzó a lloviznar. Perfecto. Le parecía perfecto, pues ya empezaba a envidiar la belleza de su alrededor. Ahora su entorno, y el cielo, serían dentro de poco del mismo color que su ánimo.
Pero de pronto la vieja reja de entrada rechinó, y unos pasos, de entre el golpeteo de la suave de las gotas, sonaron en la hierba. Frederick no quiso levantar la mirada; no le importaba que cualquier otro visitante del parque lo viese llorar. Pero al sentir que el sonido de aquellos pasos se acercaban hasta dónde se encontraba, levantó la cabeza, y observó con sus ojillos llorosos la figura de una pelirroja que, según parecía, vino para salvar el día.
Paró de llorar al instante. Sin sonreír, ni querer demostrar ningún indicio de alegría, no pudo dejar de mirarla.
Kate se acercó lentamente hasta el columpio sobre el que estaba Frederick, y se arrodillo frente a él, tomándole las manos y mirándolo a los ojos.
–¿Qué te tiene tan triste? –Inquirió ella con su suave voz.
–Q-quisiera decir que eres tú... Pero no sé si soy yo –Respondió, y se mantuvo observando sus manos junto a las de ella, que iban lentamente entrelazando los dedos–. ¿Por qué huiste?
–¿Huir?
–Sí... ¿Sabes? Ya no importa... Olvidemos todo esto.
–No –Dijo, cortante.
Un minuto de silencio que jamás se confundiría con ser uno incómodo se paseó entre la conversación. Si a él le preguntaran si el amor a primera vista existe, el hubiera contestado que no, por supuesto. Sus esperanzas en encontrar el amor eran nulas, pero allí estaba ella. No podía dejar de admirarla a profundidad, y tenía esa extraña sensación de que su corazón se movía hacia adelante, buscando estar con el de ella.
–No –Repitió–. No olvidaré esto. La cosa es que... Me gustas, también. Me encantas. –Desvió la mirada hacia un árbol a la derecha–. Eres el tipo de persona que describe mi tipo de chico. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
–¿Qué?
–Como lo oyes.
Y silencio rebelde en el que no pudieron separar las miradas se hizo presente. Él trató de moverse siquiera un poco, pero no pudo, pues las manos de la persona que amaba lo tenían hechizado y casi pegado al columpio con sus manos junto a las suyas.
–Hazme un favor, y... –Comenzó ella, tratando de acercarse lentamente al rostro de Frederick– Cierra los ojos.
Ella dio el primer paso a un beso que él jamás olvidaría. Sus apretados labios, para él, contaban con el sabor que estaba necesitando para sacarlo de su amargura. No duró mucho hasta que el besó dio un giro forzado por Kate, y ambas lenguas bailaron juntas un rato, tratando de dar y recibir amor una forma física conocidas por todos. Ese era el lenguaje que él quisiera hablar por el resto de su vida, pues sabía que era todo lo que necesitaba. Absolutamente todo.
Si algún día le llegasen a preguntar por el amor a primera vista, el contestaría que el mismo lo atacó con furia en el colegio, y que, definitivamente, esta fuerza por la que muchos sufren a diario había escogido a la indicada para él.
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