
Todos tenemos secretos, que ocultamos aún a las personas en que más confiamos. Hay veces que necesitamos decírselos a alguien, pero tomando las precauciones necesarias. Porque si cayeran en manos equivocadas, todo podría hacerse trizas en un instante.
Rated: Fiction T - Spanish - Drama/Friendship - Chapters: 2 - Words: 8,998 - Follows: 1 - Updated: 12-06-12 - Published: 10-21-12 - id: 3067584
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Nunca fui buena para las introducciones, así que...hola (?), esta es la primera historia original mía de más de un capítulo que hago, y pongo toda mi fe en ella. No sé con qué frecuencia subiré los capítulos (por temas del colegio y demás), aunque no pienso abandonarla.
Tampoco tengo una idea de la extensión que tendrá, igual no creo que sea muy larga. Ni siquiera sé qué poner en el summary ._. cualquier cosa, lo cambiaré.
Los personajes utilizados son pura invención mía, y cualquier hecho parecido a la realidad es mera coincidencia. En esta historia se tratarán temas como la violencia de género, el incesto y tendencias suicidas; de forma leve, aunque quedan advertidos.
Sin más, los dejo con la historia. Ojalá les guste (:
I.
(Hay heridas en el alma que nunca terminan de sanar)
Miro de nuevo el reloj de muñeca, y las manecillas me indican la hora exacta: las siete y veintinueve de la mañana. Hace unos pocos segundos lo habré mirado, pero eso ya no importa. Se le está haciendo tarde, otra vez. Podría culpar a la línea de autobús y sus horarios inestables, o a un despertador cuyas pilas se acabaron. Como sea.
Aparto unos mechones de cabello de mi rostro, y vuelvo a buscarla con la vista, entre el mar de estudiantes formado a mi alrededor. Nada, no está por ninguna parte. Cuando bajo la mirada, el timbre del colegio suena impasible, y los alumnos que se encuentran a mi alrededor comienzan a ingresar al edificio. Genial, tendremos otra media falta los dos, pienso. Apúrate.
Y casi como si me hubiera oído, la veo aparecer corriendo desde la esquina. Una de sus manos sostiene la correa de la pequeña mochila negra, que se mece de arriba abajo debido a su carrera. Aún desde lejos, noto su rostro algo colorado, probablemente por una mezcla de los primeros vientos fríos y la carrera que debió haber hecho. Después de todo, estamos a principios de otoño.
Cuando llega hasta mí, sonriente, con la coleta de sus cabellos ondulados medio desarreglada, no puedo evitar reprimir una sonrisa de ironía:
—Llegas tarde, Androni.
Ella pone sus ojos en blanco, pero sin borrar la curva de sus labios.
—Pues lo siento, pero no es fácil lidiar con las emergencias de la moda. ¿Con qué combinar mi pulóver favorito? —Dicho esto, me señala la prenda tejida de mangas anchas color violeta que lleva por sobre una remera de mangas largas negra. Eso, junto con unos jeans azules normales y unas botas marrones de media caña son su vestimenta de hoy. Aunque intenta bromear, yo sé que no es por eso que ha llegado tarde. Pero prefiero no decirle nada y ambos ingresamos a clases.
Los dos nos conocemos de casi de toda la vida, desde el jardín de infantes. Yo nunca fui muy sociable: no tenía (ni tengo) hermanos, ni vecinos de mi edad, y en el jardín siempre permanecía callado, alejado de los demás. Mi único "amigo" era Poky, mi perrito de peluche de orejas blancas cuyo pelaje marrón se encuentra raído luego de tantos años. Un primer día de clases estaba tan concentrado en él, que no la escuché acercarse a mí.
— ¿Por qué estás solo? —Giré mi cabeza para mirarla: se veía demasiado pequeña como para ser de mi edad (a pesar de que llevábamos el mismo delantal), tenía el cabello castaño largo atado en dos coletas y sus ojos marrones me observaban con curiosidad.
Decidí no responderle y le di la espalda, concentrándome en el peluche que tenía entre mis manos.
— ¿Cómo te llamas? —inquirió, a pesar de no haberle dirigido la palabra. Nuevamente evité contestarle, no me gustaba hablar con los demás. Sentí cómo ella caminó hasta sentarse a mi lado y vi de reojo que me tendió una sonrisa — Podemos ser amigos, ¿quieres?
—No te conozco —le espeté con más enojo del necesario, pero lo único que logré fue que su sonrisa se incrementara.
—Ningún amigo se conoce antes de ser amigos. ¿Qué es lo que tienes? —Intentó acercar sus pequeñas manos hasta el objeto que sostenía, pero lo apartó rápidamente. No quería que alguien que no conocía tocara algo especial para mí. Ante su mirada de confusión y de desilusión dudé de hablarle o no, y luego de unos segundos solté un suspiro.
—Es Poky, mi perrito. Me lo dio mi mamá —susurré. En ese momento hizo algo que me extrañó: se levantó y se fue, sin más. Me quedé estático unos segundos, mirando como se alejaba hasta la zona de juguetes. Decidí fijar mi vista al suelo, y luego de unos segundos sentí de nuevo sus pasos, cada vez más cerca. Volvió a sentarse, esta vez sosteniendo un peluche blanco con forma de gato.
—Ella es Michi. Es mi juguete preferido —dijo, dejando su juguete en el piso. Luego volvió a sonreír —. Y yo soy Sofía.
—Thiago —respondí rápidamente, cosa que me sorprendió a mí mismo. Ella solo alzó las cejas —. Me llamo Thiago.
Desde entonces que somos mejores amigos, aún más de diez años después.
Aunque Sofía y yo cursamos el mismo año ambos estamos en divisiones diferentes, por lo que sólo puedo verla durante los recesos y, si se puede, a la salida. Soy apenas un día mayor que ella y, sumando el apego que tenemos desde hace años, dicen que somos casi como hermanos perdidos. Aunque en sí no nos parecemos en nada: su piel apenas tostada, sus cabellos ondulados y castaños, sus ojos color chocolate y su estatura baja contrastan con mi aspecto. Tengo la piel nívea, pelo rojizo, ojos azulados y soy una cabeza más alto que ella.
La primera hora de clases pasa con una lentitud digna de una tortuga. Las palabras de la profesora no hacen más que sumirme en el mundo de la semi-inconsciencia por lo menos cinco veces en toda la hora. Cuando suena la campana que indica el receso salgo a paso rápido del salón y me la cruzo, a unos pasos de su división.
— ¿Qué tal tu mañana, Thiago? —me pregunta, ahora con su pelo perfectamente peinado y su ropa más arreglada.
—No me quejo. La profesora de Literatura es perfecta para poder echarme una mini siesta —contesto. Ambos reímos levemente, hasta que lo veo acercarse. Ella también lo presiente, su sonrisa se borra y su cuerpo tiembla involuntariamente.
Cuando Mauricio llega, saluda con un "Hola, amorcito" a Sofía y le rodea la cintura con un brazo, a lo que ella ahoga un gemido. Luego, apenas dirigiéndome una mirada de superioridad, lleva a mi amiga para el lado contrario del pasillo, a lo que ella solo puede hacerme señas de "te veré luego".
Suspiro. Su novio no me cae para nada bien. He tolerado casi todo en la relación de ambos, mas ahora lo odio completamente. Pero si ella lo deja, él sería capaz de cualquier cosa…Y es por eso que sé la verdadera razón de por qué ella tardó en llegar hoy, las apenas perceptibles marcas de maquillaje (que ya me he acostumbrado a distinguir) son la muestra perfecta de ello.
En el resto del día no vuelvo a verla en los otros dos recreos, aunque existe la probabilidad de que se haya quedado dentro del salón de su clase; ella suele hacer eso cuando debe terminar alguna tarea o estudiar. Para mí, las horas hasta el horario de salida se hacen eternas. El palabrerío de los los profesores hace que las imperfecciones de las paredes sean lo más interesante del mundo. Siempre apruebo por lo justo al pedir las cosas a los demás, por lo que demuestro poca preocupación por los temas que damos.
Garabateo algunas cosas en mi cuaderno, solo para aparentar que estoy tomando apuntes y evitar preguntas inoportunas. En un momento me desconcentro de lo que hago, y cuando bajo la vista veo con sorpresa lo último que he escrito:
Sofía.
No puedo dejar de pensar en ella. Me preocupa mucho lo que pueda pasarle, y si no puedo lograr protegerla. Quisiera poder intervenir más en su vida y ayudarla para mejor.
— ¿Cuál es su respuesta, Balcedo? —Tacho repentinamente el nombre de la hoja y levanto la vista desconcertado. La profesora de Historia me mira con los labios fruncidos, claramente irritada. Todos mis compañeros se han girado a verme: algunos con burla, otros con sorpresa.
— ¿Qué? —logro articular, y oigo la risa general de todos y los cuchicheos. Bueno, tal vez sí debería prestar más atención en las clases. La profesora calla rápidamente a todos, y vuelve a dirigirse a mí.
—Le vuelvo a repetir la pregunta: ¿qué le parece a usted que fue la llamada Guerra Fría? —Pienso en alguna respuesta, pero no se me ocurre nada. Miro fijamente, hasta que ella niega con la cabeza y anota algo en su plantilla de notas —. Un uno, Balcedo.
Sí, debería prestar más atención.
Paso el resto de la clase tratando de concentrarme en las fechas y explicaciones dadas sobre el tema. Anoto algunas cosas sueltas, y guardo mis cosas antes de que suene el timbre de salida. Luego de notar la mirada enojada de mi profesora por lo de hoy, salgo a paso rápido al pasillo, junto con todos los demás.
Llego a la salida, y me quedo esperando en la vereda. El alivio me recorre completamente cuando veo a Sofía salir sola en el fin de la jornada. Alivio, porque era casi seguro que no podría haber hablado con ella estando Mauricio dando vueltas. Me mira y se acerca saltando de a dos escalones la entrada del colegio, sonriendo de la misma forma que hoy a la mañana.
—Iremos juntos hoy, ¿verdad? —me pregunta, a lo que yo asiento levemente con la cabeza. Acompañarla significa ir caminando juntos unas cuantas calles hasta llegar al edificio donde vivo yo. De ahí, ella hace medio kilómetro más (todavía a pie) hasta su casa, una de las pocas que ha sobrevivido a la invasión de departamentos de la ciudad. Ambos disfrutamos del recorrido, tanto estando en silencio como conversando.
Luego de unos minutos, me decido a sacar algún tema:
—Parece que hoy te dejará un poco en paz —comento, y sé que ella nota a quién me refiero.
—Estará ocupado en la tarde, y en resto de la semana. Cosas de él.
—Ah —Y hasta ahí la charla. Al parecer evita hablar de él y, sumado al comportamiento que tuvo hoy, solo me falta una última cosa para confirmar mis sospechas.
Caminamos unas cuadras más, hasta que diviso un callejón oscuro formado a partir de la pequeña distancia entre dos edificios. Sin pensarlo dos veces, la tomo del brazo y la arrastro hasta allí. Sofía forcejea levemente, hasta que al final se rinde. Ya estando cubiertos por la oscuridad, apoyo su espalda con suavidad contra una pared, y delicadamente paso mis dedos contra su mejilla derecha. Noto que sus ojos se humedecen conforme voy retirando las capas de base de su rostro, hasta que la marca, esa herida aún más violeta que la ropa que lleva, se hace presente ante mis ojos. Es reciente, no de hoy pero sí de hace unos pocos días.
—Por qué, Sofía —susurro, profundamente dolido.
—P-puedo explicarlo —me dice ella con voz trémula, mientras un par de lágrimas se deslizan desde sus ojos.
—No tiene razones para hacerte esto.
—N-no obedecí a algo que me pidió, y…—Posiciono mi dedo índice contra sus labios, callándola. No puedo seguir oyendo esas incoherencias salir de su boca. Simplemente la atraigo hacia mí y ella comienza a llorar desconsolada contra mi pecho.
Sé del maltrato de Mauricio, sé del calvario que vive mi amiga desde hace meses. Nunca intervengo por pedido expreso de ella: la única vez que lo hice (haciendo sentir a ese bastardo lo mismo que siente Sofía), sus heridas resultaron peores. Y no son sólo las heridas físicas las que le ocasiona, las heridas que oculta a sus padres y a los demás bajo capas y capas de maquillaje. Están las heridas interiores, las sentimentales, que no tienen maquillaje que las oculte, que nunca cicatrizan y que están allí, latentes, en carne viva. Esas heridas que por más que quiero no puedo curar del todo, y que también me duelen a mí. La veo sufrir, y sufro yo en silencio.
Luego de un rato abrazados en ese callejón húmedo y oscuro, Sofía se separa y seca sus últimas lágrimas. Yo sé que ya se ha descargado, que ha soltado sus emociones al menos por hoy. Mientras la veo tratar de arreglar el maquillaje que quité de su mejilla aún habiendo poca luz, recuerdo cuándo fue que me enteré de todo lo que pasaba.
Fue un día de septiembre del año pasado, y hacía demasiado frío como para ser primavera. Ese día la noté más rara. En sus movimientos, en su forma de actuar, no era la misma de siempre. Su saludo había sido seco, sin sonreír, y con la tristeza presente en sus ojos. Y eso me había preocupado demasiado.
Algo le había pasado a Sofía, algo demasiado malo, como para que no sonriera y se mostrara ausente todo el día, como si sus ánimos hubieran sido absorbidos. Mi amiga siempre había sido la persona más alegre del mundo, nada podía cambiar porque sí.
Cuando sonó el timbre de salida del colegio, la vi entre la multitud de chicos que apresuraban el paso para salir. Traté de alcanzarla en velocidad, aunque ella fue más rápida y en segundos la perdí de vista. No sabía si había intentado huir al verme o quería volver rápido a su casa. Ya estando fuera, caminé un par de cuadras hasta que la divisé.
— ¡Sofía! —grité, y llamé su atención ya que paró en seco y se dio vuelta. Esperó hasta que me acerqué a ella, y al hacerlo noté que su expresión triste perduraba — ¿Puedo acompañarte a tu casa? —le pregunté, a lo que ella pareció dudar.
—Nunca me acompañas, Thiago. ¿Por qué hoy? —susurró, y su voz se escuchó como si le costara decir cada palabra.
—Quiero hablar contigo —Fruncí el seño cuando su expresión dubitativa siguió presente —. Algo pasa, Sofía.
Ella solo atinó a desviar la mirada, lo cual incrementó mi fastidio.
—No es verdad.
—Sí lo es. Te conozco lo suficiente, no puedes mentirme —Ella se mordió el labio, como si le hubiera acertado en algún punto débil. Soltó un último suspiro, antes de responderme:
—Está bien, sígueme.
Ambos caminamos juntos algunas cuadras, sin emitir palabra, un poco por el humor y otro poco por el clima invernal que vivía la ciudad. Aún así, presentía que ella iba a ceder. No sabía por qué, pero lo presentía.
Y aquello se cumplió, cuando llegamos a su casa e ingresé detrás de ella. Sus padres no se encontraban allí, por lo que podríamos hablar de forma privada. Me hizo señas para que dejáramos nuestras mochilas y abrigos en el sofá de la sala, y subimos escaleras arriba. Una vez allí, recordé automáticamente los pasos: al fondo, segunda puerta a la derecha. La habitación de Sofía. No bien entramos, ella se arrojó sobre el acolchado turquesa, mientras que yo simplemente me senté en la silla del escritorio.
Mientras un silencio incómodo se extendía, examiné el cuarto de mi amiga, que no había cambiado mucho desde la última vez que había venido. Las paredes seguían siendo de un tono verde claro, tenía un escritorio cuya madera estaba gastada por los años, además de un armario que fácilmente ocupaba la mitad de la habitación, una repisa en la única pared libre (con varios libros sobre ella) y una pequeña mesita de luz al lado de la cama.
—Fue ayer a la tarde —susurró Sofía, lo cual me sacó de mis cavilaciones. Ella jugueteaba con sus manos nerviosamente, con la vista en el suelo —. Mauri me preguntó qué hacía hablando con Javier, mi compañero de grupo en el trabajo de Biología. Se puso demasiado celoso, ambos discutimos, y…—En ese momento, se le quebró la voz y lloró las lágrimas que había evitado soltar durante todo el día. Rápidamente me levanté y me senté al lado de ella, abrazándola y consolándola —. Fue un pequeño golpe, él me pidió perdón, sé que lo hizo sin querer…
—No tiene justificación —le interrumpí, en un tono completamente frío —. Nada justifica la manera en que te trató.
—Lo sé, Thi —dijo ella, luego de controlar un poco sus sollozos. Tragó en seco, y cuando volvió a hablar noté un deje de esperanza en su voz —. Me dijo que jamás volverá a hacer algo así, y yo le creo. Confío en él.
—Más le vale. Si vuelvo a enterarme de algo así, haré sufrir a ese malnacido —Tal vez mi voz sonó más autoritaria de lo requerido, pero no me importó. Solo quería el bienestar de mi amiga, que ella estuviera bien. No quería verla sufrir así.
No sabía a ciencia cierta si Mauricio llegaría a cumplir su promesa. Y como lamentablemente sospechaba, no la cumplió.
—Gracias por haberme ayudado hoy —Su frase me toma por sorpresa. Los dos estamos frente al edificio de departamentos donde vivo, a punto de despedirnos. El tiempo se nos ha pasado volando con su desahogo, y en los últimos días el sol se ha ocultado cada vez más rápidamente, como ocurre cada otoño. Después de todo, ella todavía debe volver a su casa.
— ¿Por qué, Sofía? —pregunto. —Si siempre estoy para ti.
—Por eso mismo —susurra ella, y veo que su sonrisa refleja sinceridad y melancolía —. ¿Te acuerdas los días de primaria que los pasábamos conversando más que escuchando a la maestra? —Cómo olvidarlo. Nunca fuimos precisamente una luces brillantes en las materias, pero nuestras notas eran aceptables. Los recuerdos de las risas en clase no hicieron más que contagiarme su sonrisa. —Siempre supiste animarme, Thiago. Desde pequeños que somos inseparables, siempre has sido y serás mi mejor amigo. Te quiero mucho.
Sus palabras me hacen sentir bien y me duelen al mismo tiempo. Siempre he valorado mucho a Sofía, es la única amiga que tengo y no pienso separarme nunca de ella. Pero me duele porque no lo nota, nunca notó lo que siento, y no creo que vaya a hacerlo. Los dos nos quedamos en silencio, aunque la observo fijamente y sé que mis ojos expresan todo lo que dirían miles de palabras. Ella suelta una pequeña risita, y vuelvo a ver la felicidad en sus orbes marrones. Arqueo una ceja, extrañado:
— ¿Por qué la risa?
—Por nada, solo…me sorprende la forma en la que nos comunicamos, aún sin palabras —admite, conteniendo otra risa que amenaza con escaparse de sus labios. Y esta vez yo soy quien río por ella.
—Es verdad —digo, mientras me acerco un par de pasos hacia ella —. Creo que luego de tantos años ya nos entendemos perfectamente. Extraño, ¿no?
—Verdad —dice ella, y cuando estoy lo suficientemente cerca deposito un suave beso en su mejilla. Al alejarme un poco, alza una de sus manos y acaricia un costado de mi rostro y juguetea con un mechón de mi cabello. Hago un esfuerzo que me parece casi sobrehumano para disimular el sonrojo que planea invadir mis mejillas. —Hasta mañana, Thiago.
—Hasta mañana —respondo —. Más tarde te llamo a tu casa —En ese momento la expresión de su cara parece de sorpresa, se aleja un par de pasos y casi repentinamente se golpea la frente con una de sus manos.
—Lo olvidé completamente —gruñe, claramente fastidiada consigo misma, cosa que ahora me sorprende a mí —.Mis padres no estarán por estos días en casa, así que tendré que quedarme en el departamento de mi tía, en la otra punta de la ciudad. Te llamaré cuando llegue, ¿sí?
—Fuerte y claro, señorita olvidadiza —bromeo, y ella infla sus mejillas en señal de fastidio, Doy media vuelta y me acerco a la puerta de entrada, pero me giro para gritarle algo más: — ¡Y que no se te olvide la llamada!
—Muy gracioso, sí señor —dice entre dientes con el seño todavía fruncido, pero antes de seguir camino hasta la parada de ómnibus me sonríe fugazmente.
Me quedo mirando la dirección en la que se marcha hasta que la pierdo de vista. Luego de eso, doy media vuelta y atravieso la puerta principal. Al entrar, Sergio, el portero de nuestro edificio, me saluda amablemente:
—Buenas noches, señor Balcedo —Debo admitir que me cohíbe que se dirijan hacia mí como "señor", en especial porque dicen que aparento más edad aunque todavía no haya cumplido los dieciséis años.
—Buenas noches —respondo, asintiendo levemente con la cabeza —. ¿Mis padres aún no han llegado?
—Todavía no. Habrá problemas de tránsito.
—Capaz —Y con eso concluyo la conversación, al momento que subo escaleras arriba. Fácilmente podría tomar el ascensor, pero como nuestro departamento queda en el segundo piso no lo veo necesario. Luego de terminar de subir, me dirijo hasta la puerta que tiene grabada un "2F". Utilizo las llaves para abrir la cerradura, y entro.
No es muy grande el lugar donde vivimos. Contamos con lo justo y necesario, y no se abusa de los adornos y decorativos en el ambiente. Además del living, el comedor-cocina y el baño solo tenemos tres habitaciones pequeñas: una es de mis padres, la otra es mía y la última es la habitación de huéspedes, probablemente la más vacía de todo el departamento.
Me dirijo a mi pieza y dejo la mochila del colegio sobre el piso, para luego recostarme sobre mi cama a ver televisión. En el momento en que me acuesto, noto cómo unas gotas de agua impactan contra la ventana al costado mío: ha comenzado a llover. Espero que Sofía ya haya llegado a la parada.
Hago zapping por los canales sin encontrar nada interesante: peleas de famosos, noticias relacionadas con el mal tiempo, dibujos animados que parecen querer enseñar a los niños a ser bobos. Cada tanto me levanto, camino y miro el teléfono de la sala esperando la llamada de mi amiga. Pasan una hora, dos, y nada. No recordaba que su tía viviera tan lejos como para que tardara tanto. Ya para las ocho mi preocupación es notable y pienso en llamarla, aunque me detengo a mí mismo antes de hacerlo: no sé el número del departamento, y Sofía nunca lleva su celular en la mochila. No tengo forma de contactarme con ella.
Son las nueve de la noche cuando repentinamente escucho la puerta del departamento abrirse, y al asomarme desde mi pieza veo entrar a mis padres. Al ver los paquetes de comida que traen entre brazos razono en que no he comido nada desde la mañana, por lo que tengo demasiada hambre.
Mamá y papá no son personas muy conversadoras (característica que he heredado), lo cual me alivia en parte ya que no soportaría que estuvieran encima mío todo el tiempo. Apenas y menciono a Sofía, quien es la más cercana a mí, pero ni les molesta. Se ocupan más de temas de trabajo que de nuestra familia. La cena transcurre en completo silencio, salvo por un par de comentarios sueltos sobre el clima o actividades diarias, y cuando voy a retirarme suena el teléfono.
—Yo atiendo —informo, y salgo casi disparado hasta llegar al aparato y tomar el auricular —. ¿Hola?
— ¿Thiago? Soy yo, Sofi —Al oír su voz suelto inconscientemente un suspiro de alivio. Muy pocas veces ella me ha preocupado de esta manera.
—Me alegro de oírte, Sofía. ¿Por qué tardaste tanto? Digo, ni tantas horas se tarda llegando a pie.
—No, solo es que... —murmura, y oigo que hace una pequeña pausa. Su voz suena casi como ausente, y eso logra intrigarme —, nada, luego te cuento, ¿sí? Acabo de llegar, y necesito descansar un poco.
—Entiendo. Será hasta mañana, ¿no?
—Hasta mañana, Thi —Y cuelga, sin darme tiempo a responder. Suspiro, y dejo el auricular en su lugar. Sin importarme el despedirme educadamente de mis padres vuelvo a mi habitación, y me quedo acostado pensando un buen rato, hasta que me quedo dormido.
Al otro día y durante el resto de la semana, Sofía permanece anormalmente callada. Y no por Mauricio (quien no ha dado señales de maltrato muy evidente para la suerte de ella), sino por algo que me oculta. Pero cada vez que intento preguntarle por el tema se desvía hablando de otra cosa, por lo que me resigno y dejo de acosarla a preguntas. Tampoco puedo pararme a caminar y preguntarle algo a la vuelta del colegio: desde lo ocurrido el lunes que su tía le exige que vuelva temprano a su casa.
Lo único que me queda es esperar: conociendo a mi amiga, debo darle tiempo hasta que me diga algo.
Pasamos el fin de semana entre llamados, libros, "Te extraño", "Prefiero no hablar de eso" y muchas más vueltas hasta que llega el lunes. Para entonces su silencio ha hecho que mi humor fuera el equivalente al de un perro bulldog, y mi querida compañera me hace notar eso:
—Thiago, ¿estás enojado? No te veo muy animado.
Esa es la gota que colma el vaso. Me giro a verla, y noto algo de temor en sus ojos.
— ¿Sí? Perdón, no me había dado cuenta, ¿por qué será? —respondo con sarcasmo, y dirijo mi mirada al suelo. Evité hablar en voz alta porque estamos en el patio, como todo chico durante el receso, y no quiero que la atención se centre en una discusión nuestra. A mi lado siento la leve risa de Sofía, y cuando la observo noto que sus ojos han adquirido un brillo particular.
— ¿Es por lo que no te conté, verdad? —susurra sonriendo, en un tono cargado de picardía. Ahora debo ser yo quien la mira con miedo — ¿Quieres que te cuente? —Estoy entre tres opciones: decirle que sí, gritarle y mandarla al carajo o considerar la idea de llevarla con un psicólogo (vamos, un comportamiento así no es normal). Al final, me inclino por la primera y asiento levemente para que continúe.
En ese momento ella pone cara seria y mira para todos lados. Me detengo a pensar que tal vez sí se haya vuelto loca, hasta que comprendo el por qué de su reacción: busca a su novio con la mirada. Al no verlo por ninguna parte, se acerca a mía una distancia que fácilmente puede quebrantar la denominación de espacio personal, y me susurra algo que me sorprende al oído:
—Thiago, ¿serías capaz de guardar un secreto?
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