
| Mi Transición
Author: Lylyanne Black Sólo una persona es capaz de describir un asesinato: la víctima. (Violencia).
Rated: Fiction M - Spanish - Supernatural/Fantasy - Words: 2,657 - Published: 12-04-12 - Status: Complete - id: 3080134
|
|
A+ A- |
Era una noche tan fría que aún me hela los huesos. Recuerdo que era muy tarde y que no había muchas personas fuera de sus casas. Yo continuaba mi caminata. Nunca -y esta vez no fue la excepción- sentía la necesidad de llegar de inmediato a mi hogar; sin pensarlo me detuve un instante y miré hacia arriba, el cielo, el cuál en esos momentos lucía una tonalidad rojiza muy profunda y clara: iba a nevar muy pronto. No apresuré mi paso, sólo seguí mi camino.
Al describir esto, sigo sin creer que haya pasado tanto tiempo de aquella noche, se me hace algo atroz lo que ocurrió después. Aún recuerdo esa voz, llamándome por última vez; esa mirada, llena de furia, de odio… demasiado fría y sin escrúpulos. Ahora, precisamente veinte años después he regresado, sólo para contar lo que realmente sucedió, para relatar la forma en que fui asesinado.
En aquellos días, el nombre de Louis Kearsley era muy sonado en el mundo del arte: especialmente en la pintura. Nadie lo había visto alguna vez, pero como siempre, los rumores entre las personas no podían faltar "Es un hombre muy viejo, ermitaño" decían algunos, "un tanto amargado y huraño" decían otras. La verdad es que ese sólo fue mi pseudónimo. Mi nombre real -que ahora recuerdo como si sólo fuera un simple eco- fue Iván, Iván Luna: un nombre bastante común, un tanto simple y me atrevería a decir que sonaba un poco hogareño. Mis días fueron muy tranquilos, pintando en mi departamento, conviviendo con mis seres amados: Julia, mi esposa y Sebastián, mi hijo. Se podría decir que sólo era una sombra más en la ciudad. Me sentía bien, aunque el destino que se había fijado para mí, no lo era tanto. Nunca me gustó el protagonismo, el asecho de los medios, en realidad yo me consideraba una persona sencilla y tranquila, sin más preocupación que mi esposa, que en esos momentos se encontraba embarazada, y era un embarazo de alto riesgo para ser sincero; y mi hijo, quien en ese entonces contaba con tan sólo cinco años. Mis familiares y amigos más cercanos eran los únicos en saber de mi doble vida, y me apoyaban con ello, pues sabían que desde niño la pintura fue todo para mí, era mi pasión más grande y nada me separaría de ella. Tenía una vida feliz, "¿qué podía pasar mal?", eso es lo que me pregunto y repito constantemente, "¿qué podía pasar mal?"…
Seguía caminando por el parque, respirando un tanto agitado -debe ser por el clima- pensé. Noté que salía vapor de mi boca con cada respiración. No me sorprendí, sabía que iba a nevar. En ese momento mi celular sonó y lo odié, pero al contestar mi corazón me lo agradeció.
– Hola mi amor –dijo la voz de Julia al otro lado de la línea y sin poder evitarlo, una sonrisa se dibujó en mi rostro.
– Hola –le contesté con una voz tranquila y que sólo a ella le podía dedicar.
– ¿Ya vienes a casa? –preguntó con una voz igual, suave, pero con un tono que me enloquecía–. Sebastián se quedó dormido esperándote.
– ¡Oh! Pobrecillo –murmuré a mi vez que imaginaba la escena–, le prometí que acabaríamos hoy.
– Sí, estaba muy entusiasmado, pero al final, el sueño lo venció.
– Pero… se durmió temprano ¿verdad? –pregunté impaciente y oí las risitas que mi mujer, y ello me confirmó que la respuesta era afirmativa. Suspiré de alivio: a veces los breves instantes de silencio son los que más disfrutas, sobre todo si se habla o se está con la persona amada –. Te amo Julia…
– ¡Qué cursi eres! –respondió ella con su tono tímido–. Sabes que yo también te amo.
Pero esa sería la última frase que escucharía pronunciar a mi esposa. De pronto el celular se apagó, como si se hubiera descargado, cosa que me sorprendió bastante pues lo había estado cargando durante la tarde; lo guardé y ahora si me apresuré a llegar a casa, al mismo tiempo que los copos de nieve comenzaban a caer lentamente. Mi pulso y mi respiración se agitaban, no estaba acostumbrado a trotar, al contrario, solía ser un fumador empedernido y el ejercicio me agotaba rápidamente. Doblé en una esquina, pero extrañamente sentía una mirada sobre mí. Comencé a asustarme. Di la vuelta en otra esquina cercana. "Señor, ¿se encuentra bien?" oí por parte de un policía, pero hice caso omiso, no le respondí y seguí mi ruta hacia mi hogar, perdiéndome entre las calles de la ciudad hasta que de pronto, un dolor muy agudo se apoderó de mis entrañas, atravesaba mi pecho y me dejé caer de rodillas en la acera exhausto. La garganta me escocía y sentía como el corazón se me quería salir del pecho, incluso mi vista se nublaba en ratos. Subí la mirada para ver si había un taxi cerca: ahora me urgía llegar a mi casa pronto. Sentí un golpe en la cabeza y después todo se apagó.
La habitación en la cual me vi luego de despertar era pequeña y obscura: estaba atado fuertemente a una silla. No intenté desatarme, sabía que sería inútil luchar contra aquellas cuerdas, aunque otra razón para no hacerlo era la curiosidad de conocer a mi captor, del cual tenía cierta idea de quién podría ser.
Hacía unos cuantos meses había conocido a Jared, un joven que solía frecuentar la cafetería en la cual yo tenía costumbre de ir a desayunar y fumar un rato. Era un chico muy tímido, y joven de edad, no tendría más de dieciocho años. Un día tomó valor, se acercó a mí y se presentó, dijo que no era de este país, que había venido acá para poder estudiar en una escuela de arte, pero que no tenía el apoyo de nadie y necesitaba ayuda.
– Y, ¿por qué me cuentas esto a mí? –le pregunté sorprendido.
– Porqué sé que usted es Louis Kearsley –me respondió en un tono muy serio, como si su vida dependiera de ello. Muy asombrado levanté las cejas y exhalé un suspiro.
– No sé qué te hace pensar eso –le dije de manera un tanto indiferente, pero él insistió e insistió.
Sabía tanto de mi, mi número telefónico, mi dirección. Temí que le pudiera pasar algo a Sebastián o a Julia que accedí a ayudarle y darle clases yo mismo. Era mejor un particular que una escuela. Rápidamente Jared y yo nos hicimos buenos amigos, sabíamos todo del otro, inclusive podría decir que fue como el hermano menor que desgraciadamente nunca tuve, y yo lo trataba como me hubiese gustado que me tratara Aharón, mi hermano mayor, quien huyó de casa siendo muy joven y del cual no sabía nada desde entonces.
No sé porqué, pero estando en esa situación pensé en Jared, quizá fue su manera de ser un tanto obsesiva, su admiración hacia mí me asustaba muy en el fondo, temía que le sucediera algo malo a mi familia, o a mi pero sabía que Jared no se atrevería, nos llevábamos tan bien que no lo creía capaz de hacer algo así… ¿o sí?
Me quedé pensando en Sebastián: tal vez estaría un tanto enojado conmigo por no haber llegado temprano a casa pero necesitaba salir a caminar, como era ya mi costumbre de hacerlo todos los días; luego me vería y sonreiría, me diría que soy muy raro pero que de todas formas me quería. Estaba cabeceando, me sentía extrañamente débil y un tanto mareado. En ese momento una persona abrió la puerta de golpe y haciendo vaivenes al caminar se aproximó a mí. Abrí la boca, pero de ella sólo pudo salir un gemido ligero y ahogado, ese alguien sonrió por lo bajo.
– Sigues vivito Iván –dijo– o debo decir ¿Louis? –noté como pronunció mi pseudónimo con cierta burla. Me sonrojé muy enfadado y me atreví a levantarle la voz.
– ¿Quién demonios eres? –pregunté en un arrebato de valor. Mi secuestrador volvió a reír, ahora más fuerte que la primera vez lo cual me hizo enojar aún más, pero ahora no me delaté, sólo bajé la mirada.
– No me reconoces ¿verdad? –Preguntó él, ahora se escuchaba en su tono cierto asombro.
– Ni siquiera en la luz te reconocería –le espeté en un tono de fingida indiferencia hacia su identidad. Al terminar yo de hablar, mi captor prendió la luz rápidamente y lo vi: era un hombre un poco mayor que yo, con el cabello entrecano y opaco, pero de la misma tonalidad que el mío, castaño; su mirada azul, parecía perdida y se denotaba cierta frialdad en ella; su sonrisa, demente, sólo con verla me bastó para identificarlo– Aharón –murmuré en un susurro quedo–… ¡Aharón! Hermano, ¿qué hago aquí?, ¿qué fue lo que pasó?
– ¿Sigues siendo el idiota consentido? –preguntó con hastío– Bueno, para qué me sorprendo, era de esperarse –terminó su frase usando una voz con saña–. Pues verás, yo fui el que te trajo aquí, me cansé de verte triunfar y por eso huí de casa. Tiempo después, gracias a mamá me llegó la noticia que eras un gran pintor, me habló de tu doble identidad y eso fue lo que me provocó más rabia hacia ti –mientras hablaba, Aharón recorría el cuarto de un lado a otro, como si fuera un péndulo, me desesperaba–. Me enfermas Iván, realmente me enfermas –sacó un cigarro de dudosa procedencia y lo encendió provocando que el cuarto comenzará a impregnarse de un olor nauseabundo y penetrante–. Pienso que estás desperdiciando todo lo que podrías ganar… –se quedó pensando al momento que yo respondí:
– ¿Desperdiciando? –le pregunté– ¿Cómo pude desperdiciar algo, si he plasmado todo lo que…
– No, no, ¡NO ESTÚPIDO! –me reclamó sin dejar que yo terminara de hablar, a la vez que echaba todo el asqueroso humo que exhalaba en mi rostro– Me refiero a la fama, las mujeres, el reconocimiento, el estrellato, pero sobre todo esos millones, tantos millones. Yo siempre quise ser reconocido por mis pinturas, pero siempre me opacaron las tuyas Iván, todavía me acuerdo de cómo te elogiaba mamá y cuánto te presumía papá… Y ¿Qué hay de mi Iván? ¿Qué pasa conmigo?
– Aharón –lo llamé–, a mis padres si les gustaban tus pinturas ¿recuerdas? El problema fue el que tú te diste por vencido y eso no quiere decir…
– ¡Yo jamás me di por vencido! –Me gritó encolerizado. En ese momento me di cuenta que ese cigarro no era otra cosa más que sólo marihuana, así que decidí mejor no contradecirle, ya no le respondí, sólo viré mi mirada hacia otra parte–. Pero, todo eso ya no importa, ya pasaron las cosas, no te preocupes, lo que pasará ahora será que yo voy a sustituir tu lugar, voy a asumir tu identidad y te voy a matar ¿oíste? ¡Te voy a matar! –su rabia hacía que en sus ojos se reflejara un brillo de maldad, celos y amargura demasiado potente.
Seguí sin decir nada. Decidí hacerme fuerte aunque por dentro me carcomían las ganas de llorar. Vi que mi hermano salía de la zona en la que podía verlo, al fondo de aquel cuarto; escuché que sacaba algo, se escuchaba arrastras una especie de caja. Cuando logré verlo de nuevo comprobé que en realidad se trataba de una caja, una caja de herramientas, mi caja de herramientas; en ella guardaba las espátulas y demás aditamentos que pudieran haber sido peligrosos para Sebastián cuando comenzaba a caminar. Se me había hecho costumbre guardarlos ahí.
– ¿Qué haces con mi caja, Aharón? –Pregunté al verlo sacar una espátula grande y afilada.
– Lo que hace tiempo, mucho tiempo, tuve que haber hecho –contestó sin reflejar sentimiento alguno.
Sin previo aviso se abalanzó contra mí, sulfurado, con una mirada maniaca: todo lo que no era él. Fue tan fuerte que me derribo al suelo; intentó acercarme la espátula al cuello, quería a toda costa rebanarlo. Lo quité con mis piernas, pues éstas no estaban atadas a la silla, sino entre sí, lo arrojé lejos, él al caer se golpeó la cabeza y cayó al suelo sin moverse. Agitado y asustado intenté desatarme rápidamente, intenté deshacerme de aquellas cuerdas que no me dejaban ir, pero eran demasiado fuertes, maldije una y mil veces pero aún así, no pude privarme ellas, no podía. Escuché mi celular sonar, lejos de donde yo estaba, a mi mente llegó Julia, mi Julia, pobre de ella.
Para mi desgracia yo me sentía cada vez más mareado y débil, pero aún así seguía forcejeando contra las sogas, intentando frotarlas para desanudarme, pero, en ese momento un dolor muy grande me invadió, grité, grité con todas mis fuerzas, con todo mi aliento. Aharón me estaba cortando las manos. Le rogué, le imploré, le supliqué, pero él ni siquiera pronuncio sonido alguno, no dejó escapar alguna expresión de placer. Al fin terminó, y en ese momento noté que yo estaba llorando silenciosamente, pero él estaba muy tranquilo. Me arrojó mis manos salpicándome con la sangre.
– Ahí tienes tus herramientas, hermanito –me dijo en un tono que aparentaba dulzura. Miré mis manos, sentí algo horrible cuando las vi en mi regazo: eran parte de mí, de mi pasión, miré a mi hermano lleno de odio y sonreí.
– ¿Creíste a caso que eso iba a ser suficiente como para terminar con mi felicidad? –le solté–. No Aharón, no –cada vez me sentía más y más débil, cansado, agitado, agotado, pero algo me daba ánimos para continuar–, tengo a mi familia, a mis amigos, tengo un hijo que alguna vez preguntó por ti, y aunque ya no tenga mis manos puedo seguir pintando, realmente no las necesito, no… –la vista se me nublaba más rápido, y ahora sentía que me sofocaba. Comencé a toser y salió sangre a borbotones desde mi interior. Levanté mi mirada hacia Aharón, quien sonreía triunfante.
– Creo que el veneno está haciendo efecto –dijo en un tono de superioridad–. Me quedaré siendo tú, me quedaré siendo Louis Kearsley, y de ti, de ti ya no será nada, serás sólo un muerto más. Yo lo tendré todo.
– No lo harás le dije en un susurro–. Tengo algo que tú nunca tendrás.
– ¿Y qué es?
– Un corazón… –Mis ojos finalmente se cerraron. Había muerto ahí, sin dar mucha resistencia, como si ya supiera lo que me aguardaba.
De los juicios y trámites no supe mucho. Me enteré que Julia se enfermó, al enterarse que había sido asesinado, tuvo un parto prematuro, pero afortunadamente nuestra niña nació bien; Sebastián también se enfermó, pero él se sentía decepcionado de mi, creía que lo había abandonado, aunque lo que más quería yo era estar ahí con él, protegiéndolo, quizá salir algunas veces a pintar por el mundo; Jared se mató, eso fue lo que supe, no soportó la noticia y no pudo hacerse a la idea de que yo ya no estaba en ese mundo, dijo que sólo yo era quien podría comprenderlo, y yo también lo creo; en cuanto a Aharón, mi hermano, dicen que llegó a mi casa, tambaleándose minutos después de haberme asesinado. Julia le abrió, se asustó al verlo lleno de sangre, y a pesar de que no lo conocía se preocupó por él y lo atendió, lo tuvo en casa, pero al poco rato también murió.
Algunos comentan que se envenenó él solo para seguirme y hacer de mi existencia algo imposible en este mundo también, pero yo les puedo decir otra cosa: él recibió su merecido. Ahora yo estoy tranquilo, velando por los míos, dándole forma y matiz a las nubes, al cielo, no tengo pinceles ni brochas, pero ya no las necesito, sólo requiero de mi corazón, que es él que me ayuda a darle forma a los sueños y anhelos de todos los seres que he amado.
|
||||||