Fiction » Romance »

Antes del amanecer
Author:
AppleNinde PM
Después del gran cataclismo y de la guerra mas sangrienta de todas, el mundo a cambiado. Una enorme muralla que va de polo a polo a dividido a nuestra tierra en dos partes.Un mundo moderno y un mundo que se quedo estancado entre la segunda guerra mundial y la dictadura Stalinista. En este caos, ocho personas tan diferentes como complicadas se unirán con un solo fin: ser libres.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Romance/Sci-Fi - Chapters: 27 - Words: 71,505 - Reviews: 2 - Favs: 4 - Follows: 2 - Updated: 05-18-13 - Published: 01-05-13 - id: 3089428
A+  A-   Full 3/4 1/2 Expand Tighten

Un Vuelo Turbulento

Svetlana buscaba en su closet una bufanda. La mayoría de sus prendas ya estaban afuera del mueble, creando aún más desorden en su habitación y complicaba su labor. Sus maletas ya estaban en el auto que en un par de minutos los llevaría al aeropuerto para viajar a Moscú. Finalmente el día había llegado, la boda de Katia se llevaría a cabo. Hacia muchos días que no estaba en su habitación a esa hora del día. Desde que le había prometido a Volker que dejaría de tener contacto con Blake, pasaba todas las tardes en la azotea o en la sala. Había pasado casi un mes desde la última vez que lo vio, inconscientemente se preguntó si el extrañaría no verlo en su habitación, pero quizás él ya la había olvidado. No supo explicarse por qué al pensar en la idea de que él le hubiese olvidado la hizo sentir triste. Entre un montón de suéteres, encontró su bufanda.

Ya tenía casi un mes sin verlo, se preguntaba si a él le extrañaría no verla en su Entre un montón de suéteres encontró la bufanda.

Por un momento, Blake odio el número de escaleras de su casa. Esa mañana las subía a toda velocidad, pues había olvidado su libreta pautada y la necesitaba para su examen del conservatorio. El día no podía mejorar aún más, pues era más que obvio que llegaría tarde a la escuela. En pasillo del tercer piso, acelero el paso maldiciéndose por no ser un poco más organizado. Abrió la puerta y enseguida busco con la mirada la libreta, que afortunadamente estaba sobre su escritorio. Sonrió para sí mismo de no haberla guardado mejor, pues eso hubiese sido aún más caótico. Un poco más tranquilo, camino hacia ella para tomarla, pero al subir la mirada hacia la ventana-un movimiento que últimamente se hacía más recurrente e inconsciente-vio aquella fina silueta, que diariamente repasaba en su memoria para no olvidar ni un detalle. Se tallo los ojos con el dorso de su mano, no iba a ser la primera vez en que su mente le jugaba una broma. Pero al mirar nuevamente, se quedó incrédulo y una pequeña emoción se empezaba a crear en su cuerpo, ella había regresado.

La pelinegra se quedó petrificada en el marco de su ventana, justo cuando pensaba salir de la habitación se dio cuenta que Blake estaba en su habitación. Trato de irse, pero sus pies se pusieron en su contra e impidieron su partida más sin en cambio, si le permitieron caminar hasta el borde de su pared, hipnotizada por lo que veía. Cuando se percató que el miraba hacia ella, sintió por primera vez cuanto lo había echado de menos.

—¡Svetlana! ¡Apresúrate o perderemos el vuelo!—escucho el grito enfadado de su hermana. Al oír eso salió de su estado hipnótico y corrió en dirección al pasillo.

No podía ser posible! ¡La estaba perdiendo otra vez!", pensó Blake desesperado al mirar cómo se daba la vuelta. Corrió hasta la ventana y dejándose llevar por su angustia grito:

—¡Espera por favor!—Svetlana escucho el grito y cerró la puerta de un portazo. Tenían que salir corriendo de ahí, seguramente todos lo habían escuchado.

—¡Hey muchacho! ¿Sucede algo?—pregunto un guardia occidental a Blake que miraba con amargura la ventana de occidente.

—No—respondió desilusionado al ver que ella se había ido.

—¡Qué muchacho tan loco!—musito enojado el guardia. Blake suspiro triste, cerro la ventana, tomo su libreta y salió de su habitación con desgano. Para ese momento ya no importaba ni el examen ni nada más. Ella había huido, sin que el supiera por qué y eso lo entristeció.

—¡Si quieres te esperamos el tiempo que quieras!—le grito Katya muy enojada a Svetlana cuando esta bajaba de las escaleras. La joven rubia la estaba esperando en el marco de la puerta principal.

—Lo siento—se disculpó enseguida y salió corriendo detrás de ella. Antes de subir al auto, se dio cuenta que un montón de militares caminaban inspeccionando la zona, el grito los había alarmado.

—¡Qué imprudente te has vuelto Svetlana!—le regaño su madre, que ya estaba sentada en el auto—Ni porque es la boda de tu hermana tienes un poco de consideración con ella.

—Parece que no quiere verme casada—comento Katya con falsa tristeza en su voz. Lana agacho la mirada, su hermana aprovechaba cualquier situación para hacerse la víctima.

—No le hagan caso, esta celosa de mi pequeña—consoló Frederick a la rubia, que se recargo en su hombro.

—Lo siento, no volveré hacerlo—volvió a disculparse apenada. Por suerte, Katya cambio el tema de conversación para volver a ser el centro de atención. Svetlana decidió mirar por la ventana del auto; aunque realmente no estaba observando el panorama, ella estaba inmersa en sus pensamientos que en ese momento solo giraban en torno a Blake. ¿Por qué razón le habría gritado que esperara? Quizás si la había extrañado después de todo, lo cual la confundió y la hizo sentir un poco estúpida por aquel sentimiento que recorría su cuerpo. Estaba tan concentrada en sus pensamientos, que cuando salió de estos se dio cuenta que ya estaba en la sala de espera del aeropuerto. Se desperezo, para así poderle dar un buen vistazo a tan enigmático lugar.

Lo miro despacio, era como un enorme almacén, frio y tétrico. Había muy pocos civiles por ahí, la mayoría eran militares y eso se debía a las estrictas medidas que existían en Oriente para poder viajar. Si viajar en bus, metro o tren era considerado un privilegio, pues viajar en avión era casi imposible para una persona al igual que poseer un auto. Los aeropuertos, solo eran usados por los hospitales, los políticos y el ejército en general. Si había vuelos para civiles, pero eran muy pocos y esporádicos. Para poder viajar en avión se necesitaban dos cosas, tener mucho dinero y además paciencia, el trámite para viajar consistía en formarse por días a fuera de la Secretaria de Transito para poder obtener un permiso que costaba mucho dinero y después formarse en la cola de la embajada del país al que se quería viajar, para pedir permiso de ingreso y este trámite se tenía que hacer con muchos meses de antelación. Pero en el caso de los Weigel había una excepción. Su hermana se casaba con el Capitán Nikolai Erochkin, que era el sobrino y protegido del presidente ruso Nikita Erochkin, por obvias razones la boda sería un gran evento.

—¿Conoces alguien de aquí?—pregunto una voz muy familiar a Svetlana, al girarse se encontró con su rubio amigo Volker.

—¡Hola!—lo saludo enseguida, él le sonrió.

—¡Qué emocionada te vez por la gran boda!—comento sarcástico.

—Aunque no lo creas—comento con un tono irónico—en mi interior estoy eufórica—el General se rio.

—Pues si así te pones con esta enorme boda, me pregunto cómo estarás en la nuestra que será aún más grande—se miraron a los ojos con cierta complicidad, ambos habían aprendido a comunicarse indirectamente. Ella sonrió conteniendo su risa.

—¿Hablaste con mi padre?—le susurro al tiempo que le tomaba la mano. Ya se habían acostumbrado a esos coqueteos en publicó.

—Así es—respondió enseguida, tomando su mano con firmeza—, me pregunto por qué no he ido a visitarte, le dije que estuvo muy ocupado con unos asuntos de mi Brigada.

—Mentiroso—dijo entre dientes. Ambos se rieron.

—Lo sé, pero no podía decirle "¿qué cree suegro? Ando paseándome con la Bibliotecaria"—Svetlana se carcajeo ante tal comentario, imaginándose la cara de su padre si Volker se hubiese animado a decirle eso—.Además, yo no quiero que te cases con cualquier pelafustán—concluyo enfadado. Svetlana se conmovió por sus palabras, apretó un poco más fuerte su mano para llamar su atención. Volker la miro a los ojos.

—¿Y tú que eres? —inquirió con ironía.

—¡ja! ¡ja! Que graciosa eres—respondió con falsa molestia. Se hizo un silencio, ella recargo su cabeza en el hombro del joven. Ambos observaban a las personas que caminaban a su alrededor.

—Y ¿cómo te ha ido con ese asunto?—le pregunto rompiendo el silencio, mientras esperaban a que llamaran su vuelo. Volker jugaba con la delgada mano de la pelinegra.

—Pues es una persona muy agradable y linda, pero no quiero ir demasiado rápido, no quiero encariñarme con ella—Svetlana lanzo un suspiro, no era la primera vez que escuchaba eso del rubio.

—Deberías de darte una…

—No me digas que hacer—interrumpió bruscamente el rubio—, soy el mayor es obvio que yo sé bien que hago.

—Pero...

—Nada Lana, no tienes que preocuparte por mi—insistió el rubio. La pelinegra refunfuño, mirando hacia otro lado donde un par de personas que también viajarían en el mismo avión; platicaban de la boda y reían a carcajadas. Eran "amigos" de la familia, de los novios y las personas más falsas de Oriente. Jamás las había soportado y pensar que tendría que sentarse a un lado de una de ellas, llevar una plática amena cuando ellos quisieran, hacía que le hirviera la sangre. Al sentir la mano de Volker tomar la de ella, pensó que quizás no tendría que pasar un mal viaje.

—¿Viajaras con nosotros?—inquirió tomando por sorpresa al rubio, que estaba distraído con sus pensamientos.

—¡Qué más quisiera!—respondió con desilusión—, pero el camarada Heisenberg me invito a viajar en su avión privado y tú sabes qué pasa si no acepto por las buenas su honorable invitación—Svetlana suspiro desanimada.

—Lo bueno es que odias esos privilegios aristocráticos—Volker se rio.

—¡Svetlana! Eso no existe en nuestro mundo, no blasfemes. Todos somos iguales—la regaño irónicamente.

—¡Perdóname la vida Volk!—suplico sarcástica—¡No volveré a poner en duda al partido! ¡No me delates!, ten compasión de mí—le imploro en un tono de broma. La cara de Volker estaba totalmente roja, como un tomate; pues no podía aguantarse la risa.

—Lana, me tengo que ir—dijo tratando de controlar su ataque de risa, al tiempo que se levantaba de un salto—. Nos vemos en Moscú—Svetlana le asintió, ya que la risa no le permitía articular alguna palabra. Volker se acercó a darle un beso en la frente y se fue. Cuando la pelinegra pensó que había logrado controlar su ataque, volvió a caer al darse cuenta como la gente a su alrededor la miraban y cuchicheaban, se veían tan patéticos hablando de esa forma tan descarada acerca de Volker y ella.

El General fue el último en subir al avión presidencial. Era el avión más grande que se construía en el Oriente, cabían unas trescientas personas, pero en ese momento solo albergaba a treinta y cinco personas. Volker no podía negar que era un avión muy lujoso, de color marfil, los sillones reclinables de cuero, en lagunas partes del piso había una alfombra y al final había una sala de juntas. La aeromoza le indico que todos estaban en la sala de juntas, así que de mala gana recorrió el largo pasillo, ninguno de los asistentes se percató de su presencia al entrar en la sala. Se sentó en la última silla vacía e inspecciono con la mirada a todos los hombres que se encontraban ahí. Eran los fervientes secretarios de gobierno y algunas de las personalidades militares más importantes de Alemania y no confiaba en ninguno de ellos. En ese momento se encontraban sentados en sus respectivas sillas, con el cinturón de seguridad puesto y una copa de alguna bebida alcohólica en la mano. Su padre, se veía bastante contento; seguramente ya estaba planeando la plática que tendría con su homólogo ruso. El avión despego y ya que estuvo en el aire la reunión comenzó. Durante esas horas, Volker se dedicó a observar y escuchar atentamente lo que se discutía; analizaba cada gesto, palabra o movimiento de esos hombres. Sintió un poco de pena sabía que a su regreso a Alemania varios de esos hombres, serian destituidos de su cargos. Lo leía en los ojos de su padre, ellos no necesitaban decirse algo ambos podían saber con una simple mirada lo que el otro pensaba y a veces eso lo irritaba.

Los pobres Secretarios reían y pensaban que tenían una enorme complicidad con el Camarada Heisenberg, pero la verdad es que no era así. Todo su gabinete había cambiado en quince años, solamente una persona seguía en su cargo desde que su padre fue electo presidente; Richard Lundberg. Pero a pesar de eso, sabía que su padre había empezado a desconfiar de ese hombre; si no fuese así, Lundberg los habría acompañado a Moscú y no se hubiese quedado "a cargo" del gobierno por la ausencia del presidente.

Richard, siempre había sido una persona misteriosa y enigmática para Volker. Había algo en su forma de hablar, pensar y actuar que lo perturbaban desde que era un niño. Tenía la ligera sospecha de que ese hombre tenía algo que ver con Occidente, se veía demasiado fresco como para haber sido criado en Lituania, una ciudad que en últimas fechas era una ciudad fantasma, debido al estricto régimen socialista. El General Lundberg le inspiraba confianza, a pensar de ese misterio que le causaba, siempre había sentido un aprecio especial por él. Algunas veces cuando era niño, Richard platicaba o jugaba con él, muy diferente a su padre que solo vivía para y por el partido, quizás esa era la razón por la cual siempre había defendido a Richard de su padre y quizás le serviría de mucho tenerlo de su lado, mas con el plan que tenia de sublevarse contra el gobierno.

Finalmente, la reunión concluyo con una medida atroz a manera de sanción. El gobierno Oriental era despótico y sádico, tenía métodos poco convencionales para seguir teniendo el control de la población, que tenía como objetivo infundir el miedo a su población. Como si fueran conejillos de indias y ellos los científicos que experimentaban, median que tan efectivas eran sus medidas preventivas con las estadísticas de suicidios, delitos y peleas que había en el país. Cada que los índices disminuían implementaban un castigo general que muchas veces resultaba catastrófico y lo peor de todo es que siempre funcionaban. Volker se disponía a irse de la sala, al ver que todos salían de esta; pero en ese momento su padre lo llamo.

—Espere un segundo General Heisenberg, necesito preguntarle algo—el resto de los hombres se apresuraron a salir de la sala, no querían meterse en problemas por escuchar alguna plática del presidente con su hijo. Alguna vez alguien lo hizo y termino en la cárcel de la policía secreta. Volker camino hasta estar a unos tres pasos de distancia de su padre, se quedaron en silencio hasta que escucharon que la puerta se cerró. Ambos se miraron desafiantes, por unos momentos simplemente se observaron.

—¿Qué se le ofrece, Camarada?—pregunto con frialdad, no quería pasar mucho tiempo a solas con él.

—Quisiera saber, si es cierto que te casaras con la chiquilla Weigel—inquirió mirándolo con malicia. Volker estaba intrigado, muy pocas veces en su vida su padre había preguntado algo sobre su vida privada.

—¿A qué se debe su pregunta?—pregunto nuevamente, tratando de averiguar el verdadero motivo de su curiosidad.

—Es algo que han estado comentando varios de mis a llegados y me gustaría saber si eso es cierto—respondió tranquilamente. Klaudius lo miraba fijo, su hijo estaba enfadado.

—Con todo respeto Camarada, no creo que es algo que le interese saber—dijo hoscamente.

—Contésteme General, sabe que de una u otra forma terminare enterándome—Volker odiaba ese tipo de preguntas, era muy receloso con su vida privada principalmente si tenía que ver con Svetlana—. Además dudo de su cariño hacia la señorita—el rubio se sentía indignado.

—¿A qué se refiere?—inquirió alzando un poco la voz. Klaudius se recargo en su sillón de cuero, mirando al General a los ojos donde notaba que estaba furiosa, entonces esa chiquilla si era importante para él, pensó el presidente con malicia. Se quedaron en silencio.

—Hoy la vi en el aeropuerto, Katya me la presento—Volker rechino los dientes al escuchar eso—y creo que sabes a quien me recuerda—el rubio apretó los puños, su padre iba a tocar ese tema tan sensible para el—. No quiero que se repita la historia—el Camarada trato de sonar preocupado—. Porque esa niña tiene el mismo semblante que Svenja tenía cuando…

—¡Cállese por favor!—suplico furioso—¡No la mencione! ¡No tiene por qué hacerlo!—en el rostro del presidente se dibujó una sonrisa malévola.

—¡Es idéntica a ella! Su cabello, su sonrisa, sus ojos, su delgadez, su tono pálido ¡toda ella es Sveni!—se rio, Volker sentía como su rostro se teñía de rojo. Escuchar las burlas de su padre, siempre hacían quererlo matar—¿Seguro que esa no es la razón por la cual quieres casarte con ella?

—¡No le diré ni una palabra!—vocifero enfadado, dándose la vuelta para salir de la sala.

—Solo quiero tu bienestar—trato de convencerlo, pero el Camarada no podía aguantar la risa. Volker se quedó parado ante esa sínica actitud del presidente.

—No puede hablarme de mi bienestar cuando jamás ha sido un padre para mí—le dijo con rencor en sus palabras—y si tanto le preocupa, tenga por seguro que la historia no se repetirá dos veces. Si me disculpa—el rubio siguió hasta la salida. Sabía que no debía mostrarse débil frente a su padre, pero esta ocasión no pudo contenerse. Hablar de ella era algo tan sagrado que con el simple hecho de que su padre la mencionara sentía como la sangre le hervía. Aquel tema no era conocido por nadie en el exterior, nunca se atrevía a hablar de ello. Los únicos que sabían de eso eran Lundberg, su padre y él; pues eran tan dolorosos que simplemente no podía contárselo a nadie más. Y es que en esa plática había sacado a relucir la primera razón por la cual se había acercado a Svetlana, el tremendo parecido con Svenja. Como su padre conocía ese motivo, tendría que cuidar más de ella.

Favorite : Story Author   Follow : Story Author

  .    .