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La Traición del Cuervo Blanco
Author:
Billy Kaliayevski PM
Michel, Lirian, Caled y Cleo son cuatro mejores amigos. Un día, los cuatro son escogidos para participar en la Selectividad, hecho que ocurre cada cien años y que tiene como objetivo renovar a los siete Capitanes de los Reinos Animales, personas con fuerzas y poderes increíbles.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Fantasy/Adventure - Chapters: 10 - Words: 43,173 - Reviews: 1 - Updated: 02-03-13 - Published: 01-10-13 - id: 3090822
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Los tablones de madera que antes habían formado la maravillosa casita estaban ahora sucios y descolocados, cubiertos de astillas como los tallos de las rosas. Las enredaderas junto con algún rosal, cuyo anterior objetivo fue el de ahogar paulatinamente los solitarios pinos al lado de la casa, se dieron como misión el conquistar las paredes y tejado de la desmadrada vivienda. Las ventanas estaban opacas debido a la inmundicie incrustada, y algunas estaban rotas, propablemente víctimas de la euforia de jóvenes personas.

Sin embargo, la casita aún se mantenía en pie, sobreviviente de todas las tempestades y guerras.

Y ella sabía que allí dentro todavía vivía alguien... de vez en cuando.

La chiquilla se acodó sobre el espeso tronco tumbado por el viento, y observó curiosa la puerta entreabierta, sopesando los peligros a los cuales podría enfrentarse una vez dentro.

Cogió una branca del suelo, y la transformó en su espada. Se subió el pañuelo del cuello y se tapó la boca y la nariz con él.

Entonces, pasó de ser una niña de ocho a convertirse en una ninja, una guerrera de la sombras, como aquellas que aparecían en los cuentos que le leía su padre por las noches, antes de dormirse y de soñar con dragones y espadas.

Se asomó de detrás del tronco y miró hacia la izquierda y la derecha varias veces, antes de cruzar la calle que la separaba de la casucha corriendo con los brazos tendidos.

Saltó los cuatro escalones de la terraza y se amagó detrás de la balaustrada de madera podrida. Volvió a mirar a su alrededor, como si temiera que alguien la estuviese mirando por encima del hombro, aún a sabiendas de que no había ninguna otra casa por los alrededores.

Creyéndose silenciosa y mortífera (aunque el crujido del gastado parqué dijese lo contrario) se escaqueó medio agachada por la puerta entreabierta y se hundió en la penumbra del corredor.

Correteó un rato esquivando las miradas de invisibles enemigos tan fuertes como ella, y se metió dentro de un salón, con los muebles recubiertos de grises sábanas y de polvo. Se sentó debajo de la gran mesa rectangular.

Oyó un chirrido.

Le dolió el pecho de lo fuerte que palpitó su corazón. Miró a su izquierda y distinguió en la más oscura penumbra a un ratoncito, mordisqueando una semilla de maíz.

Se metió gateando por entre las patas de la mesa y alargó despacio la mano hacia el ratón. A pesar de que lo había hecho con todo el silencio posible, el animalito la vió y huyó asustado, la semilla en la boca.

Suspiró decepcionada.

—¿Quién anda allí?

La voz sorprendió tanto a la chiquilla, que al levantarse para salir huyendo como el roedor, se golpeó la cabeza contra el borde de la mesa. Cayó en el suelo hecha un ovillo, acariciándose el recién hecho coscorrón.

—¿Hay alguien allí?

Inexplicablemente, la chiquilla volvió a espantarse y se golpeó por segunda vez la cabeza en el mismo lugar. Gimió y se apretó la herida con las manos, acuclillada entre las patas del mueble.

—Pero si eres sólo una niña pequeña—dijo la voz ronca y vieja, casi igual a la de su abuelo—, no temas no temas. Acércate por favor, para que pueda verte mejor.

La niña no se movió por un tiempo. Estuvo observando el punto desde el cual vino la voz, un rincón totalmente oscuro de la casa, donde no se veía nada. El suelo estaba cubierto de granos de maíz.

La voz volvió a llamarla. Y como hablaba igual que su abuelo, pensó la chiquilla, seguramente estaría igual de arrugado y cansado, y no sería nadie peligroso.

Se acercó gateando, mirando ese negro rincón.

—¿Cómo te llamas, criatura?

—Me llamo Marie—respondió la niña, bajandose el pañuelo.

—Marie... —repitió la vieja voz—, es un nombre muy bonito, Marie.

—Gracias. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

—¿Yo?... me llamo Albert—respondió cansado—. Dime, Marie, ¿te gustan los cuentos?

—¡Sí! ¡Me encantan!—exclamó la niña, acercándose un poco más y sentándose como un indio. Pero seguía sin distiguir gran cosa, lo único que se veía era una plataforma en el suelo con un palo en el centro, que subía y se perdía entre las sombras.

—Si quieres, te voy a contar uno—propuso el anciano, la niña se alegró y palmeó un par de veces.

—¿Salen dragones?

—Mmmm, no.

—¿Y hadas? ¿Salen hadas?

—No, tampoco.

Marie se llavó el dedo índice a los lavios.

—¿Y magia?

—¿Para qué necesitas todo eso?—preguntó la voz. Se oyó un extraño graznido—. Nuestro mundo es suficiente, nuestro mundo está lleno de toda la fantasía que necesitas.

La niña se apoyó sobre sus rodillas.

—Entonces, ¿es una historia de verdad?—la voz tardó un poco en responder.

—¿Verdad? ¿Mentira? Todo eso es relativo a las personas. Tú puedes creer con toda tu fé que ha ocurrido, y tu mejor amigo puede pensar que es sólo eso, un cuento—puntualizó el anciano—, sin embargo, antes de empezar, me gustaría pedirte algo.

—Sí, claro.

—¿No tendrías ningún dulce contigo, verdad?—preguntó, bastante interesado. Marie revolvió sus bolsillos.

—No sé si te gustará—avisó la niña, sacando algo del bolsillo—, a mí me gusta mucho. Es caña de azucar.

Se esuchó otra vez el mismo graznido, que cada vez extrañaba más a Marie.

—Me encanta la caña de azucar—dijo el anciano—. ¿Me la puedes acercar, por favor?

La chiquilla se puso el trocito de caña en la palma de la mano, y luego la alargó hacia la oscuridad. Observó divertida cómo un gran y curioso pico surgió de entre las sombras, para coger suavemente el tan deseado dulce. No pudo evitar un pequeño chillido, seguido de una sonrisa.

—¿Eres un loro? ¿Sabes hablar?—preguntó, las mejillas encendidas de la emoción. Sólo se escucharon gruñidos de satisfacción. Marie se puso de pie y corrió hacia la ventana más cercana, levantó un poco la persiana y corrió las cortinas. Se giró y se maravilló de la vista.

—Soy un guacamayo—aseveró Albert. Se mantenía en equilibrio sobre un pata, moviendo un poco las alas, y comiendo el trocito de caña con la otra. Su plumaje era de un azul zafiro apagado, pero eso no le quitaba la belleza. Un orbe amarillo rodeaba sus ojos y su pico negros como el carbón.

—Eres precioso—complimentó Marie.

—Soy viejo—contradijo el pájaro—, soy muy muy viejo.

La niña se sentó delante del perchero de Albert y lo observó acabarse el trozo de caña de azucar.

—¿Es larga la historia?—preguntó curiosa.

—Es una historia larga, tan larga y antigua como la historia de nuestro mundo—respondió, dejando caer la seca caña desprovista de su jugo en el suelo—, por eso, empezaremos por un punto en el medio de la línea del tiempo. Empezaremos, con la historia de cuatro amigos, una amistad que sobrepasaba todas las barreras de la sangre y la reputación.

Y la niña se tumbó delante de Albert, sonriendo como no lo había hecho desde que su padre le leyó el último cuento.

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