
Michel, Lirian, Caled y Cleo son cuatro mejores amigos. Un día, los cuatro son escogidos para participar en la Selectividad, hecho que ocurre cada cien años y que tiene como objetivo renovar a los siete Capitanes de los Reinos Animales, personas con fuerzas y poderes increíbles.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Fantasy/Adventure - Chapters: 10 - Words: 43,173 - Reviews: 1 - Updated: 02-03-13 - Published: 01-10-13 - id: 3090822
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Las olas del océano se removían suaves, tintadas cerca de su frontera con el cielo de tonos escarlata, reflejos del sol parecido a una orla ensangrentada. Sólo una fina franja de brillante cielo le separaba de ahogarse en las aguas infinitas, las nubes carmesíes actuando de guardias celestiales.
Siete personas observaban el horizonte en silencio, solemnes, pocos pasos separados del quebradizo oleaje, retenido por la playa de arena fina y pura.
Un hombre estaba erguido delante de todos ellos, los pies casi rozados por el agua.
— ¿Están presente todos los capitanes? —preguntó con la voz ronca, el Comandante Naja.
— ¡No! —musitó dubitativa una mujer de pelo gris, adelantándose—. Yo, primera Oficial Esiari Belt del Reino del Agua, vengo a sustituir al Capitán Delphinea.
Los demás líderes abalanzaron sus impasibles ojos en ella.
—Este capitán cada vez se ausenta más —comentó la Capitana Asio con aire despreocupado, aunque lo pronunció como si fuera un problema.
—Si me permiten —añadió un hombre dando un paso al frente—. Yo, primer Oficial Jeeik Gars del Reino de los Insectos, vengo en nombre de la Capitana Coleoptera.
Con su severo y estricto aspecto, bien podría haber comandado todas las tropas sin tener que decir nada.
— ¿Cómo es posible que estén ausentes dos capitanes para una ceremonia de igual importancia? —preguntó austero el Capitán Felidae—. ¡Esto sobrepasa la coincidencia, Comandante!
—Estaba pensando en ello —dijo Naja, sereno—. ¿Podrían los primeros oficiales darnos las pertinentes explicaciones?
Los dos oficiales se miraron de soslayo. En sus rostros se vislumbró un poco de preocupación.
—El Capitán Delphinea me dijo que tenía un importante asunto que tratar —respondió insegura la primera oficial, volviendo hacia atrás, la cabeza gacha. La incredulidad se asomó entre los presentes, y Naja dirigió su mirada hacia Jeeik.
—La Capitana Coleoptera... —empezó, inseguro sobre cómo continuar—, lo único que me ordenó fue de ir en su lugar.
El primer oficial volvió a su sitio. Algunos capitanes miraron inquietos a Naja, quien se rascaba la limpia barbilla con expresión meditabunda. En su frente se formaron tres grandes arrugas.
—Bien —dijo finalmente—, creo que podremos ir tranquilos. Con la presencia de sus primeros oficiales, bastará. Si todo va bien, llegaremos a Dódona al amanecer. Y para empezar, considerada la lejanía de Hellénique, resultará mucho más cómodo desplazarnos por encima del mar que por una fría garganta. Capitán Felidae, ¿nos hace usted el favor de abrir el camino y guiarnos?
El Capitán Felidae, exhalando el candor infantil, sonrió orgulloso y se adelantó con Tora hasta la orilla. Los demás líderes y oficiales aguardaron equidistantes, pronunciando el nombre de su sejem para así permitirles transformarse en su verdadera forma. Las gemas situadas en diferentes puestos de la anatomía de los animales irradiaron blanca luz, hasta rodearles y modificar sus cuerpos. El único sejem que no se hubo transformado fue el del Oficial Jeeik Gars.
Felidae se giró hacia el mar.
—Inmoviliza, Tora —pronunció sin moverse.
La piedra ambarina en una de las garras del felino brilló y lo cambió. El muchacho saltó sobre el lomo de un tigre devenido tres veces más alto que él, con las rayas de su pelaje azules y el fondo blanco. La tigresa rugió de tal forma que hasta los cimientos del palacio en Leucópolis temblaron.
Tora se lanzó al agua, y cuando sus zarpas estuvieron a pulgadas de rozar el líquido, la superficie marina se congeló. No sólo se trataba de su alrededor, sino que era una inmensa vía de hielo que se ofrecía para que los capitanes viajasen sobre ella y cruzasen el océano.
La tigresa se desplazaba veloz a gigantescas zancadas, congelando el mar cada vez que lo tocaba. Tras ella iba el Comandante Naja, de apariencia anciana, pero que no tenía ningún problema en aguantar de pie subido sobre una serpenteante Hem, ahora una cobra de descomunal tamaño que bien podría tragar a Tora sin dificultades; Jeeik se agarraba al lomo de la serpiente por igual, con más torpeza que el superior.
La Capitana Asio bajó planeando hasta volar a ras del hielo al lado de Felidae, montada en la paloma de aerodinámica figura y larguísima cola.
Connor era el último, corriendo detrás de Froilan, a una cadencia demasiado lenta para ser la apropiada.
—Connor, tú sigue avanzando a este ritmo —dijo Canis, sacando una botellita plateada del interior de su cinturón. Impaciente, bebió de ella—. Si sigues así tal vez pueda echarme una siesta.
El mal genio del sejem no se quedó amagado por mucho más tiempo.
— ¡Eres imposible! —le reprochó Connor furibundo—. ¡Incluso ahora sólo piensas en dormir y en beber!
—No —desmintió Canis relajado—, en mi mente también tienen cabida las mujeres —rió escandalosamente. Los dientes de Connor le amenazaron. Canis escuchó un sistemático traqueteo—. Déjame rectificar lo primero: si no aumentas un poco más el ritmo, el agua nos va a tragar y nos ahogaremos, porque el camino de hielo está empezando a destrozarse —indicó flemático, señalando hacia atrás. El congelado camino se estaba separando en diminutos témpanos.
— ¡Ahg! —aulló Connor, acelerando la carrera—. A veces me pregunto cómo has podido llegar a Capitán.
— ¿Cómo? ¿No te acuerdas? —replicó divertido, agachándose peligrosamente hacia su hocico—. ¡Conseguimos todos los objetos y ganamos todos los combates!
—Sí, ¿y gracias a quién? —preguntó Connor malhumorado.
— ¡Capitana Asio! —llamó la Oficial Belt, poniéndose al lado de la larga cola del pájaro. Se mantenía equilibrada sujeta a la aleta dorsal de un grande delfín de franjas blancas. Asio giró la cabeza hacia ella.
— ¿Qué ocurre? ¿Primera Oficial Delphinea? —gritó.
— ¿Por qué razón nos dirigimos a Dódona? —Esiari tuvo que alzar la voz, debido al sonido de los demás animales y al del agua congelándose.
—Recibimos un mensaje de parte de las tres sacerdotisas; dicen que el oráculo tiene un comunicado importante y que ha de ser interpretado ya.
La oficial volvió a mirar hacia delante, inquieta. El oráculo no solía informar de cosas buenas.
En una de las níveas terrazas helénica del castillo de Leucópolis, algunos de los dieciséis oficiales restantes oteaban el paisaje, admirando a sus capitanes alejarse en el horizonte.
Un hombre de aspecto espabilado y vivaracho se subió encima de la balaustrada de granito de un brinco, ignorando el vacío bajo sus pies.
Ahora que las máximas autoridades se habían marchado, nada les impedía hacer todo lo impropio que no podían en sus presencias.
—Yerik, espero que no tengas pensado jugar a ese juego tuyo con las espadas dentro del palacio —dijo una mujer con monóculo de plata y el corto cabello ordenado al nivel de la nuca—. Sabes que como primera Oficial Naja que soy, estoy aquí para hacer seguir las normas.
El hombre bajó de la balaustrada sonriente.
—Qué aguafiestas eres, Sheila —dijo burlón. Seguido de algunos oficiales, emprendió una cursa dentro de los pasillos del castillo para ver quién era el primero en llegar a la otra punta sin destrozar nada.
Sheila suspiró. El tranquilo ambiente fue remplazado por una oleada de gritos y golpes. Cuando acabó y todos los ruidos mermaron, se adentró pesadamente en el largo corredor y caminó hacia el patio interior. Dio unos pasos, y de seguida percibió una abolladura en la pared recorrida por algunas grietas.
—Yerik ha vuelto a perder —pensó hastiada.
Deambuló largo rato por los pasillos sin cruzarse una sola vez con ningún militar o sirviente. Le extrañó, porque habitualmente siempre iban de un departamento a otro cargando los reportes e informándose de los sucesos.
Deslizó la puerta corrediza y se asomó por la corta abertura. El patio interior tenía forma rectangular y carecía de techo. La decoración de los pisos y escaleras era mucho más oriental, comparado con la parte exterior del palacio, recorrido por columnatas de estatuas o pilares helénicos. El parqué y la madera de las barandillas y pilares eran muy oscuros y estaban barnizados, con lo cual relucían incluso hundidos en la penumbra.
Se adentró recelosa, y de inmediato distinguió a dos primeros oficiales en los extremos del patio, separados por, al menos, sesenta pasos de fina arena.
Estaban situados en su mismo piso, las miradas desafiantes y fieras.
Uno de ellos, en el extremo izquierda, estaba sentado en un suntuoso sillón púrpura y dorado, y atendido por varias sirvientas a la vez. Su rostro denotaba un orgullo desmesurado y una soberbia inigualable. En su cuello brillaba a la luz una ancha y complicada gargantilla de oro blanco, de fibras entrecruzadas.
El otro, en un sillón parecido, era más serio e inexpresivo. Acechaba calculador el patio de arena, dos pisos más abajo. Curiosa, la oficial Sheila se adelantó hasta la baranda y miró hacia abajo. Por alguna extraña razón, no se sorprendió de lo que observó.
Dos filas de ocho militares y sirvientes se alineaban a cada extremo. Los de la izquierda vestían de negro, y los de la derecha de blanco. En sus manos tenían redondas espadas de madera.
— ¡Peón 2-4 en 4-4! —gritó pausado el oficial de la derecha. Sheila observó cómo uno de los sirvientes miraba confundido hacia los lados y contaba puestos. Finalmente caminó dos pasos.
— ¡Peón 2-3 en 3-3! —replicó el otro oficial. De él, aparte de su soberbia, destacaba su delicada belleza. La sirvienta le masajeó la mano. El sirviente se movió.
Sheila atravesó el corredor y salió por otra puerta que daba a un pasillo distinto. Después de doscientos años, ya no le parecía divertido contemplar las partidas de ajedrez, usando militares, de dos miembros de familias nobles de importantes países enemistados.
Tal y como había previsto el Capitán Naja, al amanecer ya habían llegado al Santuario de Dódona, subiendo por el caudaloso río Aqueloo.
Caminaron a través de unos frondosos bosques de robles hasta llegar a los pies del Monte Tomaros, donde se encontraba el templo sagrado con el oráculo en su interior. Cuando la presencia de altos árboles se desvaneció, siguieron un largo y ancho camino pavimentado de preciosas baldosas plateadas, decoradas de intrincadas cenefas blancas. Si las mirabas durante mucho tiempo, casi podrías asegurar que las has visto retorcerse.
En el cielo planeaban sagaces y avispados milanos, además de otras rapaces de aguda visión y mortíferas garras.
La plateada vía subía la pendiente del monte y estaba bordeada por altos cipreses, representantes de la unión del cielo y de la tierra. También se paseaban por las laderas del camino grandes felinos y feroces sabuesos, todos ellos imísios, cuya misión era asegurar la protección de las tres sacerdotisas sagradas del templo.
Arribaron delante de la grandiosa escalinata esculpida en mármol blanco, encima de la cual se alzaba el Templo de Dódona.
Sobrecogidos por tanta magnificencia, los dos oficiales pisaron cada reluciente escalón cohibidos, sintiendo que estaban fuera de lugar y que aquel sitio no les correspondía.
Después de los setenta escalones, alcanzaron la entrada del colosal templo.
La columnata sobre la cual estaba erigido el triangular techo, contenía pilares de más de cincuenta pasos de altura, y eran tan anchos que ni siquiera tres personas dándose la mano en círculo podrían abarcarlos.
Su largarie era de más de ciento cincuenta pasos, y al igual que la escalinata, estaba íntegramente hecho de mármol blanco.
Todo en él resplandecía. El suelo, construido en bloques de granito gris, refulgía la luz y reflejaba translúcido la imagen de los capitanes. Bajo el umbral de la entrada al pronaos (la primera sala) se encontraba aguardando una peculiar mujer. Los capitanes avanzaron hacia ella.
Su rostro era frío y antipático, la piel blanca como la leche, pero de singular belleza. Su largo cabello recogido en un desaliñado moño era como el de las ancianas a punto de morir. Su albina túnica, bordada en oro y joyas, era muy amplia y sobrante de tela por todas partes de su cuerpo.
Y los ojos de la mujer recubiertos por un pálido velo, al igual que los enfermos de catarata. Pues las sacerdotisas sagradas nacen escogidas por Ishil el Luminoso, y por lo tanto, nacen incapaces de ver los colores del mundo. Eran las máximas representantes de Dios; su poder era inigualable, y no había figura en la tierra con derecho a mantenerse de pie ante ellas.
El Comandante Naja se adelantó unos pasos.
—Seeree Namiri —dijo arrodillándose delante de ella—. Hemos sido informados de que el oráculo necesitaba ser interpretado.
—Así es —respondió frívolamente, clavando los opacos ojos sobre los dos oficiales—. Faltan dos capitanes. Una verdadera ofensa y falta de respeto hacia el dios Luminoso, iluminado sea —reprochó con voz neutral. A los oficiales, la alabanza hacia el dios Ishil les sonó sobremanera redundante.
—Han venido a sustituirles...
—Ningún oficial sustituirá a los iluminados por el Luminoso —interrumpió con severidad—. Los oficiales no pueden ver el oráculo, deberán de esperar en el pronaos. Los capitanes dejarán allí sus sables y sus vestimentas, y se pondrán las túnicas blancas hasta recibir la llamada. Los cinco sejem supremos que me sigan.
La sacerdotisa no añadió nada y se encaminó dentro del pronaos. Froilan, Connor, Viví, Hem y Tora la acompañaron hasta el fondo de la sala, interrumpida por una negra pared. Un par de sirvientes abrieron las puertas labradas en oro de una entrada con forma de arco gótico. Los animales siguieron a la sacerdotisa sin vacilar.
Las puertas se cerraron produciendo un desagradable y ruidoso rechino metálico que resonó por toda la antesala.
—Venid con nosotros —ordenó Naja a los dos oficiales, algo aturdidos.
Junto a los capitanes, entraron en el pronaos, vacío de objetos y decoración. Sólo se trataba de una sala muy grande donde cualquier sonido hacía eco.
Cerca de la entrada, había una mesa de granito muy estrecha y alargada, con siete túnicas blancas perfectamente dobladas. Cada capitán cogió una, y entraron en las diferentes cámaras ubicadas en las paredes para cambiarse. Los oficiales se sentaron en el suelo y esperaron unos minutos, silenciosos.
—Oficiales —dijo Naja, saliendo de una de las cámaras. La túnica le ceñía bien el cuerpo gracias a un ancho cinturón de tela que llevaba anudado en la espalda—. Esperad aquí arrodillados, mirando hacia el portal. La ceremonia no suele durar más de una hora.
Uno a uno, los capitanes fueron saliendo de las oquedades. Era extraño ver al Capitán Canis sin su sempiterno sombrero cónico, en ausencia del cual se revelaba su rizado cabello. El caso más divertido era el del Capitán Felidae, bastante molesto, ya que como seguía teniendo la apariencia de un chiquillo, las túnicas le iban muy grandes y arrastraba bastante tela. Para no tropezar con ella, tenía que levantar el tejido que cubría sus pies, como si el suelo estuviera mojado, y sus manos se perdían bajo las largas mangas.
Se oyó el sonido de una campana y el portal se volvió a abrir, captando la atención de los allí presentes.
Donde los líderes mundiales veían una rampa sin destino, los oficiales sólo eran capaces de contemplar una poderosa luz blanca. De uno en uno y en orden, los capitanes fueron subiendo el declive hasta llegar a un patio, dentro del naos. Las puertas se cerraron con otro rechino, y los dos oficiales, arrodillados, inclinaron la cabeza hasta rozar el suelo, las manos adelantadas.
En el interior del naos, la sala donde se encontraba el oráculo, un tragaluz abría todo el techo cuadrado y permitía la visión del cielo cargado de nubarrones.
En medio del patio, se elevaba un imponente y hermoso roble cuya exuberante copa sobrepasaba la cubierta del propio templo, aderezado sobre un altar endiosado. De sus tupidas ramas colgaban cadenas y campanas vacías, y su hueco tronco hacía a la vez de palomar, cerrado por una verja de madera. Las palomas en él encarceladas eran las únicas en todo el reino que no obedecían a la Capitana Asio.
De lejos, el tronco se encendía y brillaba como si sus milenarios pliegues y rugosidades fueran recamados en bronce.
Los capitanes reverenciaron el roble brevemente, y se arrodillaron encima de una parcela de tierra blanca. Los animales estaban en otro altar, en el lateral de la sala.
La sacerdotisa se detuvo frente al tronco y se giró hacia ellos.
—Empezaré la ceremonia —dijo la sacerdotisa, girándose hacia el árbol. Los capitanes intercambiaron confusas miradas.
—Perdóneme, Seeree —interrumpió dócil Naja—. ¿Pero no deberían de estar presentes las dos sacerdotisas? ¿Nedera Seeree y Nadara Seeree? —la sacerdotisa se dio la vuelta sorprendida, y se acercó un paso hacia ellos. Sus ojos y sus manos apuntaron hacia el cielo.
—Esas dos mujeres son ahora traidoras —declaró dramática, pero sin un ápice de aflicción—. Se revelaron como profanas, sólo son y fueron cortesanas de mal augurio. Se volvieron en contra de su verdadero dios y ensuciaron su nombre. Por sus ansias de ver el mundo, llenaron su corazón de violencia, y blasfemaron contra sus santuarios —la fría mujer no daba señales de pesar ni de pena, tan sólo se reflejaba en sus cubiertos ojos un sentimiento egoísta y orgulloso. Naja agachó la cabeza, disculpándose.
La mujer se giró hacia el árbol y liberó las palomas encerradas dentro de su tronco. Las aves salieron disparadas hacia afuera, sedientas de libertad. Sin embargo, no se escaparon por la descubierta techumbre.
La cegada mujer las observó volar y posarse sobre las ramas, persiguiendo sus movimientos como si pudiese verlas. Por primera vez desde la llegada de los capitanes, la mujer esbozó escasas expresiones de temor o sorpresa. Un viento bajó por el ojo del patio y removió las cadenas con sonoros tintineos, y produjo agudos murmullos en el vacío de las campanas.
La mirada de la sacerdotisa pasaba de las aves a las ramas o a las cadenas, y fue así durante un buen tiempo, mientras algunos capitanes la miraban angustiados. Al final, ahogó un grito y se giró hacia los capitanes.
—Capitán Equus —anunció con gravedad, dejando de taparse la boca para volver a su semblante serio—. Me temo que uno de sus oficiales ha cometido un grave delito.
Todos los líderes se fijaron en la expresión sorprendida de Equus, pálido como la harina, incrédulo de lo que oían sus oídos.
— ¡No es posible! ¿Quién? ¿Cómo? —se apresuró a preguntar el capitán, afligido por la noticia.
—El criminal es acusado de ayudar a varios beirín y salvarles la vida en plena Selectividad. Será arrestado de inmediato y encarcelado en la Torre de los Remordimientos —la mirada de la sacerdotisa no revelaba ningún sentimiento.
— ¿La Torre de los Remordimientos? —repitió incrédulo Equus—. ¡Pero no es un delito tan importante como para encerrarlo allí! ¡Debe de haber un error!
— ¡Cálmese! —gritó la mujer—. ¡No hay ningún error! Las denuncias del oráculo son inapelables. ¡El oráculo no miente! ¡Jamás!
El capitán recobró un semblante inexpresivo, pero se frotó la sien con visible nerviosismo. No podía imaginarse que uno de sus oficiales, a los que había entrenado personalmente durante decenios, fuera condenado a una de las peores penitencias por algo así. La Torre de los Remordimientos era el lugar reservado para los traidores o criminales de primera clase, en la misma Isla de Creta. Era impensable...
Una campana volvió a sonar, indicando el final de la ceremonia. Los demás no dijeron nada, ni cambiaron sus frías expresiones. Algunos animales patearon el suelo del altar.
—Dentro de dos meses volveré a consultar el oráculo para interpretar la condena, capitán —explicó la sacerdotisa sin inmutarse. El capitán la miró tristemente, casi distinguiendo una sonrisa en sus finos labios. Detrás de ella varias palomas se arrullaban, y el viento removía las hojas haciéndolas brillar.
—Dígame, por favor —pidió Equus—. ¿Quién es el que debe ser castigado?
La respuesta de la sacerdotisa le perturbó mucho más. A él y a todos los demás capitanes.
En el patio interior del castillo, todo estaba en silencio. Ningún noble jugaba al ajedrez con personas vivas en lugar de fichas, ni los militares lo atravesaban en busca de un atajo, ajetreados por el trabajo.
Álin, el segundo oficial de la Capitana Asio, bajaba cuidadosamente las escaleras del segundo piso, blandiendo el sable, escrutando cada pulgada de las solitarias piezas en busca de algún movimiento sospechoso. Detrás de él, el parqué crujió.
— ¡Toma esto! —Álin se giró a tiempo para detener la estocada de Yerik, quien sonreía altivo y le hizo saltar de las escaleras. Álin retrocedió bajo la fuerza de los golpes, forzado a introducirse en el patio de arena, donde Yerik lo enzarzó en un duelo de espadas.
— ¿Sabes, Álin? —preguntó Yerik mordaz, bloqueando un espadazo que le iba directo al hombro—. Siempre he pensado que Álin era un nombre de chica.
El oficial del Reino de las Aves no se sintió para nada insultado.
— ¿Quieres que haga referencias sobre tu sejem? —aventuró Álin de forma mezquina. Yerik apretó los dientes y empezó a luchar con mal carácter. Sus estocadas se volvieron un poco más violentas.
El atacante se movía de forma enérgica sobre la arena, dando fuertes y vigorosas estocadas destinadas a hacer daño. Álin, opuesto casi en su totalidad, manejaba el sable con sutileza y armonía desviando con facilidad los golpes de Yerik.
— ¿Cuándo comprenderás, Yerik... —dijo maliciosamente Álin, esquivando un corte que le iba dirigido al costado—, que el agua siempre ahogará el fuego?
Con un movimiento circular, neutralizó otra ofensiva.
—Pero el fuego —replicó Yerik sonriendo, dirigiendo un poderoso corte hacia su hombro—, puede evaporar el agua.
Álin reculó en la arena bajo el vigor de sus estocadas, aunque todavía podía esquivarlas y desplazarlas con facilidad. Cuando llegó al extremo del patio, donde terminaba la arena, desvió otra estocada y giró sobre sí mismo, aprovechando para hacerle un fino, preciso y rápido corte en la mejilla.
—Pero el agua se condensa —respondió satisfecho, envainando el sable en su cintura—, y acaba apagando el fuego. Pillado.
Yerik le miró con una mezcla de desdén y diversión mientras se palpaba el corte en busca de sangre, la cual no tardó en aparecer.
— ¡Chicos! —gritó una chica de aspecto joven e inocente, en lo alto del rojo tejado. Con increíble agilidad, saltó por las balaustradas de los tres pisos y aterrizó al lado del patio de arena—. Tenemos que cambiar las normas del pilla-pilla mortal, o acabaremos haciéndonos daño de verdad —caminó hacia Yerik y desenvainó su espada. Acercó la punta de la hoja al corte de su mejilla y cerró los ojos por unos segundos.
De la punta de su sable nació una luz de tonos escarlata y naranjas. Yerik no se movió cuando la joven resiguió su corte con el afilado filo. Cuando la luminosidad se extinguió, no había rastro del corte, ni siquiera de una cicatriz.
—Me das una envidia... —dijo Álin divertido—. A los del elemento vacío no os sellan. No puedes imaginarte qué apresado me siento a veces.
—Gracias Eliza —dijo Yerik acariciándose la mejilla—. Pero me parece que el "aquí te pillo, aquí te mato" no cambiará ni ahora ni durante las generaciones por venir de oficiales.
Eliza se cruzó de brazos y desdibujó una mueca de desapruebo, aunque Yerik se lo tomó a risa. Era verdad que para alguien tan amable como ella, parecía un poco difícil eso de atacar sin aviso a la primera persona que descubres, aunque ésta no te haya visto. Sin embargo, él y los demás sabían que era capaz de defenderse y de atacar y que disfrutaba curando a los "pillados". Al fin y al cabo, no por nada era la segunda y última oficial del Capitán Felidae.
Sin previo aviso, se oyó un atronador sonido y los demás oficiales aparecieron por la balaustrada.
— ¿Qué ha sido eso? —preguntó descontenta la primera oficial Karin. Sus expresiones se tornaron horrorizadas en cuanto sintieron una increíble fuerza opresora seguida de un terremoto.
— ¿De dónde proviene ese ka? —preguntó espantada Eliza—. Algo así sólo es digno de...
— ¡Rápido! —gritó un oficial en el porche del patio—. ¡Viene del bosque del lado este!
Los oficiales recorrieron los pasillos que conducía a la salida y se dirigieron hacia el bosque correspondiente, temerosos. Por las pulcras calles de la ciudad de Leucópolis, los militares se paseaban sin rumbo azorados.
Los primeros oficiales se desplazaban encabezando el reducido grupo, mientras que los segundos y terceros oficiales les seguían con varios pasos de diferencia. Se escuchó por segunda vez un sonido estentóreo y vieron el cielo atravesado por un increíble rayo, seguido de un ka tan poderoso como el que habían sentido antes.
Penetraron en la linde de la floresta y empezaron a encontrarse con varios árboles rotos y desarraigados, hasta llegar a una zona por completo devastada donde todo el alrededor había sido arrasado; la tierra sólo era fango y los troncos y copas de los árboles tumbados apenas dejaban descubrir el suelo. En el centro de la asolada circunferencia, desembocaba un destruido arrollo, y aún se mantenían intactas las monumentales rocas, parcialmente hundidas en un poco profundo lago.
Los oficiales se quedaron quietos donde terminaban los árboles. Observaron con calma pero creciente malestar a las dos siluetas de pie sobre los pedruscos a cada lado opuesto del lago. La fuerza que emanaba de ellos parecía paralizar hasta el aire que respiraban.
Los dos capitanes, una mujer contra un hombre, se amenazaron con los ojos e intimidaron con los discretos gestos, preparándose para el ataque.
Los dos capitanes se batían en duelo.
— ¡Capitán Delphinea! —gritó una oficial intentando correr hacia él, pero fue rápidamente detenida en su carrera a los pocos pasos. Un hombre de fuerte cuerpo se interpuso delante de ella—. Silver...
—No tenemos poder para interrumpir el combate, Celia —dijo el hombre rubio, con una gentil sonrisa en los labios. Se giró hacia los capitanes—. Lo único que puede parar a un capitán, es otro capitán.
—Tiene razón —añadió Gareth, mirando a los capitanes de forma impávida e impasible—. Si alguien osa intervenir en un duelo entre capitanes, morirá. Dudo incluso que todos nosotros juntos, sin nuestros sejem, podamos contra ellos…
Los dos oficiales retrocedieron. El Capitán Delphinea irguió su espada y el antes tranquilo lago empezó a removerse de forma turbulenta, hasta transformarse en un remolino gigante.
El agua se cernió alrededor de la Capitana Coleoptera, quien había prevenido el ataque. Su imagen se tornó mate, encerrada entre paredes de agua. A sus pies se formó una corriente eléctrica que atravesó el torbellino bajo la forma de destructivos relámpagos, haciéndolo explotar violentamente y salpicando de agua incluso a los oficiales, quienes sintieron los calambres de forma dolorosa.
La capitana respiró tranquila y levantó su sable, en dirección al capitán de ceño fruncido. Saltó hacia él y los sables entrechocaron vehemente, liberando una tal cantidad de energía que los oficiales tuvieron que agarrarse a los caídos troncos para evitar retroceder. Pasmados, intentaron perseguir los movimientos de sus superiores, pero ejecutaban las estocadas a una tal velocidad que les fue imposible seguirlos.
El agua de la laguna explotó en varios lugares, al tiempo que era recorrida por la electricidad de la capitana.
Como quien controla el agua, Delphinea esgrimía el sable de forma fluida y acompasada, desviando o bloqueando todos los golpes y atacando suave pero insistentemente. Coleoptera, en cambio, dominaba el elemento eléctrico, lo cual hacía que sus estocadas fueran veloces y enérgicas. Saltaron ágilmente por encima de una hilera de rocas, golpeándose, pero sin nunca llegar a hacerse daño.
La capitana se separó de Delphinea y se retiró a su posición original.
— ¡Kofror mor jorum! —gritó la capitana en el impronunciable idioma, como si hubiera escupido un viscoso aire en forma de palabras.
Un fuerte zumbido empezó a oírse por los alrededores, y algunos oficiales se estremecieron al comprobar que venía de todos los insectos que se dirigían volando hacia el capitán. Eliza cayó de rodillas, aterrorizada. Ninguno de los oficiales se atrevió a moverse, al ver la cantidad de abejas o avispas que pasaban rozándoles la piel. Era escalofriante, y al parecer a Delphinea le recorría la misma sensación.
Cuando la nube de insectos estuvo a punto de neutralizarle, se arrodilló apresurado y clavó el sable en la roca. El agua se alzó a su alrededor como un tifón y ahogó a los insectos, los cuales cayeron a la laguna bajo la fuerza del líquido. Aprovechando su distracción, la capitana saltó hacia él y le desgarró el hombro atravesando la barrera acuática. Pero en el momento en que el sable se separó de la profunda herida, un remolino rodeó a la capitana y la aspiró en la laguna.
El capitán sonreía satisfecho, mientras observaba de pie las poderosas corrientes que la mantenía en el fondo, ahogándola poco a poco. Algunos relámpagos atravesaban el agua y la roca en la que se encontraba Delphinea, pero era en vano.
Y ni siquiera habían desplegado la totalidad de su poder. Hasta entonces.
Una enorme explosión y una ráfaga de viento impulsaron los oficiales hacia el exterior del boscaje. El agua del lago había desaparecido y la chaqueta de Delphinea se removía con violencia, alterada por la cantidad de energía desprendida.
Los relámpagos viajaban ruidosos por el cuerpo de la capitana y acababan fundiéndose con el suelo y el aire.
—Nunca pensé, Delphinea —empezó a decir, mirando el húmedo suelo con la espalda curva—, que me forzarías a usar la mitad de mi ka para acabar contigo.
Se podía leer el odio a través de su mirada.
El agua se concentró a los pies de Delphinea y se levantó del suelo como un tornado. El rostro de Coleoptera estaba relajado y sonriente.
Pero antes de tener la oportunidad de atacar, el tornado se deshizo y el agua cayó inerte al suelo. Una cúpula amarillenta cubrió a los dos capitanes enfrentados y les sofocó, con la energía imposibilitada.
Los oficiales torcieron la cabeza y salieron de detrás de los troncos, para reconocer la fatigada figura de la Capitana Asio, de pie detrás de su espada hundida en la tierra. En su hoja se iniciaba la cúpula opresora. Los demás capitanes no tardaron en llegar.
— ¡Esto es un ultraje! —rugió Naja iracundo, bajando de Hem. Asio deshizo el escudo, permitiendo al capitán acercarse a Delphinea—. Espero que tengáis explicaciones para semejantes actos, Delphinea y Coleoptera. Y de todas formas, pasaréis unos cuantos días en los calabozos.
—Capitán Naja —empezó calmado, guardando la espada—. La justificación de mis actos es la siguiente —sacó del bolsillo de su chaqueta una esfera verde perfectamente pulida, reluciente, casi diáfana. Naja abrió los ojos, conmocionado.
— ¡El ojo de Indra! —exclamó escandalizado, arrancándoselo de la mano—. ¿Cómo ha salido del templo?
—Coleoptera lo robó —declaró, de forma sencilla—. Yo se lo quise impedir, y así empezó la discusión terminando en batalla.
Naja lo observó con sagacidad durante unos segundos. Luego se dirigió hacia Coleoptera, ya arrodillada.
—Sí, mi Comandante —corroboró la capitana, pero sin ningún timbre de arrepentimiento en su voz—, yo robé el Ojo de Indra.
Naja se giró hacia los oficiales, poco le importaba su confesión.
— ¡Primera Oficial Sheila! —llamó. La mujer de cabello ordenado y monóculo acudió de seguida—. Devuelva esto al templo, y reemplace a los guardianes, supongo que estarán muertos. ¿No?
Coleoptera asintió con la cabeza. Sheila agarró la esfera con cuidado y desapareció hacia el este. El ojo de Indra permitía controlar el primer demonio Kawatarô, hecho de agua, que ahora únicamente se utilizaba para ejecuciones, y bajo la orden del oráculo. A Naja le parecía curioso que Coleoptera quisiera esa esfera. Sin embargo, decidió no darle más vueltas a la cosa y mandó encerrar tanto a Delphinea como a Coleoptera.
Por otro lado, el Capitán Equus se dirigió hacia su primer y segundo oficial: Gareth, el hombre que jugó en el patio al ajedrez con sirvientes, y Yerik.
—Oficiales —empezó tristemente—, tenéis una importante misión...
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