
Michel, Lirian, Caled y Cleo son cuatro mejores amigos. Un día, los cuatro son escogidos para participar en la Selectividad, hecho que ocurre cada cien años y que tiene como objetivo renovar a los siete Capitanes de los Reinos Animales, personas con fuerzas y poderes increíbles.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Fantasy/Adventure - Chapters: 10 - Words: 43,173 - Reviews: 1 - Updated: 02-03-13 - Published: 01-10-13 - id: 3090822
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El pájaro desplegó sus inmaduras alas y las batió con fuerza, en otro infructuoso intento de elevarse de la percha para perderse por los cielos. Lirian sacó apenada una rosada cría de ratón de una caja, y la tendió delante del ganchudo pico del ave. El rapaz se lo arrancó de los dedos y lo tragó entero. Obnubilada, admiró el extendido plumaje del pájaro que apenas había eclosionado diez días antes.
El plumaje de su dorso y sus alas era de un azul plateado, brillante como el hierro trabajado por el forjador.
Sus garras de un amarillo vivo.
El pecho crema con franjas transversales como el color de sus alas. Y su pico, pequeño, ganchudo y letal, como todos los de su especie.
Se giró hacia la ventana y contempló el alba, el sol naciendo detrás de las boscosas montañas.
El pájaro profirió un agudo chillido, pero Lirian, ya acostumbrada, no sintió la necesidad de taparse los oídos para proteger sus tímpanos de la intensa voz del rapaz. Además, ya a esas horas, su madre estaba trabajando en la fábrica téxtil, a cinco millas de las afueras de Luxemburgo, y su padre estaría, si no de viaje, en la Oficina de Correos de Palomas, así que no existía el riesgo de despertar a nadie.
El sonido de los cascos de varios caballos resonaron por la silenciosa calle, delante de su casa. El pájaro empezó a píar y a removerse nervioso sobre la percha, dominado por un extraño pánico.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Lirian acercándose a él, sin esperar respuesta. El rapaz no se calmó y pió incluso más alto.
—¡Hola Liri! —exclamó una vocecilla desde la abierta ventana. La susodicha sobresaltó y ahogó un grito.
—¡Cleo! —Lirian se giró hacia ella irritada—. ¿Cuándo dejarás de soprenderme de esta forma?
Pero a Cleo no pareció importarle demasiado lo que acababa de decir su amiga. La chica se dedicaba a contemplar el ave de Lirian, todavía batiendo las alas y engallándose.
—¡Ala! —expresó emocionada—. ¡Qué paloma más rara tienes allí!
—¡Eso es porque no es una paloma! —se indignó Lirian, casi gritando—, ¡es un halcón peregrino!
—Jo, no te enerves, no todos sabemos tanto de pájaros como tú —se quejó Cleo, escondiéndose debajo del alféizar de la ventana.
—Lo siento... —se disculpó Lirian incómoda, acercándose a ella—, bueno, ¿cómo está Rosita? Estoy curiosa por ver cómo a crecido...
—¡Ahora ya no es Rosita! —interrumpió risueña, señalando algo en el suelo—. ¡Ahora es Blanquita!
Lirian asomó la cabeza por el marco de la ventana, y vió rondando por los pies de Cleo a un felino unos palmos más grande que un gato. Su pelaje era muy abundante y denso, blancuzco y recubierto de motas negras. Sus orejas eran pequeñas y redondeadas, y sus ojos grisáceos y profundos.
—¿Te has fijado? —preguntó Cleo divertida—. ¡Tiene la cola casi tan larga como su cuerpo! —Lirian se esmeró un poco más en su observación, y ciertamente, calculó que la abultada y fofa cola era igual o más larga que el cuerpo del felino. El gran gato la miró maullando amenazante—. Mi padre me ha dicho que se trata de un leopardo de las nieves...
De pronto, ágil como todos los felinos, el dicho leopardo saltó sobre el alféizar para luego abalanzarse sobre Lirian. Cleo gritó espantada mientras su compañera yacía en el suelo, el rostro crispado por una mueca de intenso dolor.
El halcón voló sobre el felino sin miedo alguno, haciéndolo retroceder de encima de Lirian. Se agarró a su nuca y consiguió arañarle la cabeza con las afiladas garras, a pesar de las salvages sacudidas del felino. Cleo intentaba en vano trepar hasta la ventana y Lirian aún estaba confusa en el suelo. El leopardo atrapó con las jóvenes fauces el ala del halcón y lo lanzó contra la pared, desgarrándole la piel.
Cleo finalmente saltó dentro de la habitación y retuvo al leopardo, mientras Lirian, de vuelta al mundo real, gateó hasta su halcón. El pájaro jadeaba con las alas desplegadas, desvelando un profundo corte en la parte interna del ala. Lirian se espantó y miró a Cleo.
Su amiga sujetaba al felino con preocupación. Su cabeza también presentaba heridas y cortes a causa de las uñas del rapaz.
Pero contra todo pronóstico y de forma sorprendente, unas ínfimas bolas de luz empezaron a moldearse en el aire y a dirigirse hacia las lesiones de los animales. Poco después, ya no presentaban ningún rasguño en su cuerpo o entre el pelaje, ni ninguna cicatriz.
Lirian miró azorada a Cleo.
—¡Se han regenerado! —Lirian no parecía creérselo.
Las dos chicas se levantaron del suelo y Cleo se dió prisa en salir por la ventana con el gran gato cogido en brazos. El halcón se acurrucó en el pecho de Lirian, posado en su antebrazo y, sin desearlo, clavando las garras en la carne de su beirín. Aunque le doliera, Lirian no hizo ningún ademán para apartarle.
—¡Cleo! ¡Lirian! —gritó Michel, apareciendo por la esquina de la calle paralela corriendo. Un extraño perro amarillo lo seguía aullando.
—¡Hola Michel! —saludó Cleo entusiasmada. El chico saltó por encima de la valla que delimitaba el pequeño jardín de Lirian con la calle, y se acercó a la ventana mirando extrañado al pájaro agarrado al antebrazo de su amiga. El perro se quedó al otro lado, en la acera.
—Oye, qué paloma más rara... —comentó perplejo. Lirian frunció el entrecejo y apretó los dientes.
—¡Porque no es ninguna paloma! ¡Es un halcón!
—Jolín, de acuerdo... —Michel dejó de acercarse y se quedó parado en medio del pequeño jardín.
—¿Es ése tu sejem? —preguntó Cleo señalando al perro. Michel asintió orgulloso y se golpeó la rodilla para hacer venir al cánido.
El perro saltó la valla y corrió hacia su beirín meneando la larga cola.
—Tiene pinta de ser un lobo ferocísimo... —ironizó Lirian, acariciando la cabeza del halcón. El perro dió varias vueltas sobre sí mismo aullando.
—Yo nunca he visto un lobo que tenga el pelaje amarillo —comentó Cleo, escondiendo a Blanquita detrás de sus piernas.
—Bueno, al menos se puede decir que se parecen —bromeó Lirian, echándose a reir junto a Cleo.
—¿Queréis dejar mi pelo rubio en paz ya, por favor? —pidió Michel, quien odiaba que se hicieran referencias sobre el intenso rubio de su corto cabello. Lirian y Cleo examinaron un poco más al perro; su pelaje no era del todo amarillo, era crema, con el pecho y las patas blancas, y aunque se diferenciaba claramente de los lobos de pelaje gris de las montañas y bosques de los alrededores, el pelo era casi igual de tupido, y su rojiza mirada era igual de hipnotizante.
—Es un perro muy raro... —reiteró Lirian. Michel hizo un gesto con el dedo.
—¡Eh! Al loro, porque Michel ha buscado información sobre su sejem en la mismísima biblioteca —tomó su tiempo para pronunciar la frase, como si fuese inaudito.
Y lo era. Lirian se atrangó de sorpresa con su propia saliva.
—¿Cómo? —dijo, abriendo los ojos a más no poder y balanceándose por encima del alféizar—. ¿Te han dejado pasar? ¿Después de lo de tus hermanos? ¡La bibliotecaria te tenía fichado!
—Desde luego, ni te imaginas lo que me ha costado meterme clandestinamente en la condenada biblio sin que me viera. Menos mal que con lo gamberros que son mis hermanos, hicieron de distracción...
Lirian aspiró el aire como si se estuviese ahogando.
—Y, ¿entonces? —preguntó interesada Cleo— ¿Qué has descubierto?
—Que es un lobo oceánico —contestó simplemente, acariciando la cabezota del lobo—, también conocido como dingo.
Cleo se fijó que Michel llevaba en la mano un viejo saco de patatas con algo moviéndose dentro.
—¿Qué llevas en ese saco? —preguntó Lirian.
Michel no respondió verbalmente, pero pareció mirarla con burla. Abrió la bolsa de áspera tela y cual mago, sacó de ella un conejo por las orejas. El dingo enloqueció y empezó a correr y a saltar por todas partes.
—Ni se te ocurra... —amenazó Lirian, pero ya era demasiado tarde. Michel, sin ningún tipo de compasión, dejó caer al atemorizado conejo al suelo, que salió disparado tan buen punto hubo tocado la tierra. El dingo le persiguió aullando por toda la pequeña parcela de terreno y rápidamente le dió caza, después de recorres tres o cuatro veces el mísero jardín. Lirian se frotó la sien exasperada, y Cleo mostró una refinada mueca de asco al ver un poco de sangre brotar del cuello de la pobre víctima.
—Oh no, ¡no te lo comas aquí! —gritó Michel, intentando arrancarle el conejo de los dientes del dingo—. ¡Espera a que esté Caled delante!
El dingo soltó la presa y Michel cayó de espaldas contra la pared de la casa de Lirian. Una teja se desprendió del tejado y golpeó la cabeza del chico, todavía sentado en el suelo. Michel se quejó con un agudo chillido y se acarició la cabeza.
—¡¿Pero vosotros dos estáis locos?! —se escandalizó Lirian, apoyada por los gritos de su halcón—. ¡Acabaréis tirándome la casa abajo!
—Encima de que me hago daño... —gimió Michel, poniéndose de pie a trompicones. El dingo aulló con la cola en abanico.
—¿Quieres ir a casa de Caled? —curioseó Cleo, sentándose en la húmeda tierra y acariciando la nuca de Blanquita. Al instante, un militar apareció del otro lado de la calle y saltó la valla para arrodillarse delante de Cleo.
—Señorita Von Wurken, levántese ahora mismo —Cleo no discutió la orden y obedeció—, un comportamiento de esta índole indecoroso para una noble dama como usted... tenga el valor de venir a pedirnos una capa si quiere sentarse. Ese vestido no es digno de tal trato.
El felino permaneció tumbado y no reaccionó. El hombre se quitó de los hombros la espesa capa de oscura lana y la tendió en el suelo contra la pared. Michel se pasó la mano por la cabeza y silbó, creyendo tal acto un tanto exagerado. Cleo sonrió y se lo agradeció con una pequeña reverencia. El militar, antes de rodilla incada en la tierra, se levantó y corrió hacia el caruaje en la esquina opuesta. Cleo volvió a sentarse.
—No podemos ir a visitar a Caled —dijo Lirian, ignorando lo que había ocurrido con el militar.
—¿Y eso por qué? —cuestionó Michel. El sol de la mañana se alzó por encima de los abetos del bosque e hizo brillar aún más su cabello.
—¿Cómo quieres ir hasta su casa?
—Pues con el carruaje de Cleo, obviamente.
—¿Y quieres encerrar en un espacio aislado como un carruaje a un pájaro, un gato y un perro? —preguntó retóricamente Lirian. Michel se quedó sin respuestas.
—Bueno, tú, Caled y Michel vais muchas veces juntos en carruaje y tampoco os entrematais demasiado —comentó Cleo riendo.
Michel, inspirado por el comentario de su amiga, iva a replicar algo, pero Lirian habló más rápida y lo cortó.
—Si seguimos así, no haremos nada en todo el día —explicó—, así que propongo que vayamos a buscar nuestras cartas de beirín juntos y ahora .
—¡Secundo la moción! —exclamó Cleo levantándo una mano.
—Las... ¿qué? —preguntó Michel con una mueca de confusión.
Lirian cerró la ventana con un golpe seco y desapareció en su habitación. Michel siguió con la misma cara hasta que Lirian apareció por la puerta principal y salió a la calle, abriendo la metálica portezuela en lugar de saltarla. Llevaba el sable sujetado en su cintura gracias a un negro cinturón de su padre.
—Las cartas de beirín, Michel —repitió hastiada—. ¿Cómo te creías que se hacía la selección?
—Pues no sé, yo pensaba que ívamos a luchar entre todos... o algo así.
—Sí, como en una guerra, ¿no? —volvió a ironizar. Empezaron a caminar calle arriba. Cleo daba saltitos, intentando golpear las hojas más altas de los árboles que bordeaban la terrenosa calle. Los militares la escoltaban de lejos, observando cada uno de sus movimientos—. Cada beirín tiene que recoger una carta en la que le será explicado lo que tiene que hacer para pasar la selectividad.
—Y, ¿qué es?
—¡Cómo voy a saberlo! ¡No he vivido hace cien años!
Anduvieron un buen rato, distraídos por el dingo de Michel que correteaba por todas partes y no respondía a las llamadas del beirín. Michel no dejaba de gritar y perseguirle y el lobo de color crema no paraba de aullar sobre todo lo que se movía.
—¿Qué está pasando? —le preguntó una mujer a su vecina debido al barullo ocasionado, por encima de la verja que separaba sus jardines.
—Sólo es el hijo menor de los Bétoine —explicó la vecina, arrancando unas malas hierbas. La otra asintió sin sorpresa y volvió a su trabajo de jardinería.
Oyeron el reconocible ruido de un carro tirado detrás de ellos, así que Michel se esforzó por atrapar al dingo y permanecer enganchado a la acera derecha, junto a Cleo y Lirian. Pero para su sorpresa, el carruaje tirado por dos hermosos caballos blancos se paró justo a su lado, y la portezuela se abrió con estrépito y a prisa.
—Señorita Von Wurken —el militar salió de la carroza y se arrodilló solemne delante de Cleo—, me parece que a partir de aquí ya debería de ir en carruaje.
—Anda, ves Cleo —indicó Michel inexpresivo, antes de que su amiga hablara—. No pasa nada. Nos veremos... allá dónde me lleve Lirian.
Cleo se disculpó, arrastrada por el militar dentro de la carroza, y no paró de hacerlo hasta que la puerta se hubo cerrado. Aún así, se despidió entristecida por la ventanilla incluso cuando Michel y Lirian la perdieron de vista por las calles, siguiéndola con la mirada.
El dingo lazó un agudo y largo alarido al aire, y esta vez se mantuvo quieto al lado de su beirín, olfateando el suelo. Michel suspiró profundamente y reemprendieron el camino con tranquilidad y sosiego, percibiendo ya a la vista y al oído el ajetreo de los carros de la gran ciudad, contrastando con aquellas pobres urbanizaciones, dominadas por la soledad y la ataraxia de personas que vivían mayoritariamente para trabajar, y de otras que trabajaban mayoritariamente para vivir.
Lirian le comentó a Michel que se dirigían al cuartel de la Orden de Caballería, porque eran ellos los que se encargaban de todos estos trámites.
A paso ligero y tomando su tiempo, llegaron a la ruidosa ciudad cuando el sol estuvo en su zenit. Era un día despejado de nubes y sin una pizca de viento, bastante caluroso e insólito para un día en plena primavera.
Escogieron las aceras de la Gran Vía para llegar al centro de la ciudad, donde se encontraba la sede de la orden. Las escasas parejas que paseaban por la amplia y moderna calle les miraban divididos entre le miedo y el asombramiento, al percibirse de los animales que los acompañaban y de la presencia de los sables en sus cinturas.
Pero fueron rápidamente eclipsados por una aparición de lo menos inesperada, unas calles antes de llegar al cuartel de la orden.
Se giraron para apreciar, justo detrás de ellos, como un séquito de militares montados sobre oscuros corceles acompañaban a un joven de cabello oscuro, montado sobre un noble caballo alazán de enérgica y majestuosa andadura.
El chico los localizó de seguida y se encaminó hacia ellos, en actitud un tanto altanera.
—Cómo te gusta hacerte notar, Caled... —se quejó Michel medio riendo, acercándose al caballo. El dingo aulló sobre la mayoría de los caballeros que rodeaban a Caled, en medio de la Gran Vía. Sin embargo, a pesar del notable tráfico, los carruajes los desviaban sin demasiados problemas.
—¿Vais a recoger vuestras cartas? —preguntó Caled, el brazo derecho escondido bajo una suntuosa capa de oscuro lila. Michel asintió, e intentó apoyarse en el caballo de Caled, pero sólo con el ademán de hacerlo, el corcel se sobresaltó y retrocedió unos pasos asustado, al igual que Michel.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó confundido. Caled palmeó el cuello del animal en gesto tranquilizador.
—Es mi sejem, supongo que de momento está sensible a que demasiada gente se acerque a tocarle.
—¿Tu... sejem? —repitió incrédulo, recordando al potrillo de color tordo—. Cómo ha cambiado...
Lirian notó que la gente de la calle opuesta estaba empezando a pararse y a mirar qué ocurría. Una pareja de burgueses muy bien vestidos cruzaron la carretera apresuradamente y fueron directos hacia Caled. Éste no se dió cuenta de la presencia de la pareja hasta que estuvieron a su lado y le llamaron la atención. Lirian retrocedió al instante en el que empezaron a hablar, lo cual no fue el caso de Michel, todavía al otro lado del caballo.
—¡Señorito Van Hackett! —exclamó el hombre de edad avanzada, alzando el negro bastón hacia él—, queríamos felicitarle por formar parte de los beirín escogidos de Luxemburgo.
El hombre reverenció quitándose la reluciente chistera y descubriendo una extendida calva. Caled lo agradeció en silencio inclinando la cabeza. A su otro lado, Michel resopló.
—Nos han detallado igualmente que la Señorita Von Wurken, la segunda hija de la Marquesa, ha sido igualmente seleccionada —dijo la mujer, mucho más joven, sujetando con gracia una sombrilla azul—. Lo encontramos fascinante, debido al afable caracter de la señorita, más que nada.
La pareja entretuvo unos minutos más a Caled, sin fijarse en nada más. Michel ponía los ojos en blanco a cada palabra de la pareja. Cuando finalmente se fueron, volviendo a cruzar la carretera pero con pasos más serenos, Caled suspiró aliviado.
—Vamos ya al cuartel, antes de que me reconozca alguien más.
Bajó del caballo y le entregó las riendas a uno de los militares de su cortejo. El caballo no mostró ningún signo de ansiedad ante la separación de su beirín.
Atravesaron la carretera y caminaron hacia el cuartel, unas pocas calles más arriba. Llegaron al gran edificio de color blanco y negro con una gran verja a modo de entrada. En ella había un gran escudo metálico de fondo negro con un caballo blanco encabritado, y al lado, el símbolo del reino al que pertenecía. Michel recordó el mismo símbolo sobre la capa de la oficial que días antes había visto junto a Lirian.
Al lado, había una parcela de tierra rectangular con un gran abrevadero, donde estaban descansando un montón de caballos, y de donde salían o entraban los militares montados.
Avazaron hasta la escalinata que conducía al interior del cuartel, cuando la puerta medio acristalada se abrió justo delante de ellos.
El militar ahogó un grito de sorpresa y les sonrió, luego se puso a un lado para dejarlos pasar. Los jóvenes le agradecieron el gesto y cuando estuvieron dentro percibieron que el ambiente era bastante relajado. Cierto, los milites cruzaban el vestíbulo e ivan de un pasillo a otro o bajaban y subían las escaleras a pasos agigantados, pero sus rostros no estaban tendidos de hastío o cansancio, sino que estaban plácidamente laxados y se movían con soltura.
—No veo a Cleo por ninguna parte —comentó Michel ojeando la estancia, mientras se dirigían hacia la pared contígua, donde había un largo mostrador de resplandeciente madera marrón. Los hombres y mujeres detrás de él ivan uniformados diferente, más formales, con una cinta de seda atada alrededor del cuello de la camisa para levantarla. La mayoría de ellos usaban monóculo.
—Cleo ya se ha ido, me cruzé con su carruaje justo cuando os vi —explicó Caled.
—Buenos días —disculpó Lirian, acercándose al mostrador. El oficinista desocupado bajó la vista hacia ella—. Nos gustaría recoger nuestras cartas de beirín, por favor.
—Mostradme vuestros sables, por favor.
Uno a uno, fueron entregándole los sables, y el oficinista repetía el mismo procedimiento para cada uno: primero, examinaba la guarda y el mango con el monóculo, luego descubría la hoja y pasaba un hilo en tensión sobre el filo, y para terminar, rallaba la lámina metálica con una especie de pluma estilográfica, cuyo plumín estaba sustituído por una piedrecita muy brillante.
—Muy bien —dijo devolviéndole el sable a Michel, éste con cara de no entender nada. El oficinista desapareció detrás del mostrador.
—¿Qué te pasa? —preguntó Caled desdeñoso al ver su azorada expresión.
—El hilo no se ha cortado al pasarlo por el filo —dijo preocupado. El dingo, sentado a su lado, ladeó la cabeza.
—Obviamente —respondió Caled poniendo los ojos en blanco—, la espada no corta aún.
—¡¿Cómo?!
—Aquí tenéis —avisó el hombre sonriente, alargándoles tres cartas blancas y selladas con cera.
El trío las cogió y salió del lugar despidiéndose cordialmente.
Michel aún parecía conmovido; estaba pálido y tenía la boca entreabierta, como si fuera un muerto viviente. Ni siquiera abrió su carta, y el dingo le lamió la mano gimiendo, intentando reanimarlo.
Caled y Lirian se sentaron en la escalinata, desinteresándose de su anímico estado. Con dedos temblorosos y un poco impaciente, Caled abrió el sobre y leyó la primera carta a prisa:
Animalia, Reino de los Équidos
Decimotercero Capitán Equus
Decimotercero sejem Supremo Froilan.
Afortunado beirín:
Nos complace informarle que ha pasado la preselección junto a setecientos otros jóvenes de su edad para participar en la Selectividad, acto que ocurre cada cien años para elegir a los que sustituirán a los antiguos capitanes de los diferentes reinos. Es un puesto de alta importancia, ya que sostendrá en sus manos la tranquilidad y el bienestar del pueblo.
Como tal, la Selectividad tendrá su comienzo oficial el día 23 del mes de Yî Yuè, en el calendario Lunar, y el día 24 de Abril del calendario Solar.
En la segunda hoja, le daremos una lista y una breve descripción de los objetos con los cuales tendrá que hacerse para pasar la Selectividad. Los dos primeros objetos son distintos para cada beirín, mientras que los cinco restantes pueden coincidir en la lista de varios de vosotros. Os damos el plazo de siete años para conseguir completar la lista de siete objetos.
Os deseamos suerte desde el Estado.
Muy cordialmente,
Gareth Van Wulfgar
Primer Oficial Equus
Caled se quedó un momento en las nubes, perdido entre las líneas de los párrafos. Desdobló la segunda hoja y estudió los dos primeros objetos:
REINO DE LOS ÉQUIDOS
Los beirín de dicho reino habrán de traer, el día 24 de Abril de 2013, en el Puerto Este de la Isla de Creta los siguientes objetos:
—Trozo de cornamenta del Ciervo Blanco.
Ubicación: Hispania Ulterior, Región de Jaen.
—Estatua de Épona.
Ubicación: Alexandria.
...
—¡Por cierto! —acabó de recordar Caled. Se golpeó la frente con la palma de la mano—. Mis padres y los de Cleo han organizado una ceremonia de despedida para los beirín de Luxemburgo, el día en que comenzará la prueva. Nosotros cuatro formamos un equipo e iremos juntos supongo, ¿no?
—¿Lo dudabas? —cuestionó Michel, algo recuperado. Caled rió—. Oye, si esa ceremonia es importante, más vale que pongáis buenos militares, porque te digo directamente que cuando mis hermanos se enteren lo van a boicotear.
Lirian se giró hacia él.
—¿Nos boicotearían a nosotros? ¿A ti, su hermano?
—No tengo ni idea —respondió Michel, tomándoselo en broma—, ya sabes que son capaces de todo, aunque lo más probable es que maquinen un complot contra los demás, si hay otros a parte de nosotros, claro.
Lirian entornó los ojos. El halcón en su antebrazo estiró las alas, desperezándose.
—Sí, en efecto, hay dos otros beirín aparte de nosotros —informó Caled, bostezando—. Me parece que también irán juntos, aunque no estoy seguro.
—De todas formas, nos quedan sólo cuatro días para decidir el itinerario que tomaremos —dijo Lirian—. Deberíamos de pasar un día entero reunidos para discutir todo esto.
Caled hizo un gesto afirmativo con la cabeza y al igual que Lirian, guardó las cartas en el sobre (Michel ni se había molestado en abrirlo). Permanecieron sentados en las pulidas escaleras blancas observando el ir y venir de militares y personas, callados.
Lirian admiró a una mujer ya en la vejez entrar en el cuartel. Admiró su encantador vestido verde y su canoso cabello caoba recogido en un alto moño. Se dijo, y pensó fieramente, cuánto le gustaría parecerse a ella.
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