
Cuando se conocieron en aquella cochambrosa cafetería no sabían que aquello los cambiaría a los dos por completo. Ella se lo cuenta a él. Él se lo cuenta a ella. Y así lo cuentan ellos para explicar su relación en cuatro etapas, de atracción, odio, desesperación y amor, mucho amor. Completa
Rated: Fiction T - Spanish - Romance - Chapters: 8 - Words: 12,049 - Reviews: 3 - Favs: 2 - Follows: 2 - Updated: 04-12-13 - Published: 01-25-13 - Status: Complete - id: 3095308
|
|
A+ A- |
I
Conociéndote
I
La primera vez que te vi, fue en aquella cafetería que está al final de la calle. Estabas delante del mostrador con un café en la mano, ligando con aquella camarera. Ni si quiera me fijé en ti. En mi fuero interno deseaba que te largaras porque me estabas retrasando y ya llegaba tarde a la universidad.
Tu verborrea matutina se vio interrumpida por mi mirada a esa misma camarera, pero creo que tu no la notaste. Ella te cortó la charla e intentó atenderme a mí. Entonces tú te giraste y pegando un pequeño traspié, te topaste conmigo. Y luego nos miramos.
Debo decirte que me resultaste realmente atractivo, y deseé haber sido yo aquella dependienta para que fueras tú el que me prestara atención.
– Perdona – te dije.
– No te preocupes – dijiste sin apartar la mirada de mí - ¿Oye, te conozco?
– No creo.
Pedí un triste café con leche, y mientras tú seguías a mi lado, presentándote como Hugo Wellington y yo como Annabel Evans. Debo decir, que ese nombre me resultaba tremendamente familiar, aunque en aquel momento no te lo dije, al fin y al cabo no te conocía.
– ¿De dónde eres? – me preguntaste.
– De Santa Ana, en California – dije recogiendo mi cambio, y saliendo de la cafetería, con un café humeante y calentito.
– ¿Te suenan Vashon Island, o Burton? – me volviste a preguntar saliendo conmigo del local.
Te miré algo extrañada, podrías ser un chico atractivo, pero de ahí a que me persiguieras, había un límite.
– Sí, ¿por qué? – Te contesté.
– ¿Has estado allí alguna vez?
– Dos o tres veces.
Al parecer no podía querer conocerte porque ya te conocía. El destino nos había unido en una triste cafetería de Manhattan. Ya que eras de Burton, un lugar que yo pensaba no tener que volver a oír jamás. Claro que lo conocía, mi madre había sido de allí una vez, y por tanto yo había sido arrastrada varias veces hasta ahí. Jamás por mi propia voluntad.
Me pediste mi teléfono, y te lo di con gusto. Me prometiste que me llamarías para ir a tomar un café, o algo parecido. Te sonreí y me despedí de ti, con el corazón en la mano.
II
La segunda vez que te vi, fue en aquel banco enfrente de la pista de patinaje. Aun no era de noche, pero ya no había Sol, y hacía mucho frío. Cuando me viste viniste a saludarme y de nuevo sentí revolverse mi estómago.
Fuimos a tomar ese café que me habías prometido, y nos metimos en una cafetería diminuta. Mientras nos servían nuestro café, empezamos a hablar.
Nos conocimos en palabras. Me hablaste de ti. De lo que hacías. Quién eras y quién querías llegar a ser. Eras nativo de Burton, pero allí te sentías encerrado, querías salir y ver mundo. Dejaste las faldas de mamá y te mudaste a Nueva York, y entonces tropezaste. Tuviste unos años muy malos cuando llegaste, te sentías fuera de lugar, no encajabas, pero no desististe, seguiste al pie del cañón y ahora poco a poco se te iban cumpliendo los sueños. Acababas de entrar como becario en esa empresa web, y tu carrera iba viento en popa.
Me hablaste también de tu familia, de quién era tu madre, y qué había sido ella para ti, lo que te había enseñado a ser, y lo que hacías por ella. También mencionaste a tu hermana y tu padre, pero en aquel momento estabais enfadados, algo relacionado con tu madre, pero que no me quisiste contar.
Y luego preguntaste por mí. Me costaba hablar de mí, y más si era a los demás, pero aún así empecé contándote cosas simples, para acabar contándotelas de carrerilla.
Me acababa de mudar ese verano, porque tras varios años de ahorros, había entrado en la NYU. Era de Santa Ana, en el Condado de Orange. Una ciudad costera, a veinte minutos de la playa, en la que también me sentía encerrada. Venir a Nueva York, significaba la independización total de mi familia.
De ella te conté pocas cosas, era un tema que tenía más bien receloso, y solo te mencioné que tenía una hermana pequeña, que seguía estudiando en Santa Ana y un hermano más mayor, que vivía en Australia. De mis padres te dije que estaban separados, y que hasta este año, había estado viviendo con mi padre.
Nos reímos mucho, no se si te acordarás. Para mí supuso conocerte mejor y encontrar un futuro amigo, y eso era básicamente reconfortante.
Me invitaste al café y salimos a la dura y fría noche. Para mí aquello no había sido nada más que tú y un café. Así que con un beso en la mejilla y un "Hasta pronto", nos despedimos.
III
La tercera vez que te vi fue un gélido viernes por la noche. Mis tacones resonaban en el asfalto y mis finas medias dejaban pasar el frío hasta calarlo en cada uno de mis huesos. Iba volviendo a casa cuando me topé contigo y con tus amigotes.
Erais todos altos, guapos y fuertes. Al verme, viniste a abrazarme. Ibas borracho como una cuba, todos lo ibais. Tú y tus amigos erais una combinación extraña. En un primer momento empezasteis a vacilarme, y en lugar de enfadarme, me reí de vosotros. Tenías una pinta tan ridícula...
Luego, me instasteis a acompañaros, pero yo jamás hubiera ido a ningún sitio, con una panda de tíos como vosotros, borrachos, y desconocidos. Sin embargo dejé que me acompañarais un trecho hasta mi apartamento, aunque no llegamos muy lejos, porque tú empezaste a echar la pota detrás de un coche cualquiera. Y cuando me quise dar cuenta, tus amigos se habían largado. Grandes amigos.
Subimos a un taxi y te sonsaqué tu dirección. No sé como, pero pude subirte hasta tu piso. Cuando te hube metido en la cama y estaba dispuesta a irme, tu mano se estiró hasta encontrar la mía y susurraste:
– No te vayas, por favor. No soportaría dormir solo esta noche.
Te miré profundamente en la oscuridad, completamente sorprendida. Y no sé por qué, pero me quedé, me tumbé al otro lado de la cama y ambos nos quedamos dormidos. Abrazados el uno al otro.
Cuando me levanté por la mañana, tú seguías durmiendo, así que descalza con los tacones en la mano, te di un beso en la frente y salí sin hacer mucho ruido.
IV
La cuarta vez que te vi fue cuando tú me invitaste a salir, porque te sentías fatal y avergonzado por lo que había pasado la última vez que nos habíamos visto. Sin embargo, yo te había asegurado que no pasaba nada; tú insististe.
Me recogiste en mi apartamento a eso de las ocho, me esperabas con el motor encendido en la calle. Aun hacía algo de frío, pero se notaba que de nuevo estaba volviendo el verano. Ambos íbamos algo elegantes, pues los dos sabíamos que esto era algo más que una simple cena entre amigos. O esperábamos que lo fuera.
Era un sitio ordinario, con comida ordinaria y con gente ordinaria. Pero bebimos, comimos y reímos juntos, que era lo más importante. La noche no fue tan bien como cualquiera hubiera deseado, pero a nosotros nos bastaba.
Y luego llegó el momento de la despedida. Tú y yo ahora éramos amigos, podíamos contar el uno con el otro. ¿Íbamos a desaprovechar aquella oportunidad de ser amigos, por algo que podía acabar con esa recién amistad?
La respuesta era sí. Porque ya estaban tus labios en los míos, como los más tiernos y dulces labios que jamás haya probado. Íbamos el uno al compás del otro, y frenéticamente sin darnos cuenta ya subíamos las escaleras a toda prisa y riéndonos el uno del otro, cuando en el rellano del piso encontré a alguien de mi pasado, alguien que no esperaba ver jamás allí: mi madre.
La entramos en casa como pudimos y yo me salí unos segundos contigo
– Lo siento, Hugo … - empecé.
– ¿Quieres que me quede?
– No...
– Está bien, como quieras.
Y cuando viniste a darme un beso, te giré la mejilla. Me miraste extrañado, no sabías qué era lo que había cambiado. Pero yo no podía contártelo, aun no. No podías pretender que me expusiera de ese modo a otra persona, que yo ni si quiera conocía del todo.
– Buenas noches, Hugo.
– Buenas noches, Annabel. – Me gustaba como sonaba mi nombre en tu voz.
V
La quinta vez que te vi, dejé de numerarlas, porque después de esta se suiguieron muchas más veces, y cada vez más seguidas.
Después de nuestra cita tan desastrosa te debía una buena explicación, pero solo te dejé un pobre:
– Mi madre está mal y me necesita, ¿entiendes que esto, entre nosotros, no puede ser ahora?
Tú aceptaste sin pensarlo un segundo, pero no sabías que aquello que aceptabas era tu propia condena. Desde que vi a mi madre en aquel rellano, supe que tú y yo no podríamos ser más que amigos. Porque ella me atormentaría hasta el fin de mis días, y si tú estabas conmigo, ella también te arrastraría.
– Quizás nos sirva para conocernos aun mejor – dijiste optimista, cogiéndome de la mano.
– Sí – dije yo retirándola despacio sin que te dieras cuenta -. Amigos pues.
– Eso siempre – añadiste.
Aquellas palabras fueron nuestra perdición.
|
||||||