
Cuando se conocieron en aquella cochambrosa cafetería no sabían que aquello los cambiaría a los dos por completo. Ella se lo cuenta a él. Él se lo cuenta a ella. Y así lo cuentan ellos para explicar su relación en cuatro etapas, de atracción, odio, desesperación y amor, mucho amor. Completa
Rated: Fiction T - Spanish - Romance - Chapters: 8 - Words: 12,049 - Reviews: 3 - Favs: 2 - Follows: 2 - Updated: 04-12-13 - Published: 01-25-13 - Status: Complete - id: 3095308
|
|
A+ A- |
I
Olvidándote
I
Aquel verano lo pasé en casa de mi padre en Santa Ana. Realicé un estricto régimen, en el cual tú no aparecías. Me levantaba muy temprano por la mañana, me iba a Huntington Beach y me dedicaba a hacer surf. Lo hacía sola, porque no hablé con nadie de mis antiguas relaciones allí, ya que no me veía capaz.
Si dijera que no pensaba mucho en ti, mentiría descaradamente. Seguía recordando cuando me dijiste todas aquellas cosas, y no podía evitar sentirme fatal. ¿Creías todo aquello de verdad? ¿Te habías mantenido a mi lado, solo para acostarte conmigo? Deseaba pensar que no, que nuestra extraña relación había existido, aunque tus palabras demostraran todo lo contrario.
Cuando llevaba unos cuantos días en casa, mi padre me abordó en una de mis escapadas.
Él era un hombre extraño, pero feliz. Tenía una tienda de deportes acuáticos, que funcionaba respetablemente bien. Entraba y salía de la casa contento, de tener de nuevo a sus hijos con él. Para él siempre seríamos sus niños y aquel verano lo transportaba a los momentos en los que aun dependíamos de él y sus cuidados. Aun así, estaba orgulloso de sus tres hijos, que éramos nosotros, y en lo que nos habíamos convertido.
– ¿Cómo estás Annabel? – Me sorprendí enormemente ante aquella pregunta, ya que mi padre siempre había sido hombre de pocas palabras y siempre se había mantenido al margen de los problemas ajenos.
– Bien papá.
– Pareces más triste desde que has vuelto, que cuando te fuiste.
– Estoy bien papá – le dije –. No tienes de qué preocuparte.
Le sonreí y me marché. ¿Por qué no le dije la verdad? Porque me mentía a mí misma también.
II
De nuevo apareció ella. ¿Por qué me perseguía? Cada vez que aparecía en mi vida, la derrumbaba como un castillo de naipes.
Se presentó en la puerta, como si jamás se hubiera marchado, como si jamás nos hubiera abandonado. Y como si jamás se hubiera ido, le abrimos las puertas.
No sé por qué era tan reticente a contarte aquello, que tan dentro de mí quería salir.
Ella jamás fue feliz, supongo. Mi padre y ella se habían casado muy jóvenes, ya que ella se había quedado embarazada de mi hermano mayor.
Se habían conocido en unas vacaciones; ella había venido aquí, a Santa Ana, cuando tenía 17 años, y él la había enamorado, y habían quedado prendidos el uno del otro. Era una joven ingenua y enamoradiza, que pocas veces había salido de Vashon Island, y que no conocía nada más que la seguridad del hogar.
Aquel verano fue corto para ambos, se enamoraron locamente, y se juraron amor eterno. Él le prometió que la iría a buscar en cuanto hiciera dinero, y se escaparían juntos. Pero el invierno pasó de nuevo, y ellos seguían sin verse, y solo unas cuantas cartas cortas los volvían a unir por minutos.
Para cuando volvió el verano, él la esperaba con los brazos abiertos, llenos de amor y ella con la mirada prendida hacia el horizonte. Se amaron y se quisieron, como los jóvenes enamorados que eran.
Y entonces llegó Joel, mi hermano. Recibieron aquella noticia como una bendición, pero no todo el mundo lo vio así.
Aquel niño alejó a mi madre de sus padres, para ellos, aquello era una deshonra, por tanto también la alejó de Vashon Islan, y de todo aquello que conocía.
Se casaron y se quedaron en Santa Ana, pero vivieron una felicidad extraña, mi padre estaba completamente satisfecho con lo que había resultado ser su vida, pero no mi madre. Se sentía ínfimamente encerrada en una ciudad que no era la suya, con gente que no conocía, y sin su familia, que no la aceptaba.
Sus hijos empezamos a dejar de importarle. Ya no era ni madre, ni amante, ni mujer. Dejó de comer y vivir, en general, y su marido y hijos intentamos ayudarle a recuperar su vida. Parecía que, finalmente y poco a poco, iba recobrando la noción del tiempo y la conciencia de la realidad a su alrededor.
Y un día, cuando volvía del colegio con mis hermanos, y papá aun no había llegado, ella ya no estaba. Ni su ropa, ni sus zapatos, ni sus joyas, ni el coche. Había desaparecido, nos había abandonado.
III
Jamás la perdoné por marcharse. Nos abandonó como un hombre abandona a un perro. Y más era nuestra frustración ya que ella había sido nuestra única prioridad por aquel entonces. Me había desvivido por ella, por que fuera feliz, y así me lo pagaba, olvidándome, olvidándonos, a mí, a papá, a Joel y a Martha.
Quisiera decirte que cuando la recuerdo me vienen momentos felices, pero te estaría mintiendo. Algunas veces nos llamaba, solo a mí y a mis hermanos, y nos contaba lo que estaba haciendo, qué era de ella y dónde estaba, pero jamás escuchamos de su boca un: "Lo siento".
Mi padre fue el primero en superarlo. Hubo un tiempo en que le odié, por haberse olvidado de mamá tan rápido, y por tanto, olvidarse de todo lo que nos había causado. Con su perdón, las penas de Martha y Joel también se fueron, pero yo aun seguía resentida con ella.
¿A caso nadie se acordaba de las pesadillas? ¿De las penas que habíamos pasado? ¿De las veces que habíamos llorado por ella y con ella?
Debo decir que aun sigo resentida. Tiempo más tarde, con la cabeza en frío, descubrí por qué mi madre y yo habíamos desarrollado esa relación tan destructiva y magnética.
Cuando todo aquello sucedió, Martha era apenas una niña, que no sabía si quiera atarse los cordones. La relación entre madre e hija era inexistente, porque nunca había existido. Joel iba a empezar la universidad y prácticamente, ya estaba curado de espanto. Además papá tenía sus propios problemas con la recién apertura del negocio. Pero, ¿qué había de mí? Yo era una cría, tenía doce años, ¿qué era si no el calor de una madre lo que yo esperaba y necesitaba? ¿Lo que ella a veces me daba, para luego marcharse definitivamente? Cuando vi que por fin se recuperaba y que volvía a ser mi madre, le abrí las puertas de mi corazón, para que ella me devolviera una cachetada, que aunque no fuera física, me había dejado por los suelos.
A pesar de todo aquel rencor, cada vez que mi madre se caía, yo la levantaba del suelo, esperando reabrir esos sentimientos de madre, que en ella habían parecido desaparecer, pero luego no encontraba nada más que la soledad. Y ello había hecho durante años.
¿Cuál era su problema, me preguntarás? Lo cierto es que jamás lo supe. La suya, era una vida hecha de problemas que se habían ido acumulando al largo de los años. Era una rueda cíclica que la hacía juntarse con malas compañías, entregarse al vicio y caer de nuevo en aquella depresión que aun arrastraba, y entonces volvía a mis brazos, me suplicaba un perdón vacío, rehacía su vida, se desenganchaba de su más diversos vicios, y luego volvía a desaparecer, para empezar de nuevo la continua rueda de su vida.
Pero por muy rencorosa que yo fuera, era mi madre, y no podía por mas que quererla y ayudarla, tanto como ella me quería a mí, y deseaba ayudarme.
Mi madre y yo teníamos una relación extraña. Era una relación invisible para muchos, pero deseaba habértela mostrado. Significaba para mí, quitarme la carga de la culpa de lo fallido de nuestra relación.
IV
En lo referente al verano, desde que ella apareció, todo se volvió diferente. Volvieron a surgir esos sentimientos de ira, porque la veía actuar con cada una de las personas a las que más yo amaba, y temía que les volviera a hacer daño. Que nos volviera a hacer daño a todos.
Papá la dejó entrar en nuestra casa, pensando quizás, que todo volvería a ser como antes. Se volverían a enamorar, y volverían a disfrutar de sus hijos y la vida. ¿Cómo era tan ingenuo?
Sin embargo, muy a mi pesar, la veía actuar diferente, era cariñosa y atenta con todos, menos conmigo, porque yo no la dejaba. ¿Iba a dejar que me volviera a partir el corazón como siempre hacía? No, quería pensar.
Pero nunca sale nada como uno espera. Que nos lo digan a nosotros, ¿cierto?
– Lo siento - dijo ella.
No podía creer lo que ella me había dicho, aquella tarde en el porche. La miré hierática, con los ojos impasibles. ¿Cómo se atrevía a hacerme eso? Yo estaba dispuesta a odiarla hasta la eternidad, ella me había fallado. Mamá, me habías fallado.
– Lo siento de verdad, hija -. Repitió.
Por mucho que ella lo repitiera no iba a tener otro significado diferente al que nosotras le dábamos. ¿Por qué dejaba que aquel significado ahondara tanto en mí? Yo no podía perdonarla, no después de lo que ella había hecho en mí. Mamá mamá mamá mamá.
Y de pronto ella me abrazó, siguiendo yo en mi posición impasible, y otra vez, olí ese perfume que antes siempre se ponía. Y ahora sí, recordé los tiempos felices, los tiempos en que éramos una familia, los tiempos en los que éramos madre e hija.
– Perdóname algún día, hija, cuando estés preparada. Yo estaré aquí siempre. Jamás volveré a marcharme.
Y se fue, pero no de mi vida. No de nuestra vida, de nuestra familia. De Martha, de Joel, de papá.
V
Cuando volví a Nueva York lo hice con el corazón en la mano. Aquel verano me había cambiado por completo. Dejé a mis padres en casa. Sí, mis padres. Parecía que aquel verano los había cambiado por completo a los dos también.
Supongo que jamás dejaron de amarse como el primer día, solo que ella no lo entendía. Papá vendió la tienda y le dedicó el mundo a su mujer. Cuando los dejé habían hecho millones de planes y viajes, en los que solo estaban ellos dos. Eran el amor de sus vidas.
Aun no la había perdonado a ella, porque había sido ella la que me había enseñado a no olvidar con facilidad. Pero no podía decir que cada día le fuera perdonando un poco más. Ella jamás pretendió que olvidara nueve años de mi vida, así como así. No como el resto había hecho.
¿Y dónde entrabas tú a todo esto? Sencillamente no entrabas. Estaba dolida conmigo y contigo. Estaba claro que yo había tenido culpa de todo lo que nos había pasado, pero ello no eximía tu propia culpa. Me habías hecho daño. No iba a dejar que nadie volviera a controlar mi estado emocional como mi madre había hecho, y como tú y yo habíamos empezado a hacer.
Estaba claro que yo era otra persona, había mejorado lo que era. Y por ello te había perdonado, aunque no te lo dijera. Gracias a ello, había logrado olvidarte.
|
||||||