
Margarita tiene 28 años. Después de un matrimonio de 6 años y de un divorcio doloroso ella quiere recomponer su vida. Justo en esos momentos ella se reencontrará con Luis, el hermano menor de su mejor amiga de la escuela al que no veía desde que era un niño. Lento, pero seguro, entre los dos surgirá un gran amor y ella verá cómo él entra a su vida llenándola de frescura.
Rated: Fiction K+ - Spanish - Romance/Drama - Chapters: 5 - Words: 8,551 - Reviews: 7 - Favs: 1 - Follows: 1 - Updated: 04-24-13 - Published: 01-31-13 - id: 3097238
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No tuve mayor tiempo que pensar, porque "The Notorius B.I.G." llegó a mi ayuda. El perrito empezó a morder inquietamente el asa de mi cartera que había dejado sobre el sofá de la sala.
—Ohhh, no hagas eso. No —dije dirigiéndome a dónde estaba mi bolso para salvarlo del cachorro.
—¡Luchito, mete a tu perro al patio, anda! —ordenó la Sra. Villarreal.
—Bah. No es nada, mamá —señaló Luis mientras cogía al perro con una mano.— Y no me digas "Luchito". Sabes que detesto que me llamen como un niño pequeño y ya no lo soy —acotó él verdaderamente ofendido.
—Para mí siempre serás mi Luchito —señaló Blanca Villarreal muy orgullosa de su hijo.
—Mamá, por favor —enfatizó Luis.— Para saciar tus deseos de ver a tus hijos aún en pañales ya tienes a Memo. Que, por cierto, ya era hora de que se le viera el "cacharro" por aquí.
En esos instantes, entró un niño de aproximadamente ocho años con un skate en la mano. Físicamente, me recordaba mucho a mi amiga Ada cuando era pequeña. De no ser por los ojos marrones en su rostro, tan grandes, pícaros y vivaces, los cuales compartía con Luis.
—Hola a todos —señaló el pequeño mientras se dirigía a Luis y trataba de sacar al perrito del brazo de su hermano.— Ya estás aquí, "Big". Te he estado buscando por todos lados.
—¿Ah sí? ¿Y por qué sería? —dijo Luis a su vez que alzaba al cachorro con sus dos brazos en lo alto, poniéndolo fuera del alcance de su hermano.— ¿En dónde demonios te fuiste? Te dejé al cuidado de "The Notorius B.I.G." y te largaste. De no ser por esta bella dama —refirió mirándome con su pícara mirada, haciendo que me ruborizara por enésima vez—, mi perro se hubiera perdido. ¡Eres un irresponsable!
—Me fui sólo un momento a comprar helado en la tienda de la esquina. Cuando volví, ya no estaba "Big", así que con mis amigos fuimos a buscarlo en todo el parque —dijo el niño.
—¡Mentiroso! —exclamó Luis aún escondiendo al cachorro de su hermano.— Te fuiste por ahí a parrandear, descuidando a "The Notorius B.I.G.".
—Mamá. Lucho me está llamando mentiroso —dijo el niño chillando.
—Bah. No eres más que un mocoso malcriado —siguió picándole Luis al pequeño Guillermo, mientras seguía dejándolo fuera de su alcance al cachorro.
—Ya dejen de pelear. ¿No ven que tenemos visita? ¡Compórtense los dos! —exclamó la Sra. Villarreal.
Yo sólo sonreí. Los dos parecían niños pequeños jugando a pelearse.
—Por mí no se preocupe, señora —afirmé tratando de tranquilizar los ánimos al observar ese panorama tan peculiar.
—¡Dios santo! Es que, a pesar de ser hombres, estos dos se llevan fatal. Discúlpame, Margarita.
—No se preocupe, señora. Repito. Es más, es bastante chistoso verlos así. Lo que yo hubiera deseado por tener un hermano con el cual pelear —dije.
—Si deseas, te regalo a este granuja —señaló Luis, dejando al perro en el suelo y cargando a su hermano y poniéndolo en su hombro, mientras Guillermo trata de zafarse de él. ¡Qué espectáculo!
—¡Suéltame, abusivo! —gritaba el niño mientras le daba a su hermano golpes en la espalda con sus manos.
En un instante, Luis tenía frente a mí a su hermano y lo colocó a mi lado.
—Toma. Luego vengo por un lazo rojo para amarrarlo por el cuello para que quede como un regalo decente —dijo Luis sin quitarme la vista de encima.— Aunque, luego, te haré un regalo mejor.
Yo me sentí intimidada nuevamente
—¡Idiota! —exclamó Guillermo, yéndose de mi lado y escapándose hacia otra habitación.
En esos instantes, la puerta de la sala se abrió. Al principio, cuando la vi, no me di cuenta de quién era. Pero, luego, al escuchar a la Sra. Villarreal, caí en quién era.
—Adita. ¿Adivina quién ha venido a verte? —refirió la madre de Luis y Ada.
Mi amiga y yo nos observamos fijamente por un instante. ¡Qué cambiada que estaba! Tenía su pelo liso y largo, amarrado con una coleta, como siempre lo había deseado antes. Supuse que había aprendido a usar bien la planchadora de cabello, ya que ella, al tener el pelo ondulado naturalmente, siempre se quejaba de esto. Asimismo, el buzo deportivo y holgado que vestía distaba mucho de los polos ceñidos, enseñando la cintura, que usaba en su adolescencia.
—¿Maggi? —preguntó mi amiga.
—¿Ada? —le repliqué.
No hubo tiempo de respuestas. Las dos nos confundimos en un gran abrazo, columpiándonos hacia atrás y delante, como en los viejos tiempos.
—Bueno. Creo que ustedes tienen mucho de qué hablar —señaló Blanca Villarreal.— Las dejaremos solas. Lucho, sígueme —dijo la señora, dirigiéndose a la cocina.
—Hey ¿Por qué tengo que irme yo? También estoy interesado en saber qué ha sido de la vida de Margarita desde que no la veo —dijo Luis.
—Hermanito, no molestes —refirió Ada frunciéndole el ceño.
—Bah. ¿Es un complot femenino o qué? Bien. Me voy. Pero estaré cerca. No crean que se han librado de mí, ¿eh? —señaló él sin quitarme la vista de encima.
Por primera vez, en lo que iba de la tarde, no intenté evitarle la mirada. ¿Qué estaba ocurriendo?
Muchas risas y charlas con Ada. Había tanto de qué hablar, pero, a la hora de la hora, no reparé en muchos detalles al contarle lo que actualmente me estaba aconteciendo.
—¡Dios bendito! Y con lo modosito que parecía César cuando estaba conquistándote, tanto que yo te aconsejé que le hicieras caso porque estabas indecisa. ¡Cómo me arrepiento de haberlo hecho! —manifestó mi amiga con pesar, mientras tomaba su té en una taza de porcelana china.
—Sí. ¡Y dímelo a mí! Que llevo meses tratando de lidiar con esta situación… Ahora me quiere dejar sin nada —dije tratando de contener las lágrimas.
—¡Qué desgraciado!
Yo le eché tres cucharas de azúcar a la taza de café que tenía frente a mí. Luego lo moví con la cuchara. Le di un sorbo lento a la bebida. Sabía amargo y dulce a la vez. Quizá, esto podría interpretarse como una analogía. Yo debía de buscar algo dulce que contrarrestara los acontecimientos amargos que estaban ocurriendo a mi vida.
—¿Y qué piensas hacer con ello? —expresó Ada quitándome mi ensimismamiento.
—Bueno. Hablé con mi abogada y va a preparar mi defensa para la audiencia judicial que está próxima. Lo peor es pensar que entregué tantos años, tantas ilusiones, tantas esperanzas en algo que ahora no es nada. ¿Qué voy a hacer a partir de ahora, Ada? Sabes…. ahora mismo… me encuentro en el limbo —dije ya devastándome.
Pude sentir que algo húmedo caía por mi mejilla. Cogí la servilleta que estaba al lado de la taza de café para enjuagar mis lágrimas.
—Disculpas —dije.
—No te disculpes de nada, Maggi —habló mi amiga a la vez que cambió de asiento, se sentó a mi lado y me abrazó.— Mira, tómalo por el lado positivo.
—¿Cómo? —dije observándola a los ojos.
—Si no hubiera sido porque estabas sentada en el parque revisando los papeles de tu divorcio, tal como me cuentas que estabas antes, no te hubieras encontrado con mi hermano. Menos, nos hubiéramos reencontrado después de tanto tiempo. ¿No lo crees?
—Así es —afirmé.
Yo no lo había visto desde esa perspectiva. Traté de apreciar lo bueno entre toda la maraña que me estaba ocurriendo. Y con un par de palabras, mi amiga había hecho que recuperara mi mejor ánimo. Le di las gracias por ello.
—No es nada —refirió Ada.— Más bien, cambiemos de tema. Te hablaré un poco más de mí y de lo que me ha pasado en estos años, en los que hemos estado alejadas.
Ada me contó que, luego de terminar la secundaria, había postulado a la Universidad Nacional de San Agustín para estudiar Derecho. Al tercer intento, logró su objetivo. Sin embargo, esta carrera no la había llenado, abandonando la carrera al tercer año. Lo mismo le había ocurrido con la carreras de Educación y de Turismo.
Sin embargo, lo único rescatable en sus periplos universitarios había sido su afición al gimnasio. Por lo cual, después de especializarse en el tema, comenzó trabajando como entrenadora personal luego de que su padre se negó a darle un centavo más, si es que seguía cambiándose de carrera como de calzones. Y en ello siguió dedicándose hasta hace pocos años.
En el plano amoroso, quitando a un compañero de estudios que fue su novio por un año, su vida sentimental había sido tan variable como su vida académica. Por ello, no era usual que ella tuviera varios novios en los años que habíamos dejado de vernos, para crítica severa de su padre y desaprobación de su madre.
—Son unos apegados a la antigua —señaló ella algo fastidiada. Supuse que recordó alguna discusión con sus progenitores sobre su "falta" de compromiso.
—¿Y de qué te vale apegarte a un sólo hombre, depositar todas tus esperanzas y sueños en él? Para luego acabar como yo, no vale la pena.
—Bah. Lo tuyo pues… Tómalo como una experiencia más, Maggi. Ya vas a ver que, cuando menos te des cuenta, el amor volverá a tocar nuevamente tu puerta.
En ese instante, la imagen de Luis, observándome fijamente con sus pícaros ojos marrones y diciéndome lo bella que me encontraba, cruzó por mi mente. Pero, ¡Diablos! ¿Qué estaba sucediéndome?
De pronto, tuve la sensación de que alguien me estaba observando. Cuando volteé para ver quién era, vi los ojos de Luis fijos en mí. Él estaba apoyado en una de las barandas de la escalera de madera que daba para las habitaciones del segundo piso de la casa.
—¿Ya terminaron su charla de mujeres?—habló él.
—¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Salir con tus amigos o algo? Es poco usual en ti que estés en la casa a esa hora —dijo Ada.
—Ni que fuera un patiperro —se defendió él.
—Pero, ¿qué dices? Si siempre estás fuera de casa. Eres como un perro callejero —le replicó su hermana.
—Hey, no hables así de mí. ¿Qué va a pensar Margarita de mí?
—¿Y de cuando aquí te importa lo que piensen mis amigas de ti?
Yo sonreí para mis adentros. Era curioso ver estas discusiones de hermanos en los Villarreal. Más antes con Luis y el pequeño Guillermo. Ahora, Ada y él.
—Bien. Yo vine sólo porque acabo de comprar el DVD pirata de "Inframundo 2". ¿No te morías por ver a ese actor tan guapo? ¿Cómo se llama? ¿Por el que babeas y dices que será tu próximo novio? —refirió Luis con un gesto burlón.
"¿Ada sigue soñando con tener un amorío con algún actor guapo?", pensé para mis adentros con una sonrisa. En algunas cosas, los años no cambiaban a las personas. Menos a mi amiga. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no soltar una carcajada en ese instante.
—No seas impertinente, Lucho —dijo mi amiga sintiéndose evidentemente avergonzada.
—Jajaja. No te preocupes, Ada —señalé.
—Bueno. Mamá quiere ver la película después de cenar. ¿Te quedas Margarita a cenar y después a verla? —mencionó el hermano de Ada.
Yo me quedé algo sorprendida por la invitación de Luis. Me sentía algo incómoda a su lado.
—Por fin dices algo con sentido, hermanito. Vamos, Maggi. ¿Por qué no te quedas a cenar y a ver la película? Así charlamos un rato más y te distraes un poco. Lo necesitas bastante en este momento.
—No sé —respondí.
—¿Tienes algo que hacer más tarde? —preguntó Ada.
—No —contesté.
—Vamos, entonces quédate. Hoy prepararé los suspiros a la limeña que tanto te gustan. Y necesitas distraerte. Ahora más que nunca.
Ante la invitación e insistencia de mi amiga, yo no tuve más remedio que aceptar. Aunque eso implicara estar un rato más cerca de Luis, quien no dejaba de observarme mientras movía de un lado a otro el DVD de "Inframundo 2".
El resto de la velada pasó divertidamente. La señora Villarreal se esmeró en esfuerzos por atenderme, ayudada por Ada, quien no había perdido su toque en hacer los dulces que tanto me gustaban. Me sentí muy mimada por ellos, como en los viejos tiempos.
Luego de la cena, todos vimos en la gran sala de entretenimiento la película de "Inframundo 2". Luis preparó cuidadosamente la canchita con la gaseosa para todos. En especial, fue muy servicial conmigo preguntándome a cada rato si me apetecía que me llenara nuevamente mi bandeja o mi vaso de bebida.
En una de esas escenas, cuando el personaje de Selene, la protagonista, se enfrentaba a los vampiros mayores, volteé de reojo para observar a Luis, quien estaba sentado en el sofá grande, metros más allá. Grande fue mi sorpresa cuando él me devolvió la mirada. Tuve que voltear rápidamente, sintiéndome avergonzada por sentirme descubierta por él.
Cuando terminó la película, ya se me había hecho tarde. El reloj de la sala de entretenimiento marcaba las 11:30 de la noche. ¡Dios! Tan agradable había sido la charla con Ada, la posterior cena y película, que no había calculado que el tiempo se me había pasado volando.
—¿Tienes quién te recoja? —señaló Ada, preocupada por irme sola a esas horas.
—Si estuviera mi esposo, Luis, él te llevaría en su coche. Pero está de viaje en provincia, visitando a unos familiares —señaló Blanca Villarreal.
—No se preocupen. Tomo un taxi para que me lleve de regreso a mi casa —dije.
—¿Tú sola y tan tarde? Lima es peligrosa para que una mujer tome sola un taxi a estas horas. ¿No has oído las noticias? El otro día salió en televisión un tipejo que se hacía pasar como taxista, pero luego se salía de su ruta, amenazaba a sus clientes, las violaba y les robaba su dinero, para luego dejarlas abandonadas a su suerte en sitios desolados. Ni se te ocurra hacerlo, no —acotó mi amiga.
—¿Mejor por qué no llamas a una empresa de taxi, hija? —señaló la madre de Ada.
—¿Mejor por qué no la llevo yo? —refirió Luis.— Papá no está, pero ya he aprendido a manejar su auto.
—Aún no tienes licencia de conducir —señaló Ada.— ¿Qué tal si te topas con algún policía y te cae una multa? No, eso no.
—Ay, hermanita. Cuán despistada estás —dijo Luis, todo campante, sacando un pequeño carné de su billetera.— ¡Tataaaaan! ¿Qué tenemos aquí? —manifestó él, enseñando su reluciente licencia de conducir en modo triunfante.
—Bueno. Si es así. No se hable más. Luchito te llevará —habló la Sra. Villarreal.
—No se preocupen. Ya les dije. Puedo llamar a una empresa de taxi para que me lleve —dije.
—Por favor, no seas orgullosa —arguyó Ada.
—Es que no quiero molestarlos —señalé.
—Tú no eres una molestia, Margarita. Necesitas que alguien te movilice y yo no tengo nada que hacer luego —argumentó Luis con su mirada siempre fija en mí.
—Es que….
—Lo que tendrías que hacer luego es dormir, patiperro. Pero, en casos así, no me opongo a que salgas a la calle y que lleves a Margarita a su departamento —dijo mi amiga.
—No empieces a sermonearme, anda —refirió Luis.
Quise seguir hablando y argumentando que yo podía irme sola, pero dada la insistencia de los Villarreal, terminé por irme con Luis a mi casa. Ya en el camino, la situación entre ambos distendió de un modo agradable y ameno.
Yo estaba sentada en el asiento de copiloto al lado de Luis. Le había dado indicaciones de cómo llegar a mi domicilio. Él conocía muy bien la zona, ya que tenía a un amigo que, ¡oh coincidencias!, vivía en mi misma calle.
—¿Qué música sueles escuchar, Margarita? —me preguntó Luis, mientras encendía su radio y buscaba una emisora.
El auto estaba parado en una esquina, esperando el cambio de luz del semáforo. Podía sentirse el frío intenso del invierno que aún no quería abandonar a Lima.
—De cualquier tipo —contesté.
—Bueno, buscaremos cuál radio te "sintoniza" mejor —dijo él sonriéndome.
En ese momento, el buscador de la radio se detuvo en la emisora 93.1, en la radio "Ritmo Romántica". Estaba pasando el programa que yo solía escuchar hasta hace poco, antes de irme a dormir sola. "De la tierra a la luna".
La locutora hablaba sobre una oyente, quien le había escrito un e-mail contándole su vida amorosa. Ella salía de una relación muy dolorosa y se estaba replanteando su vida, ya que acababa de conocer a un chico que le gustaba mucho, pero el miedo a equivocarse dos veces le impedía a darse una segunda oportunidad. Por un momento, me sentí muy identificada con ella.
Al final del relato, la locutora comentaba que en esta vida no hay que tener miedo de fallar y volver a enamorarse. Que la vida estaba llena de baches, que éstos debían de servirnos de aprendizaje para no volver a cometerlos en un futuro y que aquéllos nos ayudaban a ser mejores personas.
Yo me preguntaba a mí misma, "¿ella estaba diciéndome esas cosas a mí?" Porque pareciera que así era.
Luego del relato, en la radio empezó a sonar la canción de Pablo Alborán, "Solamente tú".
—¿Te gusta? —me preguntó Luis.
—Me encanta —respondí.
—Entonces, voy a subir el volumen de la radio para cantarla.
Luis comenzó a cantar dulce y suavemente, mientras seguía conduciendo. Tenía un timbre de voz muy bonito. Su voz era grave y muy melodiosa. Era muy distinto verlo así, a cuando lo había escuchado cantar rap en la plaza del parque.
De cuando en cuando, él me miraba pícaramente cuando la cantaba. Yo me sentí muy embelesada por el ambiente, por la música, por su voz, por todo.
Cuando menos me di cuenta, ya habíamos llegado a mi apartamento. Y, con ello, la canción que estaba sonando en la radio y que Luis me cantaba, había terminado.
—Llegamos —me dijo él.
—Gracias —le dije.
Cuando me disponía a coger mi bolso para salir del coche, Luis me interrumpió.
—¿No me vas a dar un beso de despedida?
Yo le iba a dar un beso en la mejilla para despedirme, pero él volteó su rostro, haciendo que nuestros labios se rozaran.
En ese momento, en la radio sonaba una canción antigua, "Y yo te besé" de Jesús Vásquez. No sé qué hice, pero, en vez de rechazarlo, me dejé llevar por la música, por la emoción, por el ambiente, por todo. Perdí la cabeza por completo y le correspondí su ósculo. Tierna y dulcemente, como nunca antes nadie me había besado.
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