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Zona de Infección: Contagio
Author:
LaGuillotina PM
En la ciudad de Cancún, México, un virus desconocido se ha desatado de sorpresa, infectando a muchas personas en la Plaza "Las Américas". Personas en sus grupo tendrán que unirse con otros, tendrán que olvidar los rencores, tendrán que olvidarse del amor, sólo podrán tener en mente una cosa: bienvenidos al nuevo mundo. Página en Facebook: /zonadeinfeccion ¡Únete!
Rated: Fiction T - Spanish - Horror - Chapters: 5 - Words: 6,507 - Reviews: 3 - Favs: 2 - Updated: 03-10-13 - Published: 02-17-13 - id: 3101734
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Omar Valente, robusto, de tez morena y cabello tipo militar, uno de los guardias que habían presenciado la horrible catástrofe en la plaza, agradecía, junto con Juan Taure, su compañero y gran amigo, que a pesar de que ya habían pasado unas horas desde el suceso, la corriente eléctrica seguía funcionando. No obstante, desde que huyeron del Malecón usando el estacionamiento, encontrar a alguien vivo se había convertido en toda una odisea.

Omar avanzaba de manera sigilosa por los pasillos llenos de grasa y aceite debido a los autos del estacionamiento, procurando ocultarse para observar el lugar con cada pared o muro que encontráse, mientras, Juan le seguía los pasos, con los brazos sosteniendo fuertemente el garrote que él y sus compañeros de trabajo siempre portaban.

Ambos seguían avanzando sigilosamente, agachados, y a paso acelerado. Omar se sentó al fin, cansado, tratando de calmar su agitación, y recostándose en la pared. Cerró los ojos, mientras Juan se le acercaba apresurado y se sentaba, de igual manera, a su lado.

—¿Qué ocurre Omar? —susurró, a su compañero.

—Nada. —Calmó un poco su respiración agitada. —Es sólo que me siento cansado —contestó susurrando de igual forma, en que su amigo lo hizo.

Volteó hacia el lugar que se figuraba detrás de él, al instante su rostro esbozó una entusiasmada sonrisa.

—Lo hemos encontrado, Juan.

Después de observar por unos cuantos minutos el lugar, buscando prevenir el encontrarse con algún infectado, los guardias comenzaron a avanzar hacia la improvisada parada de camiones que se había hecho en pleno estacionamiento. No había muchos, sólo se encontraban tres; uno era largo, en frente podía leerse "R-42".

Juan revisó en busca de poder abrir aquel transporte, sin éxito. Trató de probar suerte con la vieja microbús de Maya Caribe, un transporte público de tamaño más reducido que su competencia, de color blanco casi en su totalidad, con un par de líneas de color verde y amarillo pasando por todo el contorno del microbús,que se encontraba a un lado, sin mejor resultado que con el camión anterior.

Mientras, Omar caminó hacia su tercera oportunidad, se alegró a sobremanera al notar la puerta de entrada parcialmente abierta.

Cosas del destino,pensó.

—¡Juan! —gritó con una sonrisa en el rostro, al instante se cubrió la boca con las manos, recordando el peligro al que exponía a ambos al llamar la atención.

Juan se acercó, bastante asustado, temía que aquellas cosas del Malecón salieran de pronto y les atacaran, hasta matarlos. Ambos observaron alrededor, buscando entre el lugar algo que confirmara sus temores. Nada. Pasaron los minutos como horas, pero no se produjo ningún ruido extraño.

Al notar estar fuera de peligro, los compañeros se dispusieron a revisar el camión en busca de las llaves; Juan buscaba en las cabina del conductor mientras Omar lo hacía en el resto del transporte, seguía revisando en los pasillos, y detrás de las sillas, sin triunfo alguno.

Omar se detuvo, observando a través de una de las ventanas del vehículo, un pequeño sonido había llamado su atención, pero, lo que más lo hizo fue aquél resplandor que, apenas notable por la distancia, denotaba que las puertas corredizas de las escaleras se abrían.

—Hay gente —dijo Omar, más para sí mismo que para su compañero.

Juan, bastante extrañado se le acercó, tratando de mirar lo que Omar, con tanta insistencia visionaba.

—¿De qué hablas?

Apuntó con la mirada al resplandor, que a lo lejos se apagaba. Juan reconoció al instante el lugar, que aunque se encontraba a considerable distancia, sabía perfectamente de dónde provenía, pero también reconoció aquella mirada, esa mirada de aventurero, que le decía que las cosas terminarían mal.

—No, no ¡no! —respondió al instante Juan, mientras retiraba con desaprobación la mirada de la ventana —¡no vamos a ir a allá a matarnos!

Omar, por su parte, miró fijamente a Juan que le observaba a los ojos con una expresión de enojo y desesperación, este se volteó en seguida y tiró su garrote en la silla del conductor, para después sentarse en uno de los lugares de los pasajeros; en seguida se tapó la cara con las manos mientras sus brazos reposaban encima de sus piernas.

Pasó un ligero momento de silencio, pero para Omar, fue una eternidad, cientos de recuerdos invadían su mente, los recuerdos de la última vez que pudo ver a su hija Alejandra. Recordaba con dolor las imágenes de cómo la gente se arremolinaba curiosa mientras el sostenía, sollozando el cuerpo envuelto en sangre de su pequeña. Recordaba a aquella persona que en un aparente estado de drogadicción le disparó en el pecho mientras intentaba arrebatarle el pequeño dije de oro que sostenía en su cuello. Recordó, ya con lágrimas en sus ojos, como caía el cuerpo de su princesa al suelo. No estaba ni a un metros de poder evitarlo. La niña no tenía ni siete años.

Juan mantenía su misma posición y con los ojos cerrados se hundía en un mar de dudas que lo sumergían cada vez más al fondo de sus pensamientos.

¿Valdrá la pena arriesgar el pellejo por una persona que ni conocemos? ¿Sobreviviremos a eso? Pensaba. Pero había una pregunta que le taladraba más la mente, la que más le perturbaba los pensamientos: ¿Sobreviviremos a todo?

De pronto sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de pisadas, muy cercanas; levantó la mirada, era Omar, que salía del camión a un paso cuidadoso portando en su mano el garrote que había dejado en la silla.

Se alejaba decidido, dispuesto a salvar a quien fuere que hubiese atravesado la puerta corrediza. Siguió caminando, subiendo las pequeñas escaleras para iniciar el camino del otro lado del estacionamiento, hizo caso omiso de las puertas corredizas que se encontraban frente a él, se encontraba más que arraigado en su decisión.

Juan se acercó hacia su compañero a paso apresurado, sin dejar de mirar a todos lados, nervioso, al no aguantar más detuvo el paso a Omar, tocándole la espalda, este se volteó con un rostro de fastidio, sin duda esperaba un sermón de su compañero.

—¿Qué quieres? —dijo entre susurros.

—Quiero que vuelvas —respondió Juan con el mismo tono de voz, que conservaron en la conversación.

—No quiero quedarme allá esperando a que todos nos coman. Quiero hacer algo por los demás, quiero hacer lo que no hicieron con Alejandra —hizo una pequeña pausa, obteniendo fuerzas para continuar hablando —quiero ayudar.

—Se que lo de tu niña fue algo fatal, pero piensa las cosas Omar —respondió Juan un poco más comprensivo —ir a hacerte el héroe no va arreglar las cosas. Aún tienes a Aldo. Si quieres realmente ayudar a alguien que lo valga, ayuda a tu hijo.

Omar sólo bajó su cabeza, pensativo, las palabras de su compañero le habían dejado un gran pensamiento.

—Escucha, podemos irnos, podemos ir al autobús —señaló hacia el estacionamiento improvisado en el que había estado, a lo que Omar volteó la mirada.

—Mierda —dijo Omar con un profundo tono de preocupación.

Al instante Juan volteó, y asombrado, se estremeció al ver lo que alrededor del autobús se asomaba: alrededor de unos diez infectados, se aproximaban al lugar, empezaban a caminar cada vez más rápido, aumentando los gruñidos y gritos que terminaban con el silencio en el lugar, con sus ya demasiado frecuentes rostros de enojo y odio, y a la vez empañados en sangre; se aproximaban rápidamente, hombres y mujeres corrían con playeras, blusas y faldas rotas y rojas, de un rojo sangre, no dejaban de gritar agresivamente, se pegaron al autobús de Maya Caribe y arrastraban las manos hasta donde su altura les dejaba, algunos golpeaban violentamente la cabeza, provocando un horrible estruendo en el vehículo y haciéndolo balancearse, el camión no dejaba de moverse de un lado a otro, con extrema violencia. Reaccionando de aquel terrible shock, Juan comenzó a avanzar, casi comenzando a correr; al notar que Omar sólo se mantenía observando, regresó y pegó las manos contra sus mejillas mientras con los ojos trataba de que le mirara.

—Vámonos, no nos han visto —dijo desesperado pero aun conservando el susurro.

Omar volvió en sí, apartó las manos de su compañero de su rostro, y rápidamente comenzó a acelerar el paso, lejos de los monstruos. Omar y Juan avanzaban rápidamente, procurando hacer el menor ruido posible, pues estaban conscientes de que si aquellos infectados les veían, sería su final. Después de avanzar varios metros se encontraron con una caseta, esta tenía los vidrios polarizados, Omar intentó abrir la puerta sin lograrlo, a lado de esta, se encontraba un paso de peatón y en seguida, las puertas automáticas, estas estaban cerradas, sin embargo, la luz reflejada daba confianza. En diagonal a la derecha se encontraba la salida del estacionamiento, la luz de los focos se reflejaban en el piso. Juan señaló hacia las puertas, indicándole a Omar el camino a seguir, ambos se asustaron al escuchar los gritos de auxilio provenientes de fuera del estacionamiento, al instante, los infectados que apenas comenzaban a acercarse se motivaron, los guardias observaron como todos ellos abrían la boca, soltando cúmulos de sangre y sonidos guturales bastante interrumpidos por el líquido vital, antes de que los vieran, por instinto Omar y Juan se tiraron al suelo, arrojando el garrote a un lado, esperando que los infectados no pudieran identificarlos, en ese mismo momento, Omar observó desde el suelo como de la entrada al estacionamiento ingresaba un joven, de tez morena y cabello rizado, el chico estaba corriendo, bastante asustado, con sangre en uno de sus brazos, mientras gritaba a más no poder.

—¡AYUDENMEEEEE!

Vociferaba una y otra vez, en plena desesperación. Detrás de él un grupo de cinco personas corría de manera amenazante, gruñendo y gritando, visiblemente excitados, Omar cerró los ojos, no podía aguantar tanta violencia.

Juan, al igual que Omar observaba acostado en el suelo, sin mover un músculo, y disimulando la respiración lo más posible, tenía una perspectiva visual diferente a la de su compañero, al oír los gritos del hombre, que por su tono de voz figuró con un muchacho, pudo ver como los infectados se movían aún más, dejaron de sacar sangre para mostrar los dientes y voltear la mirada hacia su objetivo, vio como de pronto comenzaron a correr y salieron de su campo de visión.

—¡DEJENME EN PAZ HIJOS DE PERRA! —gritaba asustado el joven muchacho.

Omar se negó a sí mismo el abrir los ojos, pero no pudo evitar escuchar los gritos tortuosos de dolor del muchacho, luego escuchó un golpe, un golpe verdaderamente fuerte, seguido de un crujido, después escuchó los pasos desesperados de quién cojea, acompañado todavía por quejidos de dolor poco disimulados, las voces de los infectados comenzaron a alejarse, junto con los quejidos que se transformaron en gritos nuevamente, hasta hacerse un simple eco en el lugar.

Al sentirse seguro, Juan se levantó y tomó su garrote, que se encontraba a un lado, no muy lejos de él, estaba manchado de aceite para motor al haber caído en un charco del mismo, siempre siendo cuidadoso de no provocar algún ruido, miraba frecuentemente hacia el lado donde el muchacho y aquellos monstruos se habían marchado, aún podía ver al cúmulo de personas furiosas sobre el chico, este incluso había cesado los gritos, las fuerzas del chaval ya no rendían para rogar por ayuda, el líquido de color rojo podía notarse en la lejanía, como se repartía y manchaban a los infectados, que no cesaban con sus gruñidos de furia.

Miró hacia su compañero Omar, este ya se había levantado, y con cuidado se sacudía la suciedad de su pantalón negro. Juan miró hacia las puertas automáticas, la luz de arriba descendía por las escaleras, y en su mente se escuchaba un cántico celestial que le anunciaba el camino hacia su libertad.

—Vamos por ahí— murmuró Juan.

Sin protestar, Omar le siguió el paso a su acompañante, procurando cuidarse de las cosas que habían atacado de una manera sumamente salvaje al chavo. Al atravesar las puertas automáticas, no podía dejar de pensar en él, sentía lástima, y remordimiento, por no haber podido ayudar, por haber sido un cobarde al cerrar los ojos. Se prometió a sí mismo no volver a serlo. En ese momento, e interrumpiendo sus pensamientos, mientras subían por las escaleras, la luz parpadeó, ambos se detuvieron, asustados, miraron al techo de manera instintiva, y de pronto la luz volvió a ceder, para no volver, dejando a los chicos, a los demás sobrevivientes, a Omar y a Juan a la merced de la luz de la luna…y de ellos, de esas cosas.

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