
| Pueblo Cordillerano
Author: SebastianHanscomber Una criatura se asienta en un complejo de cabañas para cazar a los humanos que lo visitan.
Rated: Fiction T - Spanish - Horror/Sci-Fi - Words: 1,644 - Reviews: 1 - Favs: 2 - Published: 03-03-13 - Status: Complete - id: 3105642
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Los tiempos compartidos siempre se caracterizaron por ser una estafa —todos los humanos lo saben muy dentro de sí—, pero Pueblo Cordillerano era especial. Algunos de los huéspedes pagaban, sin saberlo, por ser el platillo principal.
Ubicado en las afueras de Bariloche, Pueblo Cordillerano es una colección de cabañas que tiene todas las comodidades: cancha de tenis, paddle, pileta, un quincho para asados y, para los más aventureros, dos hectáreas de bosque incluido. Yo vivo allí. Desde que mi nave se averió hace veinte años, elegí aquel lugar como zona de hibernación y comedero. Nadie me puede ver sin que yo lo quiera así, y yo sé todo lo que sucede en los límites de Pueblo Cordillerano. El administrador, el señor Jauber, está bajo mi influencia. No fue una proeza épica convencerlo. Bastó, para transformar al muy débil mental, de someterlo a mis poderes psíquicos y, desde que me instalé en las profundidades del bosque, Jauber administra el complejo para satisfacer mis necesidades.
Mi raza es muy distinta a la de los humanos, no solo físicamente, sino también en cuanto a nuestros hábitos. Tras unos meses de actividad, mi cuerpo debe someterse a una hibernación de cuatro años. Para eso, antes, necesito haberme alimentado con una presa, una particularmente grasosa, pues, la grasa es esencial para mantener el prolongado proceso de hibernación.
Cuando llegué, acababa de salir de la hibernación justo antes de que mi nave se estrellara. En aquel entonces, poco sabía que aquel bosque sería mi hogar; nuestra especie, generalmente, viaja de lugar en lugar buscando presas, evitando así aumentar de peso, pero aquel lugar estaba repleto de presas. Aquella primera vez, me limité a devorarme un caballo —horrible, por cierto— que descansaba allí para una de las actividades grupales y me enterré en las profundidades del bosque, bajo cientos de metro de tierra. Cuando cuatro años después emergí, comenzó lo emocionante. Exploré el complejo de un lado al otro —los humanos no pueden verme; solo cuando los toco o yo lo quiero así pueden ver mi arácnida forma—. Y allí descubrí el potencial de Pueblo Cordillerano. Desesperado de reponer energías tras la larga hibernación, tomé a una familia de humanos entera, una pareja joven con un bebé obscenamente rechoncho. El hombre y la mujer estaban bien, por decirlo de alguna manera. Su carne era tierna, pero no se igualaba a la última. El bebé había sido el mejor. Su carne era la más suave y, acaso lo que más me enloquecía, la más grasienta. Tan enloquecido quedé que supe entonces que mi hibernación debía esperar, que no podía dejar que aquel manjar nunca volviera a tocar mis labios.
Me reuní con Jauber, quien me informó que no solía haber bebés en el complejo, pero sí muchos niños.
—Si su eminencia puede esperar para hibernar, le informo que en apenas una semana llegará una familia que viene siempre, y uno de sus hijos es bastante panzón.
Ante la sugerencia de Jauber, evadí la hibernación y esperé, pacientemente, sobre el tejado de una de las cabañas que daba hacia el estacionamiento. Cuando llegó el auto con la familia en cuestión, me desilucioné. El primer niño en bajar fue uno de unos tres años tan delgado como un palo de escoba. Pero mis ánimos se elevaron vagamente cuando vi al segundo, al mayor, que era rellenito, pero que no cumplía mis expectativas. Ya estaba pensando en deshacerme de Jauber por haberme hecho perder el tiempo cuando bajó el sabroso platillo. Con sus ocho años, sin dudas era el hermano del medio de los tres, pero contaba con una prominente panza que estaba apretujada bajo una remera que (no muy erradamente) decía «heavy weight». Sus dedos eran salchichas, sus piernas, jamones, y su cara de bebé estaba mullida de tanta grasa.
Tuve que contener el impulso de tomarlo en ese momento y llevarlo a mi guarida. Pues, aquello hubiera sido una perdida. Ya había consumido suficiente energía para la hibernación, y aunque era tentador, no debía desperdiciar esa presa que, quizá, en cuatro años me serviría de festín. Después de todo, Jauber había dicho que venían todos los años.
Pero me asaltaron temores. Por supuesto, podían suceder muchas cosas. La familia podía dejar de asistir a Pueblo Cordillerano o, peor, aquel niño rechoncho podía perder todo su glorioso peso. Y aquello no hubiera sido de mis intereses.
En la noche, a plena madrugada, me introduje en su cabaña. El gordo estaba durmiendo en una de las camas-sillones, junto a sus otros dos hermanos. Me tomé el tiempo de olfatearlo de pies a cabeza y concluí que hedía tal como el bebé lo había hecho: seboso y sabroso. Luego lamí una de sus rellenas mejillas y tuve que, una vez más, contenerme para no devorarlo ahí. Le inyecté un extracto de mi genética, que lo hacía ansiar grasa y así asegurarme su constante aumento de peso, y me sentí tentado de introducírselo a los otros niños, pero me contuve. Con aquel sería suficiente. Luego, con mis poderes psíquicos grabé en la mente de la familia su deber de regresar todos los años a Pueblo Cordillerano. Luego, una vez que mi trabajo estuvo terminado, volví a enterrarme en mi guarida del bosque.
Cuando emergí de mi hibernación cuatro años después, corretee de un lado al otro, lleno de impaciencia, a la espera de mi presa. Le pregunté una y otra vez a Jauber si acaso la familia no había ido ya, si, por algún motivo, no había cancelado, pero el administrador me aseguró que no y que llegarían en pocos días. Tal como la otra vez, esperé en el techo de una de las cabañas y cuando llegó el auto tan esperado, la boca ya se me hacía agua. El primero en bajar, esta vez, fue el hermano mayor, que otrora había tenido unos kilos de más, ahora era esbelto y atlético. Luego siguió el menor de todos, que seguía tan delgado que no me serviría de un escarbadientes. Y luego…
Luego, casi estallo del éxtasis.
Una figura obesa, de doce años, con una grasosa barriga colgando sobre su cintura, con unas piernas y trasero colosales, dedos de chorizo y una papada que ahogaba su cuello descendió bamboleándose y respirando pesadamente. Mi presa había llegado.
En aquel mismo momento, puse mi plan en acción. No me pude contener. Con mis poderes psíquicos, borré la memoria de aquel cerdito de su familia (se percatarían de su ausencia recién cuando llegaran a su ciudad de origen, donde pensarían que había desaparecido allí y no lo buscarían jamás en Pueblo Cordillerano) y me lancé hacia el obeso. El gordo empezó a gritar cuando lo levanté, pero nadie lo escuchó y su familia actuó como si nada. A toda velocidad, y mientras el chancho chillaba de horror al verme en mi forma completa, lo cargué hasta mi guarida, deleitándome en lo suave que era su carne en mis manos. Cuando llegamos al pozo, lo despojé de sus ropas y le até las manos y patas.
Por qué no me lo comí inmediatamente, no lo sé. Creo que fue porque tuve que exprimir todo el jugo de mi cosecha. Durante minutos, me dediqué a torturar al gordo. Pinchaba sus grandes rollos, le palmeaba la barriga, le anunciaba que planeaba devorarlo porque era un cerdo, y lo lamía lentamente mientras temblaba de terror.
Y poco después, no me pude contener más.
Hinqué mis dientes en aquella bola de cebo y no me detuve hasta que estuve relamiendo los huesos vacios una hora después. Había engullido cien kilos de gloriosa carne grasosa y me sentía bien. Durante mi hibernación de ese año, soñé con cómo devoraba al gordo, arrancando la carne de sus huesos, esa carne grasosa y sebosa.
Desde entonces, durante veinte años, me dediqué a emerger, probar presas al azar —los peores momentos—, y a sembrar otros gordos para mis futuras hibernaciones. Hasta este año, donde desperté en uno de esos en los que no tenía presa preparada. Pero, para mi suerte, una familia acababa de llegar. La pareja tenía dos hijos: el menor, delgado como una escoba, y el mayor, que era tan obeso que me recordaba a aquel primer gordo que había probado tiempo atrás. No lo dudé ni dos segundos.
Repetí el mismo procedimiento de siempre (bloquear memorias, ocultar mi presencia), y arrebaté a esa bola de manteca. Debo admitir que me costó arrastrarlo hasta mi guarida —me había puesto gordo yo mismo tras permanecer en un mismo lugar comiendo carne humana—, y cuando llegué, de tan agitado que estaba, me lo devoré sin perder tiempo en torturarlo. Era sabroso, aunque no tanto como el primero.
Mientras me limpiaba los dientes con los huesos de aquel gordo rubio, ya me disponía a dejarme caer en el sueño de la hibernación, cuando mi cueva fue vulnerada. Una criatura reptiliana entró y, con dos chasquidos de sus garras, me inmovilizó.
—Vaya —dijo el intruso, y me pellizcó mi prominente panza, tal como yo había pellizcado al gordo—. Te has puesto gordo.
Luego el reptil sonrió, mientras yo temblaba de miedo al no poder escapar, y dijo:
—Te has puesto muy gordo, sí señor. Ha valido la pena cultivarte todos estos años aquí.
—¿Cultivarme? —pregunté, horrorizado.
—Pues, claro. ¿Acaso crees que tu nave se averió justo aquí por casualidad? Desde hace años que hacemos que cualquiera de tu raza que pase por aquí termine asentándose en Pueblo Cordillerano para cazar. La carne humana los hace subir de peso rápido y son un manjar para nuestra especie; el sabor de todas sus presas queda en su carne y potenciado.
Traté de resistirme, pero no pude. El reptil me tenía inmovilizado.
Yo era ahora la presa y no pude evitar pensar, entonces, en lo sabroso que había estado el primer gordo y me alegré de pensar que yo sería su equivalente para esos reptiles.
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