Antes de que empiecen a leer, me gustaría que supieran que esta historia no es mía, la copié hace mucho tiempo de no-recuerdo-dónde, pero la historia me pareció bastante genial, así que aquí esta. ¡Disfruten!

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CENIZAS EN LA ALFOMBRA

Esa triste mañana de noviembre amanecí helado y afligido. Tenía la boca seca y pastosa y me moría por un sorbo de agua. Tanteé al lado de mi cama en busca de la botella de agua mineral pero no pude encontrarla; obviamente me había olvidado de traerla la noche anterior. Recuerdo haber soñado con Nina, mi esposa, tan solo para despertarme y encontrarme sin ella. Al colocar mi mano a la derecha de la cama sólo había palpado un espacio vacío.

---¿Dónde estás? --- pregunté medio dormido, pero Nina no estaba.

Me senté en la cama y busqué en el piso alfombrado un par de calcetines e inmediatamente los coloqué sobre mis pies gélidos. Noté que el monitor de mi computadora estaba encendido y leí las últimas frases de un largo párrafo:

Caminó suavemente con pasos cortos y hurgó en

busca de lo que necesitaba. Tomó la pala y con

ayuda de una escoba, limpió las cenizas de la alfombra.

Si en ese instante yo hubiera tenido un cuerpo y

lágrimas que derramar, ciertamente lo hubiera hecho.

FIN

Karim Noorani

Yo era, si tuviera que describirme, un escritor fracasado devenido en profesor de historia; uno más. Satisfacía mi alma de literato escribiendo novelas inconclusas y cuentos cortos y sin duda, lo que aparecía en el monitor debía ser el final de uno. Al escribir caía en una especie de estado hipnótico al punto que de vez en cuando olvidaba por completo lo que había escrito.

Moví el cursor con ayuda del Mouse y grabé el archivo; más tarde revisaría el material.

A medida que abandonaba el planeta de los sueños y penetraba en nuestro mundo de realidad, recordaba que esa mañana comenzaba el "Día de Acción de Gracias" y al igual que todos los anteriores de nuestros tres años de casados, Nina y yo lo pasábamos en lugares diferentes. Ella por su parte viajaba a la Florida con su familia, la cual no quería verme por mi condición de musulmán, en tanto yo comía pavo en casa de alguna familia amiga o en lo de algún amigo sintiéndome un infeliz al que no se lo amaba lo suficiente. En lugar de entristecerme, intenté olvidarme de todo con ayuda de una botella de Jack Daniels, por supuesto. No más preocupaciones ni melodramas por tener una esposa que no se decidía a aceptar que pertenecía a una maldita familia de nazis. No más úlceras por pensar que había vuelto ha dejarme solo, cuando lo cierto era que esa mujer representaba la luz de mi vida, mi razón para vivir, como cantaba Joe Cocker.

Está bien, esa noche reñimos más de lo acostumbrado, por mi culpa, lo acepto. Pensé que aquel año sería diferente, no obstante me había vuelto a equivocar.

Nina siempre fue una mujer distinta, extraña y atrayente. Sus repentinas desapariciones o llegadas a altas horas de la madrugada o sus secretas llamadas telefónicas, de las cuales nunca pude escuchar una palabra, no hacían más que llenarla de una atmósfera de misterio, que debo reconocer que en lugar de hacerme enfadar, me inquietaban.

Tal vez porque la amaba tanto siempre soporté todo, siendo lo de su familia lo más difícil. Si al menos me hubiera dado la chance de conocerlos, pero según ella esa era una idea desastrosa.

Ahora que lo pienso, no solo desconocía a su familia, tampoco me había presentado a ningún amigo, amiga y jamás la había visto saludarse con alguien en la calle. Nina compraba y vendía antigüedades y según ella, todas sus relaciones eran con gente del mundo artístico, gente estrafalaria con la cual yo no podría congeniar. La verdad, siempre me hacía sentir excluido o relegado con esa clase de comentarios, pero ella era todo lo que me importaba y los aceptaba con resignación. Solo quería tener cerca de mí la frescura de su piel blanca como la nieve, sus ojos negros de los cuales emanaba una pureza y un calor seráfico, su suave y delicado cuerpo y su tórrida y femenina voz que hacía que mi ser vibrase de pasión al oírla. Yo solo quería a mi Nina.

Obviamente estaba loco por ella, con sus defectos y sus virtudes, igual que el primer día que la conocí en el Chicago College donde yo enseñaba.

De todas formas no pretendía expandirme demasiado meditando sobre mi relación matrimonial, lo que sucede es que fue una parte importante en mi vida y la causa directa de su fin, y en este momento donde estoy haciendo un balance del "Todo", creí necesario e importante ir en detalle.

La cuestión es que la mencionada mañana me levanté muy dormido y caminé por mi apartamento, que era un loft cuadrado bastante amplio, e hice lo que acostumbraba hacer cuando estaba solo y deprimido: mirar televisión y emborracharme.

Con treinta y ocho años a cuestas, aun no había logrado una buena cultura alcohólica, por consecuencia, con los primeros tragos de whisky ya empezaba a sentirme alegre. La luz del mediodía entraba por las rendijas de las amplias ventanas lastimando mis adormilados ojos. De inmediato cerré las cortinas y continué con mi panzada de T.V., whisky y alimento.

Horas después, cuando desperté, me sentía como el demonio. Mi estómago hacía ruidos raros y no tenía deseos de mover un músculo de mi cuerpo. El concepto del tiempo se desvaneció y no sabía cuanto llevaba de dormido, o debería decir desmayado. Creo que perdí la conciencia nuevamente, tal vez un par de horas más. Iba y venía del mundo de los sueños como quien salta a través de aros de fuego repetidas veces, quemándose un poco más en cada intento. Finalmente, demasiado indispuesto para evadir la realidad y refugiarme en mi bendita inconsciencia, me levanté.

Con el vientre hinchado me incorporé con dificultad de la alfombra sintiéndome una porquería. La T.V. seguía encendida a todo volumen, mi cabeza daba vueltas y una jaqueca punzante hacía que me arrepintiese como siempre de la ingesta de alcohol. Llegué como pude hasta al baño, me arrodillé y apoyando el vientre contra el borde, devolví. Mi estómago se contraía penosamente mientras veía caer su desagradable contenido. Es curioso, pero hasta en esas circunstancias tenía observaciones ridículas que luego parecerían simplemente fantasmas, de los cuales nunca sabría a ciencia cierta si alguna vez realmente los imaginé. En esa ocasión fantaseé que alguien me tomaba fotos mientras devolvía y que esas fotos eran tapas de las más importantes revistas del mundo, ganando todo tipo de premios internacionales. Mis ojos desorbitados, mi rostro pálido como el de un muerto, mi boca extremadamente abierta y el vómito congelado en el tiempo para toda la eternidad.

Creo que vomité hasta mis intestinos dejando en el blanco piso de la ducha un desfile multicolor de alimentos semidigeridos. Me quedé así por un tiempo, con el triste espectáculo de mí mismo tratando de tomar fuerzas y rogando que mi barriga se quedase tranquila. Abrí la ducha para que el agua limpiase todo, y al ver perderse ese líquido repugnante y espeso empecé a sentirme mejor, como si toda mi furia, mi tristeza y soledad de ese día se estuvieran yendo por el agujero de la ducha.

Me lavé la cara y los dientes aunque no pude quitarme el gusto ácido de mi garganta. Al salir del excusado, que era el único cuarto separado de todo el loft, aprecié el enchastre que había hecho. Mi apartamento lucía como si hubiera ocurrido una fiesta de cien personas donde la mitad hubiera combatido contra la otra. Comida esparcida por todas partes incluyendo la mullida alfombra, un olor denso en el ambiente que testimoniaba mi descompostura estomacal, crema con chocolate en las paredes, batatas fritas sobre el video, mayonesa en la pantalla del televisor, etc. Tal vez, pensé, esto refleje el estado de mi vida actual, pero intentando no compadecerme más, puse manos a la obra y comencé la tarea de limpieza.

Fue al llevar unos platos sucios de torta y fideos al chile cuando sin darme cuenta tropecé con el cable de la más grande de las lámparas, la cual se destrozó contra la pared. La lámpara era una reliquia, casi un bien de familia que había pasado de generación en generación. El punto era que funcionaba a kerosén. La pared prendió inmediatamente y las llamas tocaron el techo en un santiamén. Gracias a Dios mi reacción fue también muy rápida y en cuestión de unos minutos estaba apagando el fuego con jarros de agua que traía corriendo desde el baño. Mientras la pared y parte del techo expedían un humo negro de tóxico olor, yo me recosté en el piso, meditando que si esto hubiera sucedido cuando estaba bien borracho, ¨ yo no contaba el cuento ¨

Me incorporé para chequear los daños y fue cuando note algo raro a la altura del zócalo. Detrás de la pared había un boquete escondido, era un espacio cuadrado y pequeño, disimulado por una falsa entrada de electricidad plástica la cual se hubo derretido casi por completo. Dentro del boquete había algo metálico.

Cuidadosamente me acerqué y extraje el objeto de un metal plata tan bien pulido, que me reflejaba nítidamente en él. Era un pentágono excelso que podía sostener en la palma de mi mano. Mi interés iba en aumento. ¿Que hacía una cajita metálica tan inusual, escondida detrás de la pared de mi apartamento? ¿Que contenía dentro?

Acababa de encontrar el remedio que podría remplazar al whisky, al menos por el "Día de Acción de Gracias" de ese año. Tenía algo excitante que resolver y me había propuesto hacerlo.

Poco después de limpiar totalmente los residuos del fuego, que por fortuna no habían sido muchos, comencé, como cualquier mortal lo hubiera hecho, tratando de abrir la caja con las manos. Luego de capitular rápidamente, intenté darle de golpecitos con una cuchara; no quería arruinar la caja, al menos si no encontraba nada en su interior, la podría usar de adorno ya que era sublime y fascinante. Pero lo de la cuchara no duró mucho debido a que mi ansiedad crecía desmesuradamente, y sin que me diera cuenta, a los pocos minutos de haber comenzado mi tarea (por llamarla de alguna forma) estaba dándole fuertes martillazos. Mi curiosidad llegó a niveles insospechados al comprobar algo sorprendente. A pesar de golpearla con martillazos directos, no podía siquiera rayar el metal de esa caja pentagonal. Mi ansiedad se transformó en desesperación y sin pensarlo dos veces, abrí las ventanas de mi loft por donde los últimos rallos de sol de la tarde penetraban tímidamente, y asegurándome de no lastimar a nadie, lancé la cajita al vacío. Estaba seguro que los treinta pisos que la separaban de la acera lograrían vencerla.

Volví a equivocarme.

La cajita rebotó una y mil veces pero no dio asomo de abrirse. Bastante frustrado, después de recogerla de la calle, la arrojé sobre la mesa de la cocina y me recosté en la cama. Aprecié lo inmaculado del loft y me enorgullecí de mi trabajo de limpieza. Salvo una parte chamuscada por el fuego, las paredes estaban brillantes y la alfombra impecable sin siquiera una pelusa. Hay veces que tienen que suceder accidentes como esos para animarse a asear de verdad.

Muchas veces había perdido un objeto y al intentar encontrarlo terminaba acomodando todo mi departamento, ¿no les ha pasado?

Dormí nuevamente, calculo otro par de horas. Al levantarme temblaba de frío, noté que ya era de noche y que por las ventanas que había dejado abiertas penetraba una brisa glacial. Las cerré inmediatamente y me dirigí a la cocina.

Al comienzo pensé que había cometido un error. El enigmático objeto pentagonal no estaba. Se encontraba en la alfombra, muy lejos de donde yo estaba seguro la había arrojado. Caminé en círculos, cavilando todavía un poco entumecido pero con mis sentidos bien despiertos, y llegué a dos atemorizantes conclusiones:

1)La cajita que dejé sobre la mesa de la cocina y que acababa de encontrar frente al televisor se había movido sola.

2)Alguien había entrado a mi apartamento y la había cambiado de lugar.

Pero la respuesta correcta no tardó en llegar. Al mirar al pentágono metálico, vi perfectamente tal cual si fuera un gusanillo plateado de cinco puntas, como se desplazaba unos centímetros en dirección al televisor. Me invadió una sensación de nauseas y temor y se me doblaron las rodillas. Con mi sentido crítico combatiendo por subsistir, lo primero que hice fue analizar mis sensaciones, las cuales yo sabía que eran compatibles con el enfrentamiento de situaciones extrañas e intenté mantener la calma y ordenar mis pensamientos. Pasé una mano por mis labios y tragué, notando que mi saliva desaparecía velozmente. Me temblaban las manos y hasta en un momento me pareció que se nublaba mi vista. Me arrimé con cautela hasta tomar la cajita en mis manos. Al hacerlo, percibí un cosquilleo eléctrico que recorrió todo mi cuerpo y aunque intenté alejar al objeto del televisor, éste pareció tener otros planes. Logré con mucho esfuerzo separarla del piso alfombrado, pero de allí no pude moverla. En un momento me encontré forcejeando con una insignificante cajita plateada que parecía sostenerse en el aire por su propia cuenta.

Como si lo que estaba sucediendo no hubiese sido suficiente, de una de las cinco puntas de la caja empezó a brotar un delicado haz de luz neón que avanzaba pacientemente hacia mi T.V. Solté la caja de inmediato y ésta permaneció flotando en el aire, estática. Mis mareos volvieron por un momento, pero ya sentía que me estaba acostumbrando a tanta cosa bizarra.

Crucé mis brazos y dejé a la caja hacer lo que quisiese ya que parecía que eso sucedería de todas formas. La luz azulada chocó directamente bajo la pantalla de mi televisor haciendo que las imágenes que allí veía, se distorsionasen como si alguien estuviese jugando con la antena. La caja descendió silenciosa hasta la alfombra y en ese instante las primeras imágenes brotaron inmaculadamente de la pantalla.

Lo primero que se distinguió fue una vista del planeta Tierra a quinientos kilómetros de distancia, mas o menos, y acercándose. Como si una cámara imposible se aproximara grabándolo todo, en una subjetiva constante y sin cortes. Seguidamente, luego de superar la atmósfera y cruzar las nubes, la supuesta cámara llegó hasta un poblado. Me acerqué para ver cuidadosamente las imágenes de personas que allí habitaban. Parecía una película del viejo imperio romano, pero más que una película, se asimilaba a un documental. Obviamente lo que apreciaba a través de mi televisor no era treinta y cinco o dieciséis milímetros y menos super ocho. Era o parecía video de una calidad asombrosa y una definición perfecta. En la pantalla mí viejo televisor LG, podía ver una grabación infinitamente superior a la mejor grabación digital por mí conocida.

Me di cuenta que la cámara que se movía libremente con un gran angular, sería invisible para las personas que allí aparecían, puesto que no se percataban de nada, continuaban actuando normalmente. Por momentos parecía moverse a una velocidad extraordinaria, esquivando cuanta presencia humana o edificación se le cruzase.

Pensé en ir en busca de algún vecino o bajar a la calle para compartir mi experiencia, aunque el mensaje que me habían dejado las películas de ciencia-ficción, de las cuales yo era un gran fanático, era que cuando volviese para enseñar mi asombroso descubrimiento, lo único que habría en mi loft sería mi televisor mostrando " El Show de Oprah '' De cualquier modo mi temor se fue esfumando siendo reemplazado por una intriga que sobrepasaba por mucho a la que había experimentado al momento de encontrar la caja. Quería averiguar lo que estaba viendo, quería interpretar las imágenes, calcular el año o la época en que esto había sido "grabado". Y así lo hice.

A la media hora la cámara se concentró en un hombre y poco a poco comprendí. Logré seguir la secuencia que se desarrollaba e intenté quitar la vista de la pantalla, porque seguir mirando confirmaba mi dislocada deducción.

¡Dios mío!--- me dije; ese hombre de unos cuarenta años, vestido con harapos mugrientos, de piel oscura, sin ningún tipo de barba pero con un pequeño y espeso bigote, de escaso, largo y desprolijo cabello oscuro, seguido por siete u ocho hombres y un par de mujeres, ese hombre al que podía escuchar hablar en un perfecto araméo antiguo, ese hombre sin lugar a dudas era... Jesús.

A pesar de que no era cristiano, la sola idea de ver al verdadero Jesús el Cristo en la pantalla de mi televisor, logró que mi cerebro trepidase obligándome a tomar asiento para no caerme al piso.

Me pregunté cuantas personas de la raza humana matarían por ver lo que yo, Karim Noorani, estaba viendo en ese momento. El haber sido profesor de historia y especializarme en lenguajes y dialectos antiguos hizo que rápidamente dedujera lo que mis ojos, mi cerebro y debo admitir, también mi corazón, no querían aceptar.

No podía concebir lo que había visto y lo que estaba viendo. Nada es lo que parece ser, y en este mundo esto tal vez sea la verdad mayor. Evidentemente tenían grabaciones de personajes importantes y me preguntaba quién más estaría grabado dentro de la caja pentagonal. Cuando esos pensamientos nadaban en el mar de mi cerebro fue cuando la sentí detrás de mí. Me di vuelta y al verla salté tembloroso. No la había escuchado entrar y además no la esperaba. Estaba tan sorprendida como yo. Nina me miraba con un asomo de furia y tristeza, sentimientos que en su dulce rostro se dibujaban claramente como la impresión de una mano en la arena húmeda de alguna playa perdida.

Debería haber regresado dentro de dos días, pero allí estaba.

Cerró la puerta de calle y me cruzó rozándome con su blusa de seda celeste, la cual yo le había regalado en su anterior cumpleaños. Llegó hasta donde la caja e interpuso una de sus manos entre el haz de luz y el televisor haciendo que la imagen desapareciese inmediatamente. Tomó la caja entre sus manos y como si estuviera haciendo un bollo de papel, la comprimió en un punto color plata, el cual guardó en una pequeña cajita plástica que parecía ser la que usaba para guardar los lentes de contacto. Su rostro continuaba contorsionándose en lo que parecía una terrible lucha interior en la cual se debatía algo importante. Entonces entendí. La caja le pertenecía. Mi esposa conocía a los que registraron tan trascendentes imágenes y lo que logró helarme la sangre al punto que creí tener una fábrica de cubitos de hielo en mis venas, fue que seguramente ella era uno de ellos. Siempre pensé que no estabamos solos en el universo, y hasta me atraía la idea de tener un encuentro con algún E.T., sin embargo nunca supuse que hacía tres años me estaba acostando con uno. Lo cierto es que en ningún momento pensé en huir. Esta bien, la mujer con la cual conviví alrededor de tres años no era quien decía ser, y esto en cierta forma explicaba miles de cosas, pero ella era Nina, mi esposa... la señora Noorani... la misma que me acompañó al registro civil... la futura madre de mis hijos, y lo que era aun más importante, la mujer de la cual aun seguía perdidamente enamorado. Habíamos afrontado miles de problemas y este sería solo otro pozo que deberíamos esquivar juntos. ¿O no?

De todos modos, ¿qué iría a hacer? ¿Sacar su pistola de rayos y hacerme polvo? ¿O sacar la espada láser y desintegrarme al estilo Star Wars? Vamos, por favor.

Nina me observó y se abalanzó violenta. Yo empezaba articular mi primer pregunta cuando arqueó su brazo derecho como queriendo tocarse la espalda, y de allí lanzó con fuerza inhumana un poderoso puñetazo que golpeó mi cara, haciéndome volar al menos un metro. Golpeé contra el mostrador que hacía de bar y percibí como algo se partió en mi espalda. El dolor fue increíble pero al caer al suelo fue mucho peor. Al menos me había dislocado una o dos vértebras cervicales y sin lugar a dudas tenía rota la mandíbula. Quedé inmóvil en el suelo. La vi acercarse, la vi llorar. Indudablemente tenía órdenes muy claras si era descubierta, sus reglas de no-intervención serían tan estrictas que Nina no tenía alternativa.

No pude decir una palabra debido a la condición de mis maxilares, de haber podido, le habría dicho que la perdonaba y que la amaba mucho y eso era lo único que me importaba y sus lágrimas demostraban que ella también me amaba, ¿quién lloraría por alguien a quien no se amase?

El dolor me estaba descomponiendo y creo que estuve a punto de desmayarme. Nina extrajo del bolsillo de su bolso de mano gris, el cual no se había quitado aun de su hombro, un pequeño cilindro de aproximadamente ocho centímetros de largo que parecía ser una linterna de mano.

Del rostro de mi mujer saltaron cascadas de lágrimas y creo que hasta cerró sus ojos.

--- Lo siento --- murmuró.

De la pequeña linterna brotó una luz roja y potente la cual me envolvió completamente. Lo último que sentí fue un calor tibio y doloroso... luego... todo terminó.

Caminó suavemente con pasos cortos y hurgó en busca de lo que necesitaba. Tomó la pala y con ayuda de una escoba, limpió las cenizas de la alfombra. Si en ese instante yo hubiera tenido un cuerpo y lágrimas que derramar, ciertamente lo hubiera hecho.

FIN

Sergio Esquenazi