Esta historia es de Sergio Esquenazi. La copié hace mucho de una página cuando recién buscaba cuentos en Internet hace como 5 años y creo que la página ya no existe. Él me dijo que la podía dejar en esta página pero si hay algún problema, yo lo quito. Disfrútenlo mucho porque hasta donde yo sé, creo que son las únicas historias de Sergio que quedan en Internet… Mwahahahahahahahahaha…

LA RUTA

Eramos menos. No cabía ninguna duda, y al parecer yo era el único que lo había notado. Los pasajeros dormían plácidamente acurrucados por el ronronear del autobús, el 312 de la línea ¨FASTWAY¨ que recorría poderoso la Carretera nacional 5 con destino a Las Vegas.

Yo tenía diez años, y aunque mi nombre era Stanley Higgins, en ese entonces todos me decían Stan. Era un niño inteligente, más inteligente que la mayoría de los niños de mi edad. Todos dormían; menos yo. Uno que otro automóvil cruzaba de frente iluminando el interior del autobús por una fracción de segundo. No pasaba más nada. Todo estaba como en suspenso, calmado y silencioso. La única diferencia era que había cuatro pasajeros menos. Cuatro personas habían entrado al baño pero ninguna había salido. El último fue Rudy, el rubicundo novio de turno de Amy, mi madrastra, al que intenté convencer de que desistiera, a lo que me contestó medio dormido:

--- Cierra el hocico y sal del paso mocoso infeliz...

Se zafó de mi bracito que le sujetaba la manga de la camisa y se fue hasta el fondo del pasillo, abrió la puerta del baño y la cerró. Jamás volvió a salir. A todo esto, mi madrastra, quien no era el mejor ejemplo de una madre modelo, se despertó enojada y apretando mi piernita me advirtió:

--- Escúchame dulce, no quiero llegar a Las Vegas cansada y con ojeras hasta el piso porque a ti se te ocurrió joder toda la noche, así que por favor duerme porque sino ya sabes los que te va a pasar.

Y por Dios que lo sabía. Desde que se convirtió en mi madrastra me había quebrado dos deditos, uno por ensuciarle un vestido y otro por romper el jarrón de vidrio de su madre. Amy era así. Con su cara de ángel y su cuerpo de elefante, conquistó a mi papá y lo hizo caer nuevamente en las redes del matrimonio. Un año después murió mi papá y allí comenzó el verdadero infierno. Sin nadie en el medio, ella tenía el control absoluto.

Amy me soltó la pierna.

--- Sabes muy bien que es mi última advertencia.

--- Sí, respondí temblando. Luego dio la vuelta y volvió a dormir.

Intenté conciliar el sueño pero fue en vano. Por un lado me carcomía la curiosidad de lo que sucedía en ese baño al final del corredor, y por otro me aterraba la posibilidad de despertar a mi madrastra.

Finalmente venció la curiosidad. Me levanté con sigilo y emprendí la marcha por el angosto pasaje, acercándome al baño ubicado en la parte trasera del autobús. Las caras de los pasajeros dormidos me parecían entre graciosas y grotescas; algunos derramaban saliva por los costados de sus bocas abiertas, en el momento que otros pronunciaban palabras ininteligibles entre sueño y sueño.

Finalmente llegué hasta el baño; giré la perilla y abrí la puerta.

Mi estómago se anudó, la saliva se extinguió de mi boca y se me erizó todo el cabello. Algo se encontraba allí, tan cerca que lo podía oler. El baño era una oscuridad total de la cual brotaba un frío enfermante. El sudor cubrió mi cuerpo en un santiamén mientras me sentí irresistiblemente invitado a entrar. Invitado por algo viejo y maligno, algo depravado y fétido que sugería que fuésemos amigos. Me invitaba a jugar con él. Podía escucharlo, no en mi cerebro ni en mi corazón, hablaba directamente a mi alma, y ésta se estremecía. Un vacío sofocante me taladraba el centro de mi pecho y no pude contener el llanto.

Lo que fuese que allí se encontraba había destruido a esos indefensos pasajeros; la verdad, algo mucho peor, había devorado sus almas, yo lo sabía, de alguna forma lo sabía. El autobús frenó de golpe y la puerta se cerró bruscamente impidiendo que yo entrara. Entumecido y atontado, inicié la caminata de vuelta a mi lugar, secándome el sudor y las lágrimas de mi cara.

Apenas me acerqué a mi asiento, fui recibido por una fuerte bofetada de Amy, que me dio vuelta la cara y me tiró al piso.

No me dio tiempo ni a reaccionar que ya me había levantado sosteniéndome por el dedo meñique de mi mano izquierda. Con un solo movimiento de su enorme y pesada mano, me lo quebraría como a una ramita seca.

---¡Amy!, Supliqué, espera por favor. Sus ojos brillaban de furia y su voz salió áspera y malvada.

---¿De dónde vienes?

--- Del baño, lloré mientras mi nariz sangraba manchándome la ropa. Y, y no sabes lo que vi.

--- No me importa lo que viste.

--- Yo, yo creo que sí.

--- No voy a oír tus estupideces- me dijo y me apretó sobre la articulación.

--- Detrás del inodoro- susurré.

--- Detrás del inodoro ¿qué?--- y me apretó aun más.

--- Shhh, hay, hay, billetes de cien dólares.

---¿Billetes?

--- Muchos, Amy, muchos, está lleno; venía a decirte. Por favor no me lo quiebres, por favor, Amy.

---¡Billetes!--- dijo y por gracia del cielo me soltó, me tomó del cabello y me arrojó sobre el asiento.

--- Si me estas mintiendo...

--- No miento, Amy. No entiendes, alguien perdió el dinero para jugar en los casinos, ve hasta el baño y verás que no miento; le supliqué sin dejar de llorar.

---¡Dejen dormir! --- gritó una voz desde el fondo.

--- ¡Vete a la mierda!--- chilló mi madrastra; y luego me miró .

--- No te muevas de aquí; ¿me escuchaste?, y si no encuentro nada, será mejor que empieces a practicar como comer la comida con pajita.

Amy se alejó.

Saqué medio cuerpo al pasillo y la vi llegar hasta la puerta del baño. Pareció dudar y se quedó así unos segundos que para mi fueron horas. Giró su cabeza bruscamente y me atrapó con su mirada dubitativa. Quedé petrificado, no podía moverme pero intenté una sonrisa inocente. Mantuvimos las miradas que flotaban en ese corredor, atadas por finos pero tensos alambres etéreos, que afortunadamente se cortaron cuando Amy volvió su cabeza nuevamente.

Vi a Amy abrir la puerta del baño y la vi cerrarla, eternamente, Amén.

Respiré profundo y me sequé el sudor que chorreaba por mi frente y relamí las gordas gotas de agua salada. Al sentarme nuevamente me di cuenta que me estaba riendo; no podía parar. Otros pasajeros me gritaron que me callara pero yo no podía dejar de reír. Comprendí que experimentaba algo nuevo, una sensación desconocida por mí hasta ese momento; era feliz.

Sobre un papel en blanco que arranqué de mi bloc (ya en ese tiempo escribía mis primeras cosas) anoté CLAUSURADO y lo acomodé en la puerta del baño; luego tomé mi libro de historietas y leí hasta que se hizo de día.

FIN

Sergio Esquenazi